elegante, algo coqueta, no muy rica, y que ha llegado á cumplir
veinticinco años sin casarse. Las ilusiones de esta señorita consistían
en coger un marido rico, titulado si fuese posible, sufrido de
condición, poco gastador á fin de que ella lo pudiese gastar todo ó casi
todo, etc., etc. Como estas ilusiones no se han realizado, la señorita
exclama á cada momento que ya no hay amor en el mundo; que pasaron los
tiempos de Isabel y Marsilla y de Julieta y Romeo; que vivimos en un
siglo de prosa y que ha perdido las ilusiones. Hay una dama casada con
un funcionario público, cariñoso, afable, buen papá, marido tierno y
enamorado; pero da la maldita casualidad de que uno de sus compañeros,
quizás con menos sueldo y quizás con más intermedios de cesantía, se
arregla de suerte que tiene para butacas en los teatros, y para más
moños y trajes, y tal vez hasta para el palco en la ópera ó para ir á
Biarritz á veranear, mientras que él trabaja que trabaja siempre, y sin
salir de apuros y ahogos. La dama, que en vista del ejemplo se había
forjado sus ilusiones, conoce al cabo que es imposible hacer carrera con
su marido, y las pierde. Desde entonces se lamenta á cada instante de
que no ha realizado su ideal, de que los maridos son monstruos ó zotes,
de que la poesía del hogar doméstico no es dable en esta edad infecta en
que vivimos, y de que ya no volverán á la vida Baucis y Filemón. Entra á
servir en cualquiera casa una cocinera. El ama toma la cuenta todos los
días, y procura, informándose de los precios, que la cocinera sise lo
menos posible. La cocinera pierde entonces sus ilusiones; dice que la
hidalguía, el desprendimiento, la magnanimidad de los señores bien
nacidos pasaron para siempre, y que ahora vivimos en un siglo
metalizado, ruín, plebeyo y cicatero. Va á Madrid un joven bien
plantado, chistoso, ameno, que se viste con el mejor sastre y se pasea
en la Castellana. No se enamoran de él las duquesas ni las marquesas;
las ricas herederas le dan calabazas, y sólo se le muestra propicia, si
acaso, la hija del ama de la casa de huéspedes donde vive. Este joven
pierde también sus ilusiones, y decide que las mujeres del día no tienen
más que vanidad y soberbia y carecen de corazón. Pierden, por último,
las ilusiones, el coplero insufrible que presume de poeta y no haya
quien lea sus versos; el periodista ambicioso que no llega á ministro;
el autor dramático que es silbado; el médico que no tiene enfermos; el
abogado que no tiene pleitos; el hipócrita á quien no creen sus
embustes, y hasta el que juega á la lotería y no saca el premio gordo.
Para todos éstos la corrupción de nuestro siglo es espantosa, la falta
de ideal evidentísima, la carencia de religión horrible, y un destino
ciego y perseguidor de la virtud gobierna y dispone los acontecimientos
humanos.
--Infiérese de cuanto V. alega, que sólo los tunantes, torpes ó
desdichados, tienen ilusiones y las pierden.
--Son los que más ilusiones tienen y las pierden--prosiguió D. Juan
contestando á mi interrupción.--No niego, sin embargo, que hay multitud
de personas honradas que se forjan ilusiones y que se lamentan luego de
haberlas perdido; pero si no implica falta de honradez el tener cierta
clase de ilusiones y el lamentar su pérdida, implica al menos falta de
juicio y poca entereza de carácter.
--Aclare V. eso también con ejemplos,--dijo Serafinito.
