ser Costancita un breve cielo, ó un resumen y amasijo de todos los
diablos. Propenso el Doctor á exagerar las cosas, apasionado y
romántico, decía de Costancita:
--¡Ella será mi salvación ó mi perdición, mi infierno ó mi gloria, mi
Tabor ó mi Calvario!
Claro está que Costancita no le era indiferente, que casi estaba ya
enamorado de ella. Después se preguntaba:
¿Y ella... pagará mi amor? ¿Será capáz de pagarle? ¿Será capáz de
comprenderle siquiera?
Procedamos con método.
Este mismo amor, elevado, difícil de comprender, cuya magnificencia tal
vez no cabe en el angosto cerebro del vulgo de las mujeres, ¿le sentía
ya ó no le sentía el Doctor por Doña Costanza?
El Doctor no sabía qué responder á esto, como no sabía qué responder á
casi nada, á fuerza de saberlo todo.
Amaba ó no amaba á Costancita, según lo que por amor se entendiese. Y
como él se daba una multitud de definiciones del amor, resultaba que
unas veces la amaba y otras veces no la amaba.
Si la quería con el fervor de la mocedad, viéndola linda, fresca,
aseada, elegante, algo coqueta, consideraba que podría amar sucesiva ó
simultáneamente á otras muchachas como se presentasen á sus ojos
adornadas de los mismos requisitos.
--El amor--añadía--, es exclusivo: luego no amo á mi prima con verdadero
amor.
¿Amaba á su prima porque en su rostro, en sus ojos, en su sonrisa, había
creído descifrar y traslucir un espíritu simpático con el suyo, lleno de
inteligencia, de pasión y de vida? El Doctor recelaba que iba ya
amándola así, y entonces concedía, no que la amaba como se ama á la
mujer en general, sino con el exclusivismo propio del verdadero amor;
con predilección al menos. A poco que hiciera la primita, el Doctor se
consideraba preso en sus redes.
Pero en este amor repentino, ¿no podría intervenir por mucho el interés?
¿No podría parecerse su amor al del profeta Elías hacia el cuervo? El
Doctor despojaba entonces mentalmente á su prima de la renta que debía
darle su padre y de las esperanzas de una pingüe herencia. Con este
despojo, algo se sutilizaba y se esfumaba el amor; pero no se evaporaba
ni desvanecía. Aún quedaba en el alma su figura, si bien menos
determinados los contornos. Sentía el Doctor que, prescindiendo de la
conveniencia, importaba poner otras condiciones más poéticas que los
acabasen de decidir; era menester que el dibujo de su amor se concluyese
y determinase con líneas más puras, pero al cabo con otras líneas.
El amor propio, la vanidad, ¿no podría ser, en este caso, estímulo y
fundamento del amor? El Doctor se confesaba que sí. Pero ¿qué amor,
nacido en corazón humano é inspirado por un objeto, humano también,
finito y perecedero, hace su primera aparición limpio de toda mezcla de
otros sentimientos más vulgares? El oro del amor rara vez sale de sus
ocultos mineros sin estar en liga con metales de más baja ley. Sólo el
fuego vivísimo que en sí lleva le purifica después en el crisol del
alma, donde, si el alma tiene la firmeza y el temple que necesita para
resistir dicho fuego, acaba por resplandecer el amor puro, como oro
exento de toda escoria y de superiores quilates.
Con esta comparación metalúrgica se tranquilizaba bastante el Doctor,
porque se estimaba en tanto y empezaba á estimar en tanto á su prima,
que se afligía de que en sus relaciones con ella pudiera haber nada que
no fuese poético y moralmente bello.
--¿Qué habrá pensado de mí la primita?...--era otra de sus preguntas.
Entonces sentía un noble deseo de agradar, y un delicado y modesto temor
de no agradar. Pero ¿esto probaba la existencia de un amor tan sublime
como el Doctor lo fantaseaba? En manera alguna.
El Doctor era de aquéllos que desean agradar á todo el linaje humano,
aunque no le amen, y ser apreciado aun de las personas á quienes menos
aprecian.
Notaba él, sin embargo, que deseaba ya con más ansia agradar á la prima
que agradar á cualquiera otro individuo. Sólo quedaba por cima de este
deseo de agradarla el deseo de agradar á muchos á la vez, el deseo de
gloria. ¿Qué era preferible, enamorar á la muchedumbre ó enamorar á la
prima? ¿Llegaría á amarla de modo que hasta á la gloria la prefiriese?
