En primer término, la calle solitaria y sin salida. Las tapias del
corralón que servía de cementerio, enfrente. Y á la derecha, uno de los
torreones cilíndricos del castillo, sobre el cual se apoyaba la casa.
Más allá de las tapias del corralón se levantaban los muros de la
iglesia, y se veía un poco del arco y pasadizo que con el castillo la
une. Antes del arco formaba la casa un recodo. La luna llena iluminaba
la calle, sin gente y sin más ruido que el formado por un viento manso,
que doblaba la larga yerba que crecía en la misma calle y encima de las
tapias del corralón.
En nada de esto se fijó el Doctor al abrir la ventana. Otro objeto más
importante absorbió toda su atención en el momento. Frente por frente de
la ventana, junto á la tapia del corralón, iluminado el rostro por la
luz de la luna, inmóvil como una estatua, con dolorosa expresión en el
semblante, tal vez con lágrimas en los hermosos ojos, vió el Doctor á
una mujer alta, delgada, vestida de negro, y creyó reconocer á su
_inmortal amiga_.
--¡María! ¡María!--exclamó; pero no le respondió la mujer. La mujer echó
á andar hacia el arco.
--¡María!--dijo el Doctor de nuevo.
Entonces creyó notar en todo el cuerpo de la mujer un temblor, un
estremecimiento nervioso; pero ella ni contestó ni volvió la cara.
De buena gana se hubiera el Doctor lanzado á la calle para perseguir á
su visión. La gruesa reja de hierro que tenía la ventana impidió la
realización de su deseo.
¡María!--dijo el Doctor por tercera vez; y entonces dió la vuelta á la
esquina la mujer vestida de negro y el Doctor la perdió de vista.
Precipitadamente tomó el Doctor el sombrero, salió al patio, abrió la
puerta que daba al zaguán y quitó la tranca que defendía la puerta
exterior. La llave, por fortuna, estaba puesta. Abrió la puerta exterior
y fué corriendo en busca de su _inmortal amiga_, que debía estar aún á
pocos pasos de distancia.
Eran las tres de la mañana. No había un alma en las calles. El Doctor
las pasó y examinó todas dos ó tres veces. Dió vuelta á la iglesia y al
castillo; saltó por cima de las tapias del corralón, y hasta en aquella
mansión de los muertos buscó á su _inmortal amiga_. Todo fué en balde.
Parecía que se la había tragado la tierra.
Pensó luego el Doctor si estaría en el campo, y salió al campo, y anduvo
por los caminos sin saber dónde iba, hasta que despuntó la aurora.
Las campanas tocaron á misa primera, y el Doctor se decidió á oir
aquella misa. Quizás vería en la iglesia á la mujer misteriosa, como la
había visto la niña Araceli.
Tampoco vió en la iglesia á la mujer misteriosa.
El Doctor estaba tan inconsecuente, tan fuera de sí, tan otro, que, á
pesar de su impiedad filosófica, hizo por modo extraño algo como
oraciones y súplicas al Jesús Nazareno, de que era hermano mayor, y al
santo pequeñito, patrono del pueblo, á ver si le ayudaban á dar con su
_inmortal amiga_. Los poderes sobrenaturales fueron sordos á la voz del
Doctor y no le mostraron lo que buscaba.
[Imagen decorativa]
XIV.
PENITENCIA PARA EL DIABLO
La nueva aparición, confirmando más á D. Faustino López de Mendoza en la
creencia de que su _inmortal amiga_ era un ser vivo, y persuadiéndole de
que estaba en Villabermeja, le excitó á buscarla con ahinco. Pasmoso
era, sin duda, que se ocultase tan bien en lugar tan pequeño; pero el
Doctor perdió la esperanza de hallarla como no fuese registrando casa
por casa.
Este asunto de la mujer misteriosa le pareció de tal condición, que no
quiso fiarse de Respetilla para que le ayudase en sus averiguaciones.
Por motivos opuestos, y quizás más poderosos se guardó bien asimismo de
decir nada á su madre. Cuando María (la llamaremos así, ya que el Doctor
así la llamaba) se escondía tanto, razones poderosas tendría para ello.
Si el Doctor se hubiera confiado á Respetilla, hubiera expuesto á María
á que la descubriesen. Confiándose á su madre, la hubiera llenado de
recelos. Sabe Dios lo que imaginaría su madre de mujer que así se
ocultaba.
