--Sin embargo--seguía meditando el Doctor--¿dónde va mi espíritu cuando

duermo? ¿No se corta, no se para entonces su vida? ¿No será la muerte

como el sueño? Cuando duermo, no siendo el sueño muy profundo, creo

sentir, aunque confusamente, que soy. Cuando despierto, me asegura la

verdad de mi existencia el recuerdo claro y patente de toda mi vida

anterior. Pues ¿por qué, aun imaginando la muerte como un largo y

profundo sueño entre dos vidas, no ha de acudir al alma cuando

despierta, esto es, cuando vuelvo á nacer, el recuerdo patente y claro

de todas las existencias pasadas? Cuando tal recuerdo no acude, no hay

razón para creer el dogma de los antiguos brahmanes, divulgado en Europa

por el sabio de Samos y renovado tantas veces. Yo soy todo lo que soy, y

en la sucesión y en las mudanzas de mi vida hay una esencia permanente,

que es como hilo de oro que enlaza en un collar muchas perlas. El mundo

visible, la serie de mis impresiones, mis deleites, mis dolores, mis

esperanzas, mis desengaños, mis dudas, mi ciencia, todo está enlazado en

este hilo que persiste, que á veces creo que no se acabará jamás. Pero,

¿cómo he de creer que es eterno? ¿Cómo creer que tampoco ha empezado,

cuando veo y noto su principio? Si en el sueño queremos suponer que se

rompe, la memoria de todo lo anterior al sueño al punto le reanuda. Pero

si en mí hubo muerte corporal antes de ahora, ¿dónde está la memoria que

reanude la vida actual á la vida anterior á esa muerte? ¿Se baña quizás

el espíritu cuando el cuerpo muere, en el río del olvido? ¿Va á

confundirse acaso en el infinito Océano del espíritu? ¿Hay un mundo del

espíritu, como hay otro de la naturaleza, y la compenetración de ambos

es la humanidad? Si fuera así, lejos de creer en la existencia de mi

individuo antes de mi nacimiento y después de mi muerte, me inclinaría

mucho á dudar de la misma vida que ahora vivo. ¿Qué sería yo entonces,

sino apariencia, ilusión efímera? Sólo habría real y efectivo por un

lado la naturaleza y el espíritu por otro, como dos modos de la misma

substancia. Ni mi ser ni mi conocer serían más que ilusorios, en cuanto

yo me afirmase como ser finito y limitado, que vale tanto como afirmarme

distinto de los demás seres.

El Doctor discurría así, de noche, á solas, en la gran sala baja, donde

estaban los retratos, incluso el de la coya, y donde había también un

espejo. En aquella soledad, sin temor de que le viesen y tuviesen por

loco, se tocaba el cuerpo con las manos, se miraba al espejo y se veía,

andaba y oía sus pisadas al andar, hablaba y escuchaba su palabra misma.

Luego se reía de aquella prueba pueril que se estaba dando de su propia

existencia. Cerraba entonces los ojos, se quedaba inmóvil en un sillón y

prescindía de todo, hasta del pensamiento, y entonces la prueba de que

existía era más clara: no era porque se veía, ni porque se tocaba, ni

porque andaba, ni porque se oía, ni porque pensaba, sino era porque era.

Desenvolvía luego aquella escueta y pura afirmación de su ser, y

resultaba algo como el hilo ó lazo de unión donde venía la memoria á

engarzar todos sus pensamientos, impresiones, ideas y deseos. Más allá

de cierto término, ni había hilo, ni objeto alguno que ensartar en el

hilo. Luego allí expiraba todo; luego aquello había tenido principio;

luego antes no había sido nada.

El Doctor discurría una noche con tan cándida buena fe, que al llegar á

este punto fué á la mesa de su bufete y sacó de un cajón su fe de

bautismo. Quiso cerciorarse y se cercioró de que había nacido en el año

1816, y se declaró á sí propio que hasta entonces no había habido Doctor

Faustino ni espiritual ni material, y que todos los seres que llenan el

espacio sin límites, y todos los sucesos y cambios que traman y tejen la

tela del tiempo, dentro de la eternidad inmutable, habían existido y

ocurrido sin que él tuviese arte ni parte en cosa alguna.

