bobo de mi señora Doña Costanza. De ella no digo nada, porque, según
Araceli, está ya hecha un volcán desde que contempló tu retrato.
Pronostico que habrán de hacerse las bodas.
--Si Costancita me parece bien y es tan rica, nos resignaremos.
Dada la venia por el Doctor Faustino, Doña Ana desplegó, durante cuatro
días, toda su actividad en los preparativos del viaje. Echó é hizo echar
cuellos y puños nuevos á algunas camisas del Doctor que estaban algo
estropeadas; examinó las levitas y fraques de Caracuel, y halló que, por
fortuna, no habían sido injuriados por la polilla, y en el mejor de los
dos vestidos de majo hizo varias reformas indispensables.
La víspera de la partida tuvo Doña Ana una larga y acalorada discusión
con su hijo, empeñada ella en que llevase los dos uniformes de
maestrante y oficial de lanceros y D. Faustino en que no los había de
llevar.
Al fin triunfó el parecer de Doña Ana. El uniforme de maestrante luciría
mucho en un baile de gran etiqueta que se anunciaba. Y en cuanto al otro
uniforme, ¿qué duda tiene que parecería bien y rebién, llevándole D.
Faustino á la feria y corriendo al estribo del birlocho de Doña Costanza
de Bobadilla, caballero en la jaca castaña, con su portapliegos
lustroso, sus plumas blancas y su chasca polaco? Lo único que consintió
Doña Ana que no fuese á la expedición fué la lanza, porque al cabo no
iba á haber formación ni cargas de caballería, y parecería ya demasiado
belicoso el llevarla. Doña Ana, no obstante, sintió que Costancita no
viese á su hijo hacer el molinete, como enredando en sus raudos círculos
las balas y la metralla. Doña Ana decía que entonces se asemejaba su
hijo á Diego León.
Como en la ciudad á donde iba el Doctor Faustino no había Universidad ni
salón de grados ó paraninfo, hubo de desperdiciarse también otro medio
de seducción, y no se embaularon la muceta, el bonete, la borla y demás
insignias doctorales.
Por último, llegó el día de la partida. Madre é hijo se abrazaron
cariñosamente. El Doctor Faustino, con traje de campo, zahones, faja y
marsellé, montó en su jaca castaña, enjaezada con aparejo redondo, lleno
de flecos de seda, y dos retacos. Respetilla, como escudero, le seguía
en un mulo tordo, y con vestidura parecida, aunque más pobre. Después
cerraba la marcha otro criado, nada menos que con tres mulos de reata,
donde iban el equipaje del señorito y no pocos presentes que había
dispuesto Doña Ana para obsequiar á Doña Araceli y á la misma Doña
Costanza. Allí les enviaba piñonate, alfajores, hojaldres, gajorros,
arrope de varias clases en canjilones tapados con corcho y yeso, gachas
de mosto, empanadas de boquerones, carne de membrillo y otros mil
regalos de repostería, por donde es celebrada en todas partes la gente
de Villabermeja.
La expedición salió muy de mañana del lugar; pero no tanto que las
Civiles, que eran tan ventaneras como madrugadoras, no estuviesen ya
atisbando detrás de la celosía. El Doctor Faustino y todo su séquito
tuvieron que pasar forzosamente por delante de la casa del escribano.
Oye, Rosita--dijo Ramona, al ver pasar al Doctor,--¿á dónde irá el Conde
de las Esparragueras?
--A conquistar algunas tierras más fértiles y que produzcan más
ochavos,--contestó Rosita.
El Doctor oyó el chiste de aquellas desvergonzadas y se puso rojo como
una amapola. Pensó que sabían que iba á hacer el papel de Coburgo y que
por eso se mofaban; pero las Civiles no sabían á dónde iba el Doctor
Faustino.
[Imagen decorativa]
IV.
DOÑA COSTANZA DE BOBADILLA
Las catorce leguas que separaban al Doctor Faustino de la casa de su tía
Doña Araceli fueron quedando atrás, sin que ocurriese nada memorable.
