Y pasó un año cabal, y vino el día aniversario de aquel en que Baldomero
escribiera la villana carta.
La misa de doce en Santo Domingo y en el altar de la Virgen del Rosario
era lo que hoy llamamos la misa aristocrática. A ella concurría lo más
selecto de la sociedad limeña.
Entonces, como ahora, la juventud dorada del sexo fuerte estacionábase a
la puerta e inmediaciones del templo para ver y ser vista, y prodigar
insulsas galanterías a las bellas y elegantes devotas.
Baldomero Roldán hallábase ese domingo entre otros casquivanos, apoyado
en uno de los cañones que sustentaban la cadena que hasta hace pocos
años se veía frente a la puerta lateral de Santo Domingo, cuando cinco
minutos antes de las doce se le acercó el marqués de Santa Rosa, y
poniéndole la mano sobre el hombro le dijo casi al oído:
--Baldomero, ármese usted dentro de media hora, si no quiere que lo mate
sin defensa y como se mata a un perro rabioso.
El calavera, recobrándose instantáneamente de la sorpresa, le contestó
con insolencia:
--No acostumbro armarme para los viejos.
El marqués continuó su camino y entró en el templo.
A poco sonaron las doce, el sacristán tocó una campanilla en el atrio en
señal de que el sacerdote iba ya a pisar las gradas del altar y la calle
quedó desierta de pisaverdes.
Media hora después salía el brillante concurso, y los jóvenes volvían a
ocupar sitio en las aceras. Baldomero Roldán se colocó al pie de la
cadena.
El marqués de Santa Rosa vino hacia él con paso grave, reposado, y le
dijo:
--Joven, ¿está usted ya armado?
--Repito a usted, viejo tonto, que para usted no gasto armas.
El marqués amartilló una pistola, hizo fuego, y Baldomero Roldán cayó
con el cráneo destrozado.