Sólo había otra persona, cuyo sigilo era grande y cuyo afecto hacia el
Doctor era mayor aún. Á ésta pensó en confiarse para que le ayudase á
descubrir á María. Dábase la circunstancia de que esta persona era la
más á propósito que había en toda Villabermeja para poner en claro un
misterio y despejar una incógnita. Apenas había familia que no
conociese, ni lance que no supiese, ni amores que ignorase, ni pendencia
matrimonial de que no tuviese noticia. Sabía esta persona hasta lo que
comían en cada casa. Si ella no daba, pues, con la _inmortal amiga_, la
_inmortal amiga_ era un ser _inaveriguable_ y utópico, por más que fuese
al mismo tiempo real, visible y tangible. La persona en quien pensó el
Doctor para que le ayudase en las investigaciones era su propia nodriza,
el ama Vicenta, la cual, desde que le crió, seguía en la casa, sirviendo
á Doña Ana.
Ya estaba resuelto á confiárselo todo, cuando, dos días después de la
aparición de María, fué el Doctor á su quinta en la jaca. La casera
estaba sola á la puerta de la quinta mientras que el casero cavaba.
--Señorito--dijo la casera,--esta mañana me entregaron un papel para su
merced.
--¿Quién le entregó?--preguntó el Doctor.
--Un forastero á quien no conozco.
--Venga ese papel,--dijo el Doctor.
--Aquí está,--contestó la casera dando á don Faustino un pliego cerrado,
que él recibió con emoción extraordinaria, pensando reconocer en la
letra del sobrescrito la mano de la mujer misteriosa.
Salió entonces en medio del campo, y mirando antes á todas partes para
cerciorarse de que nadie había por allí que pudiese verle ó
interrumpirle, abrió la carta y leyó lo siguiente:
»No ha sido mi propósito presentarme á tus ojos ni herir tu imaginación
con el prestigio de lo sobrenatural. Mi alma soñadora, anhelando
explicarse esta fuerza invencible que me lleva hacia tí, descubre, tal
vez se finge, otras existencias, en que tú y yo, sin obstáculo alguno
que entre nosotros se interpusiese, nos amamos y fuimos dichosos; pero
no pretendo imponerte esta creencia. Mi alma cree también que, durante
el sueño, desprendiéndose, por obra del amor, del cuerpo que anima,
vuela y se pone á tu lado; mas no aspiro tampoco á que lo creas. Yo te
amo, y sólo aspiro á que me ames. Tengo miedo, no obstante, de lograr lo
mismo á que aspiro. ¿Para qué aspirar á que me ames, si no es posible,
en esta vida, que nuestro amor nos dé ventura? De aquí lo singular de mi
proceder. De aquí el huir de tí y el buscarte. La prudencia me induce á
huir; el amor me lleva á tí á pesar mío.
»Hay además en mi vida un misterio horrible que no quiero, que no debo
revelarte. Hay algo que está en mí y no está en mí, y que me hace
indigna de tu amor. No presumas ni sospeches por eso que reside la
indignidad en lo que es mi persona.
»Un diamante se conserva entero, puro, aunque caiga en el fango.
Impenetrable á toda substancia corrosiva, sólo la luz penetra en su seno
y le alegra y le llena de claridad y de hermosura. Tú eres la luz, mi
corazón es el diamante.
»Una pequeña semilla cayó en la tierra. El sol, con su calor divino, la
fecundó. Allí brotó una planta lozana, y en la planta una flor; pero no
abrirá el cáliz ni dará su aroma si el sol, que eres tú, no lo acaricia.
»Mucho tengo que agradecerte, aunque no lo sabes. Ser flor y diamante te
lo debo á tí, que eres mi sol y mi luz. La firmeza para resistir al
fango en que había caído te la debo á tí, mi luz, y fuí diamante y no
fango. El brío, la fuerza para ascender á la región serena del aire,
saliendo del seno inmundo de la tierra, te lo debo á tí, mi sol, que con
tu divino calor hiciste subir por el tallo, hasta el sellado cáliz, las
esencias suaves y delicadas que son tuyas y para tí se guardan.
»Abandonada de todos, ruda, ignorante, ni los sagrados misterios de una
religión que yo no comprendía, ni los santos que están en los altares,
y cuya vida y cuyas virtudes yo ignoraba, hubieran evitado mi
perdición. Dios quiso salvarme por tu medio. Dios, sin duda, infundió en
mi alma una admiración hacia tí, que ha levantado mi espíritu y le ha
hecho apto para concebir todo lo bueno. La preocupación constante de no
hacerme indigna de tí, de no perder toda esperanza de que me estimases,
ha sido mi escudo y mi defensa en los primeros años de mi vida.
