disimularle tanto como su sobrina. Aquella noche jugó al tresillo: según
costumbre, siempre se enfadaba y rabiaba cuando perdía; pero aquella
noche se enfadó y rabió mucho más. Se lamentó de su constante mala
suerte, suspiró, chilló, y al Marqués de Guadalbarbo, que tuvo la poca
galantería de darle tres codillos, le llamó grosero. Doña Araceli tuvo
también en la punta de la lengua la palabra fullero: hasta tal extremo
llegó á perder los estribos y la debida compostura.
A la una de la noche fué el Doctor á la callejuela, acompañado de
Respetilla. Doña Costanza tardó más que otros días en salir á la
ventana. Salió, por último; pero llorosa, sobresaltada y triste.
--Faustino--dijo,--mi padre lo sabe todo. No sé quién se lo ha dicho;
pero lo sabe todo; y acaba de reñirme del modo más cruel. Me ha hecho
prometer que no volveré á hablarte. Falto sólo á la promesa para
despedirme de tí. Mi padre se opone resueltamente á estos amores, y no
debo resistir á su voluntad. El hado inexorable nos separa. Olvídate de
mí. Compadéceme. Al menos quiero tener este desahogo al perderte; no
puedo ocultártelo más: ¡te amo!
El _te amo_ final fué la dulzura en que vino envuelto todo lo amargo de
las mal disimuladas calabazas. El Doctor entendió (y quizás no se
engañaba, porque el corazón humano es un abismo tenebroso) que el _te
amo_ era la mayor verdad que había en todo el razonamiento de Doña
Costanza. La propuso que la robaría y la llevaría depositada donde ella
quisiese, y aseguró que, por amor de ella, arrostraría todos los
peligros y desafiaría la cólera de cuantos poderes naturales y
sobrenaturales hay en el universo.
Con superior talento, y sin herir al orgullo del Doctor, hizo ver Doña
Costanza que los planes de rapto, de bodas contra la voluntad paterna y
de retiro bermejino, eran delirios vitandos. Demostró asimismo que su
padre tenía razón en oponerse á los amores, y que ellos, aun amándose
mucho, como se amaban, se harían infelices si fueran marido y mujer; que
el cielo repugnaba aquel matrimonio; que el Doctor tenía abierto un
risueño porvenir de venturas y de gloria, y que ella, lejos de prestarle
alas para llegar á él de un vuelo, le pondría grillos en los pies para
que ni siquiera pudiese recorrer el camino paso á paso.
En suma, Costancita estuvo elocuente, inspirada, deslumbradora. Siento
no hallarme en vena para trasladar aquí fielmente todo lo que dijo.
Serviría de modelo á mil discursos semejantes que con frecuencia se ven
obligadas á pronunciar las señoritas.
El pobre Doctor, aunque desahuciado, abandonado y pisoteado, tuvo que
quedar agradecido.
No se entienda, sin embargo, que Doña Costanza era una coqueta fría,
embustera, hipócrita y sin entrañas. Con su tía por la mañana y con el
Doctor por la noche, había sido el mismo candor y la misma sinceridad.
No mentía afirmando que amaba al Doctor. Le amaba, y le amaba
ardientemente; pero también amaba su bienestar, su vanidad de mujer y
sus esperanzas de brillar un día y de deslumbrar en el gran mundo.
Hasta el suponer Doña Costanza que su alma era hermana de la del Doctor,
combatida por las mismas encontradas pasiones, presa de iguales
sentimientos en lucha, le hacía simpático, querido y adorable á su
primo. Mas por aquello que más le amaba era por lo que le desechaba y
apartaba de sí.
--Se me desgarra el corazón--decía Doña Costanza,--pero es preciso que
no nos volvamos á ver; es preciso olvidar estos días de locura, este
sueño fugaz de amor insano y peligroso.
Así Costancita coronaba de flores á su víctima al clavarle el puñal en
las entrañas.
Su voz estaba trémula, entrecortada por los sollozos. Gruesas lágrimas
brotaron de sus ojos y corrieron por sus mejillas.
