II

El juicio fué ejecutivo y ocasionó poco gasto de papel. A los tres

meses, día por día, llegó la hora en que el pueblo se rebullese

alrededor de una empinada horca en la plaza de Guamanga.

Todas las pasadas fechorías de D. Antonio se habían aglomerado en el

proceso. El alférez nada negaba y a toda acusación contestaba: «_Amén_,

y si me han de desencuadernar el pescuezo por una, que me lo tuerzan por

diez lo mismo da, ni gano ni pierdo.»

Para él la cuestión número era parvidad de materia.

El sacerdote había entrado en la capilla y confesado al reo; pera al

darle la comunión, éste le arrebató la Hostia y partió a correr

gritando:

--¡A iglesia me llamo! ¡A iglesia me llamo!

¿Quién podía atreverse a detener al que llevaba entre sus manos,

enseñándola a la muchedumbre, la divina Forma? «Si el alférez había

cometido un sacrilegio, pensaba el religioso pueblo, ¿no lo sería

también hacer armas sobre quien traía consigo el pan eucarístico?»

Ese hombre era, pues, sagrado. Se llamaba _a iglesia_.

Como era de práctica en los dominios del rey de España, cuando se iba a

ajusticiar un delincuente todos los templos permanecían abiertos y las

campanas tañían rogativas.

D. Antonio, seguido del pueblo, tomó asilo en el templo de Santa Clara,

y arrodillándose ante el altar mayor depositó en él la divina Forma.

La justicia humana no alcanzaba entonces a los que se acogían al sagrado

del templo. El alférez estaba salvo.

Noticioso el obispo D. fray Agustín de Carvajal, agustino, de lo que

acontecía, se dirigió a Santa Clara, resuelto a llenar el precepto que

los cánones imponían para con reos de sacrilegio tal como el de D.

Antonio.--La pena canónica era raparle la mano y pasarla por el fuego.

Cierto es que hacía muy pocos años que la Inquisición se había

establecido en Lima, y que ella podía reclamar al criminal. La

extradición, que no era lícita a los tribunales civiles, era una

prerrogativa del tribunal de la fe. Pero los inquisidores estaban por

entonces harto ocupados con la organización del Santo Oficio en estos

reinos, y mal podían pensar en luchas de jurisdicción con el obispo de

Guamanga.

D. Antonio pidió a su ilustrísima que le oyese en confesión. Larga fué

ésta; pero al fin, con general asombro, se vió al obispo tomar de la

mano al criminal, llevarlo a la portería del monasterio, y luego, tras

breve y secreta plática con la abadesa, hacerlo entrar al convento,

cerrando las puertas tras él.

Esto equivalía a guardar el lobo en el redil de las ovejas.

El escándalo tomaba de día en día mayores creces en el católico pueblo,

y los fieles llegaron a murmurar acerca de la sanidad del cerebro de su

pastor. Mas el buen obispo sonreía devotamente cuando sus familias

hacían llegar a sus oídos las hablillas del pueblo.

Y así transcurrieron dos meses hasta que llegó de Lima un enviado del

virrey con pliegos reservados para el obispo. Este tuvo una entrevista

con el alférez; y al día siguiente, con buena escolta, partió D. Antonio

para la capital del virreinato.

En Lima se le detuvo por tres semanas preso entre las monjas bernardas

de la Trinidad, y en el primer galeón que zarpó para España marchó el

camorrista alférez bajo partida de registro.

Las mejores tradiciones peruanas · 第 50 / 206 题