La caravana ó pompa _novial_ paró aquella noche en una venta que distaba
nueve leguas de Villabermeja. Allí cenaron pollos con arroz y pimientos,
que parecieron exquisitos después de jornada tan fatigosa, y sardinas
fresquísimas, que les vendió un arriero que venía de Málaga y que se
albergó por dicha bajo el mismo techo. Las sardinas, asadas sobre las
brasas, estaban saladas de veras, y fueron un gran incentivo y
despertador de la sed. El Doctor, su escudero Respetilla, el mozo de los
mulos y hasta el arriero vendedor de las sardinas, á quien convidaron á
cenar, comieron patriarcalmente en la misma mesa y empinaron bien el
codo, dando un millón de besos á la bota del Doctor. Luego durmieron
como bienaventurados, sobre unas haldas que rellenaron de paja,
sirviendo de almohadas los aparejos de las bestias.
Antes de que clarease, ya estaban de punta el señorito y sus dos
criados. Éstos, á pesar de las libaciones de la noche anterior, mataron
el gusanillo con aguardiente de anís doble, y el señorito tomó una
jícara de chocolate.
Vaciadas las haldas en el pajar, pagada la cuenta y aparejadas las
caballerías, se pusieron de nuevo en camino, cuando ya las estrellas se
habían desvanecido y perdido todas en la blanca é incierta luz del alba,
brillando sólo en la celeste bóveda el lucero miguero.
Era una hermosa mañana de primavera. Golondrinas, jilgueros y ruiseñores
cantaban. El ambiente diáfano, el vientecillo lleno de frescura y la
rosada luz que iba asomando por el Oriente, alegraban el corazón.
El Doctor se sentía menos melancólico que de costumbre.
Como gente que va á caballo y picando mucho porque tiene mucho que
andar, la caravana se salía del camino más trillado ó iba buscando las
trochas, ya cortando por unos olivares, ya tomando veredas y atajos por
medio de cortijos y dehesas, ya siguiendo por la orilla de algún arroyo
ó trepando por algún cerro.
Respetilla era admirable para guiar en un camino y se puso delante. El
Doctor Faustino le seguía. Detrás arreaba el mozo, con el equipaje y los
presentes en los tres mulos de reata.
Tan embelesado y distraído iba el Doctor, que ni se daba cuenta de lo
que pensaba.
El sol salió. Anduvieron más de un par de leguas. Eran las nueve del
día.
Sólo entonces recordó el Doctor, ó dígase volvió en sí, y bajó de los
espacios etéreos para pedir de almorzar.
--Un poco más allá hay una fuentecilla que tiene un agua muy buena y
sombra; allí almorzaremos, si quiere su merced,--dijo Respetilla.
En efecto, no tardaron en llegar á la fuente. Se apearon, se sentaron
sobre la yerba, bajo una corpulenta encina y almorzaron de un buen
repuesto de carnero fiambre, huevos duros y jamón en dulce, que en las
alforjas traían. La bota, aunque colosal, harto enflaquecida ya con el
jaleo de la noche anterior, acabó de quedar enjuta, pegadas una con otra
las dos caras interiores de la corambre.
Cierto que para decir que el Doctor y su séquito caminaron, durmieron,
cenaron y almorzaron, tal vez censure el lector que yo me detenga, y tal
vez afirme, además, que lo mejor sería que diese ya el viaje por
terminado, trasladándome con mi héroe á casa de Doña Araceli; pero yo
diré al lector, para disculparme, que el Doctor Faustino, después de
haber almorzado, y prosiguiendo su viaje en la misma forma, y
acercándose ya á la ciudad, donde tal vez iba á contraer un compromiso
que influyese en gran manera en su suerte y vida, tuvo una meditación ó
soliloquio tan esencial y transcendental, que no puedo menos de ponerle
aquí en compendio y resumen. Para ello, como para todo, me valdré de las
noticias circunstanciadísimas y hasta prolijas, que me suministró D.
Juan Fresco, las cuales fueron tantas, que yo, lejos de ampliar la
historia con invenciones mías, lo que hago es encerrar cuanto en ella se
contiene en las menos frases que puedo, pues no me agrada ser difuso.
Importa, no obstante, decir cuatro palabras sobre un punto que aun no
hemos tocado. Algo entrevé ya el lector de las cualidades morales é
intelectuales del Doctor Faustino, pero nada sabe aún de su aspecto y
fisonomía.
El doctor era alto, delgado, aunque robusto, y rubio, no ya tirando á
rojo su cabello, como suele por lo común el de los bermejinos, sino más
bien de un rubio pálido. A pesar de ser aquella época la del más
frenético romanticismo, no se había dejado crecer la melena, si bien no
estaba tan corto su pelo que no se pudiesen ver y admirar los rizos
naturales en que se ensortijaba, siendo á la vez suave como la seda.
