casa solariega, y que era sujeto menos tratable aún y más retirado de la
convivencia de sus compatricios, á pesar de sus veintisiete abriles, se
decían cosas mucho más raras; pero tanto lo que de él se decía, como lo
que era en realidad, merece capítulo aparte por su mucha importancia.
[Imagen decorativa]
II.
¿PARA QUÉ SIRVE?
No se asusten los lectores timoratos al leer el epígrafe que antecede,
ni se den á sospechar que intento promover cuestiones impías. Harto se
me alcanza que en toda la resplandeciente y complicada máquina del mundo
no hay cosa alguna que no sirva para algo: todo tiene un fin; todo
concurre al orden perfectísimo y á la total armonía. Para creerlo y
afirmarlo, importa lo mismo decir que vemos porque tenemos ojos ó que
corremos porque tenemos piernas, que decir lo contrario: esto es, que
porque vemos tenemos ojos y porque corremos nos han nacido piernas y
todo lo conveniente para correr. Casi, casi redunda en mayor alabanza de
las leyes providenciales el contemplar y explicar las cosas de este
último modo. Y si no, vaya de ejemplo: ¿quién sería mejor relojero, el
que fuese fabricando prolijamente todas las ruedecillas, cada una con
su fin y propósito, y luego las ajustase y ordenase entre sí, y luego
diese cuerda al reloj, y luego el reloj marcase y sonase las horas, ó el
que pusiese en un poco de metal un movimiento y una idea y un propósito
de dar las horas, que agitasen todas las partecillas de que el metal se
compone, y las forzasen á no parar en sus giros, vibraciones, brincos y
sacudimientos, ya agrupándose de un modo, ya de otro, hasta que juntas
se concertasen en marcar el tiempo y en señalar las horas con un
punterito y en hacerlas sonar en el momento debido, hasta con música ó
por lo menos con cuco?
El prurito eficaz, triunfador é infalible, puesto en los átomos, de
organizarse de suerte que se formen seres que corran y que vean, ó es
aserto misterioso y confuso como el dogma más ininteligible de la más
metafísica de las religiones, ó presupone en la idea primera, cuyo
desenvolvimiento produce el universo, una voluntad y una inteligencia
soberanas, no menos grandes que las del ser personal que nos hiciese
ojos para ver y piernas para correr. Repito, pues, que casi afirma más
esta inteligencia y esta voluntad increadas, no el pensar que se nos
dieron ojos para que viésemos y piernas para que corriésemos y alas á
los pájaros para que volasen, sino el pensar que desde el origen hay en
la materia un afán de volar que produjo al cabo las alas, y un afán de
correr que produjo las piernas, y un afán de ver que produjo los ojos.
Por lo dicho, se me antoja con frecuencia que la tal doctrina de los
materialistas novísimos pudiera purificarse de toda mancha de impiedad,
y hasta convertirse en piadosísima doctrina, muy consoladora además y
muy rica en pronóstico de progresos, mejoras y adelantamientos
indefinidos. La antigua duda del padre Fuente la Peña, sobre _si los
monstruos lo son ellos ó lo somos nosotros_, se resolvería en favor de
los monstruos, que tal vez aparecerían como síntomas del prurito ó
conato de crear nuevas especies; y, siempre que fuera este conato
legítimo, y no capricho pecaminoso, caso en el cual el ser monstruo
sería un castigo, ¿quién nos había de privar de la razonable esperanza
de echar alas y volar, si nos empeñábamos, ó de tener cola ó trompa ó un
ojo más, como Furier pretendía?
No se argumente en contra sosteniendo que la vida, el instinto, el brío
de los átomos, de las impalpables é invisibles esferillas que llenan el
aparente vacío con las ondas del éter, es un instinto ciego, coeterno
con la substancia. ¿Cómo dimana del instinto ciego la inteligencia que
después explica sus leyes indefectibles? Estas leyes, además, ó están en
cada átomo, que las conoce y las impone, ó están fuera ó por cima de los
átomos, ó están á la vez en los átomos y fuera de ellos; por donde
vendríamos á parar, después de calentarnos la cabeza más de lo justo, en
aquello que nos enseñaba en la escuela el catecismo del padre Ripalda en
que Dios está en todo lugar, animándolo y ordenándolo todo.
