IV

Empresario del teatro de Lima era en 1773 un actor apellidado Maza,

quien tenía contratada a Miquita con ciento cincuenta pesos al mes, que

en esos tiempos era sueldo más pingüe que el que podríamos ofrecer a la

Ristori o a la Patti. Cierto que la Villegas, querida de un hombre

opulento y generoso, no necesitaba pisar la escena; pero el teatro era

su pasión y su deleite, y antes de renunciar a él habría roto sus

relaciones con el virrey.

Parece que el cómico empresario dispensaba en el reparto de papeles

ciertas preferencias a una nueva actriz conocida por la _Inesilla_,

preferencias que traían a Miquita con la bilis sublevada.

Representábase una noche la comedia de Calderón de la Barca _¡Fuego de

Dios en el querer bien!_, y estaban sobre el proscenio Maza, que

desempeñaba el papel de galán, y Miquita el de la dama, cuando a mitad

de un parlamento o tirada de versos murmuró Maza en voz baja:

--¡Más alma, mujer, más alma! Eso lo declamaría mejor la Inés.

Desencadenó Dios sus iras. La Villegas se olvidó de que estaba delante

del público, y alzando un chicotillo que traía en la mano, cruzó con él

la cara del impertinente.

Cayó el telón. El respetable público se sulfuró y armó una de gritos:

«¡A la cárcel la cómica, a la cárcel!»

El virrey, más colorado que un cangrejo cocido, abandonó su palco; y

para decirlo todo de un golpe, la función concluyó a capazos.

Aquella noche, cuando la ciudad estaba ya en profundo reposo, embozóse

Amat, se dirigió a casa de su querida, y la dijo:

--Después del escándalo que has dado, todo ha concluído entre nosotros,

y debes agradecerme que no te haga mañana salir al tablado a pedir de

rodillas perdón al público. ¡Adiós, _Perri-choli_!

Y sin atender a lloriqueo ni a soponcio, Amat volteó la espalda y

regresó a palacio, muy resuelto a poner en práctica el consejo de un

poeta:

«Si se te apaga el cigarro

no lo vuelvas a encender:

si riñes con una moza

no la vuelvas a querer.»

Como en otra ocasión lo hemos apuntado, Amat hablaba con muy marcado

acento de catalán, y en sus querellas de amante lanzaba a su concubina

un _¡perra-chola!_, que al pasar por su boca sin dientes se convertía en

_perri-choli_. Tal fué el origen del apodo.

Lástima que no hubiéramos tenido en tiempos de Amat periódicos y

gacetilla. ¡Y cómo habrían regozado cronistas y graneleros al poner a

sus lectores en autos de la rebujina teatral! ¡Paciencia! Yo he tenido

que conformarme con lo poco que cuenta el autor anónimo.

Amat pasó muchos meses sin visitar a la iracunda actriz, la que tampoco

se atrevía a presentarse en el teatro, recelosa de la venganza del

público.

Pero el tiempo, que todo calma; los buenos oficios de un corredor de

oreja, llamado Pepe Estacio; las cenizas calientes que quedan donde

fuego ha habido, y más que todo el amor de padre...

¡Ah! Olvidaba apuntar que los amores de la _Perricholi_ con el virrey

habían dado fruto. En el patio de la casa de la Puente-Amaya se veía a

veces un precioso chiquillo vestido con lujo y llevando al pecho una

bandita roja, imitando la que usan los caballeros de la real orden de

San Jenaro. A ese nene solía gritarle su abuela desde el balcón:

--¡Quítate del sol, niño, que no eres un cualquiera, sino hijo de cabeza

grande!

Conque decíamos que al fin se reconciliaron los reñidos amantes, y si no

miente el cronista del librejo, que se muestra conocedor de ciertas

interioridades, la reconciliación se efectuó el 17 de septiembre de

1775.

«Yo no sé qué demonios

los dos tenemos;

mientras más regañamos

más nos queremos.»

Pero era preciso reconciliar también a la _Perricholi_ con el público,

que por su parte había casi olvidado lo sucedido año y medio antes. El

pueblo fué siempre desmemoriado, y tanto que hoy recibe con palmas y

arcos a quien ayer arrojó del solio entre silbos y poco menos que a

mojicones.

Casos y casos de estos he visto yo... y aun espero verlos; que los

hombres públicos de mi tierra tienen muchos Domingos de Ramos y muchos

Viernes Santos, en lo cual aventajan a Cristo. Y hago punto, que no

estoy para belenes de política.