Lo que Doña Araceli extrañaba tanto que no hubiera sucedido antes
sucedió entonces, sin que nosotros lo podamos remediar. Costancita, como
estaba llorando, inclinó la frente contra la reja, y el Doctor,
conmovidísimo, acercó los labios y dió un beso en aquella serena y
cándida frente.
Entonces, como si volviese en sí de un arrobo melancólico, dijo
Costancita:
--¡Adiós, primito, adiós!
Costancita hizo ademán de irse.
--¿Así me dejas, cruel?--exclamó D. Faustino.
--Es preciso: nuestra suerte lo dispone. ¡Adiós! No me aborrezcas.
--¡Aborrecerte... jamás!... ¡Quiera el cielo que pueda dejar de amarte!
--No, no me ames... Ama á otra que sea menos indigna ó menos desdichada
que yo; pero guarda de mí un grato recuerdo. ¡Adiós, primo!
Y Costancita se retiró de la reja, y desapareció, seguida de su criada
Manolilla, que había conversado con el fiel escudero. El Doctor se
guardó las lágrimas para la soledad. Aquella noche, cuando se quedó solo
en su estancia, lloró mucho y durmió poco.
A la mañana siguiente pretextó que acababa de recibir una carta de su
madre avisándole que estaba enferma, y dispuso con precipitación su
partida.
Después de despedirse ceremoniosamente de su tío D. Alonso y de su prima
Costanza; después de repartir quinientos reales de propina á los criados
y después de recibir, para alivio de penas, un millón de besos, de
abrazos y de lágrimas de la niña Araceli, el Doctor tomó el camino de
Villabermeja, acompañado de Respetilla, en cuyo mulo iban los baúles
con los uniformes y demás galas, que tan poco habían servido y valido.
Dejémosle ir en paz, si es posible, y pidamos al cielo que le dé valor y
sufrimiento bastantes para las penas y trabajos que tiene que pasar aún.
El lector y yo nos quedaremos algunos días más en la ciudad natal de
Costancita, donde hemos de presenciar sucesos de gran transcendencia
para esta verdadera historia.
[Imagen decorativa]
XII.
EL MARQUÉS DE GUADALBARBO
El personaje cuyo nombre sirve de epígrafe tenía cerca de cincuenta años
de edad y más de veinticinco mil duros de renta. Era viudo y sin hijos.
En la fértil y extensísima dehesa de Guadalbarbo había un castillo
feudal, desde donde, según contaba el Marqués, pelearon sus heroicos
progenitores contra los moros durante seis ó siete siglos. Los
maldicientes afirmaban que el abuelo del Marqués había sido lechuzo; que
enriquecido, en tiempo de Carlos III, había comprado aquella dehesa y
otras fincas, y que su padre, cuyas bufonadas hacían reir mucho á María
Luisa, había titulado después. Pero, como quiera que sea, ora vertiendo
la sangre de los infieles, ora haciendo derramar lágrimas á los fieles y
atrayendo á los labios de una graciosa reina la dulce risa, es lo cierto
que el Marqués de Guadalbarbo tenía renta y título, vinieren de donde
vinieren.
Algo había heredado del carácter alegre y de la chispa y amenidad que
tan útiles fueron á su padre; pero, en el fondo, era un señor muy grave,
morigerado y á veces austero. Su hermana mayor, la Condesa del Majano,
estaba casi en olor de santidad, y el Marqués se asesoraba con ella á
menudo y solía tomarla por norma y pauta de su conducta.
Deseoso el Marqués de recorrer sus estados, y de abandonar, al menos por
una corta temporada, el bullicio y las intrigas de la corte, había
venido á la tierra de D. Alonso, donde poseía algunos bienes.
Un mes hacía que estaba allí. La Condesa del Majano se devanaba los
sesos por averiguar qué le detendría tanto tiempo. El Marqués apenas
escribía, y cuando escribía era muy lacónico.
Por último, como diez días después de la partida del Doctor Faustino,
escribió el Marqués á su hermana una extensa carta, que lo declaraba
todo, y que trasladaremos aquí íntegra.
