Al retirarse Amat para España, donde a la edad de ochenta años contrajo
en Cataluña matrimonio con una de sus sobrinas, la _Perricholi_ se
despidió para siempre del teatro, y vistiendo el hábito de las
carmelitas hizo olvidar, con la austeridad de su vida y costumbres, los
escándalos de su juventud. «Sus tesoros los consagró al socorro de los
desventurados, y cuando--dice Radiguet--cubierta de las bendiciones de
los pobres, cuya miseria aliviara con generosa mano, murió en 1812 en la
casa de la Alameda Vieja, la acompañó el sentimiento unánime y dejó
gratos recuerdos al pueblo limeño.»