adorada haga el menor favor, salvo el de agradecer los rendimientos
y adoraciones con alguna mirada piadosa ó con alguna dulce sonrisa.
Á Costancita se le graba y ahonda, cuando sonríe, un precioso
hoyuelo en la mejilla izquierda, y enseña, además, unos dientes
blanquísimos.
»No se ha proporcionado ocasión, en dos días, de que yo hable con
ella á solas. Casi me alegro. Costancita me ha inspirado cierto
respeto y consideración, tal vez porque es mi prima, y no quisiera
profanar el amor, hablándole de amor, antes de estar cierto de que
la amo.
»Cuando yo no sé aún si la amo, ¿cómo he de saber si me ama ella?
Me echa miradas muy cariñosas; pero no acierto á calcular todo el
valor y significado de estas miradas. Creo que á ninguno de los
admiradores se las dirige tan significativas; pero como el amor
propio puede engañarme, siempre estoy espiándola á ver si mira á
algún otro del mismo modo que á mí.
»Ella no cae en la cuenta de que yo la espío. Hay en ella mucho
candor infantil. Reina en su conversación singular hechizo. ¡Qué
melindres los suyos! ¡Qué inocentadas! Parece una criatura de siete
años.
»Y no obstante, ¡si viera V. con qué discreción habla en ocasiones,
qué cosas tan sutiles dice, cómo remeda á éste ó se burla de aquél,
y con qué travesura y desenfado lo hace todo! El tío Alonso se
queda embobado oyendo y viendo las que él llama maldades de su
diablillo. Yo no extraño esto, porque la chica es tan viva y tan
graciosa, que aun sin que sea á su padre puede embobar á
cualquiera.
»Al principio (ya V. sabe lo receloso que yo soy) empecé á temer
que Costanza fuese una niña muy consentida, mala de carácter y fría
de corazón; pero ya creo que no: ya creo que es buena.
»¡Si oyera V. con qué voz tan argentina y con qué acento tan blando
me llama primito!
»En la tertulia, en medio de sus admiradores, me distingue y
considera mucho, y me saca conversación á propósito para que yo
pueda lucirme, y me anima y me aprueba cuando digo algo que le
parece bien.
»Me ha hecho varios cumplimientos muy naturales y sentidos, que me
han lisonjeado. Me ha dicho que monto muy bien á caballo, y que sé
contar cosas muy entretenidas y amenas.
»Hasta llega á asegurar que las empanadas de boquerones que hacen
en Villabermeja le saben á gloria, y que de las que yo he traído,
se regala tomando una diaria con el chocolate del desayuno.
»Me ha preguntado por las curiosidades de ese lugar, y unas veces
ha celebrado con risa mis contestaciones, cuando eran para reir;
otras veces las ha oído con mucho interés, cuando eran serias. Ha
querido saber, por ejemplo, si era muy grande el castillo; si el
Comendador Mendoza seguía penando en los desvanes de casa; si en
Villabermeja roncan al hablar como en Jaén ó gastan otro linaje de
ronquidos; y, por último, si nuestro Santo Patrono sigue haciendo
milagros ó vive ocioso en el cielo. Acerca de este punto le
contesté dando involuntariamente á mis palabras cierto tinte vago
de libre pensador, y afirmando que el Santo Patrono no trabaja
ahora; pero pronto me contuve, notando la severidad y el disgusto
con que me oyó Costancita, de quien he sabido además, por tía
Araceli, que es fervorosa creyente. En efecto, en aquella frente
serena, en aquellos ojos que destellan luz inmortal, y en todo
aquel ser delicado, elegante, etéreo y armónico, se está revelando
que vive un espíritu lleno del más puro idealismo.
»Ni con la tía Araceli he querido hablar de proyecto de boda.
