Hacía un frío siberiano capaz de entumecer al mismísimo rey del fuego, y
los primeros rayos del sol doraban las crestas del empinado cerro,
cuando D. Cristóbal, envuelto en su capa, llegó a la solitaria plaza del
Regocijo, donde ya lo esperaba su acreedor.
--Huélgome de la exactitud, señor capitán.
--Jáctome de ser cumplido, siempre que se trata de pagar deudas.
--¿Y eslo también el Sr. D. Cristóbal para hacer honor a su palabra
empeñada?--preguntó el desconocido dando a su acento el tono de
impertinente ironía.
--Si otro que vuesamerced, a quien estoy obligado, se permitiese
dudarlo, buena hoja llevo al cinto, que ella y no la lengua diera cabal
respuesta.
--Pues ahórrese palabras el hidalgo sin hidalguía, y empuñe.
Y el desconocido desenvainó rápidamente su espada y dió con ella un
planazo a D. Cristóbal antes de que éste hubiera alcanzado a ponerse en
guardia. El capitán arremetió furioso a su adversario que paraba las
estocadas con destreza y sangre fría. El combate duraba ya algunos
minutos, y D. Cristóbal, ciego de coraje, olvidaba la defensa, cuidando
sólo de no flaquear en el ataque; pero de pronto su antagonista le hizo
saltar el acero, y viéndolo desarmado, le hundió la espada en el pecho,
gritándole:
--¡Tu vida por mi honra! Claudia te mata.
V
El poeta Juan Sobrino que, a imitación de Peralta en su _Lima fundada_,
escribió en verso la historia de Potosí, trae una ligera alusión a este
suceso.
Bartolomé Martínez Vela en su curiosa _Crónica potosina_ dice: «En este
mismo año de 1642, doña Claudia Orriamún mató con un golpe de alfange a
D. Cristóbal Manrique de Lara, caballero de los reinos de España, porque
la sedujo con varias promesas y la dejó burlada. Fué presa doña Claudia,
y sacándola a degollar, la quitaron los criollos con muchas muertes y
heridas de los que se opusieron; y metiéndola en la iglesia mayor, de
allí la pasaron a Lima. Ya en el año anterior había sucedido aquella
batalla tan celebrada de los poetas de Potosí y cantada por sus calles,
en la cual salieron al campo doña Juana y doña Lucía Morales, doncellas
nobles, de la una parte, y de la otra D. Pedro y D. Graciano González,
hermanos como también lo eran ellas. Diéronse la batalla en cuatro
feroces caballos con lanzas y escudos, donde fueron muertos
miserablemente D. Graciano y D. Pedro, quizá por la mucha razón que
asistía a las contrarias, pues era caso de honra.»
Que las damas potosinas eran muy quisquillosas en cuanto con la negra
honrilla se relacionase, quiero acabar de comprobarlo copiando de otro
autor el siguiente relato: «Aconteció en 1663 que riñendo en un templo
doña Magdalena Téllez, viuda rica, con doña Ana Rosen, el marido de
ésta, llamado Don Juan Salas de Varea, dió una bofetada a doña
Magdalena, la cual contrajo a poco matrimonio con el contador D. Pedro
Arechua, vizcaíno, bajo la condición de que la vengaría del agravio.
Arechua fué aplazando su compromiso y acabó por negarse a cumplirlo, lo
cual ofendió a doña Magdalena hasta el punto de resolverse una noche a
asesinar a su marido; y agrega un cronista que todavía tuvo ánimo para
arrancarle el corazón. Ella fué encarcelada y sufrió la pena de garrote,
a pesar de los ruegos del obispo Villarroel, que fueron rechazados por
la audiencia de Chuquisaca, lo mismo que la oferta de doscientos mil
pesos que los vecinos de Potosí hicieron para salvarle la vida.»
¡Zambomba con las mujercitas de Potosí!
Concluyamos con doña Claudia.
En Lima el virrey no creyó conveniente alborotar el cotarro, y mandó
echar tierra sobre el proceso. Motivos de conciencia tendría el señor
marqués para proceder así.
Claudia tomó el velo en el monasterio de Santa Clara, y fué su padrino
de hábito el arzobispo Don Pedro Villagómez, sobrino de Santo Toribio.
Por fortuna, su ejemplo y el de las hermanitas Morales no fué
contagioso; pues si las hijas de Eva hubieran dado en la flor de
desafiar a los pícaros que, después de engatusarlas, salen con _paro
medio_, fijamente que se quedaba este mundo despoblado de varones.
¡Beba, padre, que le da la vida!...