--Voy á aclararlo. Hay una señora pobre y muy virtuosa y honesta, que
sabe resistir á toda seducción, y que sufre con su marido molestias y
privaciones sin cuento; pero pasan los años, no la saludan con más
respeto á causa de su honestidad, porque la fama no ha de ir
publicándola á son de clarín, y nadie le da joyas, ni palco, ni coche,
porque eclipse á Lucrecia; de manera que sigue tan desvalida y poco
considerada como antes. Aquí encaja entonces el que la buena señora
empiece á rabiar, á lamentarse de que ha perdido las ilusiones, y á
decir que la sociedad es un lupanar inmundo, donde sólo las malas
mujeres consiguen ir en landó y vestir sedas y encajes, y adornarse con
diamantes y perlas. Las ilusiones de esta señora habían consistido en
creer que la virtud podría y debería traer satisfacciones de amor propio
y ventajas y regalos materiales, como si la virtud, con tan vil precio,
fuese verdadera virtud, y proporcionando su ejercicio lo que la señora
quería, no viniese á ser prenda de los más bribones. Este segundo modo
de ilusionarse es una terrible enfermedad que se apodera á veces de
generosos y nobles espíritus, aunque falsos y extraviados. Consiste en
rebajar las más nobles prendas y excelencias de nuestro ser buscándoles
una finalidad vulgar, queriendo convertir en útil lo bello ó lo sublime.
La virtud, el genio, la ciencia, la poesía, podrán ser útiles en
ocasiones al individuo que los posee, pero no es su fin principal la
utilidad. Es más: el que se propone sacarla de su virtud, de su ciencia
ó de su poesía, deja al punto de ser sabio, virtuoso ó poeta. Para fines
bajos importa emplear bajos medios: los medios elevados conducen sólo á
fines que lo son también.
--Pero, ¿y el trabajo, la constancia, el valor y la economía, no son
virtudes, y no son nobilísimas virtudes, y no son ellas las que procuran
el bienestar material?
--Sin duda que á veces le procuran para el individuo, y siempre para la
sociedad entera; pero yo hablo de otras virtudes más altas, más
espirituales, y por lo mismo más fáciles de imaginar que las tiene uno
sin tenerlas. De modo que en este orden de ilusiones hay dos grados:
primero, el de atribuirse las tales virtudes; y segundo, el de empeñarse
en que han de tener un valor en el comercio y se han de cotizar en la
Bolsa.
--Según V., por consiguiente--interrumpió Serafinito,--es verdadero el
refrán que dice: _Honra y provecho no caben en un saco_.
--Lo que yo afirmo nada tiene que ver con el refrán. El refrán es falso.
En mil honrados oficios puede cualquier hombre honrado sacar provechos y
no pocos. Harto me aproveché yo de la fortuna, y disto mucho de creerme
sin honra. Lo que yo afirmo es que hay prendas de entendimiento y de
carácter, y obras humanas de tal excelsitud, que no miran al provecho,
ni pueden ni deben pagarse; y condeno las ilusiones de los que poseen ó
creen poseer esas prendas y obrar esas obras, y piden la paga y se
desesperan porque no la reciben. Coincide con esto, en la mente de los
así ilusionados, un concepto pueril del orden del mundo y de la
Providencia divina, la cual ha de estar siempre premiando al bueno y
castigando al malo, y disponiendo las cosas de suerte que lo pasemos muy
bien. Los que así discurren están de continuo pleiteando con Dios y
pidiéndole cuenta de todo. ¿Para qué me criaste? ¿Por qué he de morirme?
¿Por qué me he de poner viejo? Esta muela, ¿por qué me duele? Este
mosquito, ¿por qué pica y arma una música tan molesta? ¿Por qué las
perdices no se vuelven todo pechuga? ¿Por qué ha de tener el jamón menos
magras que tocino y hueso?
--Vamos--dije yo sonriéndome,--lo que deduzco de todo es que á mi amigo
D. Juan le ha pasado algo desagradable con alguien que tenía ilusiones ó
que se lamentaba de haberlas perdido, y por eso declama tanto contra el
tener y perder ilusiones.
D. Juan Fresco puso una cara tan grave al oir mis palabras que me
pareció otro; puso una cara hasta melancólica, y exclamó dando un
suspiro:
--Es verdad: algo desagradable, y más que desagradable, me ha pasado.