Tampoco la tía me ha hablado. Es menester antes que yo me enamore
de Costancita y que Costancita se enamore de mí. Entonces todo será
natural y decoroso. Una gran pasión todo lo justifica. Pero así,
sin pasión, ¿cómo he de tratar yo de matrimonio? ¿Qué puedo ofrecer
á mi prima? Un caudal de esperanzas y de ilusiones.
»Siempre que siento la tentación de hablar de boda, siquiera con la
tía, recuerdo cierto cuentecillo, y la tentación se me pasa.
Recuerdo á aquel novio que dijo que si su futura llevaba para
comer, él llevaría para cenar; pero, cuando se casaron y comieron
ricamente, llegada la hora de la cena, el novio salió con que no
era ningún buitre, y con que, si comía bien, jamás cenaba. Así
tendría yo que hacer con Costancita, como no le ofreciese para cena
mis ilusiones, ó como no la obligase á vivir á Villabermeja, en un
perpetuo idilio, donde, con los zuritos de la casería, con los
conejos, pavos, gallinas y pollos de nuestro corral, con la caza,
con la miel de nuestras colmenas, con las uvas de nuestras viñas,
con nuestro vino y aceite, y con cuanto V. prepara y guarda en la
despensa, basta y sobra para un rústico banquete diario, digno de
García del Castañar y de su fiel, enamorada y linda esposa.
»Mas para esto son inútiles todas las riquezas de Costancita...
¿Qué digo son inútiles? Son perjudiciales. Rica heredera,
lisonjeada de hermosa, con la conciencia de su natural distinción,
de su poder, de su gallardía y de su elegancia, Costancita querrá
ir á las grandes ciudades y brillar en ellas, y tendrá tambien sus
esperanzas y sus ilusiones, que nunca desechará como no se prende
de mí y llegue á adorarme. Y si se prenda de mí y llega á adorarme,
¿qué razón hay para quedarnos en Villabermeja, teniendo Costancita
dinero con que vivir en Madrid, donde justificaré yo su amor y el
gran concepto que ella forme de mí, encumbrándome por todos
estilos? Resulta, pues, que ora me quiera, ora no me quiera
Costancita, es imposible realizar con ella un idilio bermejino.
Para este idilio importaba encontrar una Costancita tan pobre como
yo ó más pobre.
»Y aquí me pregunto: ¿tengo vocación para hacer este idilio? Si
Costancita fuese pobre, más pobre que yo, y me amara, ¿la amaría mi
alma y olvidaría por ella todo otro anhelo, y hundiría y ahogaría
en el piélago de luz beatífica de una mirada suya los mil ensueños
de ambición y de gloria?
»Desde que ví á Costancita me estoy preguntando esto, y no atino
con la respuesta. Advierto luego con vergüenza que mi pregunta
equivale á esta otra, despojada ya de todo artificio retórico, en
su terrible y brutal desnudez: ¿Quiero engañarme á mi mismo
fingiéndome que amo ya á Costancita, cuando en realidad no amo sino
su dinero? ¿Qué hipocresía absurda pretendo emplear hasta conmigo?
¿Por qué vine aquí? ¿Me atrajo la fama de las virtudes y de la
hermosura de mi prima, ó acudí al olor del dote? Si soy un Coburgo
lugareño ¿para qué presumir de fino enamorado y de romántico
adorador de la señora de mis pensamientos?
»Para que responda á estas preguntas, para que confiese su crimen,
hace dos días, desde que ví á Costancita doy á mi alma todo género
de tormentos. Soy un feroz inquisidor de mi alma, y el alma no
contesta claro. ¡Es singular! En Villabermeja, y durante el viaje
de Villabermeja á esta ciudad, acepté é hice sin repugnancia el
papel de Coburgo, y ahora me repugna el papel y quiero cohonestar
mi conducta, fingiéndome enamorado. ¿Será mi orgullo que se
despierta al ver lo burlona que es mi prima? ¿O la misma vergüenza
de ser un aspirante á su dote provendrá de que ya la amo?