Después continuó cavilando:

--En la corriente de la vida, en la serie de los casos y de los seres he

aparecido poco há. ¿Me hundiré, desapareceré para siempre, volveré á la

nada de donde salí, ó persistiré en lo futuro? Toda esta substancia que

forma mi cuerpo, ¿no se ha renovado ya varias veces, y yo he

permanecido? Mi forma misma, ¿no ha cambiado en lo accidental? Y, sin

embargo, ¿esencialmente no persiste hasta mi forma? Pues ¿por qué no ha

de seguir persistiendo? Persistirá; pero ¿cuál será el modo de su

persistencia? Como idea, no sólo persistirá, sino que preexistía. Como

realidad, tal vez persista, pero no preexistió. En todo caso, hasta su

persistencia como idea será más firme después de haber existido en

realidad. Antes de ser yo realmente, era sólo, en la inteligencia

infinita, una idea inmutable, eterna como esa inteligencia. Lanzado

ahora en el seno de lo sucesivo y mudable, apareciendo mi ser en la

corriente del tiempo, al menos vivirá también larga vida, ya que no vida

inmortal, como idea y como recuerdo, en otras inteligencias finitas.

Algún efecto ha de producir esta vida mía; alguna huella ha de dejar;

para algo he nacido; para algo soy. Sin embargo, no me contento con esta

inmortalidad, ó con esta vaga duración de más allá del sepulcro. Quiero,

no la duración de mi nombre, ni de mis pensamientos, ni de mis obras,

sino de todo yo, con el recuerdo vivo de mi nombre, de mis pensamientos

y de mis obras, aunque este recuerdo venga á ser un tormento sin fin de

remordimientos y de vergüenza.

Aquí volvía el Doctor á recordar la fecha de su nacimiento. Luego

añadía:

--Nada: yo no era antes de 1816. Todo lo ocurrido hasta entonces, ni

pena ni gloria para mí; pero de lo que he pensado, y hecho, y amado, y

sentido, y aborrecido desde entonces, quiero gloria y pena y recuerdo

perenne, y responsabilidad que no cabe. Yo me siento libre. Hay un poder

en mí que no se doblega, ni cede, ni se humilla ante la misma

omnipotencia. Si obedece sus decretos es porque quiere. Si no los

obedece, es porque quiere. Debe responder y responde de todos sus actos.

Ya sea caduca, ya sea inmortal, la existencia de esto que llamo mi

espíritu, en este instante fugaz, en esta vida que vivo ahora, no es un

paso como otros muchos que voy haciendo en el camino de la perfección,

sino que es trance que decide de todo mi destino, de toda la eternidad

para mí. En esta vida he de hacerme adecuado á la idea eterna que hay

de mí si fuera de esta vida no soy más que una idea, ó de merecer en

realidad todos aquellos grados de excelencia y de beatitud á que estoy

llamado. Un poco de ciencia, un poco de vana curiosidad ha destruído en

mí las creencias. Mi mente vuelve, con todo, por el discurso á coincidir

en las más importantes de lo que por fe me enseñaron. Será esta vida un

tránsito, una peregrinación á otra vida mejor; pero de esta vida depende

todo. Lo esencial es esta vida. La acción del drama está en ella. Si

queda para mí después una eternidad, toda ella se resume y cifra en este

instante. Toda ella es sombra, reflejo, consecuencia, resultado de lo

que ahora yo determine. Cielo é infierno, con su perdurable extensión,

nacen ahora en el centro de mi alma, en el abismo de mi conciencia, la

cual, por cima del torrente silencioso del tiempo que va pasando, vive

en lo eterno. Es absurdo suponer que la vida es un ensayo, y que, si

sale mal, venimos después á hacerlo mejor en otra. El vivir humano es

más serio, más digno que todo eso. Toda la educación, todo el progreso,

toda la purificación, todo el bien á que podemos aspirar ha de lograrse

ahora ó nunca. De esto vivo seguro, ya permanezca nuestro espíritu

penando ó gozando, pero inactivo después del drama, ya sobreviva sólo

como concepto eterno con el recuerdo de las obras que hizo.

