D. Alonso pasó por Buenos Aires a España. Rico, noble y bien
relacionado, defendió su causa con lengua de oro, y como era
consiguiente, alcanzó cédula real que a la letra así decía:
«_El Rey._--Por cuanto siéndonos manifiesto que D. Alonso de Leyva,
hidalgo de buen solar, dió muerte con razón para ello a D. Martín
Figueras, vecino de la imperial villa de Potosí, mandamos a nuestro
viso-rey, audiencias y corregimientos de los reinos del Perú, den por
quito y absuelto de todo cargo al dicho hidalgo D. Alonso de Leyva,
quedando finalizado el proceso y anulado y casado por esta nuestra real
sentencia ejecutoria.»
En seguida pasó a Roma; y haciendo uso de los mismos sonantes e
irrefutables argumentos, obtuvo licencia para contraer matrimonio con la
viuda del veinticuatro de Potosí.
Pero D. Alonso no pudo hacer que el tiempo detuviese su carrera, y gastó
tres años en viajes y pretensiones.
Doña Elvira ignoraba las fatigas que se tomaba su amante; pues aunque
éste la escribió informándola de todo, o no llegaron a Chuquisaca las
cartas, en esa época de tan difícil comunicación entre Europa y América,
o como presume el religioso cronista que consignó esta historia, las
cartas fueron interceptadas por la severa madre de doña Elvira, empeñada
en que su hija tomase el velo para acallar el escándalo a que su
liviandad diera motivo.
D. Alonso de Leyva llegó a Chuquisaca un mes después de que el solemne
voto apartaba del mundo a su querida Elvira.
Añade el cronista que el desventurada amante se volvió a Europa y murió
vistiendo el hábito de los cartujos.
¡Pobrecito! Dios lo haya perdonado... _Amén._