Al siguiente día D. Cristóbal de Agüero, que tal era el nombre del
soldado, se presiento ante el capitán de los tercios tucumanos, D.
Alvaro Castrillón, diciéndole:
--¡Mi capitán, ruego a usía me conceda licencia para dejar el servicio.
Su majestad quiere soldados con honra, y yo la he perdido.
D. Alvaro, que distinguía mucho al de Agüero, le hizo algunas
observaciones que se estrellaron en la inflexible resolución del
soldado. El capitán accedió al fin a su demanda.
El ultraje inferido a D. Cristóbal había quedado en el secreto; pues el
alcalde prohibió a los carceleros que hablasen de la azotaina. Acaso la
conciencia le gritaba a D. Diego que la vara del juez le había servido
para vengar en el jugador los agravios del galán.
Y así corrieron tres meses, cuando recibió Don Diego pliegos que lo
llamaban a Lima para tomar posesión de una herencia; y obtenido permiso
del corregimiento, principió a hacer sus aprestos de viaje.
Paseábase por _Cantumarca_ en la víspera de su salida, cuando se le
acercó un embozado, preguntándole:
--¿Mañana es el viaje, señor licenciado?
--¿Le importa algo al muy impertinente?
--¿Que si me importa? ¡Y mucho! Como que tengo que cuidar esas orejas.
Y el embozado se perdió en una callejuela, dejando a Esquivel en un mar
de cavilaciones.
En la madrugada emprendió su viaje al Cuzco. Llegado a la ciudad de los
incas, salió el mismo día a visitar a un amigo, y al doblar una esquina
sintió una mano que se posaba sobre su hombro. Volvióse sorprendido D.
Diego, y se encontró con su víctima de Potosí.
--No se asuste, señor licenciado. Veo que esas orejas se conservan en su
sitio y huélgome de ello.