De esta suerte llegaba á persuadirse el Doctor Faustino, no de que el

espíritu de la coya no vagase por la casa y pudiese entenderse con él,

sino que la _inmortal amiga_, lejos de ser la coya, era un espíritu en

cuerpo viviente mil veces más real que la sombra, el recuerdo, el

concepto de la coya, revestido de forma sensible por la imaginación

creadora de milagros.

Así volvía el Doctor, después de mucho discurrir, á la pregunta del

principio: ¿Quién era su _inmortal amiga_? ¿La habría visto, conocido y

amado, y se habría olvidado de ella?

A este propósito recordaba el cuento de Doña Guiomar, que le contaban

las criadas cuando niño.

Una hechicera poderosa había robado á Doña Guiomar, que era lindísima, y

la tenía encerrada en una torre muy alta, sin puertas, porque la

hechicera subía á la torre volando. La torre estaba en medio de

solitaria llanura, donde casi nunca llegaban pies humanos. La suerte

quiso, no obstante, que un hermosísimo príncipe, hijo de rey poderoso,

se extraviase un día yendo de caza, y apartándose de sus monteros,

halconeros y demás comitiva, el príncipe vino á encontrarse en la oculta

y misteriosa llanura donde estaba la torre. El sol brillaba cerca del

cénit. Doña Guiomar, en el elevado mirador de la torre, peinaba la

sedosa madeja de sus cabellos rubios con un peine de plata. El reflejo

del sol en aquellos lustrosos y dorados cabellos deslumbraba la vista.

El rostro de Doña Guiomar parecía circundado de refulgente aureola.

Doña Guiomar era de lo más bello que puede fingir la más discreta y

generosa fantasía. El príncipe, galán atrevido, elocuente y bello

también. Nacidos el uno para el otro, se enamoraron y cautivaron al

punto.

Con sábanas y colchas, con vestidos y otras telas, formó Doña Guiomar

una larga escala. Por ella se desprendió; llegó donde estaba el

príncipe, se dieron ambos palabra de casamiento; la confirmaron con un

apretado y prolongadísimo abrazo, y puesta Doña Guiomar á las ancas del

caballo, huyó con el príncipe de su prisión y de la hechicera.

Aunque caminaban de prisa, Doña Guiomar notó, al cabo de un rato, que la

hechicera, que había vuelto á la torre y visto que ella se había

escapado, venía en su persecución. Ya estaba cerca la hechicera, ya iba

casi á tocar con su mano á Doña Guiomar, cuando ésta tiró al suelo el

peine de plata con que se peinaba, y se formó de repente una cordillera

de montañas altísimas, con las cumbres cubiertas de nieve y de hielo. La

hechicera quedó del otro lado de las montañas; pero tal era su poder y

tanta su cólera y su brío, que salvó las crestas nevadas, bajó al

llano, y ya iba alcanzando de nuevo á Doña Guiomar y á su amante. Doña

Guiomar, entonces, tiró al suelo un puñado del perfumado afrecho con que

se lavaba las blancas manos. Al punto se formó un intrincado matorral de

jaras, espinos y zarzas, cubierto todo él de niebla muy espesa. La

hechicera pudo, con todo, atravesar el matorral, aunque destrozándose

las carnes, y sin extraviarse, á pesar de la niebla, se puso otra vez al

alcance de Doña Guiomar y de su raptor. Doña Guiomar tiró, por último,

al suelo el espejito en que se miraba, y luego se extendió entre ella y

su perseguidor un río profundo, rápido y caudaloso. La hechicera pasó á

nado el río. Aunque desfallecida ya y sin fuerzas, llegó cerca de Doña

Guiomar. Doña Guiomar se tapaba la cara por no verla y los oídos por no

oirla.