La carta rezaba:
«Querida hermana mía: Cuando te refiera las causas y razones que me
detienen aquí, no lo extrañarás como me dices que lo extrañas. Tú misma,
á fuerza de lamentar los vicios, los desórdenes y los escándalos de esa
capital, me has disgustado de ella, y me has impulsado á venir entre
estas gentes sencillas.
«Estoy contentísimo aquí. He hallado un amigo excelente en un caballero
principal, llamado don Alonso de Bobadilla, el cual reúne dos prendas
que rara vez se hallan juntas: es activo, cuidadoso de sus cosas,
entendido en agricultura y ganadería; sabe, en suma, dónde le aprieta el
zapato, y es al mismo tiempo el hombre más temeroso de Dios, más devoto
y más amigo de ir á la iglesia que he conocido en mi vida. Cuando no
está en el campo cuidando de su hacienda, suele estar en el jubileo ó en
alguna novena, y rara vez en el Casino.
«Mucho me ha servido la amistad de este hombre, así para mejorar mis
bienes con sus consejos, como para mi contentamiento espiritual con su
agradable trato.
«El tal D. Alonso es viudo como yo; pero con la dicha de tener una hija
preciosa. No he visto jamás criatura más llena de candor. Y no creas que
es tonta, ignorante ni parada. Al contrario; Costancita, que así se
llama, tiene extraordinario despejo y viveza. Su claro entendimiento
está bastante cultivado; pero su educación ha sido sólida y muy
cristiana, hasta rayar en la austeridad. ¡Qué interesante contraposición
se advierte entre su malicia infantil, sus risas y sus chistes, y la
ignorancia santísima de todo lo malo, que desde el fondo de su puro
corazón viene á iluminar sus inocentes travesuras!
«El recogimiento con que ha criado á Costancita una señora, tía suya,
que permanece doncella, ha sido extraordinario y ha dado, como debía
suponerse, los más sazonados frutos. Ya que Costancita es mujer, y, como
dice su padre, ha salido á volar, ni con su misma tía se acompaña. La
tía vive aparte, y Costancita siempre al lado de su papá, que está hecho
un Argos y no la deja ni á sol ni á sombra.
«Nunca ha leído Costancita ni una sola de estas perversas novelas que
ahora se escriben, sino libros de devoción, algo de Historia y mucho de
_Año Cristiano_. Cose y borda con notable primor; por encargo de su
padre me ha hecho una petaca de pita, que es un prodigio de paciencia, y
sabe preparar y condimentar mil deliciosos platos de dulce y repostería,
que le enseñaron las monjas, en cuyo convento entró con su tía cuando
pasó Gómez por aquí. Luego permaneció en el convento más de dos años, y
casi fué menester que su padre la sacase de allí por fuerza, porque se
había encariñado con aquellas benditas madres y se empeñaba en tomar el
velo.
«Criada así Costancita, es un ángel en la tierra. Hace muchas limosnas;
envía flores y cera á la iglesia del convento donde estuvo, y es
fervorosa devota de la Purísima Concepción.
«La tía, á quien llaman la niña Araceli, es muy buena señora, salvo que
se enfurece cuando juega al tresillo y pierde. Y eso que jugamos á
ochavo. Y digo _jugamos_, porque yo le hago la partida muy á menudo.
»No he visto gente que mire menos á su propio interés, en ciertas cosas,
que esta niña Araceli y este bueno de D. Alonso. ¿Quieres creer que
tienen un pariente en un lugarcillo no muy distante de aquí; que este
pariente no tiene absolutamente sobre qué caerse muerto, y consintieron
ambos en que viniese á vistas para que se casase con Costancita si los
primos se gustaban?
