inclinada á quererte; pero, ya se vé, ¿dónde has aprendido tú que han de
ser las mujeres las que pretendan y persigan? Hijo mío, estás perdiendo
el tiempo y la coyuntura, y te va á pasar lo que al héroe de una antigua
comedia que llaman _El castigo del pensé que_... Aunque eches á tu prima
miradas como sinapismos ó cáusticos, que le quemen el corazón, esto no
basta; es menester hablar.
El Doctor, deseoso de guardar el secreto de sus coloquios por la reja,
contestó á su tía:
--Pero, ¿dónde y cómo he de hablar á mi prima, rodeada siempre de gente
ó al lado de su padre?
Aquí Doña Araceli, aunque también había prometido no hablar de la carta
amorosa que Costancita le había leído, no pudo disimular más, y exclamó:
--Ea, no seas embustero; fuera disimulo. Yo sé que has escrito á
Costanza, declarándola tu amor y pidiéndole una cita. En un momento de
expansión, ella me leyó tu carta. Dice que no te quiere contestar.
Escríbele otra y verás cómo te contesta. Yo entiendo que ya te ama. Es
timidez ó soberbia de tu parte no escribir nueva carta, ya que la
primera, si no ha sido contestada, ha sido bien recibida.
El coloquio entre el sobrino y la tía siguió largo rato por este camino,
y Doña Araceli hizo tanto, y estrechó de tal suerte al Doctor, que éste,
á pesar de su sigilo, vino á confesar á su tía que hacía ya algunas
noches que hablaba con Doña Costanza por la reja del jardín.
Doña Araceli recibió la noticia con más júbilo que si fuera ella misma
la que hablase por la reja. Su curiosidad de saber hasta los más
insignificantes pormenores, rayaba en locura. Gozaba con ellos como si
fuese su alma, á la vez, el alma del Doctor y el alma de Doña Costanza
enamorada.
D. Faustino tuvo que contarle todo y que repetir lo más importante.
--¡Válgame Dios poderoso!--decía Doña Araceli.--¿Con que siete veces
hablando de seguida por la reja, en el silencio solemne de la alta
noche, á la escasa luz de las estrellas, en medio de un ambiente
perfumado de azahar y violetas; hermosos, jóvenes ambos, y nada, ella no
acaba de decidirse ni de confesar que te ama? ¿Tiene el corazón de
bronce? ¿Es una piedra y no una mujer? Te aseguro que no lo comprendo. Y
dime, hijo mío, sin una falsa vergüenza, que aquí no es del caso:
háblame como si yo fuera tu confesor; te quiero mucho y me intereso por
tí, dime, ¿vuestras caras no se han acercado nunca hasta tocarse? ¿Tus
labios no se han posado ni siquiera sobre la frente de Costancita?
--Nunca, tía. No he hecho más que tomar su linda mano y besarla.
--¡Ay, sobrino, sobrino! Si tú no fueses tan verídico, no te creería.
¡Esa chica es un alcornoque, es un roble! ¡Y cuán disimulada y astuta!
¡Cómo se lo tenía callado! Su condición natural, por otra parte, es
recia de veras. No dejan rastro en su cara esas vigilias y esos
coloquios. Ni ha perdido la color, ni tiene ojeras. El demonio son las
niñas del día. Está fresca y colorada como una rosa. Pero, ¿qué digo
como una rosa? ¿Qué rosa no se marchita y deshoja si está expuesta al
sol de Julio sin que vierta el alba en su seno una gotita de rocío?
--Tía--contestó D. Faustino suspirando,--yo creo que Costanza no me ama.
El sol de mi amor no sólo no puede marchitarla, sino que no existe para
ella.
--No, hijo mío, no digas eso; Costanza te ama. Si no te amase, no
tendrían perdón la desenvoltura y la coquetería de ir á hablar contigo
por la reja. Lo que importa ahora es que adelanten los amores, y que os
convengáis pronto, á fin de que los santifique la Santa Madre Iglesia,
ciñendo al yugo vuestros cuellos con la suave é indisoluble coyunda del
matrimonio.
D. Faustino no tenía qué contestar á tan buenos deseos y balbuceó mil
gracias. Animada Doña Araceli, prosiguió diciendo:
--Yo lo arreglaré todo ó he de borrarme el nombre que tengo.
--Tía, considere V. lo que hace y no me pierda. No diga V., por Dios, á
Costanza que yo no he sabido callar y he dicho á V. el secreto de
nuestras citas. No me lo perdonaría nunca.
