(_A D. Adolfo E. Dávila_)
Ni época, ni nombres, ni el teatro de acción son los verdaderos en esta
leyenda. Motivos tiene el autor para alterarlos. En cuanto al argumento,
es de indisputable autenticidad. Y no digo más en este preambulillo
porque... no quiero, ¿estamos?
I
Laurentina llamábase la hija menor, y la más mimada, de D. Honorio
Aparicio, castellano viejo y marqués de Santa Rosa de los Angeles. Era
la niña un fresco y perfumado ramilletico de diez y ocho primaveras.
Frisaba su señoría el marqués en las sesenta navidades, y hastiado del
esplendor terrestre había ya dado de mano a toda ambición, apartádose de
la vida pública, y resuelto a morir en paz con Dios y con su conciencia,
apenas si se le veía en la iglesia en los días de precepto religioso. El
mundo, para el señor marqués, no se extendía fuera de las paredes de su
casa y de los goces del hogar. Había gastado su existencia en servicio
del rey y de su patria, batídose bizarramente y sido premiado con
largueza por el monarca, según lo comprobaban el hábito de Santiago y
las cruces y banda con que ornaba su pecho en los días de gala y de
repicar gordo.
Tres o cuatro ancianos pertenecientes a la más empinada nobleza
colonial, un inquisidor, dos canónigos, el superior de los paulinos, el
comendador de la Merced y otros frailes de campanillas eran los
obligados concurrentes a la tertulia nocturna del marqués. Jugaba con
ellos una partida de chaquete, tresillo o malilla de compañeros,
obsequiábalos a toque de nueve con una jícara del sabroso soconusco
acompañada de tostaditas y mazapán almendrado de las monjas catalinas, y
con la primera campanada de las diez despedíanse los amigos. Don
Honorio, rodeado de sus tres hijas y de doña Ninfa, que así se llamaba
la vieja que servía de aya, dueña, cerbero o guardián de las muchachas,
rezaba el rosario, y terminado éste, besaban las hijas la mano del señor
padre, murmuraba él un «Dios las haga santas» y luego rebujábanse entre
palomas el palomo viudo, las palomitas y la lechuza.
Aquello era vida patriarcal. Todos los días eran iguales en el hogar del
noble y respetable anciano, y ninguna nube tormentosa se cernía sobre el
sereno cielo de la familia del marqués.
Sin embargo, en la soledad del techo desvelábase D. Honorio con la idea
de morir sin dejar establecidas a sus hijas. Dos de ellas optaban por
monjío; pero la menor, Laurentina, el ojito derecho del marqués, no
revelaba vocación por el claustro, sino por el mundo y sus tentadores
deleites.
El buen padre pensó seriamente en buscarla marido, y platicando una
noche sobre el delicado tema con su amigo el conde de Villarroja D.
Benicito Suárez Roldán, éste le interrumpió diciéndole:
--Mira, marqués, no te preocupes, que yo tengo para tu Laurentina un
novio como un príncipe en mi hijo Baldomero.
--Que me place, conde; aunque algo se me alcanza de que tu retoño es un
calvatrueno.
--¡Eh! ¡Murmuraciones de envidiosos y pecadillos de la mocedad! ¿Quién
hace caso de eso? Mi hijo no es santo de nicho, ciertamente; pero ya
sentará la cabeza con el matrimonio.
Y desde el siguiente día, el conde fué a la tertulia del de Santa Rosa,
acompañado de su hijo. Este quedó admitido para hacer la corte a
Laurentina, mientras los viejos cuestionaban sobre el _arrastre_ de
chico y la _falla_ del rey, y cuatro o seis meses más tarde eran ya
puntos resueltos para ambos padres el noviazgo y el consiguiente
casorio.
Baldomero era un gallardo mancebo, pero libertino y seductor de oficio.
Tratándose de sitiar fortalezas, no había quien lo superase en
perseverancia y ardides; mas una vez rendida o tomada por asalto la
fortaleza, íbase con la música a otra parte, y si te vi no me acuerdo.
Baldomero halló en la venalidad de doña Ninfa una fuerza auxiliar dentro
de la plaza; y la inexperta joven, traicionada por la inmunda dueña,
arrastrada por su cariño al amante, y más que todo fiando en la
hidalguía del novio, sucumbió... antes de que el cura de la parroquia la
hubiese autorizado para arriar pabellón.
A poco, hastiado el calavera de la fácil conquista, empezó por acortar
sus visitas y concluyó por suprimirlas. Era de reglamento que así
procediese. Otro amorcillo lo traía encalabrinado.
La infeliz Laurentina perdió el apetito, y dió en suspirar y
desmejorarse a ojos vistos. El anciano, que no podía sospechar hasta
dónde llegaba la desventura de su hija predilecta, se esforzaba en vano
por hacerla recobrar la alegría y por consolarla del desvío del
galancete:
--Olvida a ese loco, hija mía, y da gracias a Dios de que a tiempo haya
mostrado la mala hilaza. Novios tendrás para escoger como en peras, que
eres joven, bonita y rica y honrada.
Y Laurentina se arrojaba llorando al cuello de su padre, y escondía
sobre su pecho la púrpura que teñía sus mejillas al oirse llamar honrada
por el confiado anciano.
Al fin, éste se decidió a escribir a Baldomero pidiéndole explicaciones
sobre lo extraño de su conducta, y el atolondrado libertino tuvo el
cruel cinismo y la cobarde indignidad de contestar al billete del
agravio padre con una carta en la que se leían estas abominables
palabras: _Esposa adúltera sería la que ha sido hija liviana_. ¡Horror!