¡Malditas sean las ilusiones! ¡Infeliz doctor Faustino!
No bien pronunció este nombre, Serafinito, que ya estaba muy cabizbajo y
triste, se echó á llorar como un niño de siete años.
Aumentada con esto mi curiosidad, pregunté á D. Juan quién era el doctor
Faustino, que tan dolorosos recuerdos suscitaba.
D. Juan entonces prometió contarme la historia del mencionado doctor, y
cumplió su promesa, no estando presente Serafinito para que no llorase.
La narración de D. Juan Fresco, arreglada luego á mi modo, es la que voy
á referir; pero entiéndase que no pretendo probar, al referirla,
ninguna tesis contraria á las ilusiones.
D. Juan Fresco sigue su opinión y yo la mía, que aquí no es del caso.
Yo, terminada esta introducción, me retiro de la escena donde me he
entrometido como personaje secundario, y me limito á mero narrador de
los sucesos.
[Imagen decorativa]
I.
LA ILUSTRE CASA DE LOS LÓPEZ DE MENDOZA
Villabermeja, como ya queda indicado, ha sido por más de dos siglos
lugar fronterizo de tierra de moros.
Aun está en pie el castillo ó fortaleza que tenía allí el duque, señor
del lugar. Los negros y espesos muros de toscas piedras, las almenas
encumbradas, los torreones cilíndricos, todo subsiste aún. Un arco, en
cuyo seno hay un pasadizo, pone en comunicación el castillo con la
iglesia. Esta es, con todo, mucho más moderna que el castillo, y
bastante posterior á la época guerrera de los bermejinos. Cuando andaban
batallando sin reposo contra los moros de Granada, se encomendarían á
Dios en el castillo mismo ó en medio de los campos. Después de la
conquista de Granada fué, sin duda, cuando se pensó en la iglesia, y
vinieron á edificarla los hijos del glorioso padre Santo Domingo.
La casta belicosa de los bermejinos fué desde entonces doblando poco á
poco el cuello al yugo de la teocracia frailuna, y de aquí proviene, en
mi sentir, el chiste de hacerlos descender del padre Bermejo.
Durante los siglos de la monarquía absoluta, aquel lugar de hidalgos
peleadores se amansó, se emplebeyeció y se democratizó. El duque se fué
á la corte, y nadie volvió á verle por el lugar. Ni amado ni odiado,
nadie volvió á pensar en él. El administrador del duque era quien
arrendaba ó daba á censo las tierras.
A principios de este siglo, salvo el ausente é invisible duque, apenas
había en Villabermeja, ni siquiera en espíritu, tres ó cuatro familias
hidalgas. Todo lo restante era plebe, olvidada ya de la gloria de sus
ascendientes heroicos. Desde principios de este siglo hasta hace unos
treinta años, época en que empieza nuestra historia, esas mismas
familias hidalgas, ó se habían confundido con la plebe, agobiadas por la
pobreza, ó habían emigrado, Dios sabe dónde, en busca de mejor fortuna.
Sólo quedaban los López de Mendoza, alcaides perpetuos de la fortaleza,
desde los tiempos de Alamar el Nazarita y del santo Rey D. Fernando.
La hermosa casa solariega de estos López de Mendoza bermejinos se apoya
en los propios muros del castillo. La sencilla y elegante fachada, obra
del siglo XVI, es de piedra de sillería, y tanto la puerta como el
balcón del medio del piso principal están adornados con airosas columnas
de mármol blanco. Coronando el referido balcón, resplandece el limpio y
complicado escudo de armas de la ilustre familia, primorosamente
esculpido sobre mármol blanco también.