El Doctor se quedaba perplejo en este punto. La cuestión estaba en
hallar en lo profundo del alma de su prima los tesoros poéticos que él
por momentos le atribuía con la imaginación generosa. Si hallaba estos
tesoros, preferiría á su prima hasta á la gloria. Era indispensable que
fuese tan mala ó tan buena como él soñaba, ya que hasta por mala
comprendía él que podría amarla de amor no vulgar.
¿Y si la primita no era ni buena ni mala, ni tonta ni discreta, sino un
ser mediano? Aquí el Doctor creía que no llegaría á amarla, salvo en un
caso. Su prima podía tener en el metal de la voz, en la luz fulmínea de
la mirada, en la armonía de las facciones, en el movimiento del cuerpo,
en el aire, en el ambiente magnético de su ser, un atractivo misterioso,
cuya fuerza, sin que ella la comprendiese, sedujera y encadenara á un
hombre como él. Así tal vez hay demonios ó genios que acuden sumisos á
un conjuro, pronunciado por alguien que sabe la fórmula de memoria, si
bien ignora su valor y el secreto y la razón de su eficacia. Así tal vez
un músico, cantando ó tocando, despierta en un alma superior, como el
Doctor juzgaba la suya, sentimientos y pensamientos que él ignora, que
él no atina ni á concebir en su mente.
Todo esto y mil cosas más discurrió el Doctor con rapidez y en forma de
maraña, sin poner orden ni concierto en sus vagas imaginaciones.
Descendiendo luego á negocios más triviales, pensó en que le convenía
que su prima gustase de él, para lo cual era de suma importancia no
ponerse en ridículo á sus ojos, pues él entreveía ya que su prima era
algo burlona.
El miedo de hacerse blanco de sus burlas crecía con el afecto. Mientras
más imaginaba amarla, más miedo tenía de hacerla reír á su costa.
Importa declarar aquí, á pesar de todo, y aun exponiéndonos á que
nuestro héroe pierda muchas simpatías entre nuestras lectoras, si
llegamos á tenerlas, que el Doctor no formaba muy favorable opinión del
juicio de las mujeres en general. A la más recta y acertada en sus
juicios no solía darle un criterio superior al de un niño de diez años.
Temblaba, no obstante, de aparecer digno de risa á los ojos de su prima.
Aunque era inocentón y casi siempre estaba en Babia, se dió á cavilar y
presumir que el retrato enviado por Doña Ana á Doña Araceli, con muceta,
bonete y borla, había hecho reír á Doña Costanza. Entonces se percataba
de que el retrato estaba mal pintado, como pintado por seis duros, y de
que además estaba él muy serio en el retrato.
--Vamos--decía,--mi prima imaginó que yo era un extraño pendantón de
lugar; un bicho raro. Mejor... ya se habrá desengañado; ya me ha visto;
ya habrá formado de mí mejor idea. De todos modos, bien pronosticaba yo
que el uniforme de lancero y el de maestrante no habían de cautivar á
este diablo de chica. No quise disgustar á mi madre. Por eso los he
traído; pero los dejaré en el fondo de los baúles y me guardaré de decir
que los tengo aquí.
Tomada con brío esta resolución de no emplear los uniformes para
conquistar el corazón de Doña Costanza, surgía otra dificultad de mayor
tamaño, si cabe.
--Y el piñonate, los gajorros y demás comestibles, que vienen de
presente, ¿me estará bien entregarlos?
Aquí el Doctor se acordó de aquellos versos de _La Gatomaquia_, cuando
habla el poeta del presente que Micifuf enviaba á Zapaquilda:
¿Qué gala, qué invención, qué nuevo traje?
En fin, vió que traía
un pedazo de queso
de razonable peso,
una pata de ganso y dos ostiones.
Su presente le pareció gatuno. Lamentó su miseria. Deploró no haber
traído algún brazalete de oro y diamantes, algún collar de perlas ó
algún rico medallón de esmeraldas y rubíes, en vez de traer empanadas
de boquerones; pero, en fin, en Villabermeja no había otras joyas
mientras no se descubriesen las emparedadas por su tatarabuela, la
princesa india. _Nemo dat quod in se non habet._
Además, todo el busilis estaba en dar el arrope, las gachas de mosto y
las empanadas de un modo sencillo y humilde. La mirra, el oro y el
incienso de los reyes de Oriente, no fueron más gratos á la divinidad
humanada que las pobres y rústicas ofrendas de los pastores.