»En fin, yo ando muy confuso, y no atino á explicarme estas cosas.
»Tal vez, como yo he vivido casi siempre en Villabermeja, donde lo
más distinguido que hay en punto á mujeres son las Civiles, y como
en las cortas temporadas de Granada he hecho siempre vida
estudiantil, jugando al monte, y siendo las damas más encopetadas
con quienes he tratado alguna bailarina ó alguna pupila, me he
dejado deslumbrar por Costancita. Quizás, viniendo en busca de
dinero, hallé amor, pues más bien halla amor quien le siente que
quien le inspira.
»De cualquier modo que sea, presiento en este asunto algo más serio
de lo que pensábamos.»
[Imagen decorativa]
VII.
PRELIMINARES DE AMOR
Hay en mi mente mil razones que la inclinan á no proseguir la narración
de esta historia. Sólo el compromiso que contraje al empezar su
publicación me lleva ahora á continuarla.
El protagonista me desagrada cada vez más. En sus calidades intrínsecas
hay poco ó nada que le haga interesante, y, sobre todo, su posición de
señorito pobre es antipoética hasta lo sumo. ¿Qué lance verdaderamente
novelesco puede ocurrir á un señorito pobre? Un buen héroe de novela sin
dinero no es concebible sino entre salvajes, en países remotos, en
edades antiguas, en medio de civilizaciones bárbaras ó en lucha abierta
con nuestra civilización y foragido de ella, donde sean, de acuerdo con
la sentencia del ingenioso hidalgo, _sus fueros, sus bríos; sus
pragmáticas, su voluntad_. Pero protegido á par que reprimido por un
juez, por un alcalde y hasta por un guardia civil, con cédula de
vecindad ó con pasaporte, sujeto á multitud de reglas, encomendada la
defensa propia á gente asalariada por la comunidad, lleno de temor de
faltar, no ya á un precepto de ley, no ya á un reglamento de policía
urbana, sino á lo que llaman _conveniencias_, ¿qué se ha de esperar que
dé de sí un señorito pobre, digno de la más sencilla y pedestre novela?
De no romper con la sociedad haciéndose mendigo ó bandolero, importa
sobreponerse á ella, lo cual no se consigue sin ser un Abul-Casen ó un
Montecristo.
Nada de esto era nuestro pobre Doctor, y yo no he de apartarme un ápice
de la verdad, suponiendo lo que no era. Suplico, pues, á mis lectores
que me disculpen si caigo y hasta me arrastro y revuelco en el más
prosaico realismo.
A fuerzas de trabajo y de súplicas, habían logrado Doña Ana y el Doctor
que unos marchantes bermejinos les compraran dos tinajas del vino
superior que tenían, de la flor y nata de la cosecha, pagándolas al
contado, caso raro por allí, y á diez reales la arroba. El producto
líquido de esta venta, deduciendo mermas, botas de regalo á los
marchantes y gajes y propina del corredor, se elevaba á la cantidad de
mil nuevecientos reales. Los marchantes entregaron religiosamente dicha
suma en monedas de todas clases, siendo más de mil reales en calderilla.
Según el uso del país, cada cien reales, ó sea cada ochocientos
cincuenta cuartos, venían metidos en una esportilla de palma de escoba,
cosida con guita ó con tomiza. Como la esportilla no se ha de dar de
balde, en cada esportilla se cuentan sólo ochocientos cuarenta y ocho
cuartos, restados dos por el valor de la esportilla. Verdad es que la
esportilla es siempre útil, pues cuando no sirve para llevar cuartos,
sirve para llevar aceitunas, con lo cual se saca la ventaja de que los
cuartos vengan á menudo bañados en el caldo y aliño de las aceitunas, y
las aceitunas adquieran cierto sabor y olor á la mugre de los cuartos.