Aunque no tanto como la familia misma, la casa ha decaído y da muestras
claras y tristes de la estrechez de los dueños. En muchos balcones
faltan cristales; las antiguas puertas, prolijamente labradas y
cubiertas de graciosos clavos de bronce, están descuidadísimas; y el
amarillo jaramago publica la afrenta de aquella fábrica arquitectónica,
brotando por entre las grietas que se han abierto al separarse varios
sillares. Las grietas son tan anchas y profundas en algunos sitios, que
ofrecen sobrada capacidad para que en su seno se aniden las lagartijas,
las salamanquesas asquerosas y los feos y medrosos murciélagos, y para
que nazcan, se arraiguen y crezcan allí no pocas higueras bravías y
hierbas y maleza. Esta vegetación parásita se desenvuelve mucho en
primavera y da á la fachada el aspecto de un jardín vertical. El alero
del tejado es tan ancho, que deja un espacio grande entre su extremidad
y el muro donde las golondrinas fabrican con predilección sus rústicos
nidos.
Sobre el piso principal de la casa hay otro piso de graneros y
zaquizamíes; pero como, de mucho tiempo há, apenas hay granos que llevar
á aquellos graneros, sólo los habitan algunos buhos y lechuzas
melancólicos, y algunos ratones parcos y ascetas.
Todas las casas del lugar, aun las más pobres, se enjalbegan tres ó
cuatro veces al año, y están más blancas que el ampo de la nieve. La
casa de los Mendozas ofrece, pues, una gran contraposición, comparada
con ellas, y tiene un aspecto sombrío, con sus piedras, si algo doradas
por el sol, más ennegrecidas aún por las lluvias, el descuido de los
amos, el transcurso del tiempo y la inclemencia de las alternadas
estaciones.
La casa de los Mendozas está además en el sitio más esquivo y apartado,
á la espalda del castillo, en un callejón sin salida, mientras que las
blancas y alegres casas de los plebeyos más acomodados están en calles
abiertas ó en la plaza, donde hay fuente con cuatro caños y algunos
álamos, y por donde discurren hombres, mujeres y chicos, y se nota
movimiento de carros, carretas y caballerías.
No hace muchos años, aun no se había construído, á tiro de escopeta del
lugar, el nuevo cementerio, y los muertos se enterraban todos al lado
de la iglesia, en un corralón, frente á la casa de los Mendozas. Sólo se
enterraban en la iglesia misma los frailes y los mencionados Mendozas,
quienes tenían allí bóveda subterránea y una magnífica capilla con
retablo lujosísimo de madera dorada, del tiempo y gusto de Churriguera,
lleno de profusas é intrincadas labores de talla. En el camarín de esta
capilla hay un Jesús Nazareno, con su cruz á cuestas, vestido con túnica
de terciopelo, bordada de oro, de quien el mayorazgo de los Mendozas es
hermano mayor. Después del santo de plata, patrono del pueblo, esta
imagen de Jesús es la más querida y la que pasa en el lugar por más
milagrosa. El artificio con que la imagen está fabricada no denuncia el
mayor ingenio por parte del autor en punto á mecánica; pero ha sido de
mucho efecto, y lo es todavía, al menos para las mujeres. Nuestro Padre
Jesús, merced á una cuerda de que tira el sacristán, separa el brazo
derecho de la cruz que tiene asida, y desde el balcón de las Casas
Consistoriales, que da sobre la plaza, echa la bendición á la
muchedumbre de los fieles, una ó dos veces cada año, cuando le sacan en
procesión.
Pero volviendo á la casa solariega de los Mendozas, fácil es de
comprender lo fúnebre que será con esta vecindad del antiguo cementerio
y de la iglesia, bastante ruinosa ya, y depósito asimismo de osamentas.
La familia de los Mendozas había ido decayendo y no era más alegre que
su habitación.
El sino y el estado de esta familia, y sus relaciones con el resto de
los bermejinos, tenían algo de extraño. Se diría que, desde que vinieron
los frailes dominicos al lugar, y el lugar se fué enfrailando, ésta fué
la única familia que luchó contra ellos y quiso conservar la
secularización, por decirlo así. En lucha tan descomunal había acabado
por sucumbir, y eso que había contado, hasta lo último, con varones de
notoria aptitud y denuedo.
