olvido y siempre te amo. Mi espíritu está ligado al tuyo por un lazo
indisoluble, que ni el destino adverso ni el tiempo destructor romperán
nunca. Á través de mil fugitivas existencias, en la rápida corriente de
los seres mudables y de las formas pasajeras, mi alma permanece, y tu
amor es su esencia. En la vida mortal que hoy tengo en el mundo, el
cielo, cuyos fines ignoro y acato, ha puesto entre tú y yo obstáculos
casi insuperables. No he querido luchar contra los decretos y designios
del cielo. Por eso no me he presentado ante los ojos de tu carne. No
quiero que sepas ni el nombre que llevo. Llámame _tu inmortal amiga_.
Velo sobre tí. Te veo sin que me veas. Cuando se rinde al sueño mi
cuerpo, mi espíritu vuela á tí y se pone á tu lado. ¿Tan material y
distraído te has vuelto, que no me sientes en lo más íntimo de tu ser
cuando te acaricio y me uno á tí en un místico abrazo? ¿No hay ya brío
en tu espíritu para evocar el mío? Los ojos inmortales de tu espíritu,
¿no logran la aparición de aquélla á quien tanto has amado en otras
edades? ¿No hay, ni durante el sueño ni durante la vigilia, un confuso
recuerdo en tu mente de los pasados amores? Empiezas á amar, amas ya á
otra mujer, y tengo celos. ¡Qué horrible es el tormento de estar celosa!
Nada haré, sin embargo, en contra de ese amor que nace en tu alma. En
esta vida mortal, no puedes, no debes ser mío. ¡Sería una locura! ¡Sería
un crimen!... No me es lícito, por egoísmo, oponerme á que seas de otra.
Lo lloraré; lo lloro; pero sabré resignarme. Con todo, si esa mujer á
quien amas es fría de corazón, indigna de tí, y te abandona y te burla,
yo te consolaré, dulce bien mío. Mi amor invariable no acaba ni con la
rivalidad, ni con el desdén, ni con el olvido tuyo. No quiera Dios que
llegues á ser infeliz; mas si lo fueres, evócame, dí con toda la energía
oculta de tu corazón: «¡Acude, consuelo mío!» y me tendrás contigo. Hace
días que lucho con el deseo de mostrarme materialmente á tus ojos. Tal
vez no pueda resistir á este deseo. Tal vez te llame para verte y hablar
contigo y guardar una prenda tuya. ¿Vendrás si te llamo? Sí, yo creo que
vendrás. Eres noble y generoso, y no me privarás de este bien. Quiero un
recuerdo tuyo quiero una viva impresión tuya en los sentidos materiales
de que estoy revestida, antes de perderte para siempre en esta
existencia transitoria, antes de que seas dichoso con esa mujer frívola
por lo menos. Adiós. Acuérdate de _Tu inmortal amiga_.»
Maravillado se quedó el Doctor con la lectura de esta carta, haciendo
sobre ella mil diversas suposiciones.--¿Será mi primita la que me
escribe para burlarse de mi romanticismo con algo más romántico todavía?
¿Será alguna loca que se ha enamorado de mí y cree de veras todos estos
delirios? ¿Será el tío Alonso, ó algún tertuliano de su casa, que trata
de embromarme? En fin, sea como sea, lo mejor es quemar la carta y no
decir á nadie que la he recibido. Buen chasco se va á llevar el que
pensó divertirse con el efecto que la carta iba á producir en mí.
El Doctor quemó la carta: ni á Respetilla confió palabra de su
contenido, ni á su madre, á quien todo se lo confiaba, le escribió sobre
dicho incidente.
