Tres días después unos pescadores encontraron en las playas de Bocanegra
el cuerpo del infortunado Fortunato. Su padre, el conde de Pozosdulces,
y su jefe, el marqués de Salinas, recelando que el joven hubiera sido
víctima de algún enemigo, hicieron aprehender a un individuo sobre el
que recaían no sabemos qué sospechas de mala voluntad para con el
difunto.
Y corrían los meses y la causa iba con pies de plomo, y el pobre diablo
se encontraba metido en un dédalo de acusaciones, y el fiscal veía
pruebas clarísimas en donde todos hallaban el caos, y el juez vacilaba
para dar sentencia entre la horca y presidio.
Pero la Providencia, que vela por los inocentes, tiene resortes
misteriosos para hacer la luz sobre el crimen.
Benedicta, moribunda y devorada por el remordimiento, reveló todo a un
sacerdote, rogándole que para salvar al encarcelado hiciese pública su
confesión; y he aquí cómo en la forma de proceso ha venido a caer bajo
nuestra pluma de cronista la sombría leyenda de la _Gatita de
Mari-Ramos_.
¡A iglesia me llamo!
(_Al Dr. D. Juan Antonio Ribeyro_)
I
En una casa de los arrabales de la ciudad de Guamanga hallábanse
congregados en cierta noche del año de gracia de 1575, y en torno a una
mesa, hasta doce aventureros españoles, ocupados en el nada seráfico
entretenimiento de hacer correr los dados sobre el verde tapete. Eran
los jugadores mineros de ejercicio, y, sabido es que no hay gente más
dada a la fea pasión del juego que la que emplea su tiempo y trabajo en
arrancar tesoros de las entrañas de la tierra.
La noche era de las más frías de aquel invierno, llovía si Dios tenía
qué, relampagueaba como en deshecha tormenta y el fragor del trueno
hacía de rato en rato estremecer el edificio. Parecía imposible que alma
viviente se arriesgase a cruzar las calles con tan barrabasado tiempo.
De pronto sonaron golpes a la puerta de la casa y los jugadores dieron
reposo a los dados, mirándose los unos a los otros con aire de sorpresa.
--¡Por San Millán el de la cogulla!--gritó uno.--Si quien toca es ánima
en pena, vaya a pedir sufragios a otra parte. ¡Noramala para el
importuno! ¡Arre allá, buscona o bergante! Seguid vuestro camino y dejad
en paz a la gente honrada.
--Por tal busco vuestra compañía, Mendo Jiménez, y abrid y excusad
palabras, que traigo caladas la capa y el chambergo--contestó el de
afuera.
--Acabáramos, seor alférez--repuso Jiménez abriendo la puerta.--Entre
vuesa merced y sea bien venido, magüer barrunto que nada bueno nos ha de
traer quien viene a completar el número trece.
--Quédense las agorerías para otro menos mañero y descreído que vos,
Mendo Jiménez. A la paz de Dios, caballeros,--dijo el nuevo personaje,
arrojando el chapeo y el embozo sobre una silla próxima al brasero y
tomando puesto entre los jugadores.
Era el alférez mozo de treinta años y que a pesar de lo imberbe de su
rostro había sabido imponer respeto a los desalmados aventureros que por
entonces pululaban en el Perú. Vestía aquella noche con cierto elegante
desaliño. Sombrero con pluma y cintillo azul, golilla de encaje de
Flandes, jubón carmesí, calzas de igual color con remates de azabache, y
cinturón de terciopelo, del que pendía una hoja con gavilán dorado.
Contaba poco menos de un mes de vecindad en Guamanga, y ya había tenido
un desafío. Referíase de él que, soldado en los tercios de Chile, había
desertado de la guarnición y pasado al Tucumán, Potosí y Cuzco, de cuyos
lugares lo obligara también a salir lo pendenciero de su carácter.