Por dicha, el _¿para qué sirve?_ de nuestro epígrafe, no requiere que
ahondemos tanto. Este _¿para qué sirve?_ era la pregunta que Doña Ana se
hacía á menudo con referencia á su único hijo el mayorazgo Mendoza. Y
era también la pregunta que se hacía á sí mismo dicho mayorazgo,
diciendo: _¿para qué sirvo?_ y no sabiendo qué contestar.
Nadie imagine, sin embargo, que era cojo, sordo, ciego, tullido ó tonto
el mayorazgo Mendoza. Tenía sus sentidos y potencias más que cabales;
era robusto; estaba sano y bueno, y como ya se ha dicho, ó si no se ha
dicho se dice ahora, acababa de cumplir veintisiete abriles; pero nada
de esto impedía que la señora Doña Ana y el mismo mayorazgo se
preguntasen con ansiedad si él servía para algo, y no atinasen con la
contestación.
Menester será, para que el lector comprenda bien estas cosas, que le
ponga yo en algunos antecedentes.
Doña Ana era una dama, hija de un hidalgo de Ronda, de los más ilustres
de aquella enriscada ciudad. Baste decir que Doña Ana se apellidaba de
Escalante. Entre sus gloriosos antepasados, contaba á uno de los
fundadores de la Maestranza; y los timbres de la Maestranza y sus
grandes servicios en la guerra de sucesión, en el sitio de Gibraltar, en
la guerra del Rosellón y en la de la Independencia, fueron desde
entonces los timbres y servicios de la familia de Doña Ana.
Aunque nacida y criada en lugar tan alpestre y retirado como es Ronda,
Doña Ana fué educada hasta con refinamiento; y no sólo por el gusto
castizo y exclusivamente español, sino de un modo que pudiéramos llamar
cosmopolita. Un discreto sacerdote francés, de los muchos que durante la
revolución emigraron, vino á parar á Ronda y fué el maestro de Doña Ana,
enseñándole su idioma y bastante de historia, geografía y literatura, y
haciendo de ella un prodigio de erudición para lo que entonces solían
saber en España las mujeres.
Todo el saber de Doña Ana no le valió, sin embargo, para negocio alguno;
y al fin, cuando ya tenía veintinueve años cumplidos, recelando quedarse
para tía ó para vestir santos, y estimulada por su padre y hermanos, que
ansiaban colocarla, ó dígase deshacerse de ella, se resignó á casarse
con el Sr. D. Francisco López de Mendoza, no menos ilustre que los
Escalantes, mayorazgo, alcaide perpetuo de la fortaleza y castillo de
Villabermeja, Comendador de Santiago y Maestrante también de Ronda,
como el padre y los hermanos de ella lo eran. Quieren decir ciertos
autores que ya los Mendozas y los Escalantes tenían algún parentesco, y
que esto contribuyó á facilitar el matrimonio; pero como no importa la
tal circunstancia á la esencia de nuestra historia, la paso por alto,
sin entrar en detenidas investigaciones.
Doña Ana tomó su partido con valor. Aunque había visto á Sevilla y había
pasado largas temporadas en Málaga y en Cádiz, se enterró en vida en
Villabermeja, sin quejarse lo más mínimo, sin dejar sentir á nadie, ni
una vez siquiera, el sacrificio que hacía. D. Francisco, aunque muy
caballero, era rudo, ignorante y violentísimo. Doña Ana supo amansarle,
pulirle y civilizarle un poco á fuerza de paciencia y dulzura. El amor
de Doña Ana á Don Francisco, dicho sea entre nosotros, si por amor hemos
de entender algo de poético, no existió jamás; pero Doña Ana tenía muy
elevada idea de sus deberes, y se miraba en su honra con verdadero
orgullo patricio. Fué, por consiguiente, una esposa modelo. Achican un
tanto el encomio que por esto merece, dos notables consideraciones. La
primera es que el orgullo de Doña Ana, aunque rebozado en cortesía, no
le dejaba estimar, ni siquiera como á prójimos, al resto de los
bermejinos. Es la segunda la ferocidad y vigilancia de D. Francisco, el
cual anduvo siempre ojo avizor y con la barba sobre el hombro, como
quien no quiere la cosa; y si hubiera cogido en un renuncio á Doña Ana,
ni el Tetrarca ni Otelo se le hubieran adelantado en vengar el agravio.