Por lo demás, lo mismo debieran valer mil reales en cuartos, metidos en
esportillas, que mil reales en oro. El Doctor, sin embargo, no quiso
emprender la conquista de su prima Doña Costanza con aquel numerario tan
voluminoso y mugriento. Su transporte, en la forma en que estaba, casi
hubiera requerido otro mulo más sobre los tres, ó mejor dicho en pos de
los tres del equipaje y de los presentes. El Doctor tuvo, pues, la
precaución de acudir á la vieja tendera, que le quería bien, á pesar de
la mala pasada que hicieron los podencos comiéndose el reparo de
bizcochos con vino y canela; y la tendera, rica y generosa, le hizo el
insigne favor de cambiarle los mil y nuevecientos reales en dobloncillos
de dos y cuatro duros. Con este oro se habían pagado ya las costas de la
posada durante el viaje.
A los cuatro días de vivir el Doctor en casa de Doña Araceli, un señor
Marqués de Guadalbarbo, que había venido como él á la feria, le llevó al
Casino, le indujo á jugar al monte, le excitó é echar tres ó cuatro
vaquitas, que todas berrearon, y los mil nuevecientos reales se vieron
reducidos á poco más de mil.
Temeroso el Doctor de encontrarse sin blanca, hizo promesa solemne de no
volver al Casino, para no caer en la tentación de jugar al monte.
Era menester que los mil reales que le quedaban alcanzasen para el
tiempo que había de estar en el pueblo de su prima, para gratificar á
los criados al partir, y para los gastos del regreso á la patria.
La íntima contemplación de esta miseria propia aumentaba la timidez, la
melancolía y el encogimiento del Doctor en todas partes. Se avenía tan
mal el don con el tiruleque, disonaba tanto lo de Alcaide perpetuo y
demás blasones con aquella escasez absurda de metales preciosos, que D.
Faustino se sentía acobardado, postrado, abatidísimo, como si le
hubieran dado cañazo.
Llegaron los días de la feria: hubo toros; hubo mucho turrón y mucho
garbanzo tostado; en fin, cuanto hay en todas las ferias. D. Faustino
fué á los toros, convidado por su tío; paseó por el campo de la feria,
caballero en su jaca y vestido de majo; hizo como quien se divierte,
pero se divirtió menos que en un entierro.
Las indefinibles miradas entre él y Costancita continuaban como desde el
principio. Por la noche, cuando no había velada en las calles ó en el
paseo público, había tertulia en casa de D. Alonso. Así se pasó una
semana, y así llegó el último día de la feria, pero los amores de D.
Faustino y de Doña Costanza estaban menos adelantados que en el primer
día en que ambos primos se vieron.
Si el Doctor hubiera hallado á Doña Costanza por acaso, sin previo aviso
y concierto de que venía á vistas para casarse con ella, el Doctor le
hubiera declarado sin rebozo sus más atrevidos pensamientos. Pero ¿qué
es decir á Doña Costanza? Al lucero del alba, á la propia Diana, á la
propia Vesta, los hubiera declarado el Doctor. Su proceder tímido no
nacía de natural timidez, sino de orgullo. Él, al menos, así lo
imaginaba. Allá en su rica fantasía segaba á montones cuantas flores
brotan en las faldas del Helicón y del Parnaso, lozanas y olorosas por
el fecundo riego de las fuentes Hipocrene y Castalia, y con estas flores
adornaba y cubría su declaración de amor á Doña Costanza; pero no bien
apartaba de nuevo las flores y quedaba la declaración escueta, el Doctor
no veía sino esta fórmula prosáica: «Tráeme los tres ó cuatro mil duros
de renta, que me hacen mucha falta. Yo, en cambio, no tengo sino amor.»