»Por dicha, el tal pariente, que ha estado aquí algunos días, es un
pedantón de siete suelas, pervertido con las espantosas y abominables
doctrinas que ahora se enseñan en las universidades, y tan impío, que
nadie le ha visto en misa una sola vez. ¿Cómo había de convenir
semejante trasto á Doña Costancita? Así es que apenas si ella le ha
mirado. Ha sabido tratarle con afabilidad, como á pariente, eso sí; pero
sin hacerle caso como á novio, tal vez sin caer en la cuenta de que
venía á pretender su mano, porque la pobre niña, á pesar de lo lista y
avispada que es en todo aquello que no puede inclinarse ni torcerse á lo
pecaminoso, tiene completamente cerrados los ojos sobre ciertas
particularidades. Tengo motivos para estar convencido de ello y esto es
lo que más me encanta.
«En fin, el primo ateo se ha largado á su lugar con viento fresco,
convencido de que no se ha hecho la miel para la boca del asno, y, estoy
seguro de ello, sin haber obtenido siquiera ni una mirada amorosa de su
prima. Pero, ¿qué mucho, si su prima no sabe emplear sus hermosos ojos
en semejantes liviandades? Yo la he observado con persistencia, y no he
sorprendido jamás que mire á nadie sino como Dios manda. Sólo mira ella
con intensidad amorosa, pero ¡de cuán distinto género! cuando mira á su
padre ó contempla en la iglesia la imágen de algún santo ó de alguna
santa.
«¡Qué diferente es esta Costancita de tantas y tantas señoritas de
Madrid, que tienen novios á montones, que coquetean con unos y con
otros, que no hay nada que ignoren y que son tan desenvueltas!
«¡No puedes figurarte lo que me he acordado de tí cuando hacías la justa
censura, ya de esta, ya de aquella joven de la sociedad madrileña,
porque me veías propenso á entrar en relaciones, y querías retraerme de
tan funesta inclinación mostrándome los peligros que me
amenazaban!--Costancita es todo lo contrario, me decía yo entonces.--¡A
ésta sí que no la censuraría mi hermana!
«En fin, ¿para qué hemos de andar con rodeos? Tú eres la primera persona
á quien doy parte. Costancita me ha enamorado perdidamente. Con ella no
son posibles coqueteos ni términos vagos. Ni se la puede hablar al oído,
ni sacarla á valsar, ni entretenerla con unas relaciones que no
conduzcan al matrimonio, con el beneplácito de su familia. La honestidad
y decoro de Costancita, el recogimiento con que vive, el respeto que
infunde su honrado padre, y la misma sencillez é ignorancia de la linda
muchacha, no consienten otra cosa. Rendido á la evidencia de estas
razones, y prendado, cautivo, casi enfermo de amor, he buscado el único
remedio posible y decoroso. He pedido á D. Alonso de Bobadilla la mano
de su hija Doña Costanza.
«D. Alonso me ha dicho que por su parte se honraría en ser mi suegro,
pero que en nada quiere contrariar la voluntad de su hija; que la
consultaría, y que sería lo que Costancita quisiese.
«Costancita ha pedido diez días para decidirse.
«Hoy ha cumplido el plazo de los diez días, y Costancita me ha hecho el
más feliz de los hombres aceptando mi mano.»
Así, salvo los cumplimientos y memorias, terminaba la carta del Marqués.
Y aunque sea adelantar demasiado algunos sucesos, turbando el orden
cronológico riguroso, añadiré que á las tres semanas de escrita la carta
que dejamos copiada, en presencia de la virtuosa Condesa del Majano, que
vino en posta de Madrid, y sin boato, galas ni preparativos, porque la
modestia de Costancita lo repugnaba, se celebraron sus bodas con el
enamorado Marqués, limitándose D. Alonso, en vez de los tres ó cuatro
mil duros que prometía, á dar dos mil duros al año, que el generoso
marido, con otros cuantos miles más, señaló á su mujer para que se
vistiera como correspondía, y pudiera desquitarse con usura, después de
la boda, de la carencia de joyas, galas y dijes que se había notado en
ella.
[Imagen decorativa]
XIII.
EXAMEN DE CONCIENCIA
Sin ningún incidente digno de contarse había hecho el Doctor su viaje de
retorno á Villabermeja.
Su madre, á quien refirió de palabra lo que por cartas no había contado
de sus amores con Doña Costanza, y del fin desengañado que tuvieron,
puso á su sobrina como hoja de perejil, y no trató con más piedad al
bueno de D. Alonso de Bobadilla.
