VII

Tres días después unos pescadores encontraron en las playas de Bocanegra

el cuerpo del infortunado Fortunato. Su padre, el conde de Pozosdulces,

y su jefe, el marqués de Salinas, recelando que el joven hubiera sido

víctima de algún enemigo, hicieron aprehender a un individuo sobre el

que recaían no sabemos qué sospechas de mala voluntad para con el

difunto.

Y corrían los meses y la causa iba con pies de plomo, y el pobre diablo

se encontraba metido en un dédalo de acusaciones, y el fiscal veía

pruebas clarísimas en donde todos hallaban el caos, y el juez vacilaba

para dar sentencia entre la horca y presidio.

Pero la Providencia, que vela por los inocentes, tiene resortes

misteriosos para hacer la luz sobre el crimen.

Benedicta, moribunda y devorada por el remordimiento, reveló todo a un

sacerdote, rogándole que para salvar al encarcelado hiciese pública su

confesión; y he aquí cómo en la forma de proceso ha venido a caer bajo

nuestra pluma de cronista la sombría leyenda de la _Gatita de

Mari-Ramos_.

¡A iglesia me llamo!

(_Al Dr. D. Juan Antonio Ribeyro_)

I

En una casa de los arrabales de la ciudad de Guamanga hallábanse

congregados en cierta noche del año de gracia de 1575, y en torno a una

mesa, hasta doce aventureros españoles, ocupados en el nada seráfico

entretenimiento de hacer correr los dados sobre el verde tapete. Eran

los jugadores mineros de ejercicio, y, sabido es que no hay gente más

dada a la fea pasión del juego que la que emplea su tiempo y trabajo en

arrancar tesoros de las entrañas de la tierra.

La noche era de las más frías de aquel invierno, llovía si Dios tenía

qué, relampagueaba como en deshecha tormenta y el fragor del trueno

hacía de rato en rato estremecer el edificio. Parecía imposible que alma

viviente se arriesgase a cruzar las calles con tan barrabasado tiempo.

De pronto sonaron golpes a la puerta de la casa y los jugadores dieron

reposo a los dados, mirándose los unos a los otros con aire de sorpresa.

--¡Por San Millán el de la cogulla!--gritó uno.--Si quien toca es ánima

en pena, vaya a pedir sufragios a otra parte. ¡Noramala para el

importuno! ¡Arre allá, buscona o bergante! Seguid vuestro camino y dejad

en paz a la gente honrada.

--Por tal busco vuestra compañía, Mendo Jiménez, y abrid y excusad

palabras, que traigo caladas la capa y el chambergo--contestó el de

afuera.

--Acabáramos, seor alférez--repuso Jiménez abriendo la puerta.--Entre

vuesa merced y sea bien venido, magüer barrunto que nada bueno nos ha de

traer quien viene a completar el número trece.

--Quédense las agorerías para otro menos mañero y descreído que vos,

Mendo Jiménez. A la paz de Dios, caballeros,--dijo el nuevo personaje,

arrojando el chapeo y el embozo sobre una silla próxima al brasero y

tomando puesto entre los jugadores.

Era el alférez mozo de treinta años y que a pesar de lo imberbe de su

rostro había sabido imponer respeto a los desalmados aventureros que por

entonces pululaban en el Perú. Vestía aquella noche con cierto elegante

desaliño. Sombrero con pluma y cintillo azul, golilla de encaje de

Flandes, jubón carmesí, calzas de igual color con remates de azabache, y

cinturón de terciopelo, del que pendía una hoja con gavilán dorado.

Contaba poco menos de un mes de vecindad en Guamanga, y ya había tenido

un desafío. Referíase de él que, soldado en los tercios de Chile, había

desertado de la guarnición y pasado al Tucumán, Potosí y Cuzco, de cuyos

lugares lo obligara también a salir lo pendenciero de su carácter.