No se serenaba el ánimo del Doctor con este recuerdo evangélico. La
sangre se le agolpaba á las mejillas sólo de pensar en el instante de la
entrega de las empanadas y del arrope.
¿Entregaría el presente á Doña Araceli de parte de su madre, salvando
toda su responsabilidad? En esto podría haber falta de piedad filial y
sobra de cobardía. ¿Haría que Respetilla lo diese todo buenamente á
alguna criada para que ésta lo entregase á la señora? Tal arbitrio ó
recurso no parecía mal al pronto; pero apenas recapacitaba el Doctor,
cuando le encontraba relleno de inconvenientes y preñado de peligros.
Acaso las criadas, que en Andalucía suelen ser aficionadas á golosinas,
se atracasen de todo ó se llevasen gran parte á sus casas, ó agasajasen
á sus novios con lo más apetitoso y delicado, menoscabando así la
grandeza y dignidad del presente, antes de que le viese Doña Araceli y
fuese á encerrarle en la despensa.
Ello es que la entrega del presente dió mucho en qué pensar á D.
Faustino. ¡Cuánto se arrepentía de haberle traído!
--Estuve sobrado condescendiente con mi madre,--se decía, sin recordar
que él mismo, dentro de Villabermeja, respirando aquellos aires, sujeto
á aquellos influjos campesinos, y distante aún de la prima burlona y
seductora, no había considerado con desdén ó desvío el presente
suculento. Ahora, por el contrario, quizás ponderaba más de lo justo su
ridiculez, murmurando entre dientes:
--Costancita se va á burlar de mí. De seguro que ha visto los tres mulos
de reata que venían en pos de nosotros. Sin duda que estará diciendo:
¿Qué traerán aquellos mulos? ¿Qué ocultarán aquellos serones y cofines?
Tal vez repetirá, en prosa, el verso de _La Gatomaquia_:
¿Qué gala, qué invención, qué nuevo traje?
Cruelísima carcajada va á soltar cuando su tía Araceli le envíe de mi
parte gachas de mosto y arrope y empanadas de boquerones. ¡No falta más
sino que yo haga la advertencia que me encargó mi madre que hiciera! Mi
madre me encargó que hiciera la advertencia de que estas empanadas no se
toman con chocolate... Pero, señor, ¿y por qué no han de tomarse con
chocolate? Pues lo que es á mí me gustan. No pocas veces, á pesar de su
picadillo de cebollas y tomates, me he sacado con ellas, á pulso, un par
de jícaras bien hondas. Con todo, mejor hubiera sido no traer las
empanadas. ¿Me callaré que he traído los comestibles, y se los cederé á
Respetilla para que los devore? Tampoco. ¡No, y mil veces no! Respetilla
es interesado, y podría poner con ellos tienda en la feria, y hasta
suponer que era por cuenta mía, y que el alcaide perpetuo de la
fortaleza y castillo de Villabermeja se había metido á bodegonero.
Así cavilaba y se contradecía el Doctor, cuando entró Respetilla,
cargado con los baúles.
--¿Dónde vienen los uniformes?--preguntó el Doctor en voz baja, no
hiciese el diablo que le oyeran.
--En este baúl--dijo Respetilla señalando el mayor.--¿Saco el de lancero
para que su merced vaya de lancero á ver á su prima?
--No, maldito de Dios. No saques ni el de lancero ni el de maestrante.
No digas siquiera que has traído tales uniformes.
--Pues qué, ¿no le gusta á la señorita la gente de tropa?
--No, no le gusta. Guárdate bien de decir que he traído los uniformes.
--Válgame Dios--añadió Respetilla,--pues si á la señorita no le gusta
la vestimenta militar, ¿por qué no trajo su merced aquellos arreos de
doctor?
--Porque tampoco le gustan aquellos arreos.
--Entonces, ¿qué arreos le gustan?
--Yo no sé. Ningunos.
--Pues todo aquello de doctor es muy vistoso. ¡A fe que lo celebraron
poco el cura y el médico, el día en que su merced se lo puso para que le
viesen en casa!
--No digas simplicidades. Cuenta con charlar aquí. Que no sepan que yo
me vestí de doctor en Villabermeja para que me viesen el médico y el
cura.
--Toma... ¡y qué mal hay en eso! Y el ama Vicenta también quiso ver á su
merced, y su merced se volvió á poner otro día el bonete y el ropón
negro y la esclavina colorada. Por señas que el ama dijo á su merced:
¡Ay hijo mío, qué hermoso estás así: te voy á comer á besos! ¿Quién me
había de haber dicho que se criaría á mis pechos un doctor tan resalado?