Siguió el Doctor amando de día á Doña Costanza, y viéndola y hablando de
amor con ella por las rejas del jardín, en las altas horas de la noche;
pero cuando se quedaba solo en su cuarto, cuando la prolongada vigilia
sobrexcitaba sus nervios, creía sentir extraños rumores á su lado, como
si se deslizase junto á él una sombra. Una vez despertó de su sueño
temblando casi y con sudor frío, y pensó sentir en la frente la
impresión ligerísima de unos labios etéreos, que habían depositado en
ella un beso de amor. Don Faustino López de Mendoza, filósofo
racionalista, estaba avergonzado de su cobardía y de su momentánea
credulidad; pero es el caso que dos ó tres noches casi juzgó inevitable
la aparición de un espíritu, y sacó de su corazón fuerzas para recibirle
con valor y sin amilanarse.--Si es un espíritu, ¿por qué ha de ser
terrible?--decía.--El espíritu de una mujer hermosa, de quien anduve yo
enamorado, Dios sabe cuándo, no debe ser para asustar, sino para
deleitar.--Dicho esto, el Doctor se serenaba y se reía; pero al punto se
trocaban en cuidado la serenidad y la risa, porque se persuadía de que
estaba oyendo el andar vago y tácito de un espectro que se alejaba, y el
susurro de una vestidura levísima, y hasta un suave, profundo y triste
suspiro.
¡Cuántas veces resonó en lo íntimo de su alma la última frase de la
carta que había quemado: _Acuérdate de tu inmortal amiga_!
--¿Me iré á volver loco?--se preguntaba entonces.--¿Tendré una
naturaleza miserable, débil, nerviosa, en quien prevalece la fantasía
sobre la razón y el discurso? ¿Estaré acaso al arbitrio de cualquiera
tunante, á quien se le antoje escribirme una carta disparatada, robarme
la tranquilidad y sacar de quicio todos mis sentidos y potencias?
Esta agitación oculta del Doctor no impedía que siguiese su vida
acostumbrada y que sus amores con D.ª Costanza creciesen en él y
permaneciesen en ella en la misma situación germinal, incierta é
indecisa.
A las tres noches después de recibir la extraña carta, volvía el Doctor
con Respetilla á casa de Doña Araceli. El coloquio amoroso no había sido
largo. Eran las dos nada más.
Al revolver de una esquina se acercó al Doctor una pobre vieja y le dijo
en voz muy baja:
--Señor caballero, necesito hablar con V. sin que su criado lo oiga.
Vengo de parte de la _inmortal amiga_.
Respetilla se había quedado detrás. El Doctor aguardó á que llegase y le
dijo:
--Vete á casa; no me sigas: espérame despierto hasta las cuatro.
Bien sabe el demonio lo que se le ocurrió entonces á Respetilla.
Perdónele D.ª Costanza el mal pensamiento. Respetilla dió á su amo las
buenas noches con un tono lleno de malicia, y le miró con envidia y
espanto, como quien dice: ¡Que haya logrado éste lo que no logro yo por
más que lo pretendo!
Respetilla no tuvo más recurso que obedecer á su amo, dejarle é irse á
la casa.
Solos ya en la calle D. Faustino y la vieja, entablaron este coloquio:
--¿Qué me quiere esa amiga inmortal? Si es burla de algún chusco, yo le
prometo que habrá de costarle cara.
--No es burla, señor caballero. Es asunto muy serio. Quizás la carta que
recibió V. se resintiese un poco del estado de la desgraciada. Tenía
mucha fiebre cuando la estaba escribiendo; pero hoy está bien de salud y
forma un empeño grandísimo en ver á V.
--¿Y quién es esa mujer? Dígame V. su nombre.
--No lo sé, y aunque lo supiera no lo diría. Mi obligación es decir á V.
que me siga y venga á verla.
--¿Y cómo aventurarme á ir á ver á quien no conozco?
--¿Tiene V. miedo, señor caballero?
--Abuela, yo no tengo miedo. Vaya V. delante y guíe. Iré al infierno, si
es menester.
--Tengo encargo de no llevar á V. sin imponerle algunas condiciones.
--Vamos, dígalas pronto. Me someto á ellas como no sean desatinadas. La
curiosidad de ver á mi inmortal amiga puede mucho en mí.