»Más tarde vino el espíritu consolador y me llevó á su lado. A su lado
se ha abierto mi alma á todas aquellas ideas nobles y á todos aquellos
sentimientos generosos de que es capáz por su semejanza con Dios. Yo,
sin embargo, aunque lejos ya de tí, no pude olvidarte. Antes bien
recordaba con más viveza que la primera iluminación de mi alma fué obra
tuya. Cuanto yo aprendía luego, cuanto por estudio y natural discurso
alcanzaba, lo veía como cifrado é incluído en aquella primera
iluminación de que tú fuiste causa. De esta suerte creció mi amor hacia
tí. Como germen caído en terreno inculto, así tu amor cayó en mi alma.
Todo cultivo posterior, lejos de extirpar el germen, ha contribuído á
que se desenvuelva y brote con lozanía.
»Hasta la ausencia, el no verte en muchos años, poetizó más y más tu
recuerdo. Te he vuelto á ver y no has desmerecido á mis ojos del
concepto que de tí tenía, fundado en recuerdo tan poético. Así es que
toda soy tuya. No dejaré de amarte aunque no me ames; no dejaré de
amarte aunque me aborrezcas ó me desprecies.
»Si te oculto quien soy, tengo para ello razones poderosas. Respétalas y
no me persigas.
»No hables de mí con nadie; te lo suplico.
»Si me amas, yo lo adivinaré y te buscaré. ¿Podré huir de tí, podré
resistirme si me amas?
»Si no me amas, ¿para qué turbar con mi presencia tu sosiego? De mi amor
mismo, aunque me abandonase y fuese toda tuya, no tomarías ni gozarías
sino aquella mínima parte, quizás la más vulgar y grosera que tú fueses
capaz de sentir por mí. Tal es la condición del amor. Quien guarda para
alguien todos sus tesoros, jamás podrá darlos, por más que lo desee,
como la persona amada no produzca y dé en cambio iguales tesoros de
amor.
»La otra noche me viste por acaso y á pesar mío, abriendo de repente la
ventana de tu cuarto. Tú me verás de más cerca, tú me verás junto á tí y
por mi voluntad, si llegas á amarme. Tal vez me verás, aunque no llegues
á amarme, si no logro vencer esta inclinación que me lleva hacia tí
anhelante de un momento de felicidad, por más que sea menester comprarla
á costa de tu desvío y de un siglo de tormentos. Adiós.--Tu _María_.
«El primer efecto que hizo la lectura de esta carta en el ánimo de D.
Faustino, fué el de excitar el deseo más vehemente de buscar y de
hallar á la mujer misteriosa.
A pesar de la súplica que contenía la carta, diciendo--_No me
persigas_,--el Doctor hizo cuanto pudo, aunque en balde, por descubrir á
aquella mujer.
El otro precepto de la carta--_No hables de mí con nadie; te lo
suplico_,--hizo más fuerza en la voluntad del Doctor. Por no faltar á él
no se atrevió á hablar de María ni siquiera con el ama Vicenta.
Pasaron, pues, ocho ó diez días, durante los cuales leyó el Doctor la
carta cien veces, meditó sobre ella y no halló rastro de la persona que
la había escrito.
Trasladado á lenguaje llano, el contenido de la carta daba de sí lo que
sigue:
María era de Villabermeja. Nacida de lo más vil y abyecto de la sociedad
había visto y admirado al Doctor cuando niña, enamorándose de él. Esta
pasión sublime, engendrada en el alma antes de que María llegase á la
adolescencia, la había salvado de perderse para siempre. La carta se
expresaba á las claras sobre este punto. De ello no podía dudar el
Doctor, por más que no recordase á ninguna chica pobre de ocho á diez
años á quien hubiese podido inspirar una pasión. Algún alma caritativa
(y el Doctor menos que nadie, porque estaba siempre en Babia, podía
adivinar quién fuese) se había después llevado á María y la había
educado. La educación y la ausencia, lejos de destruir el amor de ella
hacia el Doctor, le habían poetizado y sublimado.
Impulsada de este amor irresistible, María, á pesar suyo y conociendo
que dicho amor no podía tener término feliz, perseguía al Doctor y
procuraba enamorarle.
D. Faustino López de Mendoza, aunque viciado por las malas lecturas y
por la triste ciencia de su siglo, tenía excelentes prendas, corazón
generoso y una sinceridad nobilísima. Tenía además veintisiete años.