Maza se había curado con algunos obsequios que le hiciera la huanuqueña

el berdugón del chicotillazo; y el público, engatusado como siempre por

agentes diestros, ardía en impaciencia para volver a aplaudir a su

actriz favorita.

En efecto, el 4 de noviembre, es decir, mes y medio después de hechas

las paces entre los amantes, se presentó la _Perricholi_ en la escena,

cantando antes de la comedia una tonadilla nueva, en la que había una

copla de satisfacción para el público.

Aquella noche recibió la _Perricholi_ la ovación más espléndida de que

hasta entonces dieran noticia los fastos de nuestro vetusto gallinero o

coliseo.

Agrega el pícaro autor del librejo que Miquita apareció en la escena

revelando timidez; pero que el virrey la comunicó aliento, diciéndola

desde su palco:

--¡Eh! No hay que _acholarse_, valor y cantar bien.

Pero a quien supo todo aquello a chicharrones de sebo fué a la

_Inesilla_, que durante el año y medio de eclipse de su rival había

estado funcionando de primera dama. No quiso resignarse ya a ser segunda

de la _Perricholi_ y se escapó para Lurín, de donde la trajeron presa.

Ella, por salir de la cárcel, rompió su contrato y con él... su

porvenir.

V

Relevado Amat en 1776 con el virrey Guirior, y mientras arreglaba las

maletas para volver a España, circularon en Lima coplas a porrillo,

lamentándose en unas y festejándose en otras la separación del

mandatario.

Las más graciosas de esas versainas son las tituladas _Testamento de

Amat_, _Conversata entre Guarapo y Champa_, _Tristes de doña Estatira_ y

_Diálogo entre la culebra y la Ráscate con vidrio_.

Entre los manuscritos de la Biblioteca de Lima se encuentra el siguiente

romancillo que copio por referirse a nuestra atriz:

LAMENTOS Y SUSPIROS DE LA «PERRICHOLI» POR LA AUSENCIA DE SU AMANTE EL

SR. D. MANUEL DE AMAT A LOS REINOS DE ESPAÑA

Ya murió la esperanza

de mis deseos,

pues se ausentan las luces

del mejor Febo.

Ya no logran las tablas

cadencia y metro,

pues el compás les falta

a los conciertos.

Mi voz está perdida

y sin aliento;

mas ¿qué mucho si el alma

le falta al pecho?

Estatua seré fría

o mármol yerto,

sin que Amor en mí labre

aras ni templos.

Lloren las ninfas todas

del coliseo,

que Apolo se retira

de los festejos;

aquel grande caudillo

del galanteo,

que al dios de los amores

ofrece inciensos.

Mirad si con justicia

yo me lamento,

que tutelar no tienen

ya nuestros huertos.

No gozarán las flores

verdes recreos,

por faltar el cultivo

del jardinero.

¡Ay! Yo fijé la rueda

de sus afectos,

y otras fueron pavesas

de sus incendios.

Ya no habrá Miraflores

ni más paseos,

en que Júpiter quiso

ser mi escudero.

Mas ¡ay de mí! infelice

que hago recuerdo

de glorias que han pasado

a ser tormento.

Negras sombras rodean

mis pensamientos,

cual cometa que anuncia

tristes sucesos.

¡Oh fortuna inconstante!

Ya considero

que mi suerte se vuelve

al ser primero.

Aunque injurias me causen

crudos los tiempos,

mi fineza y cariño

serán eternos.

Mi carroza luciente

que fué su obsequio,

sirva al dolor de tumba,

de mausoleo.

Pero en tan honda pena,

para consuelo

me queda un cupidillo,

vivo y travieso.

Es su imagen, su imagen,

y según veo,

original parece,

aunque pequeño.

Hijo de mis amores,

Adonis bello,

llora tanta desgracia,

llora y lloremos.

Si es preciso que sufras

golpe tan fiero,

mis ojos serán mares,

mis quejas remos.

Navega, pues, navega,

mi dulce dueño,

y Tetis te acompañe

con mis lamentos.

Bien chabacana, en verdad, es la mitológica musa que dió vida a estos

versos; pero gracias a ella, podrá el lector formarse cabal concepto de

la época y de los personajes.

Las mejores tradiciones peruanas · 第 77 / 206 题