--Bien, bien; pero aquí no está el ama que me crió; y como en cada
tierra hay sus usos, y como esto se parece más á Granada que á nuestro
lugar, conviene obrar con circunspección. Lo que en Villabermeja fué una
condescendencia inocente, lícita y hasta indispensable, aquí podría
pasar por una tontería. No hables á nadie tampoco del traje de doctor.
--¿Pues de qué hablo?
--De nada. De tí mismo. ¿Qué necesidad tienes de hablar de mí? Cállate.
Respetilla se calló, y su amo se lavó y vistió con pantalones, levita y
chaleco.
Cuando le llamaron al comedor, y durante la comida le dijo Doña Araceli
que Respetilla le había entregado el presente de su madre, al Doctor se
le quitó un peso de encima.
Doña Araceli, sin la menor ironía, elogió el arrope y las gachas y todo
lo demás, incluso las empanadas, y dijo que había enviado gran parte á
su sobrina, á quien gustaban mucho aquellas cosas.
El Doctor se avergonzó entonces por un motivo contrario. Creyó que había
tenido una mala vergüenza del lugar en que había nacido, del presente, y
hasta de su madre que le enviaba. Lo cierto es que la esencia de esto
que llaman ahora _cursi_ está en el exagerado temor de parecerlo.
Mientras que el Doctor había estado pensando y haciendo cuanto queda
dicho, su prima Doña Costanza tenía con su padre, que acababa de llegar
del campo, el siguiente coloquio:
--¡Dios te guarde, muchacha!--dijo D. Alonso, entrando en el cuarto de
su hija, sin haberse aún descalzado las espuelas.--¿Llegó por fin
Faustinito, como anunciaba mi prima Ana?
--Sí; papá: llegó Faustinito.
--¿Saliste á recibirle con tu tía? ¿Le viste y le hablaste?
--Sí, papá.
D. Alonso miró atentamente á su hija, como si quisiese descubrir en la
mirada el efecto que había hecho el primo.
Importa advertir aquí que D. Alonso era el padre más amoroso que puede
imaginarse. Su hija le dominaba y hacía de él lo que quería. Nada amaba
D. Alonso tanto en el mundo, si se exceptuaba su dinero. Su dinero y su
hija eran sus dos amores, y los dos fundamentos de su desmedido orgullo.
Lo mismo que se dejaba dominar por la codicia, se dejaba dominar por el
amor paternal. No había sacrificio que no hiciese por ganar dinero. No
había capricho de su hija á que no se prestase, como no hubiese que
sacrificar el dinero que había ganado.
D. Alonso era brusco, censurador, enemigo de todo compromiso y de toda
ligereza; pero, refunfuñando y rabiando, pasaba por todo como se
empeñase su hija.
--Siento que haya venido ese chico--dijo al cabo de un rato D.
Alonso.--Te he aconsejado mil veces que no le hicieses venir; pero tú no
haces caso de mis consejos. Eres loca de atar.
--¿Y qué locura hay en haberle hecho venir? ¡Vaya, papá bonito, no estés
tan desabrido conmigo!
--¿Cómo que no hay locura? Mi sobrino es mi sobrino, y no es ningún mono
para que tú te diviertas.
--Mira, papá, ¿de dónde infieres tú que yo gusto de monos para
divertirme, ni que lo sea Faustinito, ni que yo quiera divertirme con
él, en mal sentido se entiende? Porque, lo que es en buen sentido, él es
mono, y quizás, quizás acabe por divertirme yo con él más de lo que
crees. ¿Por qué no he de enamorarme de él y darle mi blanca mano?
--Aunque dice el refrán que _quien habla mal de la pera es quien se la
lleva_, no puedo creer que hables con formalidad. Pues qué, ¿será tal el
Faustino vivo que logre inspirarte amor, después de haberte dado tanto
que reir en efigie? Aquí, donde nadie nos oye, confiesa que le has hecho
venir por curiosidad y por gana de burlas y risas.
--Bien, ¿y qué? Lo confieso. ¿Dónde está el pecado? Figúrate que
Faustinito ha venido para mi recreo durante la feria. ¿Qué hueso se le
rompe? ¿Qué tormento se le da? ¿De qué soga se le ahorca? ¿A qué palabra
se le falta?
