--¿Hay huevos?
--A la otra esquina por ellos.
(Popular.)
Pues, señores, ya que he escrito el resumen de la historia
administrativa del gobernante, no dejaré en el tintero, pues con su
excelencia se relaciona, el origen de un juego que conocen todos los
muchachos de Lima. Nada pondré de mi estuche, que hombre verídico es el
compañero de _La Broma_[A] que me hizo el relato que van ustedes a leer.
Es el caso que el Excmo. Sr. D. Teodoro de Croix tenía la costumbre de
almorzar diariamente cuatro huevos frescos, pasados por agua caliente; y
era sobre este punto tan delicado, que su mayordomo, Julián de Córdova y
Soriano, estaba encargado de escoger y comprar él mismo los huevos todas
las mañanas.
Mas si el virrey era delicado, el mayordomo llevaba la cansera y la
avaricia hasta el punto de regatear con los pulperos para economizar un
piquillo en la compra; pero al mismo tiempo que esto intentaba, había de
escoger los huevos más grandes y más pesados, para cuyo examen llevaba
un anillo y ponía además los huevos en la balanza. Si un huevo pasaba
por el anillo o pesaba un adarme menos que otro, lo dejaba.
Tanto llegó a fastidiar a los pulperos de la esquina del Arzobispo,
esquina de Palacio, esquina de las Mantas y esquina de Judíos, que
encontrándose éstos un día reunidos en cabildo para elegir balanceador,
recayó la conversación sobre el mayordomo D. Julián de Córdova y
Soriano, y los susodichos pulperos acordaron no venderle más huevos.
Al día siguiente al del acuerdo presentóse D. Julián en una de las
pulperías, y el mozo le dijo: «No hay huevos, Sr. D. Julián. Vaya su
merced a la otra esquina por ellos.»
Recibió el mayordomo igual contestación en las cuatro esquinas, y tuvo
que ir más lejos para hacer su compra. Al cabo de poco tiempo, los
pulperos de ocho manzanas a la redonda de la plaza estaban fastidiados
del cominero D. Julián, y adoptaron el mismo acuerdo de sus cuatro
camaradas.
No faltó quien contara al virrey los trotes y apuros de su mayordomo
para conseguir huevos frescos, y un día que estaba su excelencia de buen
humor le dijo:
--Julián, ¿en dónde compraste hoy los huevos?
--En la esquina de San Andrés.
--Pues mañana irás a la otra esquina por ellos.
--Segurito, señor, y ha de llegar día en que tenga que ir a buscarlos a
Jetafe.
Contado el origen del infantil juego de los _huevos_, paréceme que puedo
dejar en paz al virrey y seguir con la tradición.