--¡Hombre, no te asustes ni te eches á temblar! Si sigues así, vas á ser
el marido más gurrumino de que hablen las historias. Pierde cuidado, que
nada diré á Costancita de cuanto me has dicho. Yo buscaré otros medios
para ganarte por completo su voluntad.
--Gracias, tía; pero... mucha prudencia, mucha circunspección... no
echemos á perder el asunto por querer llevarle á escape.
--En buenas manos está el pandero. Ya verás qué son saco de él para que
bailes.
--Dios lo haga, tiita Araceli.
--Oye, Faustinito, te voy á decir una cosa, aunque tú, como eres
filósofo, te vas á burlar de mí; pero quiero que me agradezcas los
sinsabores que por tí paso.
--¿Qué sinsabores? ¿Se enoja quizás el tío Alonso contra V. porque V.
protege mis amores con su hija?
--No es eso. A decir verdad, tu tío Alonso, aunque no se enoja, no se
alegra de estos amores. Tu tío Alonso tiene más conchas que un galápago,
y es menester ser el mismo diablo para penetrar lo que quiere. Lo único
seguro es que someterá su voluntad á la de su hija, si ésta se decide
con firmeza en tu favor. Por lo pronto, no debo ocultártelo, el tío
Alonso no está muy prendado de tí; te halla soñador, distraído, poco ó
nada práctico, y, por último, casi no me atrevo á decírtelo, porque yo
misma creo, en este punto, que no carece de razón acusándote...
--¿Y de qué me acusa?
--Te acusa...
--Dígalo V.
--Te acusa de poco religioso; pero, en fin, yo espero que tú te
enmendarás. Yo he leído en el _Año Cristiano_ y en otros libros piadosos
la vida de varias princesas y señoras de alto copete, que se casaron con
reyes judíos, moros ó paganos, y al cabo los convirtieron. ¿Por qué no
ha de ser Costancita una de tantas? ¿Tiene acaso menos labia ó menos
garabato que ellas?
--Sí, tiita: no dude V. de que Costanza me convertirá y hará de mí lo
que guste, con tal de que me quiera. Pero, vamos, dígame V. al fin
cuáles son esos sinsabores.
--Hijo mío, son una tontería de que te vas á burlar.
--No me burlaré: hable V.
--Ya verás qué débiles y medrosas somos las mujeres. Tú no ignoras que
yo viví con tu madre algunos años antes de que se casase; que después,
cuando tú eras niño he pasado con ella en Villabermeja una larga
temporada, y que siempre nos hemos escrito con frecuencia y con la mayor
intimidad. No extrañarás, por lo tanto, que sepa toda la historia de tu
familia y de tu casa.
--¿Y qué puede V. saber, tía, que le cause sinsabores? ¿Que soy
pobrísimo? Yo no lo oculto.
--No es eso, hijo mío, no es eso. Ya te he dicho que es una tontería, un
delirio, pero que me conturba á veces. Has de saber que los bermejinos
hablan de un espíritu familiar que hay en tu casa y que interviene en
todo. Tu padre, que de nada se asustaba, me contó una vez que, cuando tú
naciste, dicho espíritu se le apareció en sueños y le habló de tí,
pronosticando cosas obscuras, que no quiso ó no supo declararme. Después
oí referir allí multitud de patrañas. Y como tu madre tiene en su
estrado el retrato de la persona cuyo espíritu, desprendido hace siglos
del cuerpo, es quien suponen que hace las tales diabluras, mi
imaginación se ha exaltado en estos últimos días, y he creído ver
vagamente dicho espíritu en la forma que tiene en el retrato.
--¿Usted ha visto á la coya, tía?--dijo D. Faustino, con cierto asombro
que no pudo disimular.
--Sí, la he visto en sueños dos ó tres veces, y me ha mirado con mucha
ira, y he creído entender que se opone á que yo intervenga en el asunto
de tu boda. En fin, aunque conozco que esto es una sandéz, he tenido
miedo. Hace noches (quédese esto para entre nosotros), con pretexto de
que no estoy bien de salud, hago que duerma una criada en mi cuarto.
--Pero V. ¿no ha visto á la coya sino en sueños?
--Pues ¿cómo había de verla de otra suerte?
Dios, hijo mío, no puede consentir que las almas de los muertos se anden
siglos y siglos paseando por acá para asustar ó para divertir á los
vivos. ¡Pues no faltaba otra cosa!
--Eso es verdad, tía.