Nadie en el lugar quería mal á los Mendozas, porque no había memoria de
que hubiesen hecho daño á la gente menuda. Nadie tampoco les tenía
envidia, porque estaban pobres y empeñados. No obstante, contábanse
cosas que podían ofender á la familia.
De un antiguo Mendoza, del tiempo de los moros, se referían ciertos
amoríos escandalosos con una cautiva mora y hechicera. De otro Mendoza,
no menos ilustre, que estuvo en las Indias, se afirmaba que se había
casado con una judía ó con una coya ó princesa peruana, que sobre esto
no se estaba muy de acuerdo, aunque, si bien se nota, no implica
contradicción, pues para nuestros lugareños, judío ó moro es equivalente
á todo lo que no es cristiano, y así de un niño que no ha recibido el
bautismo, se dice que está judío ó que está moro aún.
Lo evidente para los bermejinos era que la cautiva mora primero, y la
coya ó judía más tarde, infundieron en la sangre de los Mendozas cierta
levadura de impiedad. En cambio, la judía ó coya trajo en dote á su
marido una gran cantidad de dinero, con la cual se edificó la casa
solariega de que hemos hablado, y se compraron no pocas fincas, perdidas
ó empeñadas después.
Como complemento ó añadidura se aseguraba que la judía ó la coya trajo
de allende los mares, de aquellos bárbaros palacios en que moraba,
multitud de perlas y diamantes, los cuales estaban escondidos y
emparedados en un rincón de la casa que nadie llegó jamás á saber. En
varias ocasiones, sin embargo, habiéndose enriquecido de repente algún
vecino del lugar, sin saber á qué atribuir su riqueza, habíase supuesto
que dicho vecino había encontrado parte del tesoro, burlando la
vigilancia del espíritu de la princesa india, que le custodiaba, ó
venciéndole ó dominándole por artes diabólicas.
Murmurábase también de la aparición casi diaria, en les desvanes de la
casa, de un célebre comendador Mendoza, el cual había estado en Francia
durante la gran revolución, y por su impiedad, por varios lances
trágicos y misteriosos, y por la manera con que vivió los últimos años
de su vida mortal, andaba penando con el manto blanco de su encomienda y
la roja cruz de Santiago en el pecho, aunque sin brazos la cruz, porque,
no estando en gracia, no podía llevar cruz perfecta en la otra vida, no
faltando quien afirmase que no era cruz sin brazos lo que en el manto
llevaba, sino la figura de un sapo sangriento.
Suponían los liberales del lugar que todas éstas eran hablillas que
habían difundido los frailes para desacreditar á los Mendozas, los
cuales eran de su partido nada menos que desde los tiempos del emperador
Carlos V, en que uno de ellos peleó entre los comuneros. D. Francisco
López de Mendoza, muerto en 1830, había sido, en efecto, liberalísimo,
siguiendo; según en el lugar se afirmaba, el ejemplo de sus antepasados.
Desde el año 1823 hasta que murió, fué muy vejado y perseguido.
En cambio, algunas personas de las más licurgas del lugar y serviles,
como por ejemplo, el Escribano, aseguraban que los López de Mendoza eran
una casta de gente díscola, contraria al espíritu del tiempo en que
vivieron, durante más de tres siglos, y que sólo por sus hazañas en las
guerras y por su posición habían sido tolerados. Casi todos ellos habían
ido á servir al Rey, habían corrido el mundo buscando aventuras y
garbeando por estilo heroico cuando se presentaba, y habían vuelto al
cabo al lugar, á la casa de sus mayores, con aumento de su fortuna y con
mujer legítima forastera. Aunque contrarios en el fondo del alma al
pensamiento político de los españoles de entonces, le habían servido con
brillantez por su amor á la vida inquieta; pero en la administración
tranquila de sus bienes jamás se habían empleado con acierto, de suerte
que, decaída España de su antigua pujanza, sin Flandes, Indias é Italia
donde ir á rehacer ó á mejorar patrimonios, el de los Mendozas había
caído por tierra del modo más lamentable.
