Así Lavalle como Radiguet en _L’Amérique Espagnole_, y Merimée en su
comedia _La Carrosse du Saint Sacrement_, refieren que cuando el rey de
Nápoles que después fué Carlos III de España, concedió a Amat la gran
orden de San Jenaro (gracia que fué celebrada en Lima con fiestas
regias, pues hasta se lidiaron toros en la plaza Mayor) la _Perricholi_
tuvo la audacia de concurrir a ellas en carroza arrastrada por doble
tiro de mulas, privilegio especial de los títulos de Castilla.
«Realizó su intento--dice Lavalle--con grande escándalo de la
aristocracia de Lima; recorrió las calles y la Alameda en una soberbia
carroza cubierta de dorados y primorosas pinturas, arrastrada por cuatro
mulas conducidas por postillones brillantemente vestidos con libreas
galoneadas de plata, iguales a las de los lacayos que montaban en la
zaga. Mas cuando volvía a su casa, radiante de hermosura y gozando el
placer que procura la vanidad satisfecha, se encontró por la calle de
San Lázaro con un sacerdote de la parroquia que conducía a pie el
sagrado Viático. Su corazón se desgarró al contraste de su esplendor de
cortesana con la pobreza del Hombre-Dios, de su orgullo humano con la
humildad divina; y descendiendo rápidamente de su carruaje, hizo subir a
él al modesto sacerdote que llevaba en sus manos el cuerpo de Cristo.
Anegada en lágrimas de ternura, acompañó al Santo de los Santos,
arrastrando por las calles sus encajes y brocados; y no queriendo
profanar el carruaje que había sido purificado con la presencia de su
Dios, regaló en el acto carruaje y tiros, lacayos y libreas a la
parroquia de San Lázaro.»
El hecho es cierto tal como lo relata Lavalle, excepto en un pormenor.
No fué en los festejos dados a Amat por haber recibido la banda y cruz
de San Jenaro, sino en la fiesta de la Porciúncula (que se celebraba en
la iglesia de los padres descalzos, y a cuya Alameda concurría esa
tarde, en lujosísimos coches, toda la aristocracia de Lima), cuando la
_Perricholi_ hizo a la parroquia tan valioso obsequio.
No hace aún veinte años que en el patio de una casa-huerta, en la
Alameda, se enseñaba como curiosidad histórica el carruaje de la
_Perricholi_, que era de forma tosca y pesada, y que las inclemencias
del tiempo habían convertido en mueble inútil para el servicio de la
parroquia. El que esto escribe tuvo entonces ocasión de contemplarlo.