Soñaba, pues, con amar y ser amado; pero ni quería engañar á los demás
ni engañarse á sí mismo. ¿Qué razón había para que amase ya á la mujer
misteriosa? Apenas la había visto, apenas había hablado con ella.
Sin embargo, tal era la inclinación de D. Faustino á todo lo poético y
extraordinario, que se esforzó por quedar enamorado de su María.
Se dice de algunos personajes que perdieron la fe, y que, con fervoroso
deseo de recuperarla, hicieron durante meses y años como si la tuvieran:
rezaron sin creer en el rezo, cumplieron todos los preceptos y se
sometieron escrupulosamente al rito. Así creyeron al cabo. Quien esto
escribe conoce á un sujeto, que hoy está en opinión de santo, y que
durante el período de su transformación asistía á una reunión de
racionalistas y descreídos.
--¿Dónde va V., D. Fulano?--le preguntaban cuando se retiraba.--Voy á
hacer _guasa_ religiosa--contestaba él. Hasta que á fuerza de hacer esta
_guasa_, acabó por tomarlo todo por lo serio y ser casi un bendito
siervo de Dios, como es en el día, sahumando y aromatizando con el
perfume de su santidad el campamento de D. Carlos VII.
El carácter del Doctor era inflexible. No podía el Doctor, por nada en
el mundo, hacer _guasa_ amorosa, ni de ninguna clase. Si el verdadero
amor había de venir en pos de la _guasa_, aunque no viniese nunca.
Y, sin embargo, _la inmortal amiga_ interesaba al Doctor. Su alma estaba
ansiosa de amarla. Mas para amar lo que no se ve ni se toca, ¿por qué
amar á una mujer? Ámese la ciencia, la belleza ideal, la poesía increada
antes de revestir una forma, la perfección moral irrealizable en esta
vida que vivimos: ámese á Dios, en suma.
Amar á una mujer con fervor semejante al que debe emplearse en el amor
de estas cosas más altas, es una idolatría; idolatría que no se
comprende si no se ve ó si no se toca el ídolo.
Dante, gran maestro de amor, lo había dicho en una admirable sentencia;
salvo que Dante cometió la injusticia de acusar sólo á las mujeres de
este linaje de materialismo. Dante deplora lo poco ó nada que
_.....in femmina fuoco d’amor dura_
_Se l’occhio o il tatto spesso nol riaccende._
¿Por qué no deploró y confesó Dante el mismo defecto en el hombre?
Tal vez el gran poeta confundió con el amor verdadero la adoración de la
mujer como figura simbólica y como alegoría y personificación de la
ciencia divina, de la inspiración poética y hasta de la patria. Así amó
él á Beatriz. Así amó Petrarca á Laura. ¿Podía el Doctor amar así á su
María?
Antes de recibir la última carta no hubiera sido difícil. Después de
recibida la última carta era casi imposible. A la mujer que ha de ser
objeto de un amor de este género importa que las circunstancias la
levanten por cima del amador, la pongan como en un pedestal, la
encierren como en un impenetrable santuario. Esto tal vez no basta, por
último, y es menester que venga la muerte y la arrebate á misteriosas
esferas, y deje sólo de ella, en este bajo suelo, un fantasma etéreo, un
simulacro divino, forjado por la mente, y cuya mera aproximación á
nosotros, ó soñando ó velando, nos encumbre al paraíso y nos traiga como
un subido deleite y como un sabor prematuro de eterna bienaventuranza.
El Doctor, reconociendo con humildad que no lo merecía, había sido y era
para su María lo que Beatriz para Dante. Estaban, por un capricho de la
suerte, los papeles trocados. Pero ¿cómo hallar él en María á su Beatriz
ó á su Laura, después de la confesión ingenua que en su última carta
María le había hecho?
El Doctor, pues, muy á pesar suyo, tuvo que confesar que deseaba la
presencia de María; que su amor, fuese ella quien fuese, lisonjeaba su
amor propio; que sentía hacia ella piedad, profunda simpatía y hasta
cierta ternura, pero no verdadero amor. Ni siquiera sentía el amor
simbólico y metafísico de Dante y Petrarca por sus dos queridas,
verdaderamente inmortales.
Lejos de sosegar esta confesión el ánimo del Doctor, le atormentaba con
amarga tristeza: le atormentaba con el tormento de no amar, que es el
mayor de los tormentos.
