Entonces se hizo notorio que el alférez D. Antonio de Erauzo era una
mujer, a la que sus padres dieron el nombre de Catalina Erauzo y la
historia llama la _monja alférez_. Doña Catalina había tomado el hábito
de novicia, y estando para profesar huyó del convento, vino a América,
sentó plaza de soldado, se batió bizarramente en Arauco, alcanzó a
alférez con título real y en los disturbios de Potosí se hizo reconocer
por capitán en uno de los bandos.
Como no ha sido nuestro propósito historiar la vida de la monja-alférez,
sino narrar una de sus originalísimas y poco conocidas aventuras,
remitimos al lector que anhele conocer pon completo los misterios de su
existencia a los varios libros que sobre ella corren impresos. Bástenos
consignar que doña Catalina de Erauzo regresó de España; que cansada de
aventuras ejerció el oficio de arriero en Veracruz, y que murió, en un
pueblo de Méjico, de más de setenta años de edad; que no abandonó el
vestido de hombre y que no pecó nunca contra la castidad, bien que
fingiéndose varón engatusó con carantoñas y chicoleos a más de tres
doncellas, dándoles palabra de casamiento y poniendo tierra de por medio
o llamándose Andana en el lance de cumplir lo prometido.