hija Costanza. Tus ojos son engañosos. ¿De dónde procede el fuego
seductor que los anima? ¿De aquí, de este corazoncito? Pero, ¿cómo ha de
proceder, si este corazoncito está helado?
--¡Helado! ¿Y de dónde infiere V. eso? Al contrario, tía. Sepa V. que
mi corazón está lleno de amor.
--¿Para quién, hija?
--Hasta ahora, tía, para nadie. Pero, ¿dejará de arder el amor y de
morar en mi alma y de ocuparla toda, aunque no tenga objeto en quien se
emplee?
--No me salgas con tiquis-miquis que no se entienden. ¿Qué es amor, sino
deseo, apetito violento, afán de unirse al objeto amado? Y si careces de
objeto, ¿cómo no has de carecer de amor? ¿Qué anhelas tu gozar? ¿A qué
apeteces unirte, amándolo?
--Pasito, tía, que no es tan invencible el argumento de V. Cuando hay
amor y no hay objeto en el mundo para el amor, se imagina, se sueña, se
crea un objeto, y este objeto se ama. Así hago yo. ¡Y si V. viese qué
precioso es el objeto que forjo en mis sueños!
¿No se parece nada á tu primo Faustino?
--A decir verdad, tía, estas imágenes que se forjan en sueños distan
mucho de tener la consistencia de la realidad: son vagas, confusas,
aéreas. Sus contornos se desvanecen en un ambiente de niebla luminosa.
¿Cómo he de saber yo de fijo si mi objeto soñado se parece al primito ó
no? Eso es según. Ya creo que se parece algo, ya que no se parece nada.
--¿Luego amas una imágen que no sabes cómo es?
--Sé y no sé. Es un misterio que no logro poner en claro.
--No seas pícara, Costancita. Déjate de misterios. Dime sin rodeos ni
diabluras si quieres ó no á tu pobre primo.
--Antes sería menester saber si él me quiere ó no.
--El te quiere, te adora. Eso se conoce.
--V. lo conocerá, tía, porque V. tiene más conocimiento que yo. Yo soy
inexperta y tan mocita, que nada conozco. ¿Para qué sirve la lengua? Si
me quiere, ¿por qué no lo dice? ¿Porqué no se declara? ¿Quiere él y
quiere V. que yo le pretenda?
--No, hija Costanza. El no se declara porque es muy tímido.
--La timidez y la tontería suelen confundirse.
--En este caso no. Además, Faustinito no ha tenido ocasión. ¡Tú estás
siempre tan circundada!
--Se rompe el círculo que me circunda, se busca ocasión y se halla.
--¿Y quién sabe si él la anda buscando?
--Muy torpe es si anda buscándola ocho días sin hallarla. Pero, vamos,
tiita, yo la quiero á usted muchísimo, y no quiero embromarla más ni
ocultar á V. nada.
--Dí, dí, picarita. Ya calculaba yo que había gato encerrado.
Doña Costanza metió la mano debajo de la almohada y sacó el billete de
su primo entre los lindos dedos.
--Aquí está el gato--tía--dijo.--Aquí está el gato. Ocho días ha tardado
el primo en pensar y en escribir esta epístola. Confiese V. que no se
precipita y que va con calma, reflexión y reposo.
--No seas burlona. Tu primo no se habrá atrevido á escribirte antes.
Léeme la carta.
Tía, ¡por amor de Dios! Este es un secreto. No se lo diga V. á papá ni á
nadie. Estas cosillas son más gustosas cuando no se saben.
--No tengas cuidado. Yo me callaré. Lée.
Doña Costanza, en voz muy baja, leyó el billete, que decía así:
«Primita: He tenido el atrevimiento de concebir una esperanza de
fidelidad, que me alienta hace ocho días. Mil temores, nacidos de mi
corto valer y de lo mucho que tú vales, asaltan mi esperanza, luchan
contra ella y procuran matarla. Acudo á tí para que la perdones y la
ampares. Basta con una palabra de tus frescos labios para que viva.