--Son las condiciones, que V. no ha de procurar nunca averiguar el
nombre de ella; que no la ha de perseguir; que no ha de tratar de
conocer la casa á donde voy á llevarle ahora; que no ha de preguntar
mañana, ni pasado, ni nunca, si por acaso la recuerda, quién vive en
dicha casa, y, por último, que en el punto que yo le diga á V.
_vámonos_, V. me ha de obedecer, dejar la casa, y venirse conmigo hasta
este mismo sitio, donde le dejaré para que se vuelva solo á la suya.
¿Acepta V. las condiciones?
--Las acepto.
--¿Me da palabra de caballero de que las cumplirá?
--La doy.
--¿Por lo más sagrado?
--Basta ya. Queda empeñada mi palabra de honor.
--Pues sígame V.
Aunque la ciudad era chica, no tanto que no hubiera en ella un laberinto
de calles estrechas y tortuosas, por donde se internó D. Faustino,
precedido de la vieja.
Mientras andaban, iba el Doctor formando todo género de hipótesis para
explicarse aquella aventura. Podía ser una burla de Doña Costanza ó de
su padre ó de algún pretendiente de Doña Costanza. Aquel Marqués de
Guadalbarbo, con quien el Doctor había echado las vacas en el Casino,
presumía de chistoso. ¿No sería él quien le embromaba? De Málaga, de
Granada y de Sevilla habían acudido á la feria algunas mozas alegres, de
éstas que llaman ahora _traviatas_. ¿No sería posible que alguna de
estas mozas se hubiese aficionado del Doctor, viéndole en la feria, y
deseosa de tener con él una cita, hubiese inventado todo aquel aparato
novelesco para lograrla y hacerla más picante y más grata? Pero ¿qué
moza andaluza de dicha laya, con perdón sea dicho de las del gremio,
tiene el espíritu bastante cultivado para escribir la carta que D.
Faustino recibió, é inventar maraña tan fina? Sería su amiga inmortal
alguna vieja casquivana? ¿Sería alguna mujer enferma de enajenación
mental?
Discurriendo de este modo, llegaron á la puerta de una casa, donde se
paró la vieja. Al llegar el Doctor, empujó la vieja la puerta, que
estaba entornada, y entró é hizo entrar al Doctor en el zaguán,
entornando otra vez la puerta, y quedando el zaguán obscuro como boca de
lobo. El Doctor, aunque iba bien armado, tuvo cierto recelo y puso mano
á la pistola que llevaba en el cinto. La vieja buscó á tientas el
agujero de la llave de la puerta interior, por donde se entraba en la
casa desde el zaguán, y abrió con la llave que guardaba en el bolsillo.
La misma obscuridad que en el zaguán había dentro de la casa.
La vieja tomó de la mano al Doctor, y con mucho silencio le hizo subir
por una escalera. Luego pasaron por dos cuartos, también á obscuras.
Llegaron, por último, á la puerta de otro cuarto, por cuyos resquicios
se veía luz. La vieja dió un golpecito en la puerta.
--Adelante,--dijo una voz de mujer.
--Entre V., señor caballero,--dijo la vieja.
D. Faustino entró en el cuarto, y la vieja se quedó fuera.
El cuarto estaba pobremente alhajado, pero muy limpio. No había más que
media docena de sillas y una mesa, sobre la cual se veía un velón de
Lucena con dos mecheros ardiendo. En el fondo había una puerta, que
conducía á una alcoba.
De pie, en medio del cuarto, estaba una mujer alta y delgada, toda
vestida de negro. Sus cabellos eran también negros, negros como el
ébano. El color de su rostro, trigueño claro. Sus ojos, hermosísimos y
del color de los cabellos. Todas sus formas, elegantes.
Aunque pálida y ojerosa, en la tersura de su frente y en la frescura de
su tez se notaba que era una joven de veinte años lo más.