Después de este natural y disculpable desahogo, la señora Doña Ana
Escalante de López de Mendoza se afligió en el alma de ver á su pobre
hijo derrotado y humillado, y el mismo Doctor tuvo que consolarla,
mostrando que la derrota apenas lo era, ya que él había ido á enamorar á
Costancita, y no á su padre, y sosteniendo que no había humillación en
que no se llevase á cabo la boda por razones de estado y hacienda que D.
Alonso aducía, y por razones de prudencia que Costancita había
expresado, y que él mismo había reconocido y aceptado como buenas.
Así pasaron algunos días, hasta que llegó por el correo el parte oficial
del casamiento de Costancita con el Marqués de Guadalbarbo. El furor de
Doña Ana se recrudeció entonces, y el Doctor hizo por calmarle con mil
reflexiones juiciosas.
Calmados ambos al fin, porque no hay agitación que no acabe, cayeron
madre é hijo en una melancolía tranquila, y siguieron viviendo en
Villabermeja, más apartados que antes del trato de toda aquella gente.
Doña Ana administraba el caudalillo, cuyos productos se consumían casi
todos en pagar los intereses de la deuda, y cuidaba diestramente de la
casa, donde con orden y severa economía lograba conservar el lustre
señoril.
El Doctor, entre tanto, estudiaba, meditaba y daba largos paseos á pie,
subiendo á menudo á los cerros, y sobre todo al de la Atalaya, para
descubrir más horizonte. También iba á veces en su jaca á la quinta, que
era lo mejor de su caudal. La quinta estaba en un sitio muy agreste y
distante de los caminos reales, en la cumbre de otro cerro.
Casi la única persona con quien hablaba el Doctor, además de su madre,
era el fiel Respetilla, quien solía entretenerle y arrancarle alguna
sonrisa contándole los chismes y novedades del lugar, y á quien, por
falta de otro sujeto más á propósito, había tomado el Doctor por
contrario para tirar al sable y al florete, llenándole á menudo de
cardenales el cuerpo con el sable de madera, y no saliendo ileso casi
nunca, pues el Doctor no era un portento en la esgrima, ni para serlo
había recibido las suficientes lecciones. Por lo demás, aunque el Doctor
tenía la mano pesada y daba á Respetilla sobre diez palos por cada uno
que recibía, los de Respetilla eran tan recios y desaforados, que valía
tanto el diezmo que pagaba como la cosecha que por todo su cuerpo iba
recogiendo. Este ejercicio, no obstante, era muy provechoso para el
cuerpo y para el alma de los dos, y en fuerza de la costumbre, sentía ya
amo y mozo como necesidad y comezón y hasta cierto deleite en apalearse
todos los días.
A pesar de sus coloquios y combates con Respetilla, y á pesar de las
largas conversaciones con Doña Ana, siempre quedaban al Doctor muchas
horas de día y de noche, durante las cuales, en la más esquiva y
completa soledad, se complacía en recogerse y reconcentrarse dentro de
sí mismo, juzgando los sucesos de su vida y sondeando los senos más
profundos de su conciencia.
De la aparición de la mujer misteriosa nada había dicho á su madre; pero
una de sus primeras diligencias al volver á Villabermeja había sido ir
á ver el retrato de la coya, que estaba en el estrado, el cual era la
_cuadra_ ó sala cuadrada del piso principal. El Doctor examinó
atentamente el retrato; pero no acertó á decidir si era real ó imaginada
su perfecta semejanza con su _inmortal amiga_. Por otra parte, su
_inmortal amiga_ le tenía, al parecer, olvidado hacía tiempo, y su
recuerdo, aunque persistente, iba haciéndose algo confuso.
La obra de Pantoja era bellísima; pero al cabo no era más que una
imagen, y no podía despertar en el Doctor, que gozaba de cabal juicio,
sino simpatías meramente artísticas. La certidumbre de que aquél era el
retrato de una antepasada suya, muerta hacía tres siglos, cortaba además
los vuelos á su imaginación.