¿Pronunciarás tan dulce palabra? En todo caso, no condenes á esta
esperanza sin oir antes lo que tengo que decir en su defensa. ¿Cómo y
dónde podré hablarte? Si cierta simpatía que he creído leer en tus
ojos, si cierta piedad con que me miras á veces, no son mentira que mi
fatuidad inventa, confío en que has de buscar medio de oirme lejos de la
turba de adoradores que te rodea. Aguarda con ansia tu contestación el
más fervoroso de todos, tu primo.--_Faustino_.»
¿Ves cómo no debes quejarte?--dijo Doña Araceli.
--Y si yo no me quejo, tía.
--¡Y qué carta tan fina y tan bien hilvanada! ¡Cómo el galán encaja en
ella todo lo que quiere! ¡Con qué arte es atrevido sin dejar de ser
modesto! ¡Con qué primor pide amores y citas sin que parezca que pide
nada! Y tú, ¿qué vas á hacer?
--Allá veremos, tía. Lo natural, lo que se cae de su peso, es estar
pensando durante otros ocho días la contestación.
--Costancita, no seas mala. ¿Le quieres ó no le quieres?
--¿Y yo qué sé tía?... ¿He de sentirme enamorada de sopetón? Hablando
con franqueza, yo me temo que voy á amarle. Advierto que me atrae, que
se va hacia él un poquito mi voluntad; pero no le amo todavía. Será
menester, lo primero, que me convenza yo de que soy querida, muy
querida. Después... repito que allá veremos.
--Entretanto, ¿qué vas á contestar?
--Nada, por lo pronto. Ocho días de silencio.
--Se va á morir de impaciencia.
--Pierda V. cuidado, que no se morirá. Por otra parte, ya ve V. que el
primito es atrevido; tardío, pero cierto; me pide nada menos que una
cita á solas, ó yo no lo entiendo. Darle la cita sería comprometerme
demasiado. ¡Jesús! ¡Qué ligereza! ¿Qué se diría de mí si se supiese?
--Pero, muchacha, si ha de ser tu marido, ¿no podrás hablar con él un
momento por una reja?
--¿Y quién le dice á V. que ha de ser mi marido? Eso está por ver.
Por más halagos, razones y caricias que hizo y dijo Doña Araceli á su
sobrina, no logró ni más promesas ni más luz sobre el estado de su alma
con relación á D. Faustino.
Doña Araceli, no obstante, volvió á su casa algo más confiada en el buen
éxito de los amores que con tanto entusiasmo patrocinaba.
[Imagen decorativa]
VIII.
AL PIE DE LA REJA
Todo aquel día estuvo el Doctor alborotado y lleno de ansiedad
aguardando contestación de Doña Costanza.
Vió á su prima en el paseo y en la tertulia. Le habló delante de los
otros amigos y amigas que la cercaban. No notó ningún signo de que
Costancita hubiese recibido bien su carta. Antes al contrario, le
pareció que Costancita estaba con él más seria que de costumbre. Sus
miradas eran menos benévolas y frecuentes. El Doctor se dió á sospechar
que había caído en desgracia, y se puso más melancólico que de
costumbre.
Respetilla no había podido ver en todo el día á la doncella favorita. D.
Faustino le preguntó en balde sobre la suerte y paradero de su carta.
Aquella noche volvió el Doctor á las doce de la tertulia de D. Alonso á
casa de la tía Araceli. En vez de desnudarse, rogó á su criado que fuese
cuanto antes á hablar con Manolilla, y que á la vuelta entrase á
hablarle, que él le aguardaba despierto y vestido.
Así lo hizo, y se quedó sentado á la mesa leyendo un libro de filosofía;
pero no acertaba á entender ni un renglón siquiera. Sobre las páginas
graves del libro brincaba la imagen de Costancita, riéndose,
enamorándole y distrayéndole de todo.