Para distraerse de sus melancólicas cavilaciones redobló su actividad
corporal. Paseaba desaforadamente á pie y á caballo; los combates al
sable con Respetilla eran cada día más largos y feroces; tiraba á la
barra; levantaba pesos enormes, y no pocas veces llegó á tomar el azadón
y cavó con ahinco hasta derretirse sudando; pero, al consumir y gastar
así sus fuerzas corporales, no lograba aquietar, ni por un instante, la
inflamada vehemencia del espíritu.
Respetilla no era tonto; quería bien á su amo; recelaba que, en aquella
vida solitaria que estaba haciendo, acabaría por volverse loco, y no
dejaba ningún día de aconsejarle que viviese como los demás hombres, y
que ya que por falta de dinero no le era dable irse á vivir á la corte,
hiciese de la necesidad virtud; se figurase que Villabermeja era en
substancia lo mismo que Madrid, y tratase á la gente de Villabermeja,
distrayéndose y recreándose con sus paisanos, y sobre todo con las hijas
de sus paisanos, entre las cuales las había muy bonitas, alegres y
discretas.
Una mañana, después del combate al sable, Respetilla habló de este modo:
--¡Alabado sea el poder de Dios, y lo que ve el que vive! Cosas hay que
no las creyera quien no las viera. Tenga por cierto su merced que jamás
he dudado yo, antes he creído muy natural, que haya habido ermitaños
penitentes, que se zurrasen de lo lindo con unas tremendas disciplinas,
no comiendo más que hierbas y no bebiendo más que agua, no pensando en
amores ni en amistades, y viviendo en la soledad; pero, al cabo de esta
amarga vida, alcanzaban tales ermitaños la gloria eterna, la música
celestial y qué sé yo cuántas delicias. Para ganarse la voluntad de Dios
bien pueden hacerse sacrificios. Lo que no comprendía yo, hasta que lo
he visto en su merced, es que haya también ermitaños y penitentes del
diablo. Si la mitad de la penitencia, del recogimiento, de la
abstinencia, de las vigilias y estudios en que su merced consume su
mocedad y su vida, se encaminasen á agradar á Dios, nada tendría yo que
decir, sino que su merced era un santo. Lo malo es que yo sospecho que
su merced no se sacrifica sino para dar gusto al diablo, que al fin no
tiene gloria que darle, ni siquiera le da, en esta vida, dinero y poder,
aunque sea á trueque del infierno en la otra. Jamás había yo querido
creer en las brujas, porque no comprendía qué gusto habían de tener, al
ver tan perdidas á las que pasaban por tales, en servir al diablo sin
recibir salario. Ahora empiezo á creer en la brujería. No se ofenda su
merced, señorito. Su merced es brujo, y está dando culto al diablo y
sacrificándole su mocedad y su existencia.
--Yo no doy culto al diablo--contestó el Doctor, no poco lastimado del
tino con que Respetilla le atacaba:--yo doy culto á la necesidad
invencible. Si á eso llamas tú _diablo_, sea enhorabuena: doy culto al
diablo.
--¿Y qué necesidad tiene su merced de vivir como vive?
--¿Puedo, acaso, vivir de otro modo? Donde quiera que yo fuese haría un
papel ridículo sin un cuarto. ¿Á qué oficio voy á ponerme, si no sirvo
para nada? No hay más que resignarme á vivir en Villabermeja. Y aquí,
¿qué otra vida he de hacer que la que hago?
--¿Y por qué no hacer aquí otra vida?--replicó Respetilla.--¿Para qué
desea su merced ir á Madrid? Sin duda para tratar á aquella gente. Pues
trate su merced á la de aquí, y se ahorrará el viaje. Pues qué, ¿la
gente de Madrid es distinta de la de Villabermeja? Todo se va allá,
señorito.
--Vamos, ¿y dónde está esa gente? ¿Con quién te parece á ti que me
trate?
--Con todo el mundo. Hay, además, una casa á donde yo quisiera que fuese
su merced, porque allí se divertiría.
--¿Y cuál es esa casa?
--La de mi señor compadre el Escribano.
--Pues si sus hijas me detestan.
--Detestan á su merced porque su merced no va á verlas. Las pobrecillas
están picadas.
--¿Cómo sabes tú eso?
--Toma, porque me lo han dicho. Yo hablo mucho con las dos, y sobre todo
con Jacintica, la viuda del guarda, que las acompaña siempre y va con
ellas á misa, visitas y paseo. Ramoncita, la hija menor del Escribano,
es muy bonachona, y hace lo que quiere Rosita, su hermana mayor. Pronto
la casará con el hijo del boticario, que está ya acabando la carrera, y
dentro de pocos meses será médico. Rosita, en cambio, no tiene novio,
ni quiere tenerle, aunque ya pasa y más que pasa de veinticinco años. ¿Y
para qué, si es libre, rica, señora de su casa, y dispone del caudal y
manda en su hermana y en su padre y en cuantos la rodean?