Lucía, pues, en el Doctor, en grado elevadísimo, una de las cualidades
con que distinguen más los etnógrafos á la raza aria: era _euplocamo_
por excelencia. La patilla, rubia también como el oro, era bastante
poblada, y el bigote, que sin duda no se había afeitado nunca, tan
delicado como el bozo. El Doctor tenía la frente despejada y serena, las
mejillas sonrosadas, la nariz un poquito aguileña y la boca chica y con
buena dentadura. Su tez era blanca y transparente como la de una dama, y
los ojos grandes, azules y llenos de dulzura melancólica. En suma,
nuestro héroe merecía en cualquiera parte la calificación de guapo mozo,
si bien un tanto desgarbado. A caballo estaba bien, pero más que
señorito de la tierra, parecía un inglés que se había disfrazado,
vistiéndose á la moda de Andalucía. Esta última calidad había de
favorecerle, porque parecer andaluz entre andaluces no hace sobresalir á
nadie, mientras que toda la traza del Doctor tenía algo de extraño y
peregrino, que es lo que más atrae y encanta á las mujeres.
Meditando, pues, el Doctor, mientras caminaba, iba diciendo entre sí de
esta manera:
--Por complacer á mi madre he acometido una empresa que por mi propio
consejo é iniciativa no hubiera yo acometido jamás. ¿Qué voy á ofrecer á
Doña Costanza de Bobadilla, si gusto de ella, si ella gusta de mí, y
llega el caso de pedirla en matrimonio? Mi casa solariega del lugar y
unas cuantas fincas, cuyos productos se consumen en pagar los intereses
del capital en que están empeñadas. Todo esto es ridículo. Valiera más
no tener nada que tener esto. Lo ilustre de mi nombre no importa para
ella, que es tan ilustre como yo. Además, en España apenas hay nadie que
no sea ilustre. En cuanto alguien tiene dinero y da valor á estas
vanidades, prueba que desciende del Rey Wamba si se le antoja. Si yo
tuviese un título, aunque fuera el de Conde de las Esparragueras, que me
han dado las hijas del escribano, ya sería otra cosa; ya habría algo que
ofrecer. Siempre tiene vivo aliciente para una muchacha el pensar que la
van á llamar condesa y que en las tarjetas va á poder escribir _La
Condesa de Tal_. Es cierto que yo tengo el título de doctor y el de
alcaide perpetuo; pero no se estila que el esposo transmita estos
títulos á la esposa por legítima que sea. Doña Costanza de Bobadilla, si
llegase á ser mi mujer, no podría escribir en las tarjetas: _La doctora
y alcaidesa perpetua de la fortaleza y castillo de Villabermeja_.
Vamos... está visto; yo no tengo que ofrecer sino esperanzas. Pero si
Costancita las acepta por buenas, y me da en cambio su corazón, su mano
y cinco ó seis mil duros de renta, que dicen que puede y quiere darle su
padre, ¿por qué no aceptarlo todo? Además de tener por marido á un
joven de mis prendas, el dinero que dé á Costancita su padre será como
dado á usura, ó más bien como puesto en una aparcería, en que pongo yo
el saber, el ingenio y el trabajo.
Aquí se encumbraba la meditación, pero con tal rapidez, que no es fácil
seguirla y menos encerrarla dentro de un lenguaje hablado ó escrito. El
Doctor, ora se veía coronado en el Liceo de Madrid, después de haber
leído una fantasía ó un poema oriental; ora salía á la escena en el
teatro del Príncipe, donde acababa de representarse un portentoso drama
suyo; ora estaba despachando ó dando audiencia en la silla ministerial;
ora venían á pedirle albricias sus numerosos amigos porque la Reina
tenía á bien concederle el título de duque, libre de lanzas y medias
annatas, en pago de sus relevantes servicios; ora llegaba á París de
embajador, y el rey Luis Felipe y toda su corte se quedaban encantados
de su mucha discreción y finura, y ora inventaba un nuevo sistema de
filosofía para que informase todas las demás ciencias secundarias,
creando así la ciencia primera, una y toda, con general asombro y
contentamiento de los nacidos.
Estos triunfos y otros mil, que pasaban refulgentes, arrebatadores,
estruendosos, ricos en color, llenos de armonía y de belleza por la
mente entusiasta, se tocaban con la mano, tomaban cuerpo, se iban á
realizar, una vez dueño el Doctor Faustino de los cinco ó seis mil duros
de renta de Doña Costanza de Bobadilla.