Transcurrieron dos horas mortales. Después de las dos oyó D. Faustino
pasos de puntillas en los corredores. A poco levantó Respetilla el
picaporte y entró en el cuarto.
--¿Por qué has tardado tanto? ¿Traes contestación?--preguntó el Doctor.
--Vaya, señorito, ¿cree su merced que es tan fácil entrar en esta casa?
El chico que me abre la puerta falsa se había dormido como un tronco, y
por poco no me quedo á dormir al sereno.
--¿Traes carta?--volvió á preguntar D. Faustino.
--No se apure su merced.
--¿Qué hay? No me apuro--dijo el Doctor, contradiciendo lo apesadumbrado
y lastimero de la voz lo mismo que expresaba.--No me apuro. Dí ¿qué hay?
--Pues digo que no hay carta. Doña Costanza ha regañado á Manolilla
porque le entregó la de su merced, á la que dice que no quiere
contestar.
--¡Bien me lo decía el corazón! Yo soy poco dichoso. No quiero seguir
aquí tonteando. Mañana nos volvemos á Villabermeja.
--Señorito, yo creo que las cosas no están tan mal como su merced se las
figura.
--¿Y por qué lo crees?
--Lo creo porque á Doña Costanza, que no quiere contestar á su merced,
le ha entrado de repente una manía rara.
--¿Qué manía?
--Ha dicho á Manolilla que hace ahora un tiempo delicioso; que el jardín
está que da gusto, y que por las noches, con la luz de las estrellas y
con el perfume del azahar, debe de estar mejor. Manolilla le ha
contestado que sí; que el jardín está encantador de una á dos de la
noche, y la señorita ha replicado que tiene el capricho de bajar mañana
al jardín á la referida hora.
--¡Ay, Respetilla, apenas quiero creer mi ventura! ¡Me da cita! ¡Quiere
verme y hablarme por la reja del jardín!
--Señorito, yo no digo eso. No saque su merced de mis palabras lo que en
ellas no se contiene. Estos son asuntos muy dificultosos y resbaladizos.
Ni Doña Costanza á Manolilla, ni Manolilla á mí, han dicho nada de cita.
No se ha hablado de su merced para nada. Sólo se sabe que Doña Costanza
tiene el capricho de bajar mañana al jardín, á la una de la noche; para
oler el azahar y contemplar el cielo estrellado; pero como en el jardín
hay dos rejas que dan á la callejuela, su merced puede ir por allí,
porque la calle es del Rey, y nadie le prohibe á su merced estar en la
del Rey, y su merced puede oler también el azahar á la hora que se le
antoje.
--Iré, Respetilla; iré sin falta.
--Añade Manolilla que su merced debe ir muy embozado en la capa para que
no le vean. En este pueblo son muy chismosos y maldicientes. Y cuando
estemos los dos en la callejuela, su merced se podrá acercar á la reja
como para ver el jardín y oler las flores, y entonces podrá ocurrir la
casualidad de que vea su merced allí cerca á la prima, y por casualidad
podrá hablarle.
--¡Ojalá que tan feliz casualidad se realice!--dijo el Doctor
suspirando.
--No suspire V., señorito. Ensanche su merced el pecho, que hay
casualidades que parecen providencia.
El Doctor se puso contentísimo. Era generoso, y en albricias dió á su
criado una monedilla de cuatro duros, equivalente á ocho arrobas de vino
superior de su candiotera, y á poco menos de la duodécima parte de su
haber en metálico.
Al otro día hubo paseo, tertulia, todo lo de los días anteriores.
Costancita, como de costumbre, ni más ni menos afectuosa; más bien
menos. D. Faustino la vió, ya al lado de su padre, ya cercada de amigas
y adoradores. La habló... y como si tal cosa.
La impaciencia devoraba al Doctor. El día le parecía eterno. La tertulia
interminable; pero no hay plazo que no se cumpla, y llegó la una de la
noche.