Ya el D. Francisco de que hemos hablado contrajo infinitas deudas,
empeñó muchas fincas y vendió algunas de las vinculadas, cuando quedaron
libres, de 1820 á 1823.
Su heredero, el actual mayorazgo, llevaba trazas de consumir cuanto del
caudal quedaba, exento ya de toda amortización y vínculo.
Aunque vagamente, bien entendían y daban á entender los críticos que el
espíritu liberal de los Mendozas era el espíritu anárquico de la Edad
Media, que coincidía algo con el de los tiempos modernos; que su
despreocupación ó poca piedad tal vez, no había sido tan grande en
épocas anteriores, y que por lo menos había aumentado mucho desde que el
comendador Mendoza estuvo en Francia en tiempo de la gran revolución; y
que lo que más caracteriza los tiempos modernos, el orden en el manejo
de los negocios, el afán legítimo y atinado de aumentar en paz los
bienes de fortuna, lo que llaman algunos el industrialismo, era del todo
contrario á aquella familia.
Los ricos nuevos del lugar se burlaban de esto sin compasión, pero el
vulgo amaba á los Mendozas. El fondo democrático y algo socialista de la
educación frailuna del vulgo no se volvía ya contra ellos, porque no
tenían más que deudas, ni contra el señor del lugar, cuyos
administradores habían sido siempre generosos con el pueblo y con ellos
mismos á costa del magnánimo duque; el cual andaba en Madrid hecho un
Mendoza de la corte; esto es, con más trampas que pelos en la cabeza. El
furor de la porción menos sana de los bermejinos era contra los ricos de
reciente fecha; contra los que se habían enriquecido dando dinero á
premio ó con el tráfico de vinos, aceites y granos. Muchos de estos
ricos nuevos habían hecho su fortuna aumentando el bienestar general,
acrecentando el acerbo común del haber de la nación, creando riqueza;
pero los resabios inveterados de los bermejinos más aviesos, mezclados
con la envidia, si bien no de concierto todavía con predicaciones
venidas más tarde de fuera de España, no les dejaban ver en los bienes
adquiridos por otros un aumento del bien colectivo, sino una dislocación
ó una absorción de bienes que á todos pertenecían, verificada con
infernal astucia. El antiguo refrán que reza: _Los ricos en el cielo son
borricos, los pobres en el cielo son señores_, se oía con frecuencia en
los labios de los bermejinos, como pronosticando, en son de amenaza, que
la habilidad pecaminosa de los ricos no prevalecería en el cielo, donde
al fin sería castigada, si antes algún hombre de corazón no adelantaba
el castigo, echándose á la vida airada con armas y caballo.
Entiéndase bien que hablo de la gente peor bermejina. La mayoría es
sufridísima y razonable, y lleva sin envidia y con paciencia el
encumbramiento de los ricos nuevos, por más que no haya habido toda la
limpieza que fuera de desear en el modo de enriquecerse de no pocos.
Había, sin embargo, una razón para que hasta los ricos nuevos mirasen
con afecto á los Mendozas. Merced á la actividad fecunda que la moderna
civilización imprime en todo, á pesar de nuestras inacabables discordias
civiles, cierta cultura de costumbres se había difundido por todo el
lugar; y no pocas familias de arrieros ó de gañanes, que habían hecho
dinero y fundado casa principal, empezaban á tener humos aristocráticos,
recordando con orgullo que descendían de valerosos adalides, y yendo á
ver con satisfacción en los libros de la parroquia que llegaba su
ascendencia por línea recta de varón en varón, y por legítimo
matrimonio, hasta uno de los compañeros ó hermanos de armas que vino con
el primer López de Mendoza á custodiar aquella fortaleza y á molestar á
los moros, entrando en algarada por sus tierras y talando sus panes. De
aquí nacía un espíritu de igualdad y de dignidad en perfecto acuerdo con
el cariño respetuoso á la casa de los Mendozas, gloria común de todos y
monumento del antiguo caudillo.