--Caballero--dijo aquella joven con voz dulce y algo trémula,--perdóneme
V. que le haya molestado, escribiéndole primero, y después obligándole
casi á tener esta entrevista conmigo. Cuando escribí á V. la carta
estaba yo muy exaltada: creo que tenía calentura. Esto baste para
explicar á V. cualquiera extravagancia que pudiese haber en la carta.
--Señora, ¿qué he de creer entonces de la carta que V. me escribió y que
ya califica de extravagante?
--Todo en el fondo. Yo no califico de extravagante sino el estilo,
quizás lleno de exaltación.
--Luego es V. _mi inmortal amiga_.
--Lo soy.
--¿V. me conoce desde hace tiempo?
--Le conozco á V... V. es quien se ha olvidado de mí.
--Dígame V. algo para que la recuerde. ¿Dónde, cuándo nos hemos visto?
--¡Escucha, Faustino! Perdóname que te hable así, que te llame por tu
nombre... ¡Hemos sido tan íntimos!... ¡Nos hemos amado tanto!...
El Doctor miró con la mayor atención las hermosas facciones de aquella
mujer, y llegó á creer que las recordaba; pero de un modo tan confuso,
que no acertaba á decirse en qué ocasión las había visto. Aun despertaba
más en él confusos y perturbadores recuerdos el metal sonoro y simpático
de su voz femenina.
--¡Escucha, Faustino!--repitió la mujer.--Ya te lo escribí. Ahora te lo
digo. Yo no debo ser tuya en esta vida mortal; pero quería verte y
hablarte una vez sola antes de que nos separásemos para siempre. Un
destino cruel, horrible, me condena á huir de tí... Ama á esa joven.
¡Dios quiera que sea digna de tí! ¡Dios te haga dichoso!... ¿Me
concederás una gracia?
--Pídeme lo que quieras,--dijo el Doctor, pensando si estaría con una
loca, sospechando aún si sería todo aquello una burla, y recelando á
veces si él mismo estaría soñando ó delirando.
--Dame, como memoria tuya--dijo la mujer,--un bucle de tu pelo rubio.
Apenas lo dijo, se acercó al Doctor, que estaba turbado y sin saber lo
que le pasaba, y le cortó un bucle con unas tijeras que tomó de la mesa.
Todo esto fué más breve que el tiempo que tardamos en referirlo.
--Ya me has visto _de nuevo_--prosiguió la mujer.--No te olvides _de
nuevo_ de mí... Si algún día eres desdichado, llámame y acudiré á
consolarte. Hoy eres dichoso y no me necesitas... Dímelo con sinceridad.
¿Amas á Doña Costanza?... Responde lealmente; responde como debe
responder un caballero.
El Doctor, así interpelado, no pudo menos de contestar:
--Amo á Doña Costanza.
--¡Vete, vete, vete!--dijo la mujer con acento lastimero á par que
iracundo.
D. Faustino iba á irse, obedeciendo á aquella voz imperiosa; pero, de
pronto, la mujer le echó los brazos al cuello. Sintió el Doctor sobre su
rostro su aliento juvenil. Luego, la impresión de un beso sobre cada
uno de sus párpados.
Tuvo un momento de aturdimiento y de ceguera. Al volver en sí, la mujer
ya se había apartado de él y se había ido por la puerta del fondo,
cerrándola con llave.
La vieja estaba al lado del Doctor.
--Cumpla V. su palabra, señor caballero--dijo la vieja.--Sígame V., le
dejaré en el mismo sitio en que nos encontramos.
D. Faustino vió que era inútil toda súplica y toda averiguación. La
vieja le recordaba su palabra de honor empeñada, y no tuvo más remedio
que cumplirla, siguiendo á la vieja.
Ella le llevó por otras calles, dando rodeos, adrede sin duda para
desorientarle. Al cabo le dejó casi á la puerta de la casa de Doña
Araceli.
[Imagen decorativa]
X.