Ya D. Faustino había acompañado á la tía Araceli desde la tertulia á
casa, y había cenado con ella. Estaba listo.
No bien la casa quedó en silencio y todos recogidos, el Doctor se escapó
con Respetilla por la puerta falsa, de sombrero calañés, embozado en la
pañosa, y con una pistola y un puñal en el cinto.
Antes de que diese la una en el reló de la iglesia mayor, ya estaban el
Doctor y Respetilla en la callejuela. Las tapias del jardín eran muy
altas, y había en ellas dos ventanas con rejas de hierros cruzados; pero
sin celosías ni puertas de madera. Todo lo interior del jardín se
descubría perfectamente, en cuanto lo consentía la espesura frondosa de
naranjos, limoneros, jazmines, rosales de enredadera y otros árboles y
plantas. En la callejuela había profundo silencio, y más silencio
profundo en el jardín. Sólo se oía el murmurar de la fuente que estaba
en el centro.
No había luna; pero era tan clara la noche y brillaban tanto las
estrellas, que iluminaban las senditas del jardín y rielaban en el agua
del arroyo por donde se desahogaba la fuente para que no rebosase. En
ambas orillas del arroyo había, sin duda, muchas violetas, pues su aroma
sobresalía por cima del de las rosas, azahar y demás flores.
--Aún no han bajado, señorito,--dijo Respetilla.
--Calla y aguardemos,--dijo el Doctor.
Transcurrieron en silencio tres ó cuatro minutos.
--Ahí vienen ya, ahí vienen--dijo Respetilla.--Ea, no se quede su merced
así... tan delante de la ventana, hecho un espantajo, no se asusten
estas palomas y se escapen. Arrímese su merced al muro y deje la ventana
libre, á ver si vienen.
El Doctor obedeció con docilidad á Respetilla: se apartó de la ventana y
se pegó contra el muro. Entonces oyó ruido de pasos ligeros y el crujir
agradable y provocativo de la seda y de las leves faldas. Doña Costanza
y Manolilla estuvieron á poco en la ventana donde se hallaba el Doctor.
--¡Qué hermosa noche, Manuela!--dijo Doña Costanza.--¡Cuánto me alegro
de haber bajado al jardín! Estaba desvelada... Pero tengo miedo. ¿Nos
habrá sentido papá? Dios quiera que no lo sepa. ¡Dios mío! ¡Qué furioso
se pondría!
El Doctor no sabía cómo salir de su escondite y empezar el diálogo.
Por último, se desembozó y se acercó á la reja, donde estaba su prima.
--¡Ay! dijo ésta asustada.
--No te asustes, Costancita: soy yo, tu primo Faustino.
--¡Hola, hola, primito!--dijo Doña Costanza, riéndose.--¡Vaya un susto
que me has dado! ¡Miren qué diablura de coincidencia! Hemos tenido el
mismo antojo los dos!
--Así es, prima. Yo también estaba muy desvelado, y he salido á tomar el
fresco y á respirar el ambiente embalsamado de tu jardín. Buena dicha ha
sido el hallarte.
--Sí, hijo mío; pero ¡qué compromiso! Papá, si supiera que yo estaba
hablando contigo á estas horas, y por la reja, sólo Dios sabe lo que
haría!
Al llegar á este punto de la conversación, advirtió D. Faustino que ya
Respetilla y Manolilla se habían apartado discretamente, sin decir
«queden ustedes con Dios,» y estaban hablando muy cerquita el uno del
otro, en la otra reja, como quienes quieren dar buen ejemplo.
El Doctor imitó á su criado, y se aproximó cuanto pudo. Costancita sin
duda que no lo advirtió, porque no se retiraba, antes insensible y
naturalmente, sin caer en la cuenta, se acercó también un poco. Por
momentos estuvieron tan próximos, que el Doctor aspiró el fresco y
perfumado aliento de la boca de Doña Costanza, y sintió que el fuego de
su mirada se le entraba en el alma y como que la encendía.
