La esposa de D. Martín Figueras juró solemnemente vengarse de los que la
habían agraviado; y para asegurar el logro de su venganza, principió por
disimular su enojo para con la desleal amiga y fingió reconciliarse con
ella y olvidar su felonía.
Una tarde en que Manuela estaba ligeramente enferma, doña Elvira la
envió un plato de natillas. Afortunadamente para la _proxeneta_ no pudo
comerlas en el acto, por no contrariar los efectos de un medicamento que
acababan de propinarla, y guardó el obsequio en la alacena.
A las diez de la noche sacó Manuela el consabido dulce, resuelta a darse
un hartazgo, y quedó helada de espanto. En las natillas se veía la
nauseabunda descomposición que produce un tósigo. De buena gana habría
la tal alborotado el cotarro; pero como la escarabajeaba un gusanillo la
conciencia, resolvió callar y vivir sobre aviso.
En cuanto a D. Alonso de Leyva, tampoco las tenía todas consigo y andaba
más escamado que un pez.
Hallábase una noche en un garito, cuando entraron dos matones, y él
instintivamente concibió algún recelo. Los dados le habían sido
favorables, y al terminarse la partida se volvió hacia los individuos
sospechosos y alargándoles un puñado de monedas, les dijo:
--¡Vaya, muchachos! Reciban _barato_ y diviértanse a mi salud.
Los malsines acompañaron al de Leyva y le confesaron que doña Elvira los
había comisionado para que lo cosiesen a puñaladas, pero que ellos no
tenían entrañas para hacer tamaña barbaridád con tan rumboso mancebo.
Desde ese momento, D. Alonso los tomó a su servicio para que le
guardasen las espaldas y le hiciesen en la calle compañía, marchando a
regular distancia de su sombra. Era justo precaucionarse de una celada.
Item, escribió a su víctima una larga y expresiva carta, rogándola
perdonase la villanía a que lo delirante de su pasión lo arrastrara.
Decíala además que si para desagravio necesitaba su sangre toda, no la
hiciese verter por el puñal de un asesino, y terminaba con esta
apasionada promesa: «Una palabra tuya, Elvira mía, y con mi propia
espada me atravesaré el corazón.»
Convengamos en que el D. Alonso era mozo de todo juego, y que sabía, por
lo alto y por lo bajo, llevar a buen término una conquista; que como
reza el cantarcillo:
«Las mujeres y cuerdas
de una guitarra
es menester talento
para templarlas.»