--Pero no--proseguía el Doctor,--no me casaré con Doña Costanza si no me
enamora, ó al menos si no tiene talento y hermosura, por donde la gente
llegue á presumir que pude enamorarme de ella aunque no sea tal el caso.
No me casaré, aunque pierda y desbarate todos mis ensueños.
El Doctor se decía esto, porque los hombres nos complacemos en
engañarnos á nosotros mismos, poniéndonos en trances apurados, que no
existen, y saliendo de ellos de un modo heroico. ¿Quién no se ha fingido
alguna vez que le acometen seis ó siete enemigos y que él les hace cara
y les vence y aterra? Y con todo, si los seis ó siete, ó tal vez uno
solo le acomete de verdad, es probable que ponga pies en polvorosa.
¿Cuántas costurerillas y cuántas fregatrices no dan por seguro en el
fondo del alma que ni el propio Fúcar las seduciría, aunque les
ofreciese el oro y el moro? Y, sin embargo, sabe Dios con cuán ligero
empuje suele luego el interés derribar su entereza.
El Doctor no ignoraba que Doña Costanza era bonita, y, por consiguiente,
no había para qué hacer del heroico y desprendido, diciendo que no se
casaría con ella si no fuese bonita. Pero esto, que llaman ahora _darse
charol_, no es sólo para deslumbrar á los otros, sino para
deslumbrarnos y deleitarnos en nuestras propias perfecciones.
Verdad es que el soliloquio del Doctor era más candoroso, era
profundamente sincero y notable, cuando continuaba:
--¿Y si Costancita no me quiere? ¿Y si me halla poco ameno, encogido y
sin chiste? ¿Y si no comprende el valor de mi alma? ¿Y si no cree en mi
porvenir, como yo creo? ¿Y si, á pesar de su falta de fe en mí y de sus
desdenes, soy yo quien me enamoro de ella? Entonces será menester
matarla. Pero, ¿qué culpa adquiere, si no le caigo en gracia? ¿Por qué,
no digo matar, pero ni tan sólo odiar á una mujer que nos desdeña? En
este último caso desesperado, ya sé lo que debo hacer. Desoiré los
consejos de mi madre; me iré á Madrid sin recursos, á la ventura;
lucharé; no reposaré hasta ganar dinero, posición y nombradía, hasta
probar á Doña Costanza que soy digno y más que digno de ella; que no
necesito de su dinero para elevarme; que mis ensueños de ambición no son
vanos. Casi estoy por irme ya á Madrid derechito, y entrar por la Puerta
de Toledo con todo ese aparato y estruendo de mulos, y con las alforjas,
el piñonate y demás presentes, que no faltará allí quien se los coma.
El Doctor, no obstante, seguía caminando en pos de Respetilla, hacia el
pueblo y casa de su tía Doña Araceli, sin poner la proa hacia Madrid
sino por un instante y con la imaginación sólo.
--Eso sí--añadía:--si Doña Costanza no me ama y yo la amo, me siento
capaz de algo más grande y poético que lo que hizo Marsilla por Isabel.
Aquél fué por esos mundos, para ganar la mano de su amada. Yo iré por
esos mundos, á dar razón de quién soy, á llenarlos de mi gloria y á
ganar al cabo el desdeñoso corazón de Costancita. Si ahora no me amase,
obscuro y desconocido, ¿cómo no había de amarme y aun de idolatrarme
cuando me viese descollar entre la multitud, con la frente ceñida en oro
y lauro, y grabado mi nombre, con indelebles y gruesas letras, en las
páginas de la Historia?
Tomando este giro la meditación, el Doctor se representaba tan á lo vivo
que amaba ya á Costancita y que no era amado de ella, que empezó á
suspirar con furia, como si se hubiese puesto enfermo. Respetilla iba
muy adelante y no le oyó; que si no, se hubiera asustado.
En esto llegaron todos á un visillo, y desde allí descubrieron la ciudad
á donde iban á parar. Blancas eran las casas por el mucho enjalbiego, y
con grandes patios, desde cuyo centro se alzaban las verdes copas de
naranjos, acacias, adelfas, azofaifos y cipreses. Un riachuelo, que
corre por delante de la ciudad, regaba no pocas huertas en una fértil
llanura que se extendía á los pies de los viajeros.
A la bajada del cerrillo tomaron éstos la carretera, saliendo de la
vereda ó camino de herradura.
Diez minutos más tarde se divisó una nubecilla blanca sobre la
carretera. Después un bulto que se movía.
