III

Frustrada la doble venganza que se propuso doña Elvira, se la

desencapotaron los ojos; lo que equivale a decir que, sin haberla

refrescado con agua de la famosa fuente _cuyana_, pasó su alma a

experimentar el sentimiento opuesto al odio. ¡Misterios del corazón!

Tal vez la apasionada epístola del galán sirvió de combustible para

avivar la hoguera. Sea de ello lo que fuere, que yo no tengo para qué

meterme en averiguarlo, la verdad es que el hidalgo y la dama tuvieron

diaria entrevista en casa de Manuela y se juraron amarse hasta el último

soplo de vida. Por eso, sin duda, se dijo «quien te dió la hiel, te dará

la miel.»

Por supuesto, que no volvió entre ellos a hablarse de lo pasado. «A

cuentas viejas, barajas nuevas.»

Pero los entusiastas amantes se olvidaban de que en Potosí existía un

hombre llamado D. Martín Figueras, el cual la echaba de celoso, quizá,

como dice el refrán, «no tanto por el huevo sino por el fuero.» Al

primer barrunto que éste tuvo de que un cirineo lo ayudaba a cargar la

cruz, encerró a su mujer en casita, rodeóla de dueñas y rodrigones,

prohibióla hasta la salida al templo en los días de precepto y forzóla a

que estuviese en el estrado mano sobre mano como mujer de escribano.

Decididamente D. Martín Figueras era el Nerón de los maridos, un tirano

como ya no se usa. No era para él la resignación virtud con la que se

gana el cielo. A él no le venía de molde esta copla:

«Un cazador famoso,

poco advertido,

por matar a un venado

mató a un marido.»

El hombre era de la misma pasta de aquel que fastidiado de oir a su

conjunta gritar a cada triquitraque y como quien en ello hace obra de

santidad: «¡Soy muy honrada!, ¡soy muy honrada!, ¡como yo hay pocas!,

¡soy muy honrada!,» la contestó: «Hija mía, a Dios que te lo pague, que

a mi cuenta no está el premiarlo si lo eres, sino el castigarlo si lo

dejares de ser.»

D. Alonso no se conformó con la forzada abstinencia que le imponían los

escrúpulos de un Orestes; y cierta noche, entre él y los dos matones,

le plantaron a D. Martín tres puñaladas que no debieron ser muy limpias,

pues el moribundo tuvo tiempo para acusar como a su asesino al hijo del

corregidor.

--Si tal se prueba--dijo irritado su señoría, que era hombre de no

partir peras con nadie en lo tocante a su cargo,--no le salvará mi amor

paternal de que la justicia llene su deber degollándolo por mano del

verdugo; que el que por su gusto se traga un hueso, hácelo atenido a su

pescuezo.

Los ministriles se pusieron en movimiento, y apresado uno de los

rufianes cantó de plano y pagó su crimen en la horca; que la cuerda

rompe siempre por lo más delgado.

Entretanto D. Alonso escapó a uña de caballo, y doña Elvira se fué a

Chuquisaca y se refugió en la casa materna.

Probablemente algún cargo serio resultaría contra ella en el proceso,

cuando las autoridades del Potosí libraron orden de prisión,

encomendando su cumplimiento al alguacil mayor de Chuquisaca.

Presentóse éste en la casa, con gran cortejo de esbirros, e impuesta la

madre de lo que solicitaban, se volvió a doña Elvira y la dijo:

--Niña, ponte el manto y sigue a estos señores; que si inocente estás,

Dios te prestará su amparo.

Entró Elvira en la recámara y habló rápidamente con su hermana. A poco

salió una dama, cubierta la faz con el rebocillo, y los corchetes la

dieron escolta de honor.

Así caminaron seis cuadras, hasta que, al llegar a la puerta de la

cárcel, la dama se descubrió y el alguacil mayor se mesó las barbas,

reconociéndose burlado. La presa era la hermana de doña Elvira.

La viuda de D. Martín Figueras no perdió minuto, y cuando regresó la

gente de justicia en busca de la paloma, ésta se hallaba salva de cuitas

en el monasterio de monjas, asilo inviolable en aquellos tiempos.

Las mejores tradiciones peruanas · 第 70 / 206 题