Hagamos una pausa, lector amigo, y entremos en el laberinto de la
historia, ya que en esta serie de TRADICIONES nos hemos impuesto la
obligación de consagrar líneas al virrey con cuyo gobierno se relaciona
nuestro relato.
Después de la trágica suerte que cupo al primer virrey D. Blasco Núñez
de Vela, pensó la corte de España que no convenía enviar inmediatamente
al Perú otro funcionario de tan elevado carácter. Por el momento e
investido con amplísimas facultades y firmas en blanco de Carlos V,
llegó a estos reinos el licenciado La Gasca con el título de gobernador;
y la historia nos refiere que más que a las armas, debió a su sagacidad
y talento la victoria contra Gonzalo Pizarro.
Pacificado el país, el mismo La Gasca manifestó al emperador la
necesidad de nombrar un virrey en el Perú, y propuso para este cargo a
D. Antonio de Mendoza, marqués de Mondéjar, conde de Tendilla, como
hombre amaestrado ya en cosas de gobierno por haber desempeñado el
virreinato de Méjico.
Hizo su entrada en Lima con modesta pompa el marqués de Mondéjar,
segundo virrey del Perú, el 23 de septiembre de 1551. El reino acababa
de pasar por los horrores de una larga y desastrosa guerra, las pasiones
de partido estaban en pie, la inmoralidad cundía y Francisco Girón se
aprestaba ya para acaudillar la sangrienta revolución de 1553.
No eran ciertamente halagüeños los auspicios bajo los que se encargó del
mando el marqués de Mondéjar. Principió por adoptar una política
conciliadora, rechazando--dice un historiador--las denuncias de que se
alimenta la persecución. «Cuéntase de él--agrega Lorente--que habiendo
un capitán acusado a dos soldados de andar entre indios, sosteniéndose
con la caza y haciendo pólvora para su uso exclusivo, le dijo con rostro
severo: «Esos delitos merecen más bien gratificación que castigo; porque
vivir dos españoles entre indios y comer de lo que con sus arcabuces
matan y hacer pólvora para sí y no para vender, no sé qué delito sea,
sino mucha virtud y ejemplo digno de imitarse. Id con Dios, y que nadie
me venga otro día con semejantes chismes, que no gusto de oirlos.»
¡Ojalá siempre los gobernantes diesen tan bella respuesta a los
palaciegos enredadores, denunciantes de oficio y forjadores de revueltas
y máquinas infernales! Mejor andaría el mundo.
Abundando en buenos propósitos, muy poco alcanzó a ejecutar el marqués
de Mondéjar. Comisionó a su hijo D. Francisco para que recorriendo el
Cuzco, Chucuito, Potosí y Arequipa, formulasen un informe sobre las
necesidades de la raza indígena; nombró a Juan Betanzos para que
escribiera una historia de los incas; creó la guardia de alabarderos;
dictó algunas juiciosas ordenanzas sobre policía municipal de Lima, y
castigó con rigor a los duelistas y sus padrinos. Los desafíos, aun por
causas ridículas, eran la moda de la época y muchos se realizaban
vistiendo los combatientes túnicas color de sangre.
Provechosas reformas se proponía implantar el buen D. Antonio de
Mendoza. Desgraciadamente, sus dolencias embotaban la energía de su
espíritu, y la muerte lo arrebató en julio de 1552, sin haber completado
diez meses de gobierno. Ocho días antes de su muerte, el 21 de julio, se
oyó en Lima un espantoso trueno, acompañado de relámpagos, fenómeno que
desde la fundación de la ciudad se presentaba por primera vez.