Oriundo de San Sebastián de Guipúzcoa, tenía el genio duro como el

hierro de las montañas vascongadas y tan endiablados los puños como el

alma. Fama es que los diestros matones y espadachines de su tiempo no

alcanzaban a parar una estocada que él había inventado y a la que

llamaba, aludiendo a su siniestro éxito, _el golpe sin misericordia_.

Después de contemplar por algunos momentos la agitación con que sus

compañeros de vicio seguían el giro de los dados, arrojó sobre la mesa

una bien provista bolsa de cuero, diciendo:

--Roñoso juego hacen vuesas mercedes y más parecen judíos tacaños que

hijosdalgo y mineros. Ahí está mi bolsa para el que se arriesgue a

ganármela a punto menor.

--Rumboso viene D. Antonio--contestó Mendo Jiménez--y ¡por los cuernos

del diablo! que tengo de aceptar el reto.

--¡A ello, y tiro!--repuso el alférez haciendo rodar los dados.--¡Ases!

Ni Cristo, con ser quien fué, podría echarme punto menor. He ganado.

--¡Mala higa para vos! Esperad, seor alférez, que tal puede ser la

suerte que os iguale.

--Idos con esa esperanza al físico de Orgaz que cataba el pulso en el

hombro.

--Nada aventuro con tirar los dados a topatolondro, que de corsario a

corsario no se arriesgan sino los barriles.

--Tire, pues, vuesa merced, que en salvo está el que repica.

Y Mendo Jiménez agitó el cubilete y soltó los dados. Todos se quedaron

maravillados. Mendo Jiménez resultaba ganancioso.

Un dado había caído sobre el otro, cubriéndolo perfectamente, dejando

ver en su superficie un solo as.

El alférez protestó contra el fallo unánime de los jugadores; a la

protesta siguieron los votos; a ellos lo de llamarse fulleros y mal

nacidos; y agotados los denuestos, desenvainó D. Antonio la espada y

despabiló con ella al candil que estaba pendiente del techo. En completa

tiniebla se armó entonces el más infernal zipizape. Cintarazo va,

puñalada viene, al grito de «¡Dios me asista!» uno de los jugadores

cayó redondo, y los demás se echaron en tropel a la calle.

El matador huía a buen paso; pero al doblar una esquina dió con la

ronda, y el alcalde lo detuvo con la sacramental y obligada frase:

--Por el rey, ¡dése preso!

--No en mis días, seor corchete, mientras me ampare el esfuerzo de mi

brazo.

Y aquel furioso arremetió sobre los alguaciles, y acaso habría dado al

diablo cuenta de muchos de ellos, si uno más listo y avisado que sus

compinches no hubiese echado la zancadilla al alférez, quien vino cuan

largo era a medir con su cuerpo el santo suelo.

Cayeron sobre él los de la ronda, y atado codo con codo lo condujeron a

la cárcel.

No era esta la primera pendencia de nuestro alférez por cuestión de

juego. Una tuvo en que milagrosamente salvó el pescuezo. Jugando en un

pueblo del Cuzco con un portugués que paraba largo, puso éste una mano

de a onza de oro cada pinta. Don Antonio echó diez y seis suertes

seguidas, y el perdidoso, dándose una palmada en la frente, exclamó:

--¡Válgame la encarnación del diablo! ¡Envido!

--¿Qué envida?

--Envido un cuerno--dijo el portugués golpeando el tapete con una moneda

de oro.

--Quiero y reviro el otro que le queda--contestó el alférez.

La respuesta del portugués, que era casado, fué sacar a lucir la tizona.

D. Antonio no era manco, y a poco batallar dejó sin vida a su

adversario. Llegó la justicia y condujo al matador a la cárcel. Siguióse

causa y se le sentenció a muerte. Habíale ya el verdugo puesto el

boletín, que es el cordel delgado con que ahorcan, cuando llegó un posta

trayendo el indulto acordado por la Audiencia del Cuzco.

Las mejores tradiciones peruanas · 第 49 / 206 题