--Te amo, te adoro--exclamó entonces el Doctor, en voz baja, aunque
vehemente.--Para esto quería verte á solas. Esto quería decirte. Ámame ó
mátame. Eres mi cielo, mi gloria, mi esperanza. Con tu amor y por tu
amor me siento capaz de todo. De tí depende mi suerte y mi vida. Tú
puedes salvarme ó perderme. Eres más linda que las flores, más fresca
que la aurora, más graciosa que las ninfas que imaginaron los antiguos
poetas. Vales más que todos mis ensueños, aunque llegaran á realizarse.
--Cállate, primo, cállate y no seas loco. Esa vehemencia de expresión me
aterra. Ten juicio, ó no vendré otra noche.
--¿Vendrás otra noche? ¿Vendrás todas?
--Vendré, vendré un ratito; pero es menester que seas muy callado y muy
juicioso.
--Pero ¿no me quieres?
--Pues ¿si no te quisiera, vendría?
--¿Con que me quieres de amor?
--Mira, Faustino, yo no debo engañarte. Yo te quiero, y te quiero mucho
como á primo, y como se quiere á un amigo, y como se quiere á un
hermano. Todo esto lo sé, lo siento y lo comprendo; pero de amor, ignoro
lo que te diga. Soy muy niña y no sé qué debo sentir, ni siquiera qué
debo pensar. Dame espera para que yo me interrogue á mí misma y me
estudie.
--Perdona mi fatuidad, Costanza; pero ese cariño de que me hablas, ese
afecto de prima, de amiga y de hermana, ¿qué es más que amor?
--No trates tú ahora de engañarme, Faustino. Harto se me alcanza que
amor es algo más. No sé lo que es, no sé en qué consiste; pero es algo
más. Y en prueba de ello, voy á hacerte una confianza.
--¿Cuál, bien mío?
--Que si no te quiero de amor, quiero quererte de amor, y ya esto es
mucho. Cuando me paro á pensar en esto, ¿sabes lo que se me ocurre?
--¿Qué se te ocurre?
--Que mi alma anda como la mariposa, revoloteando, revoloteando en torno
de la luz, que la atrae de un modo singular. Esta atracción la siente ya
mi alma hacia tí; pero no es amor todavía. Es inclinación á amar. Si mi
alma cae en la luz y se quema, entonces la llamaré enamorada.
--¡Ojalá caiga pronto!
--¡Cruel, hombre sin caridad! ¿Tan mal quieres á mi alma? ¿Qué te hizo
la pobrecilla?
--Herirme, matarme de amores.
--¡Qué exagerados y enfáticos sois los poetas! No sé qué pensar cuando
te oigo. ¿Serán frases, me digo; serán figuras retóricas, ó sentirá
éste de veras lo que dice?
--¿Dudas de mi lealtad y buena fe?
--Entiéndeme bien. Yo no dudo. Te ofendería dudando, y más aún
diciéndote que dudo de que eres sincero. Pero acaso te engañas á tí
mismo. Este jardín, esta noche tan apacible y serena, este aroma de
flores, la novedad de la cita, el silencio poético de las altas horas,
¿no pueden ser parte de tu entusiasmo? Si en vez de estar yo aquí,
estuviese aquí otra mujer joven como yo, y bonita como yo, pues que me
dices que soy bonita, ¿no te entusiasmarías lo mismo, y no la llamarías
también, con la misma sinceridad, gloria é infierno, salvación y
condenación, y todo lo restante que me dijiste?
--No, no la llamaría. Tú sola eres para mí todo eso.
--Pues bien. Yo haré por creerlo. Permíteme que dude todavía. No quiero
ser crédula y fácil. No quiero que me alucine la vanidad. Lisonjea tanto
ser amada como tú dices que me amas, que no me atrevo á dar crédito á lo
que afirmas. Dispénsame esta modestia. Adiós. Hasta otra noche.