El Doctor había leído un cuento oriental, de cierto príncipe que halló
en el tesoro de su padre un retrato de mujer de quien se enamoró; pero
el príncipe creyó contemporáneo suyo el original del retrato. Salió en
su busca por el mundo, y nunca pudo dar con la mujer amada. Sólo vino á
averiguar, después de mucho tiempo y peregrinaciones, que la dama á
quien amaba por el retrato había sido una reina de la isla de Serendib,
no menos prendada de Salomón que la de Sabá, y quizás la más bella y
favorita de sus mujeres. Si el príncipe hubiera sabido á tiempo que el
retrato era de aquella antiquísima reina, jamás se hubiera enamorado.
El Doctor Faustino no podía ser más loco que el Príncipe.
A pesar de todo, se deleitaba tanto en mirar el retrato y llegó á
cobrarle tanto cariño, que se le trajo al salón del piso bajo, donde él
vivía, poniendo en el hueco otro retrato de los que adornaban y
autorizaban su salón.
No dejaba el Doctor, entre tanto, de recordar á su _inmortal amiga_ de
carne y hueso, y de forjar nuevas hipótesis para explicarse la carta que
de ella recibió y la extraña cita y aventura que tuvo con ella. Base de
estas hipótesis era siempre la afirmación de la existencia real,
visible, tangible, corpórea y sólida de una hermosa mujer, que le había
escrito, que le había hablado y que le había besado los párpados. Pero
¿quién era esta mujer? Harto sabía el Doctor que ni la boca, ni los
ojos, ni los brazos, ni la frente, ni todo el cuerpo en conjunto, eran
lo esencial de aquella mujer; que algo había en ella de indivisible que
pensaba y amaba, y á esto llamaba espíritu. Dábale, pues, nombre de
espíritu y no se encontraba más adelantado. Su ciencia impía no le
llevaba más allá. ¿Era algo el espíritu por sí, ó era un resultado de
toda aquella trabazón y concordia de partes, una armonía divina que
brotaba de aquellos órganos? Si el espíritu era algo por sí, bien podía
permanecer después de la muerte y ser antes del nacimiento. En este
caso, ¿por qué no había de estar en aquel cuerpo de mujer, que él había
visto y tocado, el espíritu de la coya? El espíritu que le animaba á él
¿no podía también ser el mismo que animó á uno de sus abuelos, el amante
y marido de la coya, pongamos por caso? Pero pronto desechaba de sí este
pensamiento como un desatino.
--¿Qué razón hay--se decía,--para sospechar tal cosa, cuando nada
recuerdo de ninguna vida anterior á ésta que vivo? De esta misma vida
apenas tuve conciencia hasta que mi espíritu acabó de formarse, saliendo
de la primera infancia, como quien sale á luz de un seno tenebroso. Se
diría que fué menester que la luz material hiriese mis ojos, que los
objetos sensibles hiciesen impresión en mi alma, que la palabra humana
me revelase la verdad penetrando en las ondas sonoras del aire por mis
oídos, para que el espíritu, que sólo estaba en germen, diese razón de
sí, fuese conociéndose á sí propio, pues sin conocerse no era.
El Doctor, si bien más inclinado á dudar que á negar ó afirmar, infería
de todo que ni su _inmortal amiga_ era la coya, ni él era otro que no
fuese el Doctor Faustino. No aseguraba ni negaba para sí una vida más
allá de la tumba. Sobre esto vacilaba. Pero cuando se prometía la vida
ultramundana, se la prometía con recuerdo completo, con la misma forma y
el mismo carácter, nombre y fisonomía de entonces. Cuando se prometía,
en sus momentos de entusiasmo, una prolongación de su existencia más
allá del sepulcro, todo lo ideal y etérea que puede suponerse, en otros
mundos, en otras esferas, en otros cielos, no se comprendía sino como
tal Doctor Faustino, hasta con el mismo cuerpo que entonces tenía,
aunque los átomos que le formasen fueran de luz y de gloria, en vez de
ser de lodo terrestre.