Dice un refrán que la mula y la paciencia se fatigan si hay apuro, y lo
mismo pensamos del amor. Benedicta y Aquilino se dieron tanta prisa que,
medio año después de la escapatoria, hastiado el galán se despidió a la
francesa, esto es, sin decir abur y ahí queda el queso para que se lo
almuercen los ratones, y fué a dar con su humanidad en el Cerro de
Pasco, mineral boyante a la sazón. Benedicta pasó días y semanas
esperando la vuelta del humo o, lo que es lo mismo, la del ingrato que
la dejaba más desnuda que cerrojo; hasta que, convencida de su
desgracia, resolvió no volver al hogar de la tía, sino arrendar un
entresuelo en la calle de la Alameda.
En su nueva morada era por demás misteriosa la existencia de nuestra
gatita. Vivía encerrada y evitando entrar en relaciones con la vecindad.
Los domingos salía a misa de alba, compraba sus provisiones para la
semana y no volvía a pisar la calle hasta el jueves, al anochecer, para
entregar y recibir trabajo. Benedicta era costurera de la marquesa de
Sotoflorido con sueldo de ocho pesos semanales.
Pero por retraída que fuese la vida de Benedicta y por mucho que al
salir rebujase el rostro entre los pliegues del manto, no debió la
tapada parecerle costal de paja a un vecino del cuarto de reja, quien
dió en la flor, siempre que la atisbaba, de dispararla a quemarropa un
par de chicoleos, entremezclados con suspiros capaces de sacar de quicio
a una estatua de piedra berroqueña.
Hay nombres que parecen una ironía, y uno de ellos era el del vecino
Fortunato, que bien podía, en punto a femeniles conquistas, pasar por el
más infortunado de los mortales. Tenía hormiguillo por todas las
muchachas de la feligresía de Sala Lázaro, y así se desmorecían y
ocupaban ellas de él como del gallo de la Pasión que, con arroz
graneado, ají, mirasol y culantrillo, debió ser guiso de chuparse los
dedos.
Era, el tal--no el gallo de la Pasión, sino Fortunato--lo que se conoce
por un pobre diablo, no mal empalillado y de buena cepa, como que pasaba
por hijo natural del conde de Pozosdulces. Servía de amanuense en la
escribanía mayor del gobierno, cuyo cargo de escribano mayor era
desempeñado entonces por el marqués de Salinas, quien pagaba a nuestro
joven veinte duros al mes, le daba por pascua del Niño Dios un decente
aguinaldo, y se hacía de la vista gorda cuando era asunto de que el
mocito agenciase lo que en tecnicismo burocrático se llama _buscas
legales_.
Forzoso es decir que Benedicta jamás paró mientes en los arrumacos del
vecino, ni lo miró a hurtadillas y ni siquiera desplegó los labios para
desahuciarlo, diciéndole: «Perdone, hermano, y toque a otra puerta, que
lo que es en esta no se da posada al peregrino.»
Mas una noche, al regresar la joven de hacer entrega de costuras, halló
a Fortunato en el dintel de la casa, y antes de que éste la endilgase
uno de sus habituales piropos, ella con voz dulce y argentina como una
lluvia de perlas y que al amartelado mancebo debió parecerle música
celestial, le dijo:
--Buenas noches, vecino.
El plumario, que era mozo muy gran socarrón y amigo de donaires, díjose
para el cuello de su camisa: «Al fin ha arriado bandera esta prójima y
quiere parlamentar. Decididamente tengo mucho aquel y mucho garabato
para con las hembras, y a la que le guiño el ojo izquierdo, que es el
del corazón, no le queda más recurso que darse por derrotada.»
«Yo domino de todas la arrogancia,
conmigo no hay Sagunto ni Numancia...»
Y con airecillo de terne y de conquistador, siguió sin más circunloquios
a la costurera hasta la puerta del entresuelo. La llave era dura, y el
mocito, a fuer de cortés, no podía permitir que la niña se maltratase la
mano. La gratitud por tan magno servicio exigía que Benedicta, entre
ruborosa y complacida, murmurase un «Pase usted adelante, aunque la casa
no es como para la persona.»
Suponemos que esto o cosa parecida sucedería, y que Fortunato no se dejó
decir dos veces que le permitían entrar en la gloria, que tal es para
todo enamorado una mano de conversación a solas con una chica como un
piñón de almendra. El estuvo apasionado y decididor:
«Las palabras amorosas
son las cuentas de un collar,
en saliendo la primera
salen todas las demás.»
Ella, con palabritas cortadas y melindres, dió a entender que su corazón
no era de cal y ladrillo; pero que como los hombres son tan pícaros y
reveseros, había que dar largas y cobrar confianza, antes de aventurarse
en un juego en que casi siempre todo el naipe se vuelve malillas. El
juró, por un centenario de cruces, no sólo amarla eternamente, sino las
demás paparruchas que es de práctica jurar en casos tales, y para
festejar la aventura añadió que en su cuarta tenía dos botellas del
riquísimo moscatel que había venido de regalo para su excelencia el
virrey. Y rápido como un cohete descendió y volvió a subir, armado de
las susodichas limetas.
Fortunato no daba la victoria por un ochavo menos. La familia que
habitaba en el principal se encontraba en el campo, y no había que
temer ni el pretexto del escándalo. Adán y Eva no estuvieron más solos
en el paraíso cuando se concertaron para aquella jugarreta cuyas
consecuencias, sin comerlo ni beberlo, está pagando la prole, y siglos
van y siglos vienen si que la deuda se finiquite. Por otra parte, el
galán contaba con el refuerzo del moscatelillo, y como reza el refrán,
«de menos hizo Dios a Cañete y lo deshizo de un puñete.»
Apuraba ya la segunda copa, buscando en ella bríos para emprenden un
ataque decisivo, cuando en el reloj del Puente empezaron a sonar las
campanadas de las diez, y Benedicta con gran agitación y congoja
exclamó:
--¡Dios mío! ¡Estamos perdidos! Entre usted en este otro cuarto y suceda
lo que sucediere, ni una palabra, ni intente salir hasta que yo lo
busque.
Fortunato no se distinguía por la bravura, y de buena gana habría
querido tocar de suela; pero sintiendo pasos en el patio, la carne se le
volvió de gallina, y con la docilidad de un niño se dejó encerrar en la
habitación contigua.
V
Abramos un corto paréntesis para referir lo que había pasado pocas horas
antes.
A las siete de la noche, cruzando Benedicta por la esquina de Palacio,
se encontró con Aquilino. Ella, lejos de reprocharle su conducta, le
habló con cariño, y en gracia de la brevedad diremos que, como donde
hubo fuego siempre quedan cenizas, el amante solicitó y obtuvo una cita
para las diez de la noche.
Benedicta sabía que el ingrato la había abandonado para casarse con la
hija de un rico minero, y desde entonces juró en Dios y en su ánima
vivir para la venganza. Al encontrarse aquella noche con Aquilino y
acordarle una cita, la fecunda imaginación de la mujer trazó rápidamente
su plan. Necesitaba un cómplice, se acordó del plumario, y he aquí el
secreto de su repentina coquetería para con Fortunato.
Ahora volvamos al entresuelo.