Cada vez que á solas en su cuarto, durante el silencio de la noche, el
Doctor se repetía las mencionadas frases, se le saltaban las lágrimas de
dolor y de rabia. Cada vez, sin embargo, se le figuraba que amaba más á
su prima. Por momentos creía sentir por ella verdadero amor; pero los
mil reales en que tenía que mirarse para que no se gastaran, su pobreza
bermejina, en suma, que hasta para él mismo hacía inverosímil su amor
desinteresado, ¿cómo no había de hacerlo también para Costancita?
¡Cuánto lamentaba el Doctor entonces, tocando y aun pasando los límites
entre la razón y la locura, no haber nacido en Oriente y ser corsario ó
_klepta_ y _giaour_, como un héroe de Byron, ó no haber nacido en
humilde cuna para ser bandolero como José María, ó no haber nacido en el
siglo XI ó XII para conquistar á cuchilladas y lanzadas, no ya dinero,
sino un imperio, y dárselo luego á Costancita en pago de su corazón!
Doña Araceli, que, por amor á su amiga y prima Doña Ana, había preparado
el asunto del noviazgo, aficionada después al sobrino Doctor, se dolía
de que las cosas marchasen con tanta frialdad y lentitud. No quería ó no
se atrevía, con todo, á decir nada á D. Faustino. Juzgaba más
conveniente dejar á los presuntos novios en completa libertad para que
todo dependiese de su iniciativa.
El Doctor había dado un bufido á Respetilla siempre que éste, á las
horas de irse á acostar su amo, que era cuando más á solas le veía,
había empezado á hablarle del noviazgo. El Doctor, pues, respecto á sus
amores con Doña Costanza, estaba reducido á un soliloquio perpetuo.
Respetilla, con todo, no pudo resistir más la gana de hablar, y una
noche le dijo:
--Señorito, hoy hace ocho días que estamos aquí.
--Bueno, ¿y qué? Estaremos otros cuatro ó cinco más, y nos volveremos á
Villabermeja,--contestó el Doctor.
--Pues si aprovecha su merced los cinco días que quedan como ha
aprovechado los ocho, lindo viaje hemos echado: estamos lucidos.
--¿Qué tienes tú que ver con eso? Cállate. No seas insolente.
--Señorito, yo tengo mucha ley á su merced, y aunque me dé de palos he
de hablar y he de meterme en camisón de once varas y he de decir lo que
conviene.
--Respetilla, Respetilla, _cuidados ajenos matan al asno_.
--Yo no niego que soy un asno, señorito; pero niego que los cuidados de
su merced sean para mí cuidados ajenos: los cuidados de su merced son
para mí más que propios.
--¡No eres tú pillo, ni nada, Respetilla! Vamos, dí lo que se te antoje.
Te doy completa libertad por esta noche.
--Pues, señorito, lo primero que digo es que _fray Modesto nunca fué
guardián_. Su merced anda muy encogido y cobarde, _y de cobardes no hay
nada escrito_. Yo sé, de buena tinta, que mi señora Doña Costanza tiene
más gana de que su merced le diga algo de amores que un gitano de hurtar
un borrico. Está frita y refrita por esos pedazos; pero, ya se ve, como
su merced se calla, Doña Costanza no ha de hacer lo que hizo la dama del
romance con su camarero Gerineldos.
--¿Y cómo sabes tú esas cosas? ¿Cuál es esa _buena tinta_ de que la
sabes?
--La buena tinta es una morena más retrechera que el reló de Pamplona,
que apunta, pero no da, y me tiene achicharrado hace días.
--Me dejas en la misma duda. ¿Quién en esa retrechera?
--¿Quién ha de ser?... Manolilla.
--¿Y quién es Manolilla?
--Señorito, perdone su merced: ¿tengo yo la culpa de que á su merced se
le vaya el santo al cielo, y esté casi siempre trasponido y á obscuras,
y no vea ni entienda, y con tanto entendimiento y con tanto libraco como
ha leído, viva en Belén, como quien dice?