Lo que en manera alguna se achica por nada, en lo que no cabe escatimar
el elogio, es, ya que no en el amor, en el afecto que engendra el trato,
en la confianza que de la convivencia nace, y en la delicada amistad y
constante devoción con que asistió siempre Doña Ana al lado de su
marido, cuidándole cuando estaba enfermo, consolándole cuando triste,
templando su furia cuando irritado, y compartiendo sus alegrías y
haciéndolas mayores con su regocijada conversación cuando él estaba
alegre. Doña Ana perdía la gravedad y el entono en el seno de la
familia, y solía ser muy amena.
El fastidio, terrible y peligrosa enfermedad en las mujeres, no se
apoderó nunca del alma de Doña Ana, pues sabía emplear su tiempo del
modo más variado. A pesar de que había leído á Racine, á Corneille y á
Boileau, le encantaban los poetas españoles más conceptuosos, sobre todo
Góngora y Calderón, y hasta Montoro y Gerardo Lobo. La _Historia de
España_, de Mariana, las obras del venerable Palafox, y el _Teatro
crítico_ y las _Cartas eruditas_ de Feijóo, eran sus libros predilectos
en prosa.
Siempre estaba ocupada en algo. Cuando no leía, cosía ó bordaba; y
cuando no, cuidaba de la casa, donde el orden y la limpieza luchaban con
lo triste y aislado del sitio y con lo vetusto de los muebles.
Desde la muerte de D. Francisco tuvo Doña Ana ocupación más importante:
la educación completa de su único hijo.
Mientras D. Francisco vivió, la tal educación se había ido haciendo con
tres impulsos diversos. D. Francisco enseñó al niño á montar á caballo,
á tirar con la escopeta, y otras habilidades pertenecientes á la
_gimnástica_. Cuando D. Francisco murió, tenía su hijo doce años; pero
en dichas cosas estaba bastante adelantado.
El aperador de la casa era un antiguo criado, á quien, por la majestad
con que trataba de que todo lo perteneciente á sus amos se respetase,
habían puesto el apodo de Respeta; pero el hijo de Respeta, á quien solo
por ser su hijo llamaban Respetilla, era de lo menos respetador y de lo
menos amigo de infundir respeto por las cosas de sus amos que puede
imaginarse. Este Respetilla, que tendría seis ú ocho años más que el
mayorazgo Mendoza, fué su confidente, escudero, lacayo, ayo y preceptor,
todo en una pieza. Con él aprendió el mayorazgo á jugar á las chapas, al
cané y al hoyuelo, á tocar la guitarra y cantar la soledad, el fandango
y otras canciones, y á referir una multitud de cuentecillos verdes. Por
último, Doña Ana enseñaba al mayorazgo historia, y el mayorazgo se
aficionó más que á ninguna otra á la de Grecia y Roma, soñando, siempre
que no jugaba al cané ó á las chapas, con ser un Scipión, un Milciades,
un Cayo Graco ó un Epaminondas, según él conocía á estos héroes por el
libro de monsieur Rollin traducido al castellano.
Muerto D. Francisco, Doña Ana tomó la férula educadora y no quiso
compartir con Respetilla la educación de su hijo. Era ya tarde, sin
embargo, para apartar á Respetilla y para desarraigar del corazón y de
la mente del ilustre mayorazgo todos los vicios y resabios de un
señorito andaluz de lugar. Doña Ana hubo de contentarse con tratar de
ingertar, digámoslo así, en el señorito andaluz y lugareño el saber y
los sentimientos propios de un hombre culto y de un perfecto caballero.
Como D. Francisco había sido _negro_, esto es, muy liberal, á pesar de
preciarse de tan linajudo, y había estado mal con Narizotas, como él
llamaba á Fernando VII, siempre se había enfurecido ante el proyecto de
que el niño fuese á servir al rey, entrando de cadete en un colegio.
Doña Ana siguió con facilidad, en este punto, el humor de su dulce
esposo, porque idolatraba á su hijo; no quería separarse de él; suponía
aún que, teniendo que gozar de su mayorazgo, no tendría que servir á
nadie, y además pensaba en que ni Milciades, ni Epaminondas, ni Cayo
Graco, ni ninguno de los Scipiones, fueron cadetes nunca, ni subieron
paso á paso, ridicula y prosáicamente, hasta llegar á generales, sino
que fueron oradores, hombres políticos, guerreros y magnates á la vez, y
ya empuñaban la espada, ya tomaban la pluma, ya se revestían de la toga,
ya se armaban con la loriga y con el casco. Así quería Doña Ana que
fuese su hijo, y aunque no tenía más que uno, entendía que valía por
dos, y se juzgaba otra Cornelia.