--¡Vuelve la cara, hija mía, vuelve la cara, para que te vea la última

vez antes de perderte para siempre!--decía la hechicera.--Hija mía, tén

compasión de mí, que te he criado. Mírame una vez, ya que me abandonas.

Doña Guiomar no quería mirar, pero el príncipe la rogó que fuese

compasiva y mirase. Volvió entonces la cara, y la hechicera dijo:

--Permita el cielo que quien te lleva te olvide.

Esta terrible maldición se cumplió. Llegados el príncipe y Doña Guiomar

cerca de la capital del reino, donde reinaba el padre del príncipe,

dejó éste á Doña Guiomar en una quinta, pensando volver allí por ella

para que hiciese su entrada en la corte con gran pompa y aparato. Pero,

no bien la dejó, se le borró su imágen, su nombre y su amor de la

memoria, y así permaneció años, hasta que por otro caso milagroso, que

forma la segunda parte del cuento, vino al fin á recordarla.

Este cuento, como todos los de hadas, encantamientos y asombros, puede

con facilidad traducirse en símbolo y alegoría. Por esto el Doctor

fantaseaba que Doña Guiomar era la poesía, la imaginación, la fe, que

obra milagros con quien la lleva para salvarse de la fría razón que la

tenía aprisionada. Un momento de abandono basta luego para que la fe se

olvide y desconozca.

La _inmortal amiga_ era, pues, como Doña Guiomar: era la fe, la poesía,

el concepto más puro del alma del Doctor, olvidado, desconocido por una

maldición de la hechicera, que representaba y cifraba en sí ambición,

ciencia profana, codicia, vanidad, orgullo y otras malas pasiones.

Fuese quien fuese en el mundo real la mujer vestida de negro que una vez

se le había aparecido, el Doctor se sentía inclinado á convertirla en

figura alegórica. Hecha esta conversión, todo se explicaba con

facilidad. De la poesía no quedaba en el alma del Doctor sino el

egoísmo. En su desesperada modestia, creía que habían muerto en su alma

la devoción y la fe.

En otra noche de insomnio, lleno el Doctor del más doloroso abatimiento,

se culpaba á sí mismo, y todo lo justificaba á la vez.

