La condesa fué llevada a sus habitaciones en completo estado de delirio.
Corrían los meses, el mal se agravaba, y la ciencia se declaró vencida.
La furiosa loca gritaba en sus tremendos ataques:
--¡Estoy emplazada!
Y así llegó la mañana del día en que expiraba el fatal plazo, y
¡admirable fenómeno!, la condesa amaneció sin delirio. El nuevo capellán
que había reemplazado al mercedario, fué llamado por ella y la oyó en
confesión, perdonándola en nombre de Aquel que es todo misericordia.
El sacerdote dió a Gertrudis su carta de libertad y una suma de dinero
que la obsequiaba su ama. La pobre mulata, cuya fatal belleza fué causa
de la tragedia, partió una hora después para Lima, y tomó el hábito de
donada en el monasterio de las clarisas.
Verónica pasó tranquila el resto del día.
El reloj de la hacienda, dió la primer campanada de las cinco. Al oirla
la loca saltó de su lecho gritando:
--¡Son las cinco! ¡Pantaleón! ¡Pantaleón!
Y cayó muerta en medio del dormitorio.