_El mayor monstruo los celos_ es el título de una famosa comedia del
teatro antiguo español, y a fe que el poeta anduvo acertadísimo en el
mote.
Un año después de establecida la condesa en la hacienda, hizo salir de
un convento de monjas de Lima a una esclavita, de quince a diez y seis
abriles, fresca como un sorbete, traviesa como un diente, alegre como
una misa de aguinaldo, y con un par de ojos negros, tan negros que
parecían hechos de tinieblas. Era la predilecta, la _engreída_ de
Verónica. Antes de enviarla al monasterio para que perfeccionase su
educación aprendiendo labores de aguja y demás cosas en que son tan
duchas las buenas madres, su ama la había pagado maestros de música y de
baile; y la muchacha aprovechó tan bien las lecciones, que no había en
Lima más diestra tañedora de arpa, ni timbre de voz más puro y flexible
para cantar la _bella Aminta_ y el _pastor feliz_, ni pies más ágiles
para trenzar una _sajuriana_, ni cintura más cenceña y revolucionaria
para bailar un bailecito de la tierra.
Describir la belleza de Gertrudis sería para mí obra de romanos. Pálido
sería el retrato que emprendiera yo hacer de la mulata, y basta que el
lector se imagine uno de esos tipos de azúcar refinada y canela de
Ceylán, que hicieron decir al licencioso ciego de la Merced, en una
copla que yo me guardaré de reproducir con exactitud:
«Canela y azúcar fué
la bendita Magdalena...
quien no ha querido a una _china_
no ha querido cosa buena.»
La llegada de Gertrudis a la hacienda despertó en el capellán y el
médico todo el apetito que inspira una golosina. Su reverencia frailuna
dió en padecer de distracciones cuando abría su libro de horas; y el
médico-boticario se preocupó con la mocita, a extremo tal que, en cierta
ocasión, administró a uno de sus enfermos jalapa en vez de goma arábiga,
y en un tumbo de dado estuvo que lo despachase sin postillón al país de
las calaveras.
Alguien ha dicho (y por si nadie ha pensado en decir tal paparrucha,
diréla yo) que un rival tiene ojos de telescopio para descubrir, no digo
un cometa crinito, sino una pulga en el cielo de sus amores. Así se
explica que el capellán no tardase en comprender y adquirir pruebas de
que entre Pantaleón y Gertrudis existía lo que, en política, llamaba uno
de nuestros prohombres connivencias criminales. El despechado rival,
pensó entonces en vengarse, y fué a la condesa con el chisme, alegando
hipócritamente que era un escándalo y un faltamiento a tan honrada casa
que dos esclavos anduviesen entretenidos en picardihuelas que la moral y
la religión condenan. ¡Bobería! No se fundieron campanas para asustarse
del repique.
Probable es que si el mercedario hubiera podido sospechar que Verónica
había hecho de su esclavo algo más que un médico, se habría abstenido de
acusarlo. La condesa tuvo la bastante fuerza de voluntad para dominarse,
dió las gracias al capellán por el cristiano aviso, y dijo sencillamente
que ella sabría poner orden en su casa.
Retirado el fraile, Verónica se encerró en su dormitorio para dar
expansión a la tormenta que se desarrollaba en su alma. Ella, que se
había dignado descender del pedestal de su orgullo y preocupaciones para
levantar hasta su altura a un miserable esclavo, no podía perdonar al
que traidoramente la engañaba.
Una hora después, Verónica, afectando serenidad de espíritu, se dirigió
al trapiche e hizo llamar al médico. Pantaleón se presentó en el acto,
creyendo que se trataba de asistir algún enfermo. La condesa, con el
tono severo de un juez, lo interrogó sobre las relaciones que mantenía
con Gertrudis, y exasperada por la tenaz negativa del amante, ordenó a
los negros que atándolo a una argolla de hierro, lo flagelasen
cruelmente. Después de media hora de suplicio, Pantaleón estaba casi
exánime. La condesa hizo suspender el castigo y volvió a interrogarlo.
La víctima no retrocedió en su negativa; y más irritada que antes, la
condesa lo amenazó con hacerlo arrojar en una paila de miel hirviendo.
La energía del infortunado Pantaleón no se desmintió ante la feroz
amenaza, y abandonando el aire respetuoso con que hasta ese instante
había contestado a las preguntas de su ama, dijo:
--Hazlo, Verónica, y dentro de un año, tal día como hoy, a las cinco de
la tarde, te cito ante el tribunal de Dios.
--¡Insolente!--gritó furiosa la condesa, cruzando con su chicotillo el
rostro del infeliz.--¡A la paila! ¡A la paila con él!
¡Horror!
Y el horrible mandato quedó cumplido en el instante.