Doña Ana comprendió, á pesar de todo, la utilidad de que el niño
siguiese una carrera; y después de meditarlo bien, eligió la de abogado,
no para que ganase la vida haciendo pedimentos, sino para que aprendiese
las leyes, y supiese reformarlas y darlas á su patria cuando llegase la
ocasión.
El mayorazgo estudió, pues, latín con el dómine del lugar, y llegó á
traducir casi de corrido algunas vidas de Cornelio Nepote. Fué luego al
Seminario conciliar de la capital de su provincia, donde aprendió
filosofía con el padre Guevara, y sacó siempre nota de sobresaliente. Y,
por último, cursó el Derecho en la Universidad de Granada, donde, por
arder entonces la guerra civil entre carlistas y cristianos, no había
severidad en cuanto á la asistencia.
Nuestro mayorazgo se pasaba, pues, en Villabermeja la mayor parte del
tiempo que duraba el curso. Luego iba á examinarse; y, merced á la
longanimidad de los examinadores, siempre obtenía buena nota.
En las excursiones á Granada acompañaba al mayorazgo el fiel servidor
Respetilla. Allí se portaban ambos con cierto rumbo y elegancia. Hubo
temporadas en que hasta la jaca castaña, en que cabalgaba y viajaba
desde el lugar el señorito, se quedó en Granada, para que el señorito la
montase y luciese. Bien es verdad que entonces todo estaba aún barato en
Granada, mereciendo esta ciudad llamarse _la tierra del ochavico_. Con
veinte reales diarios se hacía todo el gasto de vivienda, comida, camas
y servicio de amo, criado y jaca.
Aun así era un lujo estupendo. Lo más que solía gastar entonces en el
pupilaje un estudiante en Granada era la suma de siete reales diarios.
Seis era el precio corriente de las mejores casas, donde las patronas
más aseadas y bonitas daban almuerzo, comida y cena, cama, luz, agua y
otra multitud de regalos.
En fin, el ilustre Mendoza terminó en Granada su carrera, y se graduó de
licenciado y doctor _in utroque_. Doña Ana le bordó una primorosa muceta
y le hizo una borla riquísima para el bonete.
El miniaturista más hábil que había entonces en Granada pintó por seis
duros, sobre cándido marfil, el retrato del mayorazgo Mendoza, con su
muceta, su toga y su bonete emborlado, y el mayorazgo Mendoza, cuando
volvió á los brazos de su madre, hecho un doctor, le trajo dicho retrato
de presente, puesto en un marco de ébano con adornitos de bronce.
Ya desde aquella época, como el mayorazgo Mendoza se llamaba D. Faustino
y era doctor, empezaron á llamarle el doctor Faustino, título y nombre
con que se hizo famoso en lo futuro y con que en adelante le
designaremos.
El doctor Faustino se doctoró en el año de 1840. Volvió á su casa lleno
de ilusiones y deseoso de ir á Madrid á realizarlas. Por desgracia, su
ciencia era vaga y sus ilusiones eran tan vagas como su ciencia.
El doctor sabía de todo y de nada sabía. De todo sabía más que de leyes,
que era, al parecer, lo que había estudiado.
El título que le habían dado en la Universidad era un título
huero.--¿Para qué sirve el título?--se preguntaban el Doctor y su madre.
El Sr. D. Faustino López de Mendoza y Escalante, alcaide perpetuo de la
fortaleza y castillo de Villabermeja, Caballero del hábito de Santiago,
Maestrante de Ronda, descendiente de una multitud de héroes, ¿estaría
bien que fuese á Madrid á ponerse de pasante con un abogado? Doña Ana y
el Doctor reconocían que la profesión de abogado era honrosísima; sabían
que Cicerón y Catón habían sido abogados en Roma, y nada razonable
tenían que objetar contra la abogacía; pero una estética irresistible,
un sentimiento superior á todo raciocinio les hablaba poderosamente al
alma, clamando: «D. Faustino no puede ser abogado;» D. Faustino, además,
si bien se creía capaz de inventar las mejores leyes, fundándolas en la
filosofía, no se sentía con fuerzas para aprender las leyes inventadas
por otros, al menos en sus pormenores y menudencias. Esto, parodiando la
sentencia de Triboniano ó de no sé qué otro jurisconsulto, anterior á
las Pandectas, sostenía D. Faustino que era carga más á propósito para
muchos camellos que para un hombre sólo, y más siendo este hombre
Alcaide perpetuo y Maestrante.
--¿Iré á Madrid á pretender un empleo?--se preguntaba D. Faustino. A
esto no se oponía sólo lo ilustre de su nacimiento, el hábito de
Santiago y la maestranza, sino el mismo título de Doctor, que D.
Faustino y su madre tomaban por lo serio. ¡Qué vergüenza, qué
degradación, pretender ó tomar un empleo de ocho ó diez mil reales, que
era lo más que podían darle, é ir á confundirse y aun á quedar por bajo
de tantos y tantos pelafustanes plebeyos, que sin ser doctores, ni
maestrantes, ni alcaides perpetuos de ninguna fortaleza, disfrutaban de
mucho más sueldo y de mayor categoría en las oficinas del Estado!
¿Aspiraría D. Faustino á entrar en la carrera judicial? Pero, ¿qué
puesto obtendría, contando con favor y humillándose á pretender del
Ministro? Una promotoría fiscal. A lo sumo, un juzgado. Esto era
inaceptable. D. Faustino se resignaría á ser oidor, pero no podía ser
menos. Para vivir en un lugar, bien estaba en el suyo, donde vivía en su
casa solariega, y cerca del castillo de que era alcaide perpetuo, donde
su nombre se respetaba, donde se acataban sus blasones, y donde, si los
destinos del mundo no hubieran cambiado tanto, podría ejercer mero y
mixto imperio, y ser, por delegación del duque, cuando no por derecho
propio, señor de horca y cuchillo, pendón y caldera.
¿Se dedicaría D. Faustino á la literatura? Mucha afición tenía á esto;
pero, ¿cómo ganar dinero con la literatura en España? D. Faustino,
además, seguía sobre el particular la opinión de Alfieri, literato casi
tan noble como él. El poeta que reviste la belleza ideal de una forma
sensible, y el sabio que enseña la verdad severa á los hombres, no deben
pensar en remuneración alguna; no deben tener Mecenas ni entre los
próceres ni en el vulgo. Si buscan Mecenas, se exponen á caer en el
servilismo, profanan el sacerdocio de las musas, degradan un magisterio
sublime y convierten la misión de hierofantes en el bajo oficio de
aduladores de los príncipes ó de las muchedumbres. Había que pensar
también, si, aun allanándose á lisonjear el gusto de muchedumbres ó de
príncipes, toparía el Doctor Faustino con algunas ó con algunos que
quisieran leer y pagar lo que él escribiese. Esta duda la resolvía el
Doctor prometiéndose escribir para un público eterno, sin atender á la
corriente de la opinión, al gusto dominante en un momento dado, á la
moda ó al capricho. Pero como el público eterno no paga, el Doctor
decía, con Alfieri, que valía más ejercer un oficio mecánico para ganar
pan, y escribir para alcanzar laureles inmortales, que no fundar en los
escritos la menor esperanza de mejorar la situación económica.
Varias veces pensó el Doctor Faustino en meterse á periodista, tomándolo
por aprendizaje y propedéutica de hombre de Estado y de literato á la
vez; pero ¿cómo sujetarse á los antojos de un director, tal vez rudo,
ignorante y necio? ¿Cómo un alcaide perpetuo, caballero del hábito de
Santiago, con tantos ascendientes venerandos, con un árbol genealógico
tan hermoso, y con mil otros títulos y distinciones, había de dejarse
asalariar por cualquier zascandil que tuviese dinero para fundar un
periódico y se dignase darle veinte ó treinta duros al mes para que
escribiera lo que al periódico conviniera, ya que no le obligase á pasar
algún tiempo de novicio (el Doctor se estremecía y horripilaba sólo de
pensarlo), traduciendo el folletín, tomando de acá y de acullá noticias
para compaginar el correo extranjero, ó recortando, armado de unas viles
tijeras, sueltos y gacetillas de otros periódicos, y pegando con obleas
en cuartillas lo recortado, á costa de la propia saliva, para mayor
ignominia? El Doctor Faustino no era posible que fuese periodista
tampoco.
En suma, la madre y el hijo se pasaron muchos meses cavilando,
discurriendo y discutiendo qué podría ser, á qué podría dedicarse, para
qué podría servir el Doctor Faustino, y no hallaban la solución de tan
arduo problema. Ambos entendían, no obstante, que el Doctor servía y
valía para todo, dándole dinero con que llegar. Esta especie de viático
para el primer encumbramiento, esta peana indispensable para alzarse
entre las turbas y hacer que resplandeciese el verdadero mérito, era lo
difícil de hallar, así para el Doctor como para su madre.
No había medio, ó al menos era muy aventurado, que el Doctor Faustino se
lanzase á Madrid, á la buena de Dios, sin ánimo de buscar en la
redacción de un periódico, en una oficina ó en el estudio de un abogado
alguna ayuda de costas mientras llegaba á personaje.
El caudal de los Mendozas hacía tiempo había menguado mucho. Don
Francisco, con su desgobierno, le había disminuído más y le había
empeñado.
Aunque D. Francisco había amado y respetado siempre á Doña Ana, sus
pasiones de hidalgo, y su vanidad quizás, le habían arrastrado primero á
tener relaciones con cierta ninfa á quien llamaban la Joya, y más tarde
con otra ninfa á quien llamaban la Guitarrica. Ni la Guitarrica ni la
Joya gastaron nunca brazaletes y collares de diamantes y de perlas, ni
se vistieron con Worth, ni con la Honorina, ni con M. Augusto, ni
anduvieron en coche; pero en cambio tuvieron ambas una dilatada
parentela de padres, tíos, hermanos y primos, que ya sacaban aceite, ya
vino, ya morcillas, ya lomo, ya trigo de la casa del ilustre mantenedor.
La Joya, además, lo mismo que la Guitarrica, se vestían bastante bien
para lo que en el lugar se usaba, y todo esto consumía la hacienda de D.
Francisco.
Por último, habían costado caras y contribuido al atraso de la casa las
mismas bizarrías de Don Faustino siendo estudiante en Granada, donde
había tenido luneta en el teatro, y había jugado al monte y había
perdido, y donde se había vestido en casa de Caracuel, haciéndose, no ya
sólo fraques y levitas, sino vestidos de majo, y dos uniformes, uno de
maestrante y otro de oficial de lanceros de la Milicia Nacional. Este
último uniforme, sobre todo, había costado un ojo de la cara, por lo
complicado y pintoresco. No le faltaban perfiles ni requilorios.
Cuando la expedición de Gómez, se había movilizado en Granada la
Milicia, y á D. Faustino le había hecho el capitán general su ayudante
de campo; de suerte, que el uniforme hasta portapliegos tenía, el cual
iba pendiente de unas correas muy lustrosas. El charol del portapliegos
era exquisito, y se veía uno la cara en su bruñida superficie. La
multitud de cordones y bordados de oro no era de menos precio y
elegancia, y el chascá polaco, con un plumero blanquísimo, y el sable
truculento y la lanza con banderola, habían importado asimismo buenos
dineros.
D. Faustino no estaba muy seguro de que ni este uniforme, ni el de
maestrante de Ronda, ni los dos vestidos de majo que tenía, con chupa
llena de caireles y marsellé remendado de mil colores, y botines de
becerro, bordados por los más primorosos y prolijos presidiarios de
Málaga, y zahones, y calzones de punto ajustados con dobles botones de
muletilla, de la más rica filigrana de oro que en Córdoba se fabrica,
fuesen vestimentas y galas de grande uso y provechoso efecto en las
calles y reuniones de Madrid; pero de lo que sí estaba seguro es de que
en estas cosas y con otras se había gastado la moneda, y ya había leído
él en las obras de un profundo economista, y si no lo hubiera leído, lo
hubiera adivinado, porque era hombre de muy agudo entendimiento, que _la
moneda es indispensable al hombre desde el momento en que el hombre vive
en sociedad_.
Esta necesidad de la moneda se aumentaba tratándose de ir á vivir en
Madrid, donde todo cuesta un sentido, en comparación de lo que valen las
cosas en los lugares, y donde D. Faustino López de Mendoza tendría que
hacer su epifanía, como importaba al lustre de su apellido y á dos ó
tres marquesas y condesas, amigas y parientas de su madre, que habían de
recibirle como sobrino y presentarle en todos los salones
aristocráticos.