LA NIÑA ARACELI
Hasta después de la entrevista misteriosa con su _inmortal amiga_ no
conoció el Doctor cuán de veras estaba enamorado de Doña Costanza. En su
_inmortal amiga_, mientras la tuvo presente, nada había visto de
fantasma aéreo, de diabólico ni de inconsistente, sino una mujer sólida,
maciza, hermosa é interesante, y, sin embargo, ningún impulso de amor
sensual había despertado aquella mujer en su pecho, ocupado todo con el
amor de la primita.
Lo que la innominada le inspiró desde luego fué una simpatía profunda y
una vehemente curiosidad. Pero ¿cómo satisfacerla?
El Doctor era de suyo muy sigiloso; había prometido callar, y ni á su
madre ni á Respetilla contó nada de la extraña aventura.
En balde recorrió todas las calles de la ciudad en busca de la casa
donde la desconocida se le había aparecido. Era torpe para recordar
sitios. Lo menos sospechó de treinta casas; pero no decidió que fuese
ninguna. Cuando veía una mujer alta y delgada, imaginaba si sería su
_amiga inmortal_. Se acercaba y la miraba el rostro, y se convencía de
que no. A veces corría detrás de las viejas, á ver si volvía á ver á la
vieja que le guió á la casa. Tampoco la volvió á ver.
--¿Quién será mi _inmortal amiga_?--se preguntaba el Doctor.
Mientras duró vivo en su alma el recuerdo de la impresión material de
aquellos labios hermosos sobre sus párpados y del dulce calor de aquel
aliento juvenil sobre su rostro, ni soñando ni velando, en la obscuridad
y silenciosa soledad de la noche, oyó el Doctor de nuevo vagos rumores
como de una sombra que se desliza, ni creyó sentir junto á él espíritu
alguno. Sus cavilaciones para averiguar quién ella sería, tomaron un
carácter que podemos calificar de enteramente realista. El Doctor llamó
á careo con la impresión que la desconocida le había dejado á todas las
mujeres que vivían en su memoria y con quienes había tenido algo de
parecido al amor. De lo único de que se penetró el Doctor, evocando
tales recuerdos, fué de que nunca había amado. Su primer amor era pues,
Doña Costanza. Había tenido, sí, algunas aventuras galantes, más ó menos
plebeyas. Ninguna de las heroínas de aquellas aventuras era su _amiga
inmortal_; ni las pupileras, costureras y bailarinas de Granada, ni una
gitanilla, ni varias _traviatas_ de oficio, de quienes también se
recordaba, ni tres ó cuatro muchachuelas guapas, que habían servido á su
madre, y con quienes el Doctor, allá en su primera mocedad, había estado
más insinuante y había sido más familiar de lo que al ilustre mayorazgo
de los López de Mendoza cuadraba y convenía.
Resultaba, pues, que dentro de los límites de lo naturalmente posible,
según el Doctor lo entendía, su _amiga inmortal_ no se había mostrado
jamás ante sus ojos, desde que era hombre y se llamaba D. Faustino,
hasta la noche de la entrevista misteriosa que dejamos referida.
Ella podría haberle visto sin ser vista, y haberse enamorado de él.
¿Dónde y cómo? Difícil era averiguarlo.
Pasaron tres ó cuatro días y la impresión viva, la huella, por decirlo
así, de los labios de la mujer innominada, se borró de los párpados del
Doctor; pero la imagen de aquella mujer, que por los ojos había pasado
al alma, allí permanecía impresa. Y no sólo en el alma, en la misma
retina creía el Doctor que conservaba aquella imagen. Mientras más
tiempo pasaba, después de haber visto materialmente á la mujer, más
persistía la imagen, adquiriendo cierta consistencia fantástica. Cuando
cerraba los ojos, cuando estaba á obscuras, la veía cercada de un nimbo
luminoso.