--Lo malo es que la imaginación puede mucho. Ella produce una ficción, y
sobre esta ficción se levanta luego un caramillo de otras ficciones.
Dígolo, porque no hace muchos días fuí á misa muy de mañana á la Iglesia
Mayor. Me hinqué de rodillas en el sitio más obscuro y solitario. Apenas
noté al principio que había á mi lado una mujer alta, delgada, vestida
de negro, al parecer rezando. No sé por qué me fué poco á poco llamando
luego la atención su traza peregrina y fuera de lo común. Antes de que
yo me levantara, se levantó ella para irse. Volvió entonces la cara
hacia mí, la ví por vez primera, y tuve la maldita ocurrencia de creer
que se parecía aquella cara á la del retrato que posee tu madre.
--¿Y no ha vuelto V. á ver á esa mujer?--preguntó el Doctor.
--No, no la he vuelto á ver. La alucinación que en mí produjo entonces
es causa, sin duda, de otros sueños que luego he tenido; pero la señal
de la cruz ahuyenta á los malos, y yo procuraré no tenerles miedo.
Aunque Satanás se oponga, he de trabajar para que te cases con
Costancita.
Con esto dió fin Doña Araceli al coloquio, dejando al Doctor con grandes
esperanzas de ser completamente feliz con sus pretensiones amorosas, si
bien un tanto confuso y meditabundo, á causa de todas aquellas
coincidencias de la coya, del retrato y de la _amiga inmortal_ á quien
llamaba María.
[Imagen decorativa]
XI.
ACTIVIDAD DIPLOMÁTICA
Después de la conversación con su sobrina, Doña Araceli conoció que
importaba _herrar ó quitar el banco_; echó sus cuentas, calculó que
aquel estado de cosas no debía durar, y resolvió presentar su
_ultimatum_ á su sobrina y á su hermano don Alfonso, á fin de que diesen
los pasaportes al Doctor ó le aceptasen y reconociesen como novio
oficial y esposo futuro de Costancita.
Las razones que tuvo Doña Araceli, después de recapacitarlo bien, deben
exponerse aquí en resumen.
D. Faustino empezaba á hacer un papel bastante desairado. Toda la gente
de la ciudad, porque en una pequeña ciudad de provincia casi nada se
encubre, sabía que había venido á vistas; y como de las vistas nada
resultaba, y podían al cabo resultar unas calabazas, mientras más tiempo
pasara, sería mayor y más ruidoso el desaire. Como el Doctor no tenía
mundo, y estaba además enamorado, no comprendía bien esto.
Aunque Doña Araceli amaba con todo su corazón á Doña Costanza, _el amor
no quita conocimiento_, y Doña Araceli auguraba mal del disimulo y
recato de su sobrina, que hablaba por la reja con el Doctor sin
confiárselo; y peor auguraba aún del dominio que tenía sobre sí para
que, después de siete noches en que un joven tan gallardo le había
hablado de su amor, era de suponer que con arrebatadora elocuencia, no
hubiese ella dado un sí y siguiese consultando su corazón, sin averiguar
lo que su corazón respondía. Doña Araceli se acordaba de su juventud, y
allá en el sigilo profundo de su conciencia se representaba las escenas
por la reja, cuando ella también había hablado con una persona querida.
¿Cómo resistir, si se ama un poquito, á las palabras dulces y ardientes,
á los suspiros, á los juramentos de amor, á las quejas, al deseo
expresado en el gesto y en las miradas lánguidas, cuando todo ello viene
fortalecido por la magia del silencio, del reposo nocturno, de la
obscuridad, de la incierta luz de los astros, que parece que se enamoran
unos á otros en la bóveda azul; del perfume de las flores, de la blanda
frescura del regalado ambiente, del arrullo lejano de alguna paloma ó
del trino amoroso de algún ruiseñor, y de otros mil incentivos que
ofrecen á tales horas, y en la primavera, el clima, el suelo y el cielo
de Andalucía? Todo esto, según lo recordaba Doña Araceli, era
irresistible á los diez y ocho años de edad.
Comprendan también mis lectores que ya he dado á entender que Doña
Araceli había sido algo frágil y más amorosa que severa. Las que
presumen de severidad, lo primero que deben hacer es no acudir por la
noche á la reja á hablar con el novio. No por eso sostendrá aquí el
autor de esta historia que no haya mujeres que acudan á la reja; que
estén enamoradas del que habla con ellas, y que escatimen tanto ó más
que Doña Costanza los favores y las generosas condescendencias; pero
repito que lo mejor es no acudir á la reja. Así se lo recomiendo á los
padres, hermanos y madres de las señoritas andaluzas. _Quien quita la
ocasión, quita el ladrón._ No sólo el vino embriaga.