--Bien miradas las cosas--pensaba,--más amor he alcanzado de Costancita

que el que yo le daba y el que yo merecía. ¿Por qué fuí á enamorarla y á

ver si me casaba con ella, sino por razones de conveniencia? Pues, si

fué así, harta razón tuvo ella para mirar también por lo que le convenía

y casarse con el Marqués, á cuya elevación y fortuna no era probable que

jamás hubiese yo llegado. Es cierto que algo de amor despertaron en mi

alma la hermosura y juventud de mi prima; pero amor tibio, vacilante,

incierto. Si yo la hubiese amado con todo el corazón, mi amor se hubiera

impuesto y hubiera hecho nacer en el corazón de ella otro amor capaz de

sacrificio. ¿Por qué lamentarnos de la falta de amor, de amistad, de

ternura, que guardan para nosotros las demás almas humanas? ¿Les prodiga

la nuestra iguales tesoros, para exigir el cambio? ¡Ah! Yo amo con amor

inmenso; mas no para rendirme y sacrificarme en aras del objeto amado,

sino para hacerle todo mío. La fuente del verdadero amor está seca para

mí. El verdadero amor empieza por conceder á su objeto cuantas

perfecciones y excelencias le hacen amable; y después que le ha dado

tales excelencias y perfecciones, se postra ante él y le adora y se

ofrece en holocausto. El amor egoista, como el mío, anhela para sí un

objeto dotado de todas esas perfecciones; pero examina, critica y jamás

le halla. Entonces, dice:--Si yo encontrase una mujer como la que sueño,

¿qué sacrificios no haría por ella, qué virtudes no mostraría, con qué

afecto no la amaría? Por desgracia no la hallo, y nada de esto puedo

hacer. Mi amor sin objeto es también un amor sin obras. Si yo creyese en

el progreso de la humanidad, en el lazo estrecho que une las almas, en

la comunión de los espíritus, en el movimiento ascendente de todos los

corazones hacia la luz, el bien y la hermosura, ¿qué no sería yo capaz

de hacer para contribuir en algo á este progreso, á esa ascensión, á esa

ventura y grandeza del linaje humano? Por desgracia no creo mucho en

eso, y así es que no hago nada. Siento que haya en mi alma este amor de

la humanidad tan estéril. Si yo considerase que esta patria, este pueblo

ó nación de que formo parte es merecedor de todo amor, ¿quién sabe las

hazañas y heroicidades que haría por elevarle á la mayor altura? Pero no

hago nada, porque al cabo no estoy muy seguro de que esto que llamamos

la patria sea más que un terreno, como otro cualquiera, donde por acaso

he nacido, y de que esto que llamo mi nación pase de ser un conjunto de

hombres venidos de mil diversas regiones, de varias castas y orígenes, y

sin más vínculo que el de leyes, instituciones y creencias forzosamente

impuestas por los más poderosos á los más débiles. El amor de la patria

queda también estéril y sin objeto, á pesar de su intensidad. El amor de

la belleza y del bien es amor de abstracciones: es el amor de mí mismo,

si no hallo objeto fuera de mí que me parezca bueno y hermoso. Mi alma,

sin embargo, está enamorada. ¿A quién ama mi alma? Quizás ama un ideal

inasequible, que trabajo de continuo en forjar dentro de mí, sin llegar

nunca á dar el ídolo por terminado.

Otro objeto de amor más excelso, más comprensivo, reconocía el Doctor

que le convenía buscar para que su corazón se aquietase; pero no se

atrevía á negar la realidad de la existencia de ese objeto, y, de miedo

de encontrarse con un fantasma, no le buscaba.

El Doctor había leído las poesías desesperadas que privaban en aquella

época; pero aun no habían salido á luz, ó no habían llegado á su

noticia, las atrevidas especulaciones de los filósofos desesperados

novísimos. Schopenhauer y Hartmann no habían penetrado en Villabermeja.

No habían, con todo, sido pocos los libros materialistas é impíos que el

Doctor había leído. Veía además el pro y el contra de todas las

cuestiones, y la índole de su entendimiento le llevaba á dudar.

La melancolía de su alma, en aquellos días, lo pintaba todo con los

colores más negros.

Sin embargo, contra las negaciones que había hecho de todo objeto digno

de su amor, él mismo se presentaba varios argumentos.

--Es muy cómodo--decía,--negar el objeto digno. Así se disculpa la

pereza, la frialdad ó la cobardía. ¿Seré tal vez un miserable, incapaz

de todo arranque generoso, y para justificarme á mis propios ojos quiero

persuadirme de que no creo que haya un objeto que merezca que yo me

sacrifique por él, que iguale al amor?

Luego pensaba si los filósofos y los poetas pesimistas lo habían sido

por discurso y reflexión serena, ó por ser enclenques ó pobres, por

falta de salud ó de dinero. Mas suprimiendo esto último, no dejaba el

Doctor muy bien parado el orden de las cosas. ¿Por qué había de haber

dolores físicos ó miserias sociales de tal naturaleza, que cambiasen así

la condición de los hombres? Por otra parte, afirmar tal influjo era el

colmo del excepticismo: era afirmar lo vano é interesado y falso de todo

sentimiento y de toda idea. Si un sistema filosófico impío pudo provenir

de que su autor padecía del estómago ó de que no tenía dinero bastante,

ó de que no comía bien, también un sistema filosófico muy religioso y

optimista pudo provenir de que el autor gozaba de envidiable salud y

tenía satisfechas todas sus necesidades.

Cuando el Doctor llegó á este punto en sus cavilaciones, recordó

sonriendo unos versos muy conocidos de Lope de Vega. Un lacayo,

disfrazado de médico, es consultado por un caballero que padece honda

tristeza, y se entabla este diálogo:

--Nada me parece bien;

Todos me son importunos.