--¿Querrá también mandar en mí?
--No, sino ser mandada, por lo que yo barrunto.
--Respetilla--dijo D. Faustino,--tú eres un tentador, un verdadero
diablo, y me propones un disparate, por no decir otra cosa. ¿A qué he de
ir yo á ver á Rosita? ¡Bueno fuera que creyese Rosita que yo iba á
pretenderla, en busca de su dote, como fuí en busca del de Doña
Costanza, é imitase á mi prima, _calabaceándome_!
--Yo conozco á Rosita, y sé que no pensará semejante cosa. Ni sueña en
casarse con su merced, ni menos en darle calabazas.
--Pues entonces, ¿en qué sueña?
--En broma y palique. Aquí no tiene con quién hablar. No hay más novio
posible para ella que el hijo del boticario, que corre ya por cuenta de
su hermana. Rosita ha leído muchas novelas é historias y es muy
elegantona. Conversar con su merced, sin proyecto de ninguna clase,
sería para ella el colmo del contento. Dice Jacintica que ella dice que
su merced sólo es capaz de entenderla en Villabermeja; que para los
demás patanes de por aquí está ella como si estuviera en griego. Dice
también Jacintica que en todas las ferias donde ha estado Rosita ha
pasado por de Sevilla ó de Granada, cuando no por de Madrid, y que nadie
ha sospechado que fuese de Villabermeja. Tan bien se viste, y tan
atinada y _afilustrada_ es en cuanto habla.
--Tú acabarás por hacerme creer que Rosita es un dije--exclamó D.
Faustino.
--¡Ya lo creo que lo es! Y no de similor, sino de oro. Y luego, ¡lo que
sabe! ¡Dios mío, lo que sabe! ¡Y qué genio! Ya, ya... Hasta á su padre
le tiene metido en un puño... El Escribano, ya sabe su merced, tiene su
por qué. ¿Estamos?... La niña del secretario del Ayuntamiento: la
Elvirita, viuda del capitán... Pues nada: no se lleva Elvirita sino lo
que Rosita quiere que se lleve. Y en vez de ser Rosita la que adula y
sirve á Elvirita, sucede lo contrario. Elvirita está con Rosita casi tan
humilde como una criada.
--¡Hombre, tú me cuentas de Rosita verdaderos milagros!--dijo el Doctor.
--¡Pues á fe que es ella poco milagrosa!
--Y dime--continuó D. Faustino,--¿el Escribano está por la noche de
tertulia con sus hijas?
--Casi nunca: de día está el Escribano en los negocios de su oficio, y
de noche arrullando á su tórtola. La tertulia de las hijas del
Escribano se suele reducir al hijo del boticario, novio de Ramoncita, y
á Jacintica, y nada más. ¿Quiere su merced verlo? Venga conmigo esta
noche.
D. Faustino puso aún algunas dificultades; pero empezaba á sentirse tan
aburrido y le había hecho tal impresión el que Respetilla le llamase,
con tan certero instinto, ermitaño y penitente del diablo, que decidió
al fin dejar la penitencia diabólica y salir en busca de aventuras,
aunque fuese _encanallándose_ en Villabermeja.
FIN DEL TOMO I
ÍNDICE DEL TOMO I.
_Páginas._
A mi querido amigo D. Ramón Rodríguez Correa 5
Introducción. Donde se trata de Villabermeja,
de D. Juan Fresco y de las ilusiones en general 7
I.--La ilustre casa de los López de Mendoza 49
II.--¿Para qué sirve? 65
III.--Plan de Doña Ana 91
IV.--Doña Costanza de Bobadilla 107
V.--Primera impresión 123
VI.--Carta del Doctor á su madre 143
VII.--Preliminares de amor 153
VIII.--Al pie de la reja 173
IX.--Entrevista misteriosa 185
X.--La niña Araceli 201
XI.--Actividad diplomática 219
XII.--El marqués de Guadalbarbo 237
XIII.--Examen de conciencia 245
XIV.--Penitencia para el diablo 275
* * * * *
Acabóse De Imprimir Este Libro
En La Imprenta Alemana
En Madrid Á Xv Días
De Julio De
Mcmvi Años
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