--¿Por qué te vas tan pronto? ¡Apenas has llegado y ya me dejas!
--Estoy llena de inquietud. Temo que me sorprenda mi padre. Cualquier
ruido me espanta. Un soplo de viento entre las hojas me hace temblar.
Vete.
--¿Vendrás mañana á la misma hora?
Costancita vaciló un rato. Luego dijo:
--Vendré mañana.
--¿Estarás más tiempo hablando conmigo?
--Estaré si eres bueno, si pierdo un poquito el temor, si me voy
convenciendo de que me quieres.
--Y tú, ¿me querrás?
--Ya te he dicho que quiero quererte. Bien sabes tú que el amor es cosa
terrible para una mujer. Me siento atraída hacia él, y retrocedo al
mismo tiempo espantada, como si viera á mis pies una sima sin fondo, muy
obscura y llena de misterios. Á la vez que quiero amarte, tengo miedo de
amarte. Adiós. Déjame por hoy. Pídele á Dios que me dé un sueño
tranquilo. Si no duermo nada esta noche, mañana estaré pálida y con
ojeras, y papá empezará á hacerme preguntas, y quién sabe lo que
recelará, porque es muy caviloso. Vete ya, Faustino.
D. Faustino se preparó á partir. Dirigió una tiernísima mirada á
Costancita, y le dijo:
--Dame la mano.
Doña Costanza no podía tener el mal gusto de negarle allí la mano que le
daba en público.
El Doctor la estrechó entre las suyas y la cubrió de besos.
Poco después, él y Respetilla salieron de la callejuela y se fueron muy
alborozados hacia la casa de Doña Araceli, siguiendo su camino por las
calles de menos tránsito, á fin de no llamar la atención.
Orgulloso de su triunfo, prendado como nunca de Costancita, levantando,
no ya castillos en el aire, sino alcázares hadados, paraísos, olimpos y
jardines de Armida, se durmió aquella noche D. Faustino López de Mendoza
al son de una serenata magnífica con que le arrullaban el sueño todos
los genios del amor y de la esperanza.
[Imagen decorativa]
IX.
ENTREVISTA MISTERIOSA
Durante tres ó cuatro días se repitió la misma función, si con algunas
variantes en los pormenores, idéntica en la substancia.
De día, cercada siempre Doña Costanza de amigas y admiradores, no daba
ocasión para que su primo le hablase en secreto.
Solía cruzarse sólo entre ambos alguna mirada fugitiva; pero tan confusa
en la expresión por parte de ella, que aun sorprendida por alguien no
hubiera podido ser interpretada de modo que los comprometiese.
De noche, con el mismo recato y las mismas precauciones, se renovaban
las citas y los coloquios por la reja del jardín; pero el amor no daba
un paso.
La mariposa revoloteaba siempre en torno de la luz y no se quemaba.
La inclinación á amar no llegaba á convertirse en amor.
Las esperanzas de D. Faustino no se realizaban ni se desvanecían.
Mientras él se veía al lado de ella, se sentía bajo el poder de un
hechizo. A todo se sometía. Era crédulo como un niño y sumiso como un
esclavo. No hallaba razón que oponer á los discursos con que ella sabía
contenerle, y se consideraba dichosísimo y más que pagado con recibir, á
cuenta de sus rendimientos y de un amor ya decidido, aquellas vagas
promesas de amor posible, aquella propensión de afecto, aquel preludio
de correspondencia con que Doña Costanza le traía embelesado y falto de
juicio.
Pronto, sin embargo, pasada la primera embriaguez, y cuando no estaba en
presencia de Doña Costanza, empezaron á asaltar al Doctor mil
pensamientos harto poco lisonjeros.