--Pero, hija mía, ¿no es un pecado burlarse así de un pobre muchacho? Tu
tía Araceli, á quien debes heredar y que ha tomado el negocio de buena
fe y por lo serio, ¿no se picará si llega á entender tu malicia?
--No, papá, porque estos pecadillos míos no se los digo á nadie más que
á tí, porque para tí no tengo secretos. Por otra parte, lo repito con
seriedad, me he llevado chasco. No te diré que me voy á enamorar del
primo; pero, al verle, no le he hallado ridículo como en el retrato.
¿Quieres creer que es guapo mozo? Y no parece tonto ni ordinario. En
fin, ya le veremos con más detención esta noche. La tía le traerá á casa
de tertulia. ¡Ah! se me olvidaba. El infeliz nos ha enviado una
infinidad de chucherías de su lugar, que ya he mandado poner en la
despensa. Y monta bien á caballo. Y la jaca castaña que trae no es
ningún jamelgo.
--¿Y qué tal se explica?--preguntó D. Alonso.
--Muy bien se explica,--respondió Doña Costanza.
--¡Eres muy original, hija mía; eres muy original!
--¿Y por qué soy original? ¿Qué das á entender con eso?
--Doy á entender que me haces pasar de Herodes á Pilatos. Yo no quería
que nos burlásemos de Faustino, y que nos indispusiésemos con la
familia, y que hiciésemos una afrenta á nuestra propia sangre y casta;
pero, la verdad, tampoco quisiera que acabases por enamorarte de un
hombre más perdido que las ratas, y que tal vez no sirva para cosa
alguna, sino para comerse lo que yo te dé. Pues no creas que es mucho.
La fama es mentirosa y ponderativa. _En dinero y calidad, la mitad de la
mitad._ ¿Qué piensas tú que podré yo darte? Harto sabes lo malas que han
sido en estos últimos años las cosechas de trigo y de aceituna. El
Gobierno nos saca el redaño á fuerza de contribuciones. Todo se lo
tragan en Madrid. Aquello es un sumidero de caudales. Vamos, ¿qué
piensas tú que podré yo darte?
--¿Y qué sé yo, papá? Tú me darás cuanto yo te pida. ¿Pues qué me
negarás, queriéndome tanto?
--No es que yo te niegue nada, sino que no tengo mucho. No te figures
que tu papá es un Creso. Lo más que podré darte son tres mil duritos de
renta. Para vivir aquí hay de sobra; pero si quieres ir á Madrid ó á
Sevilla, esto es poquísimo, y no hay que contar con más en mucho tiempo.
Yo estoy robusto y pienso vivir veinte años lo menos todavía.
--Ojalá me vivas mientras yo viva. Pues qué, ¿no te quiero yo con todo
mi corazón?
--Sí, me quieres. Ya lo creo que me quieres; pero no eres dócil, haces
cuanto disparate te pasa por la cabeza: estás demasiado mimada. En fin,
no vayas á enamorarte ahora de ese descamisado de Doctor Faustino.
--Entonces me burlaré de él, y afrentaré á mi familia, á mi sangre y á
mi casta, y se picará la tía Araceli, á quien debo heredar.
--Pues no te burles de él tampoco.
--Mira, papá: esto, he leído yo en no sé qué librote que se llama un
dilema. Tiene dos términos: ó burlarme ó casarme. ¿Qué prefieres?
--Niega tal dilema. Conviértele en trilema ó en cuatrilema. Añádele el
término de no coquetear ni marear al primo y de que se vuelva sosegado y
contento á su casa cuando pase la feria, ó añádele el término de
desengañarle suavemente, si se empeña en enamorarte, y no te burles ni
te cases.
--No me vengas con sofisterías, papá; aquí no hay más que dilema y
archi-dilema; ó boda ó burla. ¿Sería poca burla pagar sus chucherías al
pobre primo dándole calabazas enconfitadas?
Apurados todos los recursos de su dialéctica, D. Alonso se calló,
reconociendo tácitamente la existencia del dilema y dando un beso en la
frente á Doña Costanza.
Ella, en cambio, hizo á su padre el lazo de la corbata, le dió cuatro ó
seis palmaditas en el carrillo y le acarició, por último, la calva con
una fuga de besos sonoros, mientras que le tenía asida la cabeza entre
sus manos blancas y suaves.
D. Alonso, en aquel instante, se sintió tan feliz y tan amado por su
hija, que le hubiera dado, en vez de los tres mil, hasta cuatro mil
duros de renta. Lo que no le hacía gracia era que Costancita pensase, ni
de broma, en casarse con el Doctor Faustino; pero se consolaba con creer
que el tal proyecto no podía pasar de ser una broma, y sólo temía que
fuese algo pesada.
