Mientras D. Cristóbal va galopando y tragándose leguas por endiablados
caminos, echaremos un párrafo de historia.
El Excmo. Sr. D. Pedro de Toledo y Leyva, marqués de Mancera, señor de
las Cinco Villas, comendador de Esparragal en el orden y caballería de
Alcántara y gentilhombre de cámara de su majestad, llegó a Lima para
relevar al virrey conde de Chinchón en 18 de enero de 1639.
Las armas del de Leyva eran castillo de oro sobre campo de sinople,
bordura de gules con trece estrellas de oro.
Las fantasías y la mala política de Felipe IV y de su valido el
condeduque de Olivares se dejaban sentir hasta en América. Por un lado
los brasileños, apoyando la guerra entre Portugal y España, hacían
aprestos bélicos contra el Perú; y por otro, una fuerte escuadra
holandesa, armada por Guillermo de Nassau y al mando de Enrique Breant,
amenazaba apoderarse de Valdivia y Valparaíso. El marqués de Mancera
tomó enérgicas y acertadas medidas para mantener a raya a los vecinos,
que desde entonces, sea de paso dicho, miraban el Paraguay con ojos de
codicia; y aunque los corsarios abandonaron la empresa por desavenencias
que entre ellos surgieron y por no haber obtenido, como lo esperaban, la
alianza con los araucanos, el prudente virrey no sólo amuralló y
fortificó el antiguo Callao, haciendo para su defensa fundir artillería
en Lima, sino que dió a su hijo D. Antonio de Toledo el mando de la
flotilla conocida después por _la de los siete viernes_. Nació este mote
de que cuando el hijo de su excelencia regresó de Chiloé sin haber
quemado pólvora, hizo constar en su relación de viaje que en viernes
había zarpado del Callao, arribado en viernes a Arica para tomar
lenguas, llegado a Valdivia en viernes y salido en viernes, sofocado en
viernes un motín de marineros jugadores, libertádose una de sus naves de
naufragar en viernes y, por fin, fondeado en el Callao en viernes.
Como hemos referido en nuestros _Anales de la Inquisición_, los
portugueses residentes en Lima eran casi todos acaudalados e inspiraban
recelos de estar en connivencia con el Brasil para minar el poder
español. El 1.º de diciembre de 1640 se había efectuado el levantamiento
de Portugal. El Santo Oficio había penitenciado y aun consumido en el
brasero a muchos portugueses, convictos o no convictos de practicar la
religión de Moisés.
En 1642 dispuso el virrey que los portugueses se presentasen en palacio
con las armas que tuvieran y que saliesen luego del país, disposición
que también se comunicó a las autoridades del Río de la Plata.
Presentáronse en Lima más de seis mil; pero dícese que consiguieron la
revocatoria de la orden de expulsión, mediante un crecido obsequio de
dinero que hicieron al marqués. En el juicio de residencia que según
costumbre se siguió a D. Pedro de Toledo y Leyva, cuando en 1647 entregó
el mando al conde de Salvatierra, figura esta acusación de cohecho. El
virrey fué absuelto de ella.
Los enemigos del marqués contaban que cuando más empeñado estaba en
perseguir a los judíos portugueses, le anunció un día su mayordomo que
tres de ellos estaban en la antesala solicitando audiencia, y que el
virrey contestó: «No quiero recibir a esos canallas que crucificaron a
Nuestro Señor Jesucristo.» El mayordomo le nombró entonces a los
solicitantes, que eran de los más acaudalados mercaderes de Lima, y
dulcificándose el ánimo de su excelencia, dijo: «¡Ah! Deja entrar a esos
pobres diablos. Como hace tanto tiempo que pasó la muerte de Cristo,
quien sabe si no son más que exageraciones y calumnias las cosas que se
refieren de los judíos!» Con este cuentecillo explican los maldicientes
el general rumor de que el virrey había sido comprado por el oro de los
portugueses.
Bajo el gobierno del marqués de Mancera quedó concluído el socavón
mineral de Huancavelica; y en 1641 se introdujo para desesperación de
los litigantes el uso del papel sellado, con lo que el real tesoro
alcanzó nuevos provechos.
Una erupción del Pichincha en 1645, que causó grandes estragos en Quito
y casi destruyó Riobamba, y un espantoso temblor que en 1647 sepultó más
de mil almas en Santiago de Chile, hicieron que los habitantes de Lima,
temiendo la cólera celeste, dejasen de pensar en fiestas y devaneos para
consagrarse por entero a la vida devota. El sentimiento cristiano se
exaltó hasta el fanatismo, y raro era el día en que no cruzara por las
calles de Lima una procesión de penitencia. A los soldados se les impuso
la obligación de asistir a los sermones del padre Alloza, y en tan
luctuosos tiempos vivían en predicamento de santidad y reputados por
facedores de milagros el mercedario Urraca, el jesuíta Castillo, el
dominico Juan Masías y el agustino Vadillo. A santo por comunidad, para
que ninguna tuviese que envidiarse.
Este virrey fué el que en 1645 restauró con gran ceremonia el mármol que
infama la memoria del maestre de campo Francisco de Carbajal.