--¿Por qué este misterio en nuestras relaciones?--se preguntaba.--¿Qué
perdería mi prima en dejar ver delante de gente que hace más caso de mí,
que me distingue más, que empieza á quererme un poco? ¿No hay cierta
hipocresía, no hay cierta doblez en su conducta?
La disculpa que hallaba para esto el Doctor Faustino salvaba en parte la
buena intención de su primita; pero, en cambio, era desfavorable á la
vanidad de él y á sus aspiraciones.
--Mi primita aguarda, sin duda, á que esta propensión que tiene á
amarme se convierta en amor ya hecho; á que este germen de pasión nazca
y crezca y se desenvuelva. Mientras esto no sucede, estoy amenazado de
que su amor muera antes de nacer, ó de que no sea amor, sino simpatía
vaga, lo que siente hacia mí. Esta simpatía puede desvanecerse como el
humo, y Costancita, previendo que puede desvanecerse, no quiere que deje
rastro ni huella. Pero en el fondo de los melindres y niñerías de mi
primita, tan mimada y tan candorosa en apariencia, ¿no hay un
refinamiento de disimulo, de sangre fría y de cálculo despiadado? ¿No
está jugando con mi corazón, con mis sentimientos y hasta con mi
dignidad? ¿No es cruel la incertidumbre en que me deja? ¿Es lícito que
le sirva yo como de juguete para que se pregunte: ¿le quiero ó no le
quiero? y no sepa qué contestar?
Contra estas cavilaciones ocurrían al Doctor varios argumentos que no
carecían de alguna fuerza.--¿No seré demasiado exigente?--se
decía.--¿Qué derecho tengo á que me ame ya? ¿Qué derecho tengo ni
siquiera á que mi amor sea creído? Hasta hace poco, ¿no he dudado yo
mismo de mi amor? ¿Por qué extrañar que dude ella? ¿Cómo, pues, culpar á
mi prima porque no cede, porque no me entrega sin reserva su corazón, no
estando segura de la sinceridad, de la ternura, de la devoción del mío?
¿Qué pruebas de amor le he dado hasta ahora? ¿Qué sacrificio he hecho
por ella? En verdad que ninguno. Ir á verla, á hablarla y á besarle la
linda mano por la reja del jardín, lejos de ser sacrificio, es regalo y
deleite. Y á trueque de tan dulces favores, ni siquiera sé mostrar un
poco de paciencia, ni menos tener alguna confianza en su buena fe y
sanos propósitos.
Así acusaba el Doctor á su prima, y así la defendía en el tribunal de su
conciencia, sin llegar nunca á dictar un fallo definitivo. Entre tanto,
siempre estaba deshecho, aguardando la suspirada una de la noche, en que
acudía á la reja del jardín, acompañado de su fiel Respetilla.
Los amores de éste no adelantaban más que los de su amo. También seguían
en el mismo ser; pero Respetilla se lo explicaba todo, suponiendo que
cada tierra tiene sus usos, y que los de aquélla exigían que los amores,
tanto señoriles cuanto lacayunos y fregatricios, caminasen con lentitud,
y que, en vez de gastar alas, gastasen pies de plomo.--_No se ganó
Zamora en una hora_,--añadía Respetilla.--_Lo que mucho vale mucho
cuesta_. Pues qué, ¿no hay más que meterse de rondón en los corazones de
tan lindas mozas, como trasquilados por iglesia, y entrar en ellos á
saco y á sangre y fuego, sin previa resistencia, sin combate y sin abrir
brecha á fuerza de trabajos y fatigas?
En esta situación las cosas, Respetilla vino una mañana al cuarto de su
amo, que acababa de despertarse, y le entregó una carta.
Un desconocido se la había dado en aquel mismo instante, en la puerta de
la calle, desapareciendo en seguida.
--¿Quién me escribirá?--se preguntó el Doctor.--¿Si será Costancita?
Esperándolo, sin duda, abrió la carta y leyó con asombro lo que sigue: