Madrid de incógnito, tomando un pseudónimo, hasta que hubiese más
dinero, ó bien se viniese á descubrir quién él era por su mismo
esplendor y por las bellas acciones ó escritos que hiciese ó compusiese;
pero este arbitrio se abandonó por impracticable.
Ir á Madrid, sin ir de incógnito, era una temeridad, no yendo á
pretender. El vino, principal riqueza de la casa de los Mendozas, estaba
á peseta la arroba. ¿Qué menos podía gastar en Madrid D. Faustino,
asistiendo en la sociedad _comm’il faut_, y viviendo con extraordinaria
economía, que ochenta duros al mes? Pues bien; ochenta duros al mes
suponen cuatrocientas pesetas, ó sea cuatro tinajas de vino, que
importan al año cuarenta y ocho tinajas; cerca de cinco mil arrobas; la
mar de vino, la cosecha entera de los mejores años, no habiendo _oidium_
ni honguillo. Y si el señorito se lo gastaba todo en Madrid, ¿con qué se
pagaban las contribuciones? ¿Con qué se hacían las labores? ¿Con qué se
satisfacían los intereses del dinero tomado á rédito (al 20 por 100)
sobre buenas hipotecas? _Hic opus, hic labor est_, según el profano.
A pesar de todo, el Doctor Faustino no se resignaba á no ir á Madrid,
donde, echando pecho al agua y arrostrando y venciendo mil dificultades,
se lisonjeaba de conquistar, ni él mismo sabía por qué caminos, gloria,
posición y fortuna. La idea de que muchos hombres, con menos medios que
él, se habían encumbrado, le estimulaba perpetuamente. No había género
de ambición que el Doctor no tuviese. Andaba como toro picado del
tábano.
En punto á oratoria esperaba ser un Demóstenes, no á la pata la llana y
sencillote como fué el de Atenas, sino con todos los floreos que privan
en nuestra edad, más retórica. En efecto, nadie había salido tan apto
como él para imitar el estilo de su célebre maestro de práctica
forense, que era el más poético orador de Granada. Mentira parece que
acertase á adornar con tanta pompa y galanura la explicación de los
procedimientos civiles y criminales. Sirva de muestra cuando decía:
«Señores, el juicio civil ordinario es un cristalino arroyuelo que nace
en la amena gruta del derecho de cualquiera persona, y se desliza con
suavidad por apacible llanura, esmaltándola de flores y causando blando
murmullo al quebrarse entre menudas guijas, hasta que llega á su término
dichoso, fecundando con su riego el árbol de la justicia absoluta. Por
el contrario, el juicio ejecutivo es un torrente impetuoso que,
despeñándose de la escarpada cumbre, donde mora la inflexible
obligación, todo lo arrastra en su rápido curso, hasta que baja á
perderse en el hondo foso que circunda, ampara y hace inexpugnable el
alcázar de la propiedad sagrada.» Cuando este señor hablaba en estrados
era más elocuente todavía. Las exigencias del estilo didáctico no ataban
entonces sus ímpetus ni abatían su vuelo, y se remontaba á las nubes,
combinando diestramente lo metafórico con lo patético. En cierta
ocasión, en que su cliente era un barbero, que antes había sido rico,
atinó á expresarse así hablando de él: «Este desventurado, que en el
naufragio de su fortuna tuvo que asirse á la dura tabla de su navaja;»
con lo cual arrancó aplausos y hasta lágrimas. El Doctor Faustino,
aunque de suyo no era muy propenso á tantos tropos y lindezas, se sentía
capaz de eclipsar á su maestro, si en ello se empeñaba.
De poesía aun se le alcanzaba más al Doctor Faustino. Era aquélla la
época del romanticismo, y el Doctor se había hecho romántico de los más
furiosos. Casi todos sus versos eran desesperados y sujetivos; esto es,
el Doctor hablaba siempre de sí. No había compuesto aún ningún poema ni
ningún drama; pero podía reunir ya un par de tomos abultados de
Fantasías, Meditaciones, Plegarias, Orientales y Fragmentos. Afirmaba
que no hacía caso de la forma, y que, como verdadero poeta, sólo atendía
al pensamiento y á la pasión; pero es lo cierto que hacía mil
combinaciones raras y nuevas de rimas y de metros, y que á veces en una
misma composición ponía versos de una sílaba, y de dos y de tres y hasta
de veinte, y luego descendía hasta versos otra vez de una sílaba, lo
cual les daba extraña lindeza _esquemática_, pues la composición venía á
figurar un lenguado. El Doctor Faustino, no obstante, tenía un espíritu
crítico y descreído que aun contra él mismo se volvía. Cierto que se
juzgaba capaz de ser un sobrehumano poeta, un _genio_, y está dicho
todo; pero los versos, ya escritos y realizados, se sometían á su propia
crítica, con más facilidad que las tenebrosas profundidades de su alma;
y, en honor de la verdad y del pobre Doctor, hemos de declarar aquí que
dudaba mucho de que los versos fuesen buenos. A pesar de su
romanticismo, había una sentencia de un clasicastro aborrecible, de
Moratín hijo, que le estaba siempre zumbando en las orejas y
acobardándole. La sentencia era: «¡Ay, amigo Pipí! ¡Cuánto más vale ser
mozo de café que poeta ridículo!» El Doctor Faustino, por consiguiente,
aunque parezca el caso inverosímil, no contaba para nada con sus versos;
y los guardaba en cartera hasta que los hallase buenos con toda
evidencia, ó hasta que tales los compusiese.
Sólo un verso, que él repetía á menudo entre dientes, tenía mérito
singular, fuera de toda duda, porque reflejaba el estado de su cerebro.
¡Siento sobre mi frente arder el caos!
decía el verso espantable.
Había un caos de ideas y de pensamientos en aquella frente.
En ocasiones pensaba el Doctor que todo lo ignoraba; que no había
estudiado, que había perdido su tiempo, y que era un mueble que no
servía para nada, ni especulativo ni práctico. Pero con mayor frecuencia
entendía al revés que no había cosa que él no supiese ó que no
adivinase, y esto, en vez de alegrar su corazón, le afligía más aún.
--¿Con que no hay nada que yo no sepa? ¿Con que nada nuevo pueden
enseñarme los libros? ¿Con que todo lo que leo, ó es un hecho
insignificante, que lo mismo da saber que ignorar, ó es eco ó fórmula ó
mera enunciación de lo que estaba ya en mi conciencia? Cada escritor
pondrá en el orden que guste ó arreglará, según el método que quiera,
sus doctrinas; pero yo me las sabía ya antes de leerlas en sus libros.
De lo que no sé y de lo que anhelo saber es de lo que nada hallo en los
autores.
Siempre que los pensamientos y cavilaciones del Doctor tomaban este
rumbo; siempre que se juzgaba harto, saturado, repleto de ciencia
humana, no estimándola en un pito, le entraban vehementísimos deseos de
comunicar con otros seres superiores, á ver si sabían más que los
humanos, y con su favor y auxilio acertaba él á penetrar en los
misterios del mundo visible y del invisible.
El Doctor Faustino se juzgaba tan principal y tan noble, que no se
explicaba el desdén de los espíritus, y se consideraba agraviado de que
no comunicasen con él ni atendiesen y cediesen á sus conjuros.
No se crea por eso que el Doctor estuviese loco. Tenía momentos de
exaltación, pero no de locura.
Al descender de sus puras especulaciones y al tocar de nuevo la
realidad, se olvidaba de la magia porque no creía que hubiese ya un
diablo tan estúpido que se dejase engañar como Mefistófeles se dejó
engañar por Fausto, su semi-tocayo, proporcionándole gratis dinero,
placeres, fama y buenos lances de amor y fortuna. Esto deseaba alcanzar,
y para alcanzar todo esto no confiaba el Doctor ni en el diablo, ni en
la magia, ni en la ciencia, ni en la poesía, sino en un arte vulgar que
despreciaba, que miraba como indigno. No obstante, le daba rabia de
dudar si le poseía ó no le poseía.
Para salir de esta duda, para hacer experiencia de sí mismo, queria el
Doctor ir á Madrid. Villabermeja se le caía encima con todo su peso.
Hablaba entonces el Doctor con su madre y le comunicaba su propósito.
La prudente señora preguntaba siempre al Doctor:
--¿Qué plan llevas?
--Ninguno,--contestaba el Doctor.
--¿Quieres quizá dedicarte á la abogacía?
--Nunca.
--¿Ganarás dinero y posición como periodista ó como empleado?
--Tampoco.
--¿Ganan algo los poetas?
--Ignoro si soy poeta; pero no ignoro que los mejores poetas ganan poco
ó nada.
--Para escribir, por otra parte--añadía Doña Ana,--alguna obra en prosa
ó en verso, que haga tu nombre inmortal, lo mismo puedes escribirla aquí
que en la corte.
--En eso no cabe duda,--tenía que contestar el Doctor Faustino.
--Pues entonces, quédate en Villabermeja. No abandones á tu anciana y
cariñosa madre.
El Doctor se dejaba convencer á fuerza de ruegos y caricias. Reconocía
que, de irse, se exponía á consumir en cinco ó seis meses todo su
miserable caudal, quedándose luego á pedir limosna. Bajaba la cabeza y
sonreía melancólicamente.
Cuando estaba solo decía entre sí:
--Vamos,--¿para qué sirvo? ¡Voto al diablo, que no sirvo para nada!
La madre también decía entre sí cuando se quedaba sola:
--Este hijo mío (no me engaña el amor de madre) es hermoso de alma y de
cuerpo, elegante, gallardo; parece capaz de todo; pero ¡es tan raro! ¡es
tan soñador! ¿Para qué sirve? Mucho me temo que para nada ha de servir,
como no sea para ser su propio tormento.
[Imagen decorativa]
III.
PLAN DE DOÑA ANA
Un año hacía que el Doctor se había graduado. Un año hacía que pensaba
en ir á Madrid, y no iba por falta de dinero. Y un año hacía que, casi
de diario, con variaciones y ampliaciones, pero con la misma substancia,
se repetían el diálogo y los monólogos que acabamos de apuntar en el
capítulo anterior.
La muceta, el bonete, la borla y demás insignias y vestimentas
doctorales; el vistoso uniforme de oficial de lanceros, y el no menos
vistoso de maestrante, descansaban en un armario, muy en peligro de
apolillarse. Con los fraques y las levitas de Caracuel sucedía lo
propio. Ni siquiera de majo se vestía el Doctor Faustino. No veía á
nadie; descuidaba mucho, no el aseo, pero sí el exterior adorno de su
persona, y andaba siempre con el traje menos doctoral y menos
aristocrático que puede imaginarse: de chaquetón y de sombrero hongo, y
en el invierno, envuelto en su capa.
Era el Doctor tan llano, tan amable, tan caritativo con los pobres, que
le adoraba la gente menuda; pero los ricachos del lugar le aborrecían y
procuraban burlarse de él. No los visitaba, no acudía jamás al Casino, y
no había una entre todas las señoritas elegantes de Villabermeja que
pudiera jactarse de haber oído un solo requiebro de sus labios.
Las hijas del escribano eran las que más le odiaban, porque eran las que
presumían de más bellas y distinguidas. Eran las que gastaban más
_fantasía_, valiéndonos de los términos mismo del lugar.
El escribano, llamado D. Juan Crisóstomo Gutiérrez, se había hecho muy
rico con su profesión y dando dinero á premio. Rosita y Ramoncita, sus
dos hijas, parecían dos princesas. Hacían venir vestidos de seda de
Málaga y hasta de Madrid, y aparecían siempre en público con tanto
entono y autoridad, que más tarde, cuando llegó á establecerse la
Guardia civil, no hallando el pueblo nada más autorizado y venerable que
un guardia de aquéllos, con su sombrero de tres picos de frente, dió á
Rosita y Ramoncita el apodo colectivo de las Civiles, con el cual hasta
ahora son designadas.
Las Civiles, pues, se desataban en sátiras contra el desdichado Doctor.
Le llamaban el ilustre Proletario y D. Pereciendo; y en vista de lo poco
ó nada que le valía el haber estudiado ambos Derechos, le llamaban
también el abogado Peperri.
El Doctor no parecía jamás en el paseo público, que estaba en la plaza,
sino que daba largos paseos á pie por los andurriales y vericuetos más
solitarios, mostrando singular predilección por subir al cerro de la
Atalaya, donde se conservaban aún los restos ruinosos de un torreón,
desde el cual se oteaban los campos y se descubría mucho horizonte. Era
aquel cerro tan estéril y pedregoso, que sólo producía algunas matas
ruines de amarga retama, tomillo, gayomba y romero, lirios silvestres
que brotaban en las hendiduras de los peñascos, otras flores moradas y
de un sólo pétalo, que llaman por allí candiles, y sobre todo, multitud
de esparragueras. Las Civiles dieron, con este motivo, otro título al
Doctor, llamándole el Conde de las Esparragueras de la Atalaya.
No faltaba quien informase al Doctor de todas estas burlas; pero el
Doctor permanecía invulnerable, sin procurar ganarse la voluntad de las
Civiles con una sonrisa, sin dignarse siquiera tomar represalias y decir
alguna burla contra ellas.
El Doctor vivía absorbido en sus tristes meditaciones, que eran de dos
géneros principales: las meramente especulativas, y las que tenían un
fin práctico.
En las meramente especulativas, prevalecía el pensamiento de que el
Doctor lo sabía todo, ó sea de que la ciencia humana era vanidad, y de
que, después de leer millares de libros, no estaría más avanzado que se
hallaba entonces. Soñaba, pues, el Doctor con entrar en relación con los
espíritus. Si él llegaba á conseguir esto, lo mismo le daba vivir en
Villabermeja, que en París ó en Londres; desistía del empeño de ir á
Madrid.
Mientras esto no se le lograba, y aún distaba mucho de logrársele, todos
los apetitos, todos los estímulos, todos los deseos de un joven de
veintitantos años, hablaban poderosamente al corazón del Doctor y le
excitaban á ir á Madrid. Amor, ambición, sed de placeres, ansia de
gloria y nombradía, duquesas bellísimas sonriéndole y amándole, salones
espléndidos donde mostrarse, encantadores y misteriosos gabinetes donde
penetrar para una cita por una puertecilla oculta debajo de un rico
tapiz flamenco, aplausos de la multitud cuando él recitaba sus versos,
que ya serían excelentes, ó cuando pronunciase un discurso, mejor que
los de su maestro de Procedimientos; admiración de damas y galanes al
verle muy gentil, haciendo trotar y hacer corvetas en el Prado á un
caballo fogoso y magnífico: éstos y otros mil triunfos más se ofrecían
con viveza á su imaginación y le sacaban de quicio. La maldita carencia
de dinero derribaba tales castillos en el aire. El Doctor se juzgaba
más infeliz que el príncipe Segismundo. Era más humillante, y por lo
tanto más cruel, que el verse encerrado como una fiera por un padre rey
y tirano, el sentirse detenido y confinado en Villabermeja por la
plebeya inopia. El Doctor, ya en la soledad de su estancia, ya en la
cumbre de la Atalaya, entre las esparragueras, cuyo dominio le concedían
las hijas del escribano, recitaba, glosaba y comentaba con amargura las
décimas de
Apurar, cielos, pretendo...
--¡Qué lástima--pensaba Doña Ana,--que este hijo mío no logre vencer sus
sueños de ambición y no se resigne á vivir á mi lado! ¿Dónde hallará
quien le quiera más que yo? ¿Dónde será más respetado y estimado que
entre estos fieles y antiguos servidores de su casa, y aun entre todos
los humildes y honrados jornaleros de Villabermeja? ¿Dónde le dirán con
mayor efusión de cariñoso respeto, siempre que le vean pasar: «Vaya su
merced con Dios, nostramo.»--«Dios bendiga á su merced, señorito?»--Un
dulce y afable «A la paz de Dios, caballeros,» pronunciado aquí por mi
hijo, le gana más voluntades que cuantas tal vez pueden ganarle todos
los discursos, todas las poesías y todas las prosas que acierte á
componer en Madrid.
--Además, ¿qué le falta aquí á mi hijo?--seguía cavilando Doña Ana.
Y en verdad que, en cierto modo, le sobraba razón.
La casa solariega, si bien en lo exterior parecía ruinosa y sombría, era
por dentro espaciosa y cómoda.
Doña Ana moraba en las habitaciones altas. El Doctor, con toda
independencia, en el piso bajo.
Allí había una sala con sillones hermosos y antiguos, de nogal,
cubiertos de cuero labrado ó guadamaciles, y exornados con tachuelas de
bronce; cuatro enormes cornucopias doradas; varios retratos al óleo de
Mendozas ilustres; un árbol genealógico, pintado también al óleo; un
brasero de reluciente azófar en el centro, y una mesa con búcaros y
vasos de China.
Más en lo interior había otra sala sin más muebles que un tablado para
tirar al sable y al florete y un trapecio para hacer ejercicios
gimnásticos. En un rincón se veían sables de palo forrados de vendo,
floretes, caretas de alambre, petos de estezado y guantes ó manoplas, y
en otro rincón, unos zancos y dos balas de cañón, con asideros, para
levantarlas á pulso.
La biblioteca y el gabinete de estudio del Doctor ocupaban otra tercera
sala. Libros de distinta procedencia y carácter llenaban varios
armarios de pino pintado. Los que trajo de Francia el endiablado
Comendador Mendoza, que andaba penando en el desván, eran casi todos
impíos: Voltaire, los enciclopedistas, etc. Los que sirvieron para la
educación de Doña Ana, ó adquirió ella del clérigo francés, eran como el
contraveneno de los libros del Comendador Mendoza. Allí estaban las
refutaciones de Bergier y de otros contra los impíos de su época, y las
obras de Fenelon, Massillon y Bossuet. Ni faltaban _El hombre feliz_, el
_Eusebio_ y _El Evangelio en triunfo_. Había en otro lado algunos libros
de la carrera del Doctor, y grande abundancia de libros antiguos,
castizos, españoles, desde las Epístolas familiares del Obispo de
Mondoñedo, hasta los primores poéticos del cura de Fruime. Y completaban
la biblioteca todas las obras de Medicina, Química y otras ciencias
naturales, que el Doctor Faustino había comprado á la viuda de un médico
muy estudioso, el cual había muerto del cólera en el lugar, el año de
1834.
En la alcoba donde dormía el Doctor había otro estante, que contenía á
los poetas predilectos, desde Homero hasta Zorrilla, Espronceda y
Arolas.
Pero aun había otro cuarto en que el Doctor permanecía más, sobre todo
en invierno. Se llamaba este otro cuarto la cocina baja de los señores;
no porque allí se guisase nada, sino por una gran cocina ó chimenea de
campana, en cuyo fogón podía arder, y ardía con frecuencia, medio
olivo, mucha pasta de orujo, y gavillas enteras de secos sarmientos.
La ancha losa, sobre la cual se quemaba tanto combustible, salía del
muro más de una vara, y daba lugar, á un lado y otro, á dos rincones
cómodos, donde había sillones de brazos, en uno de los cuales se pasaba
el Doctor horas y horas escribiendo, leyendo ó meditando. En la pared
había una alacena, cuya puerta caía como una mesa sobre dos gruesos
palitroques, que también salían, ó más bien se apartaban de la pared, de
modo que el Doctor se encontraba en el rincón de la chimenea como
sentado en su bufete. No tenía más que sacar de la alacena y poner sobre
la mesa los papeles, el tintero y los libros.
En el sillón de enfrente solía venir á sentarse Doña Ana para conversar
con su hijo. Y los viejos podencos, galgos y pachones acababan á veces
de cerrar el círculo y completar la tertulia, sentados sobre los cuartos
traseros en torno del hogar.
No carecía esta cocina de cierto encanto entre rústico y señoril. El
escudo de los Mendozas estaba esculpido en piedra sobre la campana de la
chimenea. En un lienzo de pared descansaban sobre repisas cinco jaulas
con perdices cantoras. En otro lienzo se veían muy bien colocadas
escopetas y otras armas, como pistolas y cuchillos de montería. En
varias partes, por último, había cabezas de venados, zorros, lobos y
garduñas, que por lo mismo que estaban mal disecadas, parecían y eran
verdaderos trofeos de caza, y no vano ornato comprado en alguna tienda.
Poseyendo y disfrutando todo esto, ¿por qué se obstinaba el Doctor en ir
á Madrid? ¿En qué pícara casa de huéspedes viviría con más decoro y
anchura?
En cuanto al regalo del pico, poco ó nada tenía que envidiar tampoco, á
pesar de su pobreza. Sin ir al mercado, había en casa de todo, merced á
la crianza y labranza: buen vino añejo en la bodega; exquisitos jamones,
morcillas, chorizos y salchichas, lomo en adobo, pajarillas y otros mil
artículos de matanza, condimentado todo por Doña Ana; un palomar de
palomas de pueblo en la torre de la casa solariega, y otro palomar de
zuritos en la casería; doce colmenas en la misma casería, que rendían
tributo de miel olorosa; frutas á manta, y un corral lleno de conejos,
gallinas, pavos y patos que se alimentaban con las echaduras del trigo y
otras semillas.
Todo esto, á pesar de las dudas y miserias de la casa, podía sostenerse
aún, gracias al arreglo, orden, vigilancia y severa economía de Doña
Ana, que no había cosa de que no cuidase.
Allí no había mueble antiguo que se hubiese arrumbado, ni colcha de
damasco que se hubiese roto, ni sábana, mantel ó toalla que no se
zurciese y durase con notable aseo.
Doña Ana cuidaba mucho de la ropa blanca y la tenía muy en orden,
sahumada con alhucema.
El Doctor Faustino, sin embargo, quería irse á buscar aventuras.
Todo un invierno estuvo meditando Doña Ana. Luego escribió varias cartas
y sostuvo una correspondencia, sin decir nada á su hijo. Al cabo, una
noche, cuando ya había llegado la primavera, estando madre é hijo á
solas en el salón de los sillones antiguos, de los retratos y del árbol
genealógico, Doña Ana se explicó de esta suerte:
--Estáme atento, hijo mío, pues voy á hablarte de un asunto de suma
importancia.
El Doctor prestó la atención más respetuosa; y sentados ambos en un
ángulo de la gran sala, prosiguió hablando la madre:
--Harto advierto y deploro que eres infeliz con esa vida que llevas.
Aquí hay tranquilidad y algún bienestar; pero te faltan objetos que
satisfagan tu ambición, tu sed de gloria y hasta tu amor. No me quejo de
tí porque quieras abandonarme é irte á Madrid. Nada más natural. Pero tú
mismo convienes en que sería demencia irte á Madrid sin un real, como se
va cualquier aventurero. Dicen en este lugar _la pobreza no es deshonra,
pero es un ramo de picardía_, con lo cual enseñan que la dura necesidad
obliga á veces, hasta á los hidalgos y bien nacidos, á hacer bajezas en
que yo no quisiera que incurrieses nunca. Por eso he buscado un medio de
que vayas á Madrid, sin exponerte á vivir allí como un perdido, ó sin
acabar de arruinarte.
--¿Y cuál es ese medio?--preguntó el Doctor Faustino, todo alborozado.
--Voy á decírtelo--contestó la madre.--Ya sabes que en la ciudad de...,
distante de aquí catorce leguas, vive mi prima queridísima, Doña Araceli
de Bobadilla. Aunque tiene más de sesenta años, la siguen llamando la
niña Bobadilla, porque nunca ha querido casarse, no habiendo hallado
sujeto de su condición en quien emplear su voluntad y á quien dar su
mano. Tu tía Araceli vive con bastante desahogo en una hermosa casa. En
su pueblo va á haber bailes, toros y otras diversiones, con motivo de la
feria, que será dentro de una semana, y Araceli te convida á que vayas á
su casa á ver la feria y á pasar el tiempo que quieras.
--¿Y qué voy ganando yo con ver la feria y estar de huésped en casa de
la niña Bobadilla?
--A eso voy. Ten calma que todo se andará. La niña Bobadilla tiene un
hermano llamado D. Alonso, poseedor de un riquísimo mayorazgo, y más
rico aún que por el mayorazgo, por su buen tino y mejor suerte como
labrador de varios cortijos y criador de ganado lanar y vacuno. Vive D.
Alonso en la misma ciudad que Araceli; está viudo quince años há, y
tiene una hija de diez y ocho, cuyo nombre es Costanza, de cuya
hermosura y discreción no hay encarecimiento que no se oiga, y en elogio
de cuya virtud, recato y buena crianza se hacen lenguas los más
descontentadizos.
--Vamos, ¿y qué?--interrumpió el Doctor.
--¿Para qué andar con rodeos? Yo he tratado de tu casamiento con esta
señorita. Su padre la adora y tiene millones.
--Madre, ¿quiere V. hacer de mí un Coburgo?
--¿Y por qué no, hijo de mis entrañas? Tú tomarás dinero como quien toma
alas para volar; pero volarás luego, y encumbrarás tan alto á tu mujer,
que no le pesará de haberte dado las alas. Ella te conoce ya por el
retrato en miniatura, en que estás tan guapo, con la muceta y el bonete
de Doctor; y mi prima Araceli, que le ha enseñado el retrato, me dice en
sus cartas que has gustado mucho á Costancita.
--Me alegro, mamá, me alegro; pero yo no sé aún si ella me gustará ó me
disgustará.
--Para eso han de ser las vistas, hijo mío. Nadie te pone un puñal al
pecho. Nada hay concertado aún. Posible es que D. Alonso sepa algo del
proyectillo; pero ha de aparecer como que no sabe nada. Ni tú ni
Costancita os habéis comprometido. Os veréis, os trataréis, y si no os
agradáis, en paz; no hay nada perdido.
--El tiempo y la fatiga y los gastos de viaje...--dijo el Doctor.--Mejor
será desistir y que yo no vaya.
--Yo he prometido ya que irás, y no me dejarás fea.
--No, mamá; si V. lo ha prometido, no habrá más que ir.