Aunque algo confusa é indistinta, el Doctor, al contemplar aquella
imagen, acabó por hallar en ella cierta semejanza con otra imagen que
guardaba también en la memoria. Su madre tenía en su estrado un retrato
del siglo XVI, que parecía de Pantoja. Era una dama vestida de
terciopelo negro, con mangas acuchilladas y brahones, collar de perlas
magníficas, gorguera y puños de lechuguilla ó abanillos, y en la cabeza
muchos diamantes. Este retrato, aunque no tenía nombre escrito, se sabía
que era de la coya ó señora peruana con cuyo dinero se edificó la casa
solariega de los López de Mendoza.
Al Doctor, no en seguida, sino cuatro días después de haber visto á su
_inmortal amiga_, se le hubo de meter en la cabeza que se asemejaba
bastante al retrato de la coya.
Ya se entiende que la imaginación poética del Doctor estaba en completa
discordancia con su inteligencia cultivada y con su espíritu crítico.
Todos los razonamientos del Doctor venían á demostrar que la mujer
desconocida que le había escrito y que le había besado los párpados era
una mujer de carne y hueso, bautizada en alguna parroquia, no con
siglos, sino con veinte años de edad, á lo más, y que había de llamarse
Juana, Francisca, Teresa ú otro nombre por el estilo, de los muchos que
hay en el calendario.
El Doctor, con todo, hallando demasiado largo y enfático el nombre de
_inmortal amiga_, tuvo el capricho de dar un nombre menos vago á su
visión, y la llamó María. Quizás fué casualidad; quizás contribuyó á
esto el que, en aquella época del romanticismo, los poetas, en vez de
llamar á sus ninfas Nise, Filis, Galatea, Delia ú otros nombres algo
pastoriles, gentílicos y helénicos, habían puesto en moda el dulce
nombre de María; y cuando sus versos no eran _¡A ella!_ eran _¡A María!_
casi siempre.
Lo singular fué que, después de haber puesto el Doctor á su desconocida
el nombre de María, y después de haberla nombrado así varias veces allá
en su interior, vino á recordar con algún asombro, chocándole un poco la
coincidencia, que la coya, durante su vida mortal, reinando en España el
señor rey D. Felipe II, se había llamado también Doña María.
Recordaba luego el Doctor varios cuentos que había leído ó que había
oído contar, los cuales, si corroboraban por momentos en su imaginación
la idea absurda de que la coya tenía algo de común con la _amiga
inmortal_, daban, por otra parte, cierta luz á su entendimiento para
explicarlo todo racionalmente.
En primer lugar, como el recuerdo del retrato no era perfectamente
claro, y el de la desconocida, á quien sólo había visto algunos minutos,
era más confuso aún, podría ser muy bien que la semejanza fuese más
imaginaria que efectiva. Lo que se contaba de que el espíritu de la coya
andaba en su casa velando el tesoro de las perlas, tal vez había
contribuído á infundirle aquella idea en la fantasía. Cuando pequeño
había oído referir que la coya era además el más activo de los genios,
espíritus familiares ó lares de su casa. Mientras que el Comendador
Mendoza se limitaba á ir penando por los desvanes, la coya había
intervenido en no pocos asuntos de la familia. Al menos así se decía en
Villabermeja. Éstos y otros recuerdos habían acalorado, sin duda, la
imaginación del Doctor.
Lo más seguro, pues, era creer que la _amiga inmortal_ era una loca, ó
una _romántica_, ó una mujer que había querido divertirse á costa del
Doctor, sabe Dios con qué propósito. Hasta el parecerse á la coya, dado
que en realidad se pareciera, podía justificarse y aceptarse como
verosímil. Pues qué, ¿no hay personas que se parecen mucho sin ser
parientes? ¿No podía además ser la desconocida algo parienta del Doctor,
y por lo tanto de la coya?
En lo que al Doctor no le cabía duda es en que no había soñado ni la
carta recibida, ni la entrevista en la casa á donde le llevó la vieja,
ni los besos en los párpados. Su _amiga inmortal_, por testimonio
evidentísimo de sus sentidos, era un ser viviente, que estremecía el
aire con su palabra, que respiraba, que se movía, que tenía calor y
aliento, y sangre en las venas. De todo esto se recordaba el Doctor muy
bien.
