Tres semanas después llegaba nuestro viajero a Guamanga, y acababa de
tomar posesión en la posada, cuando al anochecer llamaron a su puerta.
--¿Quién?--preguntó el golilla.
--¡Alabado sea el Santísimo!--contestó el de fuera.
--Por siempre alabado amén--y se dirigió Don Diego a abrir la puerta.
Ni el espectro de Banquo en los festines de Macbeth, ni la estatua del
Comendador en la estancia del libertino D. Juan, produjeron más asombro
que el que experimentó el alcalde hallándose de improviso con el
flagelado de Potosí.
--Calma, señor licenciado. ¿Esas orejas no sufren deterioro? Pues
entonces hasta más ver.
El terror y el remordimiento hicieron enmudecer a D. Diego.
Por fin, llegó a Lima, y en su primera salida encontró a nuestro hombre
fantasma, que ya no le dirigía la palabra, pero que le lanzaba a las
orejas una mirada elocuente. No había medio de esquivarlo. En el templo
y en el paseo era el pegote de su sombra, su pesadilla eterna.
La zozobra de Esquivel era constante y el más leve ruido le hacía
estremecer. Ni la riqueza, ni las consideraciones que, empezando por el
virrey, le dispensaba la sociedad de Lima, ni los festines, nada, en
fin, era bastante para calmar sus recelos. En su pupila se dibujaba
siempre la imagen del tenaz perseguidor.
Y así llegó el aniversario de la escena de la cárcel. Eran las diez de
la noche, y D. Diego, seguro de que las puertas de su estancia estaban
bien cerradas, arrellanado en un sillón de vaqueta, escribía su
correspondencia a la luz de una lámpara mortecina. De repente, un hombre
se descolgó cautelosamente por una ventana del cuarto vecino, dos brazos
nervudos sujetaron a Esquivel, una mordaza ahogó sus gritos y fuertes
cuerdas ligaron su cuerpo al sillón.
El hidalgo de Potosí estaba delante, y un agudo puñal relucía en sus
manos.
--Señor alcalde mayor--le dijo,--hoy vence el año y vengo por mi honra.
Y con salvaje serenidad rebanó las orejas del infeliz licenciado.