III

Y pasó un año cabal, y vino el día aniversario de aquel en que Baldomero

escribiera la villana carta.

La misa de doce en Santo Domingo y en el altar de la Virgen del Rosario

era lo que hoy llamamos la misa aristocrática. A ella concurría lo más

selecto de la sociedad limeña.

Entonces, como ahora, la juventud dorada del sexo fuerte estacionábase a

la puerta e inmediaciones del templo para ver y ser vista, y prodigar

insulsas galanterías a las bellas y elegantes devotas.

Baldomero Roldán hallábase ese domingo entre otros casquivanos, apoyado

en uno de los cañones que sustentaban la cadena que hasta hace pocos

años se veía frente a la puerta lateral de Santo Domingo, cuando cinco

minutos antes de las doce se le acercó el marqués de Santa Rosa, y

poniéndole la mano sobre el hombro le dijo casi al oído:

--Baldomero, ármese usted dentro de media hora, si no quiere que lo mate

sin defensa y como se mata a un perro rabioso.

El calavera, recobrándose instantáneamente de la sorpresa, le contestó

con insolencia:

--No acostumbro armarme para los viejos.

El marqués continuó su camino y entró en el templo.

A poco sonaron las doce, el sacristán tocó una campanilla en el atrio en

señal de que el sacerdote iba ya a pisar las gradas del altar y la calle

quedó desierta de pisaverdes.

Media hora después salía el brillante concurso, y los jóvenes volvían a

ocupar sitio en las aceras. Baldomero Roldán se colocó al pie de la

cadena.

El marqués de Santa Rosa vino hacia él con paso grave, reposado, y le

dijo:

--Joven, ¿está usted ya armado?

--Repito a usted, viejo tonto, que para usted no gasto armas.

El marqués amartilló una pistola, hizo fuego, y Baldomero Roldán cayó

con el cráneo destrozado.

Las mejores tradiciones peruanas · 第 94 / 206 题