--¿Tenéis dineros?

--Ningunos.

--Pues procurad que os los den.

El remedio de la tétrica filosofía del Doctor, ¿era el mismo de que

hablaba el lacayo de Lope? En gran parte, sí. El Doctor tenía la

ingenuidad de confesárselo, si bien la confesión le humillaba y vejaba.

¿Por qué un alma tan grande como la suya se conmovía y trastornaba por

cosa tan accidental y de poco valer? Porque el Doctor quería ir á

Madrid, darse á conocer, brillar, hacerse famoso, y sin algún dinero no

podía lograrlo.

El Doctor procuraba consolarse de no ir á Madrid; procuraba desistir de

sus sueños de ambición y de gloria. Entonces se hacía un argumento ó

discurso parecido al que hizo no recordaba bien qué sabio á Pirro, rey

de Epiro, que se desvelaba é inquietaba, ansioso de conquistar el

mundo.--Conquistaré primero toda la Grecia, decía Pirro.--¿Y después?

preguntaba el sabio.--Después la Italia.--¿Y después?--El Asia menor y

la Persia, y la Bactriana y la India, y, por último, toda la tierra.--¿Y

después?--volvía á preguntar el sabio.--Después me reposaré triunfante y

seré dichoso.--Pues haz cuenta que ya lo conquistaste todo: sé dichoso y

repósate.

Este coloquio, si tenía fuerza para convencer á Pirro, que al fin soñaba

con la conquista del mundo, mayor fuerza debía tener para el Doctor,

quien, en sus mayores raptos ambiciosos, ni soñaba ni podía soñar sino

con ser, por unos cuantos meses,

Uno de los cien Ministros

Que al año vienen y van,

en un país que, lejos de conquistar los otros, no sabe conquistarse á sí

mismo.

Algo más tranquilo el Doctor después de este razonamiento, pensó en

dedicarse á la vida contemplativa, desechar la práctica por la _teoría_.

¿No está acaso en la _teoría_ la suprema felicidad y el verdadero fin

del hombre? El universo podrá estar mal, si se atiende al bien de los

seres que le pueblan. La vida será un triste presente: el dolor físico y

el dolor moral quedarán inexplicables. De todo esto prescindía el Doctor

por lo pronto. Pero ¿cómo negar el grandioso espectáculo que nos ofrece

esta máquina del mundo? ¿Cuánto no queda aún por descubrir, por

investigar y hasta por ver en dicha máquina, así en las partes como en

el conjunto? Y no sólo en lo que es ahora, sino en lo que ha sido y en

lo que ha de ser. ¿Qué origen tuvo todo ello? ¿Cuál será su fin? ¿Dónde

está el propósito? Dado que estas preguntas pudiesen tener satisfactoria

contestación, lo mismo se podía escuchar la voz del oráculo revelador en

Villabermeja que en la heroica villa de Madrid, capital de todas las

Españas.

Aunque sin meterse en honduras científicas ni en averiguaciones de

ningún género, bien podía el Doctor darse por pagado de ver las cosas

como poeta, admirándolas y celebrándolas; limpiando bien el alma de

malas pasiones, para que fuese bruñido y claro espejo que reflejase el

mundo dentro de sí, no sólo en cuanto se extiende y dilata por los

espacios, sino en su prolongación en los tiempos, con todas las series

sucesivas de creaciones y manifestaciones que en él ha habido.

Confesemos que la hermosa casa solariega de Villabermeja era cómodo y

regalado asiento para asistir á esta representación magnífica y

perpetua. El alma del Doctor, además, al reflejar en sí todas las cosas,

no lo haría sin gracia y desmañadamente, sino que las hermosearía y

perfeccionaría según ciertas leyes de buen gusto y de elegancia,

tachando defectos y errores, produciendo armonías y creando, en suma,

para sí un universo mil veces más bello. Aunque el Doctor no hiciera más

que esto en toda su vida, ¿quién ha de negar que cumpliría con una gran

misión? Pues, ¿de qué vale el universo y toda su hermosura, si no hay

inteligencia que le mire y le comprenda? Decidido el Doctor á

consagrarse á esto, no tendría ya que preguntarse con pena ¿para qué

sirvo? Serviría para justificar la creación.