Respetilla, con vista de águila, lo advirtió y reconoció todo, y
volviendo riendas, vino hacia su amo gritando:
--Señorito, señorito, ahí vienen á recibir á su merced. Ese es el
birlocho del Sr. D. Alonso.
No se había engañado Respetilla. Ya se estaba oyendo el sonar de los
cascabeles y campanillas de plata que adornaban los pretales y colleras
de los lindos caballos negros que tiraban del birlocho.
El Doctor se gallardeó sobre el aparejo redondo, se limpió el polvo con
el pañuelo, se ladeó el sombrero con donaire, y puso espuelas á la jaca,
que llegó pronto cerca del coche, haciendo mil escarceos.
El birlocho se paró entonces, y el Doctor pudo ver á dos damas que en él
venían.
La una era vieja y seca como una pasa, pero con ojos muy vivos y
semblante bondadoso y alegre. Vestía de negro y traía en la cabeza una
papalina con moños morados.
La otra era menudita, pero graciosa. Negro el cabello como la endrina y
más negros los ojos. Los labios como el carmín; sonriendo siempre y
dejando ver unos dientes blanquísimos é iguales. La nariz
caprichosamente respingada, lo cual daba á su rostro cierto aire
atrevido, burlón y de malicia infantil. La tez, fresca, limpia y
brotando salud y juventud. El color, trigueño. El talle, flexible, no
como una palma, sino como una culebra. Y por último, todo lo que de las
formas podía revelarse, presumirse ó conjeturarse, artística y
sólidamente modelado, sin exceso ni superabundancia en cosa alguna, sino
en su punto, con número y medida, guardando las justas proporciones,
según las reglas del arte, y en consonancia con la edad de diez y ocho
años y la condición de señorita principal y cuidadosa de su persona, y
no de descuidada aldeana.
Vestía la dama gentil un traje de seda de color de lila, y en la cabeza
no llevaba más tocado que sus negros cabellos, ni más adorno que seis ó
siete rosas, alternando con la clara púrpura de sus pétalos la alegre
verdura de varias hojas de tallo.
Ambas señoras conocían al Doctor por el retrato, y no había miedo de
equivocarse. Así es que Doña Araceli, pues no era otra la viejecita que
venía en el birlocho, exclamó apenas se acercó al Doctor:
--Buenos días, sobrino; bien venido seas.
--Bien venido, señor primo--dijo Doña Costanza.
El Doctor saludó con la mayor cordialidad. Bajó del caballo y dió un
abrazo muy cariñoso á su tía, y á la primita un apretón de manos,
advirtiendo, á pesar del guante, que la mano de la primita era pequeña,
y los dedos largos, afilados y aristocráticos, y no aporretadillos y
plebeyos.
--Mira, sobrino--dijo Doña Araceli,--yo he querido salir á recibirte, y
he pedido prestado el birlocho á Costanza, que ha tenido la bondad de
acompañarme. Tu tío Alonso no ha podido venir, porque anda afanadísimo
apartando el ganado que quiere presentar en la feria; pero no te puedes
quejar cuando viene en cambio su hija.
El Doctor se deshizo en cumplimientos, y hasta formuló algunas frases
bonitas, á pesar de que estaba cortado y de que naturalmente era algo
tímido.
Costancita llamó lisonjero á su primo, y se puso colorada.
--Oye, sobrino--dijo Doña Araceli,--¿quieres creer que Costancita tenía
miedo de verte y hablarte, figurándose que estabas siempre de doctor,
tan serio como en el retrato, y temerosa de cometer alguna falta de
prosodia ó de soltar una patochada? Ahora, que te ve de majo, me parece
que ya no se asusta.
--Siempre me asusto, tía... ¡Y qué cosas dice usted! ¡Válgame Dios!
¿Cómo había yo de creer que mi primo viniese á caballo, vestido de
doctor, con su muceta, borla y bonete? ¡Vamos, no me haga V. tan simple!
Lo que yo creía es que mi primo es muy entendido é instruido, esté ó no
con el traje doctoral, y que quizás me tuviese en menos cuando notase lo
ignorante que soy. No... y lo que es este miedo, no se me ha quitado
todavía.
El Doctor volvió á deshacerse en cumplidos, alambicando mucho y
devanándose los sesos para demostrar, en lenguaje corriente, sin aparato
ni términos científicos, que la mujer todo lo sabe y penetra por
intuición, aunque nada estudie, y que en la cara y en los ojos de su
prima se columbraba y traslucía más ciencia que en Aristóteles, en
Platón y en Santo Tomás de Aquino.
