I
Doña Claudia Orriamún era por los años de 1640 el más lindo pimpollo de
esta ciudad de los reyes. Veinticuatro primaveras, sal de las salinas de
Lima y un palmito angelical han sido siempre más de lo preciso para
volver la boca agua a los golosos. Era una limeña de aquellas que cuando
miran parece que premian, y cuando sonríen parece que besan. Si a esto
añadimos que el padre de la joven, al pasar a mejor vida en 1637, la
había dejado, bajo el amparo de una tía sesentona y achacosa, legándole
un decente caudal, bien podrá creérsenos, sin juramento previo y como si
lo testificaran gilitos descalzos, que no eran pocos los niños que
andaban tras del trompo, hostigando a la muchacha con palabras de
almíbar, besos hipotéticos, serenatas, billetes y demás embolismos con
los que, desde que el mundo empezó a civilizarse, sabemos los del sexo
feo dar guerra a las novicias y hasta a las catedráticas en el _ars
amandi_.
Parece que para Claudia no había sonado aún el cuarto de hora memorable
en la vida de la mujer, pues a ninguno de los galanes alentaba ni con la
más inocente coquetería. Pero, como cuando menos se piensa salta la
liebre, sucedió que la niña fué el Jueves Santo con su dueña y un paje a
visitar estaciones, y del paseo a los templos volvió a casa con el
corazón perdido. Por sabido se calla que la tal alhaja debió
encontrársela un buen mozo.
Así era en efecto. Claudia acertó a entrar en la iglesia de Santo
Domingo, a tiempo y sazón que salía de ella el virrey con gran séquito
de oidores, cabildantes y palaciegos, todos de veinticinco alfileres y
cubiertos de relumbrones. La joven, para mirar más despacio la lujosa
comitiva, se apoyó en la famosa pila bautismal que, forrada en plata,
forma hoy el orgullo de la comunidad dominica; pues, como es auténtico,
en la susodicha pila se cristianaron todos los nacidos en Lima durante
los primeros años de la fundación de la ciudad. Terminado el desfile,
Claudia iba a mojar en la pila la mano más pulida que han calzado
guantecitos de medio punto, cuando la presentaron con galantería
extremada una ramita de verbena empapada en el agua bendita. Alzó ella
los ojos, sus mejillas se tiñeron de carmín y... ¡Dios la haya
perdonado! se olvidó de hacer la cruz y santiguarse. ¡Cosas del demonio!
Había llegado el cuarto de hora para la pobrecita. Tenía por delante al
más gallardo capitán de las tropas reales. El militar la hizo un saludo
cortesano, y aunque su boca permaneció muda, su mirada habló como un
libro. La declaración de amor quedaba hecha y la ramita de verbena en
manos de Claudia. Por esos tiempos, a ningún desocupado se le había
ocurrido inventar el lenguaje de las flores, y éstas no tenían otra
significación que aquella que la voluntad estaba interesada en darla.
En las demás estaciones que recorrió Claudia, encontró siempre a
respetuosa distancia al gentil capitán, y esta tan delicada reserva
acabó de cautivarla. Podía aplicarse a los recién flechados por Cupido
esta conceptuosa seguidilla:
«No me mires, que miran
que nos miramos;
miremos la manera
de no mirarnos.
No nos miremos,
y cuando no nos miren
nos miraremos.»
Ella, para tranquilizar las alarmas de su pudibunda conciencia, podía
decirse como la beata de cierta conseja:
«Conste, Señor, que yo no lo he buscado;
pero en tu casa santa lo he encontrado.»
D. Cristóbal Manrique de Lara era un joven hidalgo español, llegado al
Perú junto con el marqués de Mancera y en calidad de capitán de su
escolta. Apalabrado para entrar en su familia, pues cuando regresase a
España debía casarse con una sobrina de su excelencia, era nuestro
oficial uno de los favoritos del virrey.
Bien se barrunta que tan luego como llegó el sábado y resucitó Cristo y
las campanas repicaron gloria, varió de táctica el galán, y estrechó el
cerco de la fortaleza sin andarse con curvas ni paralelas. Como el bravo
Córdova en la batalla de Ayacucho, el capitancito se dijo: «¡Adelante!
¡Paso de vencedores!»
Y el ataque fué tan esforzado y decisivo, que Claudia entró en
capitulaciones, y se declaró vencida y en total derrota, que
«Es la mujer lo mismo
que leña verde;
resiste, gime y llora
y al fin se enciende.»
Por supuesto, que el primer artículo, el _sine qua non_ de las
capitulaciones, pues como dice una copla:
«Hasta para ir al cielo
se necesita
una escalera grande
y otra chiquita.»
fué que debía recibir la bendición del cura tan pronto como llegasen de
España ciertos papeles de familia que él se encargaba de pedir por el
primer galeón que zarpase para Cádiz. La promesa de matrimonio sirvió
aquí de escalerita, que la gran escalera fué el mucho querer de la dama.
Eso de largo noviazgo, y más si se ha aflojado prenda, tiene tres pares
de perendengues. El matrimonio ha de ser como el huevo frito: de la
sartén a la boca.
Y corrían los meses, y los para ella anhelados pergaminos no llegaban,
hasta que, aburrida, amenazó a D. Cristóbal con dar una campanada que ni
la de Mariangola; y estrechólo tanto, que asustado el hidalgo se
espontaneó con su excelencia, y le pidió consejo salvador para su
crítica situación.
La conversación que medió entre ambos no ha llegado a mi noticia ni a la
de cronista alguno que yo sepa; pero lo cierto es que, como consecuencia
de ella, entre gallos y media noche desapareció de Lima el galán,
llevándose probablemente en la maleta el honor de doña Claudia.