--Pues, hombre, no faltaba más sino que para no vivir en Belén y para
tener una idea exacta y completa de las cosas creadas y de lo que más
importa fuera necesario que yo supiese quién es Manolilla.
--Pues aunque su merced se me enoje, le sostendré que es necesario y más
que necesario. Manolilla no es una Manolilla cualquiera: es la criada
favorita de Doña Costanza. Yo no me duermo en las pajas, y aunque no he
venido á vistas, cómo la he hallado vacante, la he dicho: aquí me
tienes, cuerpo bueno; y como la moza no es ninguna fiera, habla conmigo
algunas noches por una de las rejas del jardín.
--¿Y qué te ha dicho de su señora? ¿Sabe ella lo que su señora piensa de
mí?
--Dice que la señorita dice que su merced tiene mucho talento y sabe más
que Lepe y Lepijo del cielo y de los espacios imaginarios; pero que su
merced parece á veces un tío lila, y que le está dando un camelo con no
declararse.
--¿Eso dice?
--No digo yo, ni dice Manolilla, que ella lo diga con las mismas
palabras; pero así, por estilo burdo, no atinamos nosotros á exponer de
otra suerte el sentido de lo que dice.
--Está bien. ¿Cuándo hablarás tú con Manolilla?
--Esta noche á la una. En cuanto su ama se acueste, saldrá á la ventana
Manolilla á pelar la pava conmigo.
--¿Podrás llevar una carta mía para Doña Costanza?
--¿Y por qué no? Escríbala en seguida su merced.
D. Faustino se puso al momento á escribir la carta; y una vez escrita,
se la entregó al criado, que se fué á ver á Manolilla.
El Doctor no pudo pegar los ojos en toda la noche, pensando en el efecto
que la carta produciría y lleno de zozobra de hacer reir á Doña
Costanza.
Lo primero que hizo el Doctor, cuando Respetilla entró en su cuarto á la
mañana siguiente para limpiarle la ropa, fué preguntarle si había
entregado la carta.
--Manolilla quedó anoche en entregársela á su ama en cuanto su ama se
despertase. A estas horas ya la habrá leído treinta veces la señorita, y
se la sabrá de memoria,--contestó Respetilla.
--¿Crees tú que habrá contestación?
¿Y cómo dudarlo? Tan cierta tenga yo la gloria. Esta noche espero que
Manolilla me traerá la contestación, y yo vendré en seguida á dársela á
su merced.
Mientras pasaban estas cosas entre el Doctor y Respetilla, Doña Araceli,
harta ya de ver que sus planes no tenían resultado ninguno, se decidió
á romper el silencio y á tener una explicación con su sobrina. Con
pretexto de ir á misa, salió de su casa muy temprano y se fué á ver á
Doña Costanza, que estaba en cama aún, pero ya despierta. Don Alonso
había ido al campo á caballo, de lo que se alegró Doña Araceli, que no
quería que la sospechasen ni acusasen de favorecer demasiado aquellos
amores.
Doña Araceli había amado muchísimo, aunque sin fruto y con desgracia; y
como la mayor parte de las mujeres que amaron mucho de mozas, se
deleitaba, cuando ya era vieja, en que la gente joven se amase, y hasta
aceptaba y hacía el tercer papel, con la misma vehemencia y ternura con
que en su juventud había hecho el primero.
Una de las mayores rudezas y crueldades de la opinión vulgar es, en mi
sentir, dar un nombre feo, malsonante y de vilipendio, tanto que no me
atrevo á estamparle aquí, á las mujeres ya viejas que conciertan
voluntades. Cuando esto se hace con buen fin y sin interés, es el grado
más sublime á que puede elevarse el amor en lo humano; es la
manifestación gloriosa del amor, limpio ya de egoísmo; es el amor del
amor, sin atender al propio bien ni al logro del propio deseo. No hay
obra de misericordia que no se resuma y cifre en el ejercicio de esta
virtud archi-amorosa, tan de nigrada y escarnecida. La que ejerce esta
virtud cura al enfermo, redime al cautivo, da de beber al sediento,
enseña al que no sabe, busca posada para el peregrino, y viste la
desnudez de un alma con todas las galas y joyas del amor bien pagado.