[Imagen decorativa]
VI.
CARTA DEL DOCTOR Á SU MADRE
Dos días después de la llegada del Doctor á casa de Doña Araceli,
pareció necesario que el mozo, que había venido con los mulos, volviese
con ellos á Villabermeja, así para evitar gastos é incomodidades á la
espléndida anfitriona, como porque los mulos no eran del Doctor; sino
prestados. La ilustre casa de los López de Mendoza no podía sustentar ya
sino la jaca del Doctor, el mulo de Respetilla, y dos borricos que casi
siempre estaban _estudiando_. En Villabermeja se entiende por _estudiar_
dejar sueltas en el campo las caballerías para que ellas se busquen la
vida, alimentándose de la escasa hierba que pueden hallar, sobre todo
cuando no llueve. Como el Doctor pensaba quedarse con su tía una larga
temporada, el mozo de los mulos volvió con ellos de vacío al lugar. D.
Faustino envió por este medio una extensa carta á su madre, que
trasladaremos íntegra en este sitio, por ser un importante y fidedigno
documento de nuestra historia.
La carta decía:
»Querida madre: No sé si alegrarme ó entristecerme de haber venido
por aquí y de haber acometido esta empresa. La tía Araceli es la
misma bondad, la quiere á V. mucho y me ha recibido y tratado con
el mayor afecto. Aunque la tía tiene talento, es tan candorosa, que
no descubre en nada la malicia. Así es que los elogios que
Costancita hizo de mí, al ver el retrato doctoral, créame V.,
fueron irónicos, y la tía los tomó por moneda corriente. Costancita
me ha hecho venir por curiosidad y porque es muy caprichosa y
porque está muy mimada por su padre y hace cuanto se le ocurre; mas
no porque se enamorase al verme en efigie con el bonete y la
muceta. Por fortuna, me lisonjeo de haber infundido en el ánimo de
Costancita mejor idea vivo que retratado.
»He hablado con el tío Alonso, que, gracias á Dios, tiene buena
índole, pues sería insufrible si no la tuviera. Está tan vano y
engreído con sus riquezas, que se figura que es el hombre más
discreto, hábil y entendido entre cuantos mortales conoce. Atribuye
á ciencia suya, y no á feliz casualidad, el haber hecho tanto
dinero, y entiende que poseyendo él en alto grado dicha ciencia,
que es la principal, puede y debe decidir sobre todas las otras
sin apelación. Habla, pues, de política, de literatura, de artes,
de todo, en suma, con autoridad imperiosa; y como aquí apenas hay
persona de la sociedad que no le deba dinero ó favores, todos
acatan su opinión como la voz de un oráculo, y no hay quien le
contradiga.
»La amabilidad del tío es extraordinaria, no sólo conmigo, sino con
cuantos vienen á verle. Quiere pasar por un señor muy llano, lo
cual no impide que sea majestuoso y entonado á la vez. Se dirige á
todos con cierto aire de protección y de superioridad, que no
ofende por la natural buena fe de que nace.
»El tío presume también de chistoso y goza mucho de que le rían las
gracias. Cuantos asisten de noche á su tertulia se juzgan en la
obligación de reírselas, y por lo común, se las ríen sin esfuerzo
ni violencia, porque el dinero está dotado de tal encanto, que
agracia la palabra y los pensamientos de quien le tiene.
»Nada ha dicho el tío por donde se pueda colegir que sabe nuestros
planes.
»Sólo se ha jactado conmigo, y creo vana la jactancia, de que, si
quisiese, podría disponer de todos los votos de este distrito y
hacer un diputado á su gusto.
Dos ó tres veces me ha interrogado como para examinar mi
capacidad, medir mis fuerzas y calcular qué se puede esperar de mí.
Ignoro si el resultado de estos exámenes me ha sido favorable ó
adverso. Bajo las apariencias de franqueza lugareña y de inocencia
rústica y campechana, tiene el tío, á mi ver, mucha recámara y
disimulo.
»No hablo á V. de la tertulia diaria de casa del tío, pues es como
todas. Los viejos juegan al tresillo; los jóvenes arman duos
amorosos ó se divierten contando chismes. Costancita parece una
emperatriz. Dos ó tres amigas están junto á ella, como si fueran
sus damas de honor ó su servidumbre, y luego se forma en torno un
ancho círculo de admiradores.