Sea como sea, Doña Araceli no acertaba á comprender por qué, á pesar de
toda su honestidad y católica crianza, Costancita, ya que había bajado á
la reja durante siete noches, no había permitido siquiera que su primo
le diese un beso en la frente. Para la condición, los ímpetus y las
ternuras de Doña Araceli, esto constituía prueba plena de que Costancita
no quería al Doctor, y estaba entreteniéndole y divirtiéndose con él.
--En efecto--pensaba Doña Araceli,--es menester estar revestida de la
piel del diablo para bajar á hurtadillas al jardín, de una á dos ó tres
de la noche, para acudir con tanto misterio como si fuera un delito, y
todo esto con el propósito de dar la mano á besar y de decir:--Ya
veremos si te quiero. Está visto: ¡son incomprensibles las muchachas del
día!
Otra consideración se ofrecía á la mente de Doña Araceli, que no tiene
vuelta de hoja, y con la cual no dudo que estarán de acuerdo mis
lectoras más graves.
La conducta de Costancita no tenía buena interpretación. ¿Para qué aquel
misterio? ¿Para qué no decir paladinamente que amaba á su primo? ¿Para
qué no hablarle ya como á futuro delante de todos los tertulianos de su
casa? Lo de ir á la reja era comprometido y pecaminoso, y ni siquiera
tenía la disculpa del amor, ya que Costancita aun no amaba.
Hechas todas las reflexiones susodichas, y muchas otras que en obsequio
de la brevedad se pasan por alto, Doña Araceli se puso la mantilla y se
fué á casa de D. Alonso, resuelta á arreglarlo ó tronarlo todo, sin más
dilación ni rodeo.
D. Alonso estaba en el Casino y Doña Costanza recibió sola á su tía. Lo
que hablaron es de suma importancia, y se traslada aquí tan fielmente
como pudiera hacerlo un taquígrafo.
--Costancita--dijo Doña Araceli después del saludo y tomar
asiento,--quiero que nos entendamos de una vez. El hijo de mi mejor
amiga ha venido aquí, confiado en mis promesas y buenos oficios, y no
conviene que salga burlado. ¿Le quieres ó no le quieres? Ya no puedes
alegar que él no te ama, que él no se ha declarado. ¿Para qué hacerle
penar? ¿Para qué tenerle en una espantosa incertidumbre, si es que le
amas? Y si no le amas, para qué engañarle con vanas esperanzas,
consiguiendo así que sea más honda, quizás mortal, la herida que piensas
hacerle ó que ya le has hecho?
--Tía, tía--respondió Doña Costanza,--V. viene contra mí espada en mano.
V. es quien viene á herirme. V. viene tremenda. ¿Y cómo quiere V. que yo
conteste á todo eso? Deseo amar á mi primo. Me siento inclinada á
amarle, pero no le amo aún. No es culpa mía. ¿Mando yo en mi corazón?
--Pero, hija, ¿qué corazón es entonces el tuyo? Pues qué ¿después de
tres ó cuatro semanas de ver, de hablar, de tratar á tu primo, nada te
dice el corazón ni en favor ni en contra?
--No es que no me dice nada el corazón. El corazón me dice demasiado, y
la cabeza responde; y entre el corazón y la cabeza se arman disputas
crueles, que me aturden y desesperan.
--Confíate en mí, Costancita,--dijo Doña Araceli con mucha ternura,
acercándose á su sobrina y dándole un cariñoso abrazo.
--Mire V., tía, la quiero á V. tanto, la creo á V. tan buena, que voy á
abrirle mi alma y á revelarle cuanto hay en ella de bueno y de malo. Voy
á exponer á V. mis dudas y contradicciones con franqueza y lealtad.
--Habla, habla, hermosa mía.
--Sin bromas, tía Araceli: yo soy niña, soy inexperta, sé poco de
pasiones y de lances de amor; pero sospecho que en el amor hay grados,
como en todo. Hasta cierto grado me parece que amo ya á mi primo, el
cual es discreto, buen mozo, instruído y tiene otras muchas prendas
estimables. Con la mitad, con la cuarta parte del amor que yo profeso ya
á Faustinito, tiene de sobra cualquiera otra para aceptar á un hombre
por novio y luego por marido. Pero yo reflexiono demasiado, y necesito
doble ó triple amor del que tengo para casarme con mi primo, venciendo
las reflexiones. Creo que él me ama; pero también necesito en él doble ó
triple amor del que me tiene.
