Gobernaba la imperial villa de Potosí, como su décimooctavo corregidor,
el general D. Juan Vázquez de Acuña, de la orden de Calatrava, cuando a
principios de 1642 se le presento el capitán Don Cristóbal Manrique de
Lara con pliegos en que el virrey le confería el mando de las milicias
que se organizaban para guarnición del Tucumán, y a la vez lo
recomendaba mucho a la particular estimación de su señoría.
Era esta una de las épocas de auge para el mineral; pues el bando de los
_vicuñas_ había celebrado una especie de armisticio con la parcialidad
contraria y la gente no pensaba sino en desentrañar plata para gastarla
sin medida. Tal era la opulencia, que la dote que llevaban al matrimonio
las hijas de minero rara vez bajaba de medio milloncejo, y lecho nupcial
hubo al que el suegro hizo poner barandilla de oro macizo. Si aquello
no era lujo, que venga Creso y lo diga.
Tenemos a la vista muchos e irrefutables documentos que revelan que la
riqueza sacada del cerro de Potosí desde 1545, fecha del descubrimiento
de las vetas argentíferas, hasta 31 de diciembre de 1800, fué de tres
mil cuatrocientos millones de pesos fuertes, y un pico que ni el de un
alcatraz, y que ya lo querría este sacristán para cigarros y guantes. Y
no hay que tomarlo a fábula, porque los comprobantes se hallan en toda
regla y sin error de suma o pluma.
Sólo una mina conocemos que haya producido más plata que todas las de
Potosí. Esa mina se llama el Purgatorio. Desde que la iglesia inventó o
descubrió el Purgatorio, fabricó también un arcón sin fondo y que nunca
ha de llenarse, para echar en él las limosnas de los fieles por misas,
indulgencias, responsos y demás golosinas de que tanto se pagan las
ánimas benditas.
El juego, las vanidosas competencias, los galanteos y desafíos formaban
la vida habitual de los mineros; y D. Cristóbal, que llevaba el
pasaporte de su nobleza y marcial apostura, se vió pronto rodeado de
obsequiosos amigos que lo arrastraron a esa existencia de disipación y
locura constante. En Potosí se vivía hoy por hoy, y nadie se cuidaba del
mañana.
Hallábase una noche nuestro capitán en uno de los más afamados garitos,
cuando entró un joven y tomó asiento cerca de él. La fortuna no sonreía
en esa ocasión a D. Cristóbal, que perdió hasta la última moneda que
llevaba en la escarcela.
El desconocido, que no había arriesgado un real a la partida, parece que
esperaba tal emergencia; pues sin proferir una palabra le alargó su
bolsa. Hallábase ésta bien provista, y entre las mallas relucía el oro.
--Gracias, caballero--dijo el capitán aceptando la bolsa y contando las
cincuenta onzas que ella contenía.
Con este refuerzo se lanzó el furioso jugador tras el desquite; pero el
hombre no estaba en vena, y cuando hubo perdido toda la suma, se volvió
hacia el desconocido:
--Y ahora, señor caballero, pues tal merced me ha hecho, dígame, si es
servido, donde está su posada para devolverle su generoso préstamo.
--Pasado mañana, al alba, espero al hidalgo en la plaza del Regocijo.
--Allí estaré--contestó el capitán, no sin sorprenderse por lo
inconveniente de la hora fijada.
Y el desconocido se embozó la capa, y salió del garito sin estrechar la
mano que D. Cristóbal le tendía.