Doña Ana, viuda de D. Francisco, aunque forastera y anciana ya de
sesenta años, vivía en el lugar rodeada de finas atenciones. En medio de
sus apuros sostenía esta dama respetable el lustre señoril de la casa.
El caballo que montaba su marido permaneció regaladísimo en la
caballeriza hasta que murió de viejo. Varios retratos al óleo de los
López de Mendoza que más brillaron, unos con relucientes armaduras,
otros con cuera de ante, bizarros todos, y con plumas, y alguno que otro
con bengala, como insignia de mando militar, lucían en la _cuadra_ ó
salón cuadrado, autorizándole como era justo. Los antiguos criados no se
despidieron. Y, por último, la jauría de perros de caza se conservó,
hasta que pachones, podencos y galgos, fueron todos sucumbiendo al peso
de la edad, siendo ejemplo muchos de longevidad perruna.
En esto de los perros, y sobre todo en los podencos, era donde más había
resplandecido el afecto de los bermejinos á los López de Mendoza. Los
podencos son golosos y ladrones siempre, y más aún cuando están á media
ración ó á menos de media ración. Los podencos de López de Mendoza se
hicieron, por consiguiente, famosos en todo el lugar, por sus
latrocinios é inesperados asaltos. No había morcilla ni longaniza
segura, ni pedazo de jamón ó de carne con que se pudiera contar, ni
lonja de tocino á buen recaudo. Las travesuras de los podencos, no
obstante, más eran solemnizadas con risa que refrenadas con dureza.
Sirva de prueba lo que ocurrió una vez con la madre del tendero, señora
de cerca de setenta años, la cual yacía postrada en cama con un pertinaz
dolor de estómago, donde le habían puesto como reparo lo que es muy
frecuente en Andalucía entre los remedios caseros, media docena de
bizcochos con canela y empapados en vino generoso. La fragancia atrajo á
los podencos en ocasión que la tendera se hallaba sola en su alcoba. En
balde ella, defendiéndose con las manos,
_Clamores horrendos simul ad sidera tollit;_
la descubrieron, á pesar de sus gritos; y sin que el pudor les pusiese
el menor reparo, se comieron el otro, dulce y aromático, que en tan
oculto sitio había. La gente de casa acudió tarde para evitar que este
reparo pasase al cuerpo de los podencos; mas no acudió tarde para
contemplar á la excelente matrona en una inusitada y vergonzosa
desnudez.
No puede negarse, á pesar de éstas y otras muestras de simpatía, que la
tal simpatía se entibiaba con harta frecuencia por un defecto
involuntario, casi fatal de la señora Doña Ana, cuya cortesía no tenía
límites, pero cuyo entono, circunspección y retraimiento ponían á raya
toda familiaridad y toda confianza. La señora Doña Ana, encastillada en
el fondo de su caserón, apenas salía á la calle, recibía de tarde en
tarde visitas con todo cumplimiento y ceremonia, y las pagaba con
exquisita urbanidad. No había medio de quejarse de que fuese grosera, ni
algo tiesa de cogote; pero no intimaba con nadie, y era arisca y poco
comunicativa.
Las otras señoras del lugar se despicaban propalando que Doña Ana era
bruja, aunque no con brujería plebeya de untarse y volar al aquelarre,
sino con brujería aristocrática, recibiendo en su estrado á diablos y
almas en pena de distinción y alto coturno, y entre ellos á varios
individuos de la familia, como la mora cautiva, la coya y el comendador,
con los cuales tenía sus tertulias.