Por desgracia, ahondando un poquito más el Doctor en estas reflexiones y

soliloquios, se encontró con una dificultad aterradora. Para la práctica

ya había visto que sin amor nada podía; para la teórica halló también

que era menester amor. Conforme Dios iba creando las cosas, las miraba

con amor, y veía que eran buenas. Para encontrarlas él también buenas, ó

al menos bellas, era menester que las mirase con amor. Mucho más amor

era menester aún para reflejarlas en el espejo del alma con mayor

hermosura de la que tienen. El amor es el grande artista, el creador, el

poeta, y D. Faustino temblaba de pensar que no amaba. Quería convencerse

primero, sin ningún amor, de que un objeto era bueno, muy bueno, y

después amarle. No sentía el rapto generoso, la noble confianza del alma

enamorada, que se lanza con amor al objeto y luego le halla bueno y

bello.

Crea el lector que me pesa ahora de haber elegido para mi cuento un

personaje de tan enmarañado carácter como el Doctor Faustino. Me obliga,

contra mi gusto, á escribir este largo soliloquio que debe aburrirle;

pero ya no podemos retroceder. Yo procuraré ser breve, aunque mucho se

quede por decir.

Desesperado el Doctor de no amar lo bastante, así para la vida práctica

como para la vida especulativa, en lo que tienen de más egregio, volvió

á su tema de hacer una vida práctica y especulativa á la vez, más llana

y más vulgar, y volvió á soñar con ir á Madrid en busca de aventuras y

de triunfos. La falta de dinero, el grande obstáculo, apareció en

seguida ante sus ojos.

Una sola bujía alumbraba el salón en que se hallaba. La luz iluminaba

apenas los retratos de los ilustres Mendozas. Todos ellos eran menos que

medianos, salvo el de la coya. El Doctor los miró casi con ira, porque

le habían dejado un nombre y no le habían dejado riqueza. Tuvo gana de

pegarles fuego. También pensó llevárselos á Madrid y ponerlos en un

baratillo, á ver si los compraba algún usurero ó algún publicano que

quisiera ennoblecerse y tener ascendientes, prohijándolos, ó mejor

dicho, _propadrándolos_. Pero ni esta esperanza le daban sus

ascendientes. ¿Qué publicano ó qué usurero es tan tonto en el día, que

busque ascendientes y no vea en sus contratas y suministros títulos de

sobra para tener todos los títulos? Y no sin razón, pensaba el Doctor.

Desechadas mil preocupaciones, no había de conservar él la menos

filosófica: la de la nobleza. Ya que había renegado de todo, se empeñó

en renegar hasta de su casta.--Vosotros--dijo á sus ascendientes,--no

valíais más acaso que el contratista que funda hoy su nobleza.

El largo insomnio había excitado de tal suerte sus nervios, que el

Doctor, en aquella soledad, en el silencio de la noche, con la luz de

una sola bujía que, iluminando muebles y cuadros, formaba mil sombras

caprichosas en las paredes, imaginó que todos sus ascendientes ofendidos

se destacaban de los marcos y caminaban contra él deslizándose como

espectros. Hasta la coya se reía entre compasiva y burlona. El ambiente

se hizo sofocante, como si respirasen allí todos los personajes de los

retratos, vueltos á la vida, y como si su respiración fuese de fuego. El

Doctor tuvo calor y frío á la vez; pero no tuvo miedo sino de volverse

loco. Hubiera sido indigno de un filósofo suponer que retratos pintados

habían de echar á andar para darle un susto ó embromarle de alguna

manera.

El Doctor, no obstante, fué hacia la ventana, que estaba cerrada, aunque

era á principios de Mayo, y para respirar el aire libre abrió de par en

par maderas y cristales.

Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.1 · 第 12 / 13 段