Entre los dos reconciliados amantes no hubo quejas ni recriminaciones,
sino frases de amor. Ni una palabra sobre lo pasado, nada sobre la
deslealtad del joven que nuevamente la engañaba, callándola que ya no
era libre y prometiéndola no separarse más de ella. Benedicta fingió
creerlo y lo embriagaba de caricias para mejor afianzar su venganza.
Entretanto el moscatel desempeñaba una función terrible. Benedicta había
echado un narcótico en la copa de su seductor. Aquí cabe el refrán: «más
mató la cena que curó Avicena.»
Rendido Leuro al soporífico influjo, la joven lo ató con fuertes
ligaduras a las columnas de su lecho, sacó un puñal, y esperó impasible
durante una hora a que empezara a desvanecerse el poder del narcótico.
A las doce mojó su pañuelo en vinagre, lo pasó por la frente del
narcotizado, y entonces principió la horrible tragedia.
Benedicta era tribunal y verdugo.
Enrostró a Aquilino la villanía de su conducta, rechazó sus descargos y
luego le dijo:
--¡Estás sentenciado! Tienes un minuto para pensar en Dios.
Y con mano segura hundió el acero en el corazón del hombre a quien tanto
había amado...
* * * * *
El pobre amanuense temblaba como la hoja en el arbol. Había oído y visto
todo por un agujero de la puerta.
Benedicta, realizada su venganza, dió vuelta a la llave y lo sacó del
encierro.
--Si aspiras a mi amor--le dijo--empieza por ser mi cómplice. El premio
lo tendrás cuando este cadáver haya desaparecido de aquí. La calle está
desierta, la noche es lóbrega, el río corre en frente de la casa... Ven
y ayúdame.
Y para vencer toda vacilación en el ánimo del acobardado mancebo,
aquella mujer, alma de demonio encarnada en la figura de un angel, dió
un salto como la pantera que se lanza sobre una presa y estampó un beso
de fuego en los labios de Fortunato.
La fascinación fué completa. Ese beso llevó a la sangre y a la
conciencia del joven el contagio del crimen.
Si hoy, con los faroles de gas y el crecido personal de agentes de
policía, es empresa de guapos aventurarse después de las ocho de la
noche por la Alameda de Acho, imagínese el lector lo que sería ese sitio
en el siglo pasado y cuando sólo en 1776 se había establecido el
alumbrado para las calles centrales de la ciudad.
La obscuridad de aquella noche era espantosa. No parecía sino que la
naturaleza tomaba su parte de complicidad en el crimen.
Entreabrióse el postigo de la casa y por él salió cautelosamente
Fortunato, llevando al hombro, cosido en una manta, el cadáver de
Aquilino. Benedicta lo seguía, y mientras con una mano lo ayudaba a
sostener el peso, con la otra, armada de una aguja con hilo grueso,
cosía la manta a la casaca del joven. La zozobra de éste y las tinieblas
servían de auxiliares a un nuevo delito.
Las dos sombras vivientes llegaron al pie del parapeto del río.
Fortunato, con su fúnebre carga sobre los hombros, subió el tramo de
adobes y se inclinó para arrojar el cadáver.
¡Horror!... El muerto arrastró en su caída al vivo.