III

Al siguiente día D. Cristóbal de Agüero, que tal era el nombre del

soldado, se presiento ante el capitán de los tercios tucumanos, D.

Alvaro Castrillón, diciéndole:

--¡Mi capitán, ruego a usía me conceda licencia para dejar el servicio.

Su majestad quiere soldados con honra, y yo la he perdido.

D. Alvaro, que distinguía mucho al de Agüero, le hizo algunas

observaciones que se estrellaron en la inflexible resolución del

soldado. El capitán accedió al fin a su demanda.

El ultraje inferido a D. Cristóbal había quedado en el secreto; pues el

alcalde prohibió a los carceleros que hablasen de la azotaina. Acaso la

conciencia le gritaba a D. Diego que la vara del juez le había servido

para vengar en el jugador los agravios del galán.

Y así corrieron tres meses, cuando recibió Don Diego pliegos que lo

llamaban a Lima para tomar posesión de una herencia; y obtenido permiso

del corregimiento, principió a hacer sus aprestos de viaje.

Paseábase por _Cantumarca_ en la víspera de su salida, cuando se le

acercó un embozado, preguntándole:

--¿Mañana es el viaje, señor licenciado?

--¿Le importa algo al muy impertinente?

--¿Que si me importa? ¡Y mucho! Como que tengo que cuidar esas orejas.

Y el embozado se perdió en una callejuela, dejando a Esquivel en un mar

de cavilaciones.

En la madrugada emprendió su viaje al Cuzco. Llegado a la ciudad de los

incas, salió el mismo día a visitar a un amigo, y al doblar una esquina

sintió una mano que se posaba sobre su hombro. Volvióse sorprendido D.

Diego, y se encontró con su víctima de Potosí.

--No se asuste, señor licenciado. Veo que esas orejas se conservan en su

sitio y huélgome de ello.

Las mejores tradiciones peruanas · 第 15 / 206 题