--¿Cómo es eso? Explícate.
--Es muy sencillo. Con doble ó triple amor, con un amor inmenso,
sublime, sería nuestra unión dichosa. Viviríamos aquí ó en Villabermeja
en un perpetuo idilio. Cuidaríamos de nuestra hacienda y la
aumentaríamos. Nuestros hijos, si llegábamos á tenerlos, serían la
gloria, la honra, los amos de estos lugares. Faustino y yo recorreríamos
en paz, y estrecha y amorosamente enlazados, el sendero de la vida,
cubierto de flores, sin nada que turbase nuestra tranquilidad ni que
envenenase la copa encantada é inexhausta de nuestra dicha en el mundo.
Pero sin ese amor, triple del que hoy nos tenemos, me inclino á creer
que, si nos casásemos, seríamos infelices los dos. Yo no me resignaría á
vivir aquí ó en Villabermeja, y Faustino menos, porque es muy ambicioso.
Él no tiene nada, y yo espero tener poquísimo. Mi padre podrá darme, á
lo más, tres ó cuatro mil duros de renta. ¿Y qué es esto para vivir en
Madrid? Quiero suponer que Faustino es un genio, un prodigio. ¿Cree V.
que con sus versos, sus literaturas y sus filosofías, atinará á ganar
mil duros al año sobre lo que yo lleve? Yo no lo creo. Si se mezcla en
política podrá tener algún destino importante por espacio de seis meses
ó un año, y luego se seguirá un largo período de cesantía. Como Faustino
no es un hombre de cierta clase, como es más bien ave cantora que ave de
rapiña, siempre vivirá pobre. Aun suponiendo que él vale mucho, que va á
encumbrarse á los primeros puestos, y que le va á durar la prosperidad,
todos los miserables sueldos que tenga durante su vida, acumulados y
sumados, si fuere dable que los ahorrara, no puede nadie afirmar que
constituyan un capital de veinte mil duros, ó sean mil duros de renta ó
poco más cada año. No es esto negar que Faustinito no logre brillar
como sabio, como orador ó como poeta; pero con este brillo ni se paga á
la modista, ni se compran elegantes muebles, ni coches, ni caballos, ni
joyas, ni trajes, ni todo lo que necesita una señora para brillar ella
también. Sería muy triste, tía, que tuviese yo que consolarme y
aquietarme con gozar del reflejo de la gloria de mi marido, y que, si
alguna vez me sacaba á relucir, pasase yo entre las damas aristocráticas
de la Corte por una señora temporera, efímera ó provisional, por una
semi-fregona, encogida y obscura, de quien unas preguntarían:--¿Quién es
esa?--Y otras responderían con desdén:--Esa es la ministra tal; esa es
la mujer del Doctor Faustino ó del poeta Faustino.--Peor es, á no
dudarlo, que el marido sea el obscuro ó aquél á quien sólo por su mujer
se le conozca, como también hay muchos. Aflictivo y vejatorio ha de ser
para un hombre el que le designen con el título del marido de la Doña
Tal, ó del marido de la Condesa de Cual, ó algo por este orden; pero
también es vejatorio y aflictivo lo contrario, y yo no me resigno á
sufrirlo. En resolución, con lo que mi padre puede darme y con las
ilusiones y esperanzas vagas de Faustinito sería un disparate casarnos,
á no querernos tan fervorosamente, que ambos sacrificásemos todo sueño
de ambición y de gloria, y nos resignáramos á vivir en un rincón. No
crea V. que no comprendo yo la poesía de esta vida. Tanto la comprendo,
que he ido y voy aún en busca de ella con mil esfuerzos de voluntad. He
hecho lo posible por crear en mi alma un amor tal por Faustino, que
venciese en mí el orgullo y las demás pasiones. He hecho lo posible por
crear también en su alma un amor tal por mí, que matase su ambición y
todas sus ilusiones mentirosas. No me lisonjeo de haber logrado ni lo
uno ni lo otro. Se lo confesaré á V. todo. No por una perversa
coquetería, sino llevada de mi deseo de amor, y de todos estos ensueños
campestres y de idilios que luchan con otros ensueños, he citado á
Faustino por la reja del jardín, he hablado con él, le he dado á besar
mi mano, y casi, casi le he dicho ya que le amaba. Él ha estado
elocuente, apasionado, tierno; pero entretejiendo con sus amores sus
ensueños de gloria, y pintándome inhábilmente, para seducirme, la
realización de sus esperanzas, con lo cual despertaba en mí la ambición,
que á menudo olvidan los hombres que también agita el alma de las
mujeres.