Ya había demostrado el Doctor dicha tesis por dos métodos distintos, é
iba á demostrarla por el tercero, cuando le interrumpió Doña Araceli,
diciéndole que sin duda vendría cansado, y que cabalgase de nuevo, á fin
de llegar pronto á su casa, donde podría reposarse.
El Doctor montó otra vez á caballo; y trotando al estribo del birlocho,
del lado en que iba su prima unas veces, y otras, por cortesía, del lado
de la vieja, llegó con ellas á la ciudad y á la casa de Doña Araceli.
En los veinte minutos que duró este dulce complemento del viaje, el
Doctor lanzó veinte mil miradas incendiarias á su prima: á millar de
miradas por minuto.
Costancita recibió el bombardeo de un modo delicioso, aunque difícil de
explicar. Ya parecía que penetraba toda la intensidad y significación de
aquellas miradas, y bajaba la suya con un pudor lleno de agüeros
dichosos; ya que en su inocencia no consideraba aquellas miradas sino
como muestras de cariño propio de parientes, y las pagaba con otras
miradas de afecto puro y sin pasión de amor; ya se reía con risa sonora
y franca, como si la provocase á reír el súbito y volcánico
enamoramiento del primo; ya, por último, lanzaba ella también de vez en
cuando alguna mirada tan semejante á la del Doctor, que no parecía sino
que era la misma, que volvía á él de rechazo, haciéndose mil y mil veces
más bella al reflejar en los negros ojos de Costancita.
El Doctor llegó algo mareado á la puerta de la casa de Doña Araceli.
Todo se le volvía cavilar si Doña Costanza era un angelito ó un
diablito; pero angelito ó diablito siempre le hechizaba.
Se apeó el Doctor de su caballo, que tomó de la brida un criado para
llevarle á la caballeriza, y dió la mano á Doña Araceli, para bajar del
birlocho. Apenas bajó Doña Araceli, acudió el Doctor á dar la mano á
Costancita para que bajase también.
--No, primito. Yo no bajo; me voy á casa. Adiós, primito. Adiós, tía.
Y diciendo--¡á casa!--al cochero, se fué Doña Costanza, dejando al
Doctor tan embobado, siguiéndola con los ojos hasta que la perdió de
vista. Ella volvió la cara dos ó tres veces antes de desaparecer, y al
ir á pasar la esquina disparó la última mirada, que por la distancia no
pudo ya el Doctor distinguir de qué clase era.
[Imagen decorativa]
V.
PRIMERA IMPRESIÓN
Doña Araceli instaló al Doctor en un cuarto muy alegre y bonito, con un
balcón á un patio interior, cuyos muros estaban tapizados con las
siempre verdes y frondosas ramas de varios naranjos y limoneros, y en
cuyo centro se alzaba un surtidor de agua cristalina, derramándose en
una taza de mármol con peces colorados. Todo alrededor se veían arriates
con flores. Su aroma y el apacible murmullo de la fuente lisonjeaban á
la vez olfato y oído.
En el cuarto había cama, sillas, tocador, sofá y mesa de escribir: todo
limpio y bueno.
Allí dijo al Doctor el ama de la casa que podría descansar un rato,
hasta las tres de la tarde, hora de la comida.
Luego le dejó entregado á sus propias reflexiones.
Faltaba poco tiempo para las tres, y el Doctor no tenía gana de
descanso. Púsose, pues, á pasear y á hacer examen de conciencia.
Hombres hay que la tienen clara, y otros que la tienen confusa. La del
Doctor era de la última clase. No quiere decir esto que viese menos y
peor que otros en el fondo de su alma. Tal vez nace la confusión de la
conciencia de ver demasiado. Los que no ven más que aquello que les
conviene, agrada ó adula, lo ven ó creen verlo con gran claridad. Los
que ven también lo que los contraría, vacilan y se enredan. El pro y el
contra de sus propias acciones, y un tropel tumultuoso de encontrados
pensamientos y propósitos, pelean sin tregua allá dentro.
Con la misma obscuridad y contradicción que se veía el Doctor á sí
propio, veía los demás objetos que venían á pintarse en su interior
sentido.
La primera duda que se proponía el Doctor era la siguiente:
--¿En qué concepto tendré á mi prima?
Ya estaba cierto de que era bonita, elegante y discreta; pero no sabía
si era buena ó mala.