Como hombre previsor, prohibió á Respetilla que dijese á nadie, ni á
Manolilla siquiera, que una noche había estado solo, fuera de casa,
hasta las cuatro de la mañana. Respetilla tenía tanto miedo á su amo,
que se calló, á pesar de su afición á contarlo todo, y siguió
sospechando que Doña Costanza no era tan retrechera como su criada, y
que se podía comparar mejor á cualquier reló bien dispuesto que al reló
de Pamplona, de que habla la copla de fandango.
Desgraciadamente para D. Faustino, las atrevidas sospechas de Respetilla
carecían de fundamento. Doña Costanza no acababa de amar á su primo, si
bien seguía _queriendo quererle_ y viéndole todas las noches un ratito
por la reja del jardín.
En cambio, el afecto que el Doctor había infundido en el tierno corazón
de la niña Araceli era más vehemente cada día. Este afecto era amor y
más que amor; pero, como era amor sentido con humildad y devoción
magnánima, y por un espíritu encarcelado en una triste armazón de huesos
y forrado de una piel llena de arrugas, había tomado la forma sublime y
desprendida de querer realizarse y consumarse por medio de otra tercer
alma y por medio de otro cuerpo joven y hermoso, á quienes también amaba
é idolatraba la niña Araceli.
Pensarán algunos que esto que refiero es insólito y raro; pero, si lo
meditan bien, notarán que ocurre con frecuencia. Hay, por dicha,
corazones de viejos y de viejas que no tienen la monstruosidad de amar
para sí, que no se encastillan en el egoísmo, y que siguen amando con
más energía y de un modo más completo, si cabe, que cuando eran mozos.
Uno de estos corazones, y de los más nobles, era el de Doña Araceli.
Amaba á Costancita con más ternura que la amaba y podía Amarla D.
Faustino, y había acabado por amar á D. Faustino, no ya sólo para
casarse con él, sino para arrostrar por él muertes, miserias y cuanto
hay que arrostrar, si ella se hallase en el cuerpo de Doña Costanza. Su
sueño de oro era, por consiguiente, verlos casados á ambos. Faustino y
Costanza eran como dos pedazos de su propia alma, en cuya unión estrecha
ponía Doña Araceli toda su felicidad y todo su deleite.
La amistad vivísima y constante que, desde la infancia había unido á
Doña Araceli con Doña Ana, madre del Doctor, había servido de fundamento
al afecto de Doña Araceli por D. Faustino. Las prendas personales de
éste habían después, con el trato y la convivencia, acrecentado aquel
afecto. La niña Araceli ardía, pues, de impaciencia al ver que tardaban
tanto en llegar á un término dichoso los amores entre sus dos sobrinos.
La conferencia que tuvo con Costancita, y de que ya dimos cuenta, se
repitió en balde otras dos veces.
Recelando Doña Araceli que la timidez de su sobrino fuese causa de que
el amor no adelantara, se decidió al cabo á hablar con él del asunto, y
para ello se le llevó un día á su cuarto, y allí á solas se explicó de
esta manera:
--Muchacho--le dijo,--no he querido hasta ahora hablarte claro; pero ya
es menester que te hable. No se entiende bien que siendo, como eres, tan
lindo mozo, tan galán, tan discreto y tan sabio, seas al mismo tiempo
tan para poco. Yo concerté con tu madre que vinieses aquí á ver si
enamorabas á Costanza y te enamorabas de ella. Por amor á tu madre,
quería yo hacer tan ventajoso casamiento. Desde que te conozco y trato
te he tomado mucho cariño, y ya deseo hacer la boda por amor hacia tí;
mas para esto contaba contigo, y veo que me faltas. Y no por falta de
amor, no. Yo conozco que amas á mi sobrina. Confiésalo, ¿no es verdad
que es muy graciosa? ¿No es verdad que tiene talento? ¿No es verdad que
la adoras?
--Sí, tía, la adoro,--interrumpió D. Faustino.