El marqués se sintió como herido por un rayo.
Después de un rato de estupor, una chispa de esperanza brotó en su
espíritu.
Así es el corazón humano. La esperanza es lo último que nos abandona en
medio de los más grandes infortunios.
--¡Jactanciosa frase de mancebo pervertido! ¡Miente el infame¡--exclamó
el anciano.
Y llamó a su hija la dió la carta, síntesis de toda la vileza de que es
capaz el alma de un malvado, y la dijo:
--Lee y contéstame... ¿Ha mentido ese hombre?
La desdichada niña cayó de rodillas murmurando con voz ahogada por los
sollozos:
--Perdóname..., padre mío..., perdóname... ¡Lo amaba tanto!... ¡Pero te
juro que estoy avergonzada de mi amor por un ser tan indigno!...
¡Perdón! ¡Perdón!
El magnánimo viejo se enjugó una lágrima, levantó a su hija, la estrechó
entre sus brazos y la dijo:
--¡Pobre ángel mío!...
En el corazón de un padre es la indulgencia tan infinita como en Dios la
misericordia.