Oriundo de San Sebastián de Guipúzcoa, tenía el genio duro como el
hierro de las montañas vascongadas y tan endiablados los puños como el
alma. Fama es que los diestros matones y espadachines de su tiempo no
alcanzaban a parar una estocada que él había inventado y a la que
llamaba, aludiendo a su siniestro éxito, _el golpe sin misericordia_.
Después de contemplar por algunos momentos la agitación con que sus
compañeros de vicio seguían el giro de los dados, arrojó sobre la mesa
una bien provista bolsa de cuero, diciendo:
--Roñoso juego hacen vuesas mercedes y más parecen judíos tacaños que
hijosdalgo y mineros. Ahí está mi bolsa para el que se arriesgue a
ganármela a punto menor.
--Rumboso viene D. Antonio--contestó Mendo Jiménez--y ¡por los cuernos
del diablo! que tengo de aceptar el reto.
--¡A ello, y tiro!--repuso el alférez haciendo rodar los dados.--¡Ases!
Ni Cristo, con ser quien fué, podría echarme punto menor. He ganado.
--¡Mala higa para vos! Esperad, seor alférez, que tal puede ser la
suerte que os iguale.
--Idos con esa esperanza al físico de Orgaz que cataba el pulso en el
hombro.
--Nada aventuro con tirar los dados a topatolondro, que de corsario a
corsario no se arriesgan sino los barriles.
--Tire, pues, vuesa merced, que en salvo está el que repica.
Y Mendo Jiménez agitó el cubilete y soltó los dados. Todos se quedaron
maravillados. Mendo Jiménez resultaba ganancioso.
Un dado había caído sobre el otro, cubriéndolo perfectamente, dejando
ver en su superficie un solo as.
El alférez protestó contra el fallo unánime de los jugadores; a la
protesta siguieron los votos; a ellos lo de llamarse fulleros y mal
nacidos; y agotados los denuestos, desenvainó D. Antonio la espada y
despabiló con ella al candil que estaba pendiente del techo. En completa
tiniebla se armó entonces el más infernal zipizape. Cintarazo va,
puñalada viene, al grito de «¡Dios me asista!» uno de los jugadores
cayó redondo, y los demás se echaron en tropel a la calle.
El matador huía a buen paso; pero al doblar una esquina dió con la
ronda, y el alcalde lo detuvo con la sacramental y obligada frase:
--Por el rey, ¡dése preso!
--No en mis días, seor corchete, mientras me ampare el esfuerzo de mi
brazo.
Y aquel furioso arremetió sobre los alguaciles, y acaso habría dado al
diablo cuenta de muchos de ellos, si uno más listo y avisado que sus
compinches no hubiese echado la zancadilla al alférez, quien vino cuan
largo era a medir con su cuerpo el santo suelo.
Cayeron sobre él los de la ronda, y atado codo con codo lo condujeron a
la cárcel.
No era esta la primera pendencia de nuestro alférez por cuestión de
juego. Una tuvo en que milagrosamente salvó el pescuezo. Jugando en un
pueblo del Cuzco con un portugués que paraba largo, puso éste una mano
de a onza de oro cada pinta. Don Antonio echó diez y seis suertes
seguidas, y el perdidoso, dándose una palmada en la frente, exclamó:
--¡Válgame la encarnación del diablo! ¡Envido!
--¿Qué envida?
--Envido un cuerno--dijo el portugués golpeando el tapete con una moneda
de oro.
--Quiero y reviro el otro que le queda--contestó el alférez.
La respuesta del portugués, que era casado, fué sacar a lucir la tizona.
D. Antonio no era manco, y a poco batallar dejó sin vida a su
adversario. Llegó la justicia y condujo al matador a la cárcel. Siguióse
causa y se le sentenció a muerte. Habíale ya el verdugo puesto el
boletín, que es el cordel delgado con que ahorcan, cuando llegó un posta
trayendo el indulto acordado por la Audiencia del Cuzco.