--¡Ay, niña Costanza!--esclamó Doña Araceli, casi con lágrimas en los
ojos, muy contrariada y atribulada.--Me pasma, me aterra, me confunde lo
que sabéis y discurrís ahora las muchachas. No era así en mi tiempo.
--Tía, en todos los tiempos ha sido lo mismo. Por otra parte, no tengo
yo la culpa de saber y de discurrir tanto. Cuanto he dicho, y más, me lo
ha enseñado mi padre. El novio mismo, tan poético, que me ha buscado V.,
me enseña á discurrir como discurro.
--Pero, hija, yo creo que discurres mal y de un modo perverso. Pues qué,
¿para no pasar por semifregona ó por dama temporera es menester tener
más de tres ó cuatro mil duros al año? Esos diamantes, esas riquezas las
necesitan las feas ó las necias para llamar la atención; pero las
discretas y hermosas, como tú, se abren camino y brillan por donde
quiera sin joyas ni dijes. ¿Qué joya más rica que la belleza? ¿Qué dije
más raro que el verdadero ingenio? ¿Qué perla más luciente que la
discreción? Además, á una señora como tú, tan bien nacida y emparentada,
¿quién ha de atreverse á no tenerla por legítima señora, aunque no vaya
en coche?
--Tía, crea V. que el dinero es el que constituye en esta época, como
quizás constituyó en todas, la verdadera aristocracia. Sin dinero seré
plebeya, aunque descienda del Cid, y con dinero pasaré por la hidalguía
personificada, aunque sea hija de un contrabandista, de un lacayo, de un
negrero, de un usurero ó de un bandido.
Doña Araceli trató de impugnar aún los endiablados razonamientos de
Costancita; pero pronto desfalleció y se rindió, no por falta de
convicción, sino por torpeza de pensamiento y de palabras.
--¿Y qué piensas hacer, hija mía?--dijo por último.
--Si yo tuviese veinte mil duros de renta--respondió Costancita,--me
casaría sin vacilar con mi primo. Esto probará á V. que le amo. Si yo no
tuviese nada, si estuviese tan perdida como él, también le tomaría por
marido, porque él, al tomarme por mujer, me demostraría un verdadero y
profundo amor, que satisfaría mi orgullo y me movería á no ser menos
generosa; pero mi mediana fortuna destruye estos dos extremos poéticos,
y me coloca y le coloca en un justo medio de prosa tan vil, que no hay
más recurso que despedir á mi primo, dándole calabazas con la mayor
dulzura. Y crea V. que lo siento, tía. Vaya si lo siento. Si estoy
enamorada de él, ¿no he de sentirlo?
Y al decir esto, aquella extraña muchacha se echó á llorar como un niño
mimado á quien se le rompe su más precioso juguete.
Doña Araceli estaba consternada. Pensó que el infortunio la perseguía
siempre en todos sus amores, así en aquéllos en que había hecho el
primer papel, como en los que hacía el papel tercero. Doña Araceli había
sido incasable, y seguía siéndolo en cabeza ajena. Un destino feroz
ahuyentaba de su lado al dios Himeneo. Cuando joven no había sido
casadera, y cuando vieja no lograba ser casamentera. Estas ideas
melancólicas acudieron en tropel á su alma, y Doña Araceli acompañó en
su llanto á Costancita. Ambas lloraron á dúo, con la mayor desolación,
los infaustos amores del Doctor Faustino.
Parecía el duelo que, allá en las antiguas edades, en Creta y en otros
países, debían de hacer las madres cuando llevaban al sacrificio á los
hijos de sus entrañas, que eran sus amores, y que iban á ser inmolados
en aras de los dioses Cabires ó de otros implacables genios
subterráneos, creadores y repartidores de los metales esplendorosos.
En fin, hartas de llorar, ambas se enjugaron las lágrimas, reconociendo
que el mal no tenía remedio.
El sol brilló aquel día como los demás. Vino la noche, y no faltó una
sola estrella en el cielo. Ni una flor se deshojó más pronto de lo
prescrito por su naturaleza.
Costancita pareció en paseo y en la tertulia de su casa tan inmutable y
serena como el sol, las estrellas y las flores.