II

La esposa de D. Martín Figueras juró solemnemente vengarse de los que la

habían agraviado; y para asegurar el logro de su venganza, principió por

disimular su enojo para con la desleal amiga y fingió reconciliarse con

ella y olvidar su felonía.

Una tarde en que Manuela estaba ligeramente enferma, doña Elvira la

envió un plato de natillas. Afortunadamente para la _proxeneta_ no pudo

comerlas en el acto, por no contrariar los efectos de un medicamento que

acababan de propinarla, y guardó el obsequio en la alacena.

A las diez de la noche sacó Manuela el consabido dulce, resuelta a darse

un hartazgo, y quedó helada de espanto. En las natillas se veía la

nauseabunda descomposición que produce un tósigo. De buena gana habría

la tal alborotado el cotarro; pero como la escarabajeaba un gusanillo la

conciencia, resolvió callar y vivir sobre aviso.

En cuanto a D. Alonso de Leyva, tampoco las tenía todas consigo y andaba

más escamado que un pez.

Hallábase una noche en un garito, cuando entraron dos matones, y él

instintivamente concibió algún recelo. Los dados le habían sido

favorables, y al terminarse la partida se volvió hacia los individuos

sospechosos y alargándoles un puñado de monedas, les dijo:

--¡Vaya, muchachos! Reciban _barato_ y diviértanse a mi salud.

Los malsines acompañaron al de Leyva y le confesaron que doña Elvira los

había comisionado para que lo cosiesen a puñaladas, pero que ellos no

tenían entrañas para hacer tamaña barbaridád con tan rumboso mancebo.

Desde ese momento, D. Alonso los tomó a su servicio para que le

guardasen las espaldas y le hiciesen en la calle compañía, marchando a

regular distancia de su sombra. Era justo precaucionarse de una celada.

Item, escribió a su víctima una larga y expresiva carta, rogándola

perdonase la villanía a que lo delirante de su pasión lo arrastrara.

Decíala además que si para desagravio necesitaba su sangre toda, no la

hiciese verter por el puñal de un asesino, y terminaba con esta

apasionada promesa: «Una palabra tuya, Elvira mía, y con mi propia

espada me atravesaré el corazón.»

Convengamos en que el D. Alonso era mozo de todo juego, y que sabía, por

lo alto y por lo bajo, llevar a buen término una conquista; que como

reza el cantarcillo:

«Las mujeres y cuerdas

de una guitarra

es menester talento

para templarlas.»

Las mejores tradiciones peruanas · 第 69 / 206 题