Sólo mujeres tiernas y excelentes, como Doña Araceli, son capaces de
esta virtud. Hay, además, en esta virtud mucho de semejanza al estro
poético, á la inspiración, al prurito nobilísimo de producir lo bello,
de crear una obra de arte. ¿Qué obra de arte más bella que unos amores,
que el concierto y armonía de dos voluntades, que la confusión y
compenetración de dos almas en una sola?
Movida, pues, de tan altos y benditos sentimientos, entró Doña Araceli
en la alcoba de su sobrina. Suave fragancia transcendía por toda ella.
No eran aromas alambicados por Atkinson, Violet ó Lubin. Apenas si había
más que jabón y agua fresca en aquel tocador. Así es que, si no
disgustase ya el empleo de la mitología, podría decirse que prestaban á
Doña Costanza tan delicado aroma la ninfa de la fuente de su jardín é
Higia y Hebe, diosas de la salud y de la juventud.
Había en la alcoba una ventana que daba al jardín. Al través de los
cristales entraban por ella algunos rayos de sol, que parecían filtrarse
por entre el tupido ramaje de la madreselva y los jazmines que velaban
la ventana. Un canario, cuya jaula pendía del techo de la alcoba,
cantaba de vez en cuando. Y en el lado opuesto al de la cama se veía un
altarito, con dos velas encendidas; y sobre el altarito, una Purísima
Concepción de talla, bastante bonita.
Doña Costanza no usaba papalina, cofia, ni redecilla para recogerse el
pelo durante la noche; de suerte que el pelo, libre y desatado, mostraba
entonces toda su abundancia y hermosura. No exigían tampoco ni el uso ni
aquel clima benigno otra vestidura para dormir, que la holanda venturosa
que inmediatamente tocaba el lindo cuerpo de Doña Costanza, plegándose y
ajustándose un tanto á la garganta, merced á una cinta de seda azul
celeste, que formaba un lacito sobre el pecho. La sábana y una colcha
ligera cubrían á la joven, si bien ciñéndose al cuerpo por tal arte, que
revelaban sus graciosas, elegantes y juveniles formas.
Doña Araceli, que además del cariño de tía tenía lo que llamaba Dante
entendimiento de amor, no pudo menos de extasiarse al ver á su sobrina;
y después de haberla contemplado un rato, se echó en sus brazos y la
besó, diciendo:
--¡Qué hermosísima estás, muchacha! ¡Dios te bendiga! ¡Vamos, si pareces
una Magdalena sin penitencia y sin pecado!
--Tiita, no se burle de mí con lisonjas. Mire V. que no soy presumida.
--¡Qué me he de burlar, hija mía! ¡Qué me he de burlar! ¿Dónde se ha
visto cosa más mona que tú? ¡Alabado sea Dios, que quiso lucirse y echar
el resto en tu persona! Así, en estos momentos, es cuando hay que ver á
las mujeres para juzgar sobre su mérito: despeinadas, sin afeites, sin
cascarilla ni arrebol, como el Señor las ha criado.
--¿Qué la trae á V. por aquí tan de mañana, tía?
--Pero, muchacha, ¡qué colores tienes tan frescos cuando te despiertas!
¡Si pareces una rosa!--interrumpió Doña Araceli.
Costancita, en efecto, se había puesto más colorada que de costumbre,
cuando su tía entró de improviso, y había ocultado rápidamente debajo de
la almohada la carta del Doctor, que Manolilla le había dado y que ella
acababa de leer.
--¿Qué quiere V., tiita? V. misma lo ha explicado todo. Sin penitencia y
sin pecado, ¿cómo no he de tener buenos colores?