LAS ILUSIONES
DEL DOCTOR FAUSTINO
JUAN VALERA
NOVELAS
Las Ilusiones
del Doctor Faustino
I
[Illustration: colofón]
OBRAS COMPLETAS
TOMO V
Es propiedad. Derechos reservados.
[Imagen decorativa]
A MI QUERIDO AMIGO
DON RAMÓN RODRÍGUEZ CORREA
Te dedico esta novela como el matador dedica su obra antes de matar el
toro. Ni él ni yo sabemos si saldrá bien ó mal lo que dedicamos. El
público y tú habréis de juzgar y sentenciar, cuando la novela se imprima
por completo, no bien se escriba. De todos modos, aunque la novela salga
malísima, como es buena la voluntad con que te la dedico, tendrás
siempre que agradecer, aunque no tengas que aplaudir. Verdad es que,
como yo te debo tanta amistad desde hace años, apenas si empiezo á
pagarte con esta muestra de cariño, y, bien miradas las cosas, tampoco
tienes que agradecerme la dedicatoria.
Yo no diré al público, porque sería quitar atractivo á mi composición,
que cuanto en ella he de contar será fingido. Villabermeja es una
verdadera utopia: sus héroes jamás existieron. Con todo, no estará de
sobra que tú divulgues esto por ahí, pues forjo mis creaciones
fantásticas, como entiendo que hacen todos los novelistas, con elementos
reales, tomando de acá y de acullá entre mis recuerdos, y me pesaría de
que saliese algún crítico zahorí afirmando que hago retratos.
Harto sé que el río del olvido se llevará pronto en su corriente esta
novela, con multitud de composiciones insulsas, escritas á escape para
llenar las columnas de los periódicos. No hay miedo, por consiguiente,
de que dentro de un par de siglos salgan los eruditos averiguando
quiénes fueron todos los de mi cuento, como imaginan que averiguan hoy
quién fué Sancho, quién D. Quijote, quién el rucio, y cuál el lugar de
D. Quijote, dando por seguro que fué Argamasilla de Alba; pero lo que no
ha de suceder dentro de un par de siglos, pudiera suceder al momento, y
contra esto te suplico que trabajes, afirmando, como es la verdad, que
carecen de originales en el mundo los pobres partos de mi fantasía.
Acógelos tú en tus brazos cariñosos y defiéndelos de las injurias á que
van á exponerse, si, como sospecho, nacen feos y endebles.
[Imagen decorativa]
INTRODUCCIÓN
DONDE SE TRATA DE VILLABERMEJA, DE D. JUAN FRESCO Y DE LAS ILUSIONES EN
GENERAL.
Mi excelente y antiguo amigo D. Miguel de los Santos Álvarez, pensador
optimista, sereno observador de las cosas y razonable filósofo, sostiene
con agudeza que en la vejez se gana por un lado lo que se pierde por
otro, que no hay motivo ni razón para afligirse, y que es díscolo quien
se aflige. El vulgo, dice él por vía de ejemplo, imagina que, cuando
alguien se queda calvo, es porque falta el jugo que alimenta las raíces
de sus cabellos y éstos se caen; pero como sucede siempre que al que se
queda calvo le nacen pelos y aun cerdas en las narices y en las orejas,
y las cejas crecen y se robustecen de modo que suelen dar sombra á la
cara, no puede atribuirse la calvicie á falta de jugos. En las mujeres
es más patente aún este fenómeno, apareciendo casi sin excepción en la
que pierde el pelo de la cabeza un maravilloso y fecundo florecimiento
de cerdas en la barba y labio superior, lo cual la hace digna rival de
la condesa Trifaldi ó de Santa Librada, si bien á estas señoras les
ocurrió milagrosamente lo de _embarbarse_, á una por duro castigo de un
mal intencionado encantador, y á otra por especial favor del cielo, á
fin de que salvase la joya de su castidad, puesta en grave peligro,
mientras que por lo común es ordinaria operación de la caprichosa
Naturaleza, sin que se vislumbre finalidad alguna, el _embarbamiento_ de
que aquí se trata.
Véase, pues, cómo no hay tal carencia de jugos en la vejez, sino cambio
de dirección en ellos. Lo mismo sucede ó debe suceder con todo lo demás.
Traigo esto á propósito de que cuando joven era yo más severo en mis
censuras que ahora que voy siendo viejo, lo cual se comprende, porque no
había yo cometido tantos pecados, ni incurrido en tantos errores, ni
dado en tantos extravíos como más tarde. Yo censuraba á los otros, no
advirtiendo aún, con inocente petulancia, lo mucho que habría que
censurar en mí. Hoy, que lo advierto, soy mil veces más benévolo é
indulgente con todos, á fin de serlo conmigo.
Entre las infinitas cosas que yo censuraba, era una la afición de
ciertos poetas y escritores á encomiar la áurea medianía, el retiro, la
vida campestre y el encanto del lugarcillo en que nacieron, así como la
propensión que muestran á volver á dicho lugar, y á vivir y morir allí
tranquilos, ni envidiados ni envidiosos, lejos del mundo y de sus pompas
vanas.
Cuantos así hablaban ó escribían se me antojaba que eran hipócritas, que
eran como el usurero Alfio ó poco menos. Aquello de Martínez de la Rosa,
que dice:
Padre Dauro, manso río
De las arenas doradas,
Dígnate oir
Los votos del pecho mío,
Y en tus márgenes sagradas
Logre morir,
me excitaba la bilis de un modo superlativo. ¿Por qué, murmuraba yo, ha
de atolondrarnos este señor con sus ayes y suspiros, estando, como está,
tan en su mano dejar la embajada de París ó la presidencia del Consejo
de Ministros, ó su brillante puesto en las Cortes, y retirarse á los
cármenes umbríos y á los solitarios verjeles que están entre los cerros
del Generalife y del Sacro Monte, por donde corre mansamente el Darro, y
donde la Fuente del Avellano vierte sus cristalinos raudales?
Más tarde me he convencido de que Martínez de la Rosa no suspiraba sin
pasión por su Granada. He incurrido, en mi tanto, en el mismo defecto,
si defecto es. Desde hace años, lo confieso, ando siempre diciendo que
me voy á mi lugar, que deseo vivir allí, _ut prisca gens mortalium_,
cuidando del pobre pedazo de tierra que me dejó mi padre en herencia, y
casi, casi haciéndole arar yo mismo por mis bueyes, como Cincinato y
otros personajes gloriosos de las antiguas edades. Esto lo decía yo y lo
digo con sinceridad, hallando preferible á todo aquella _descansada
vida_, deseando ser uno de _los pocos sabios que en el mundo han sido_,
y no cumpliendo, sin embargo, mi deseo, cuando al parecer sólo de mí
depende cumplirle y satisfacerle.
Ahora comprendo y noto las dificultades con que, hasta para cumplir tan
modesto deseo, tropieza el más desembarazado y decidido, y perdono á los
que hablan con amor y con _saudades_ de la vida rústica desde el
bullicio de las grandes poblaciones, y pido perdón para mí y que se
considere que no es farsa esta ternura entrañable con que vuelvo los
ojos y el ánimo al rincón tranquilo é ignorado donde están los majuelos
que crió mi padre y el plantonar que, á fuerza de fatigas y de apuros,
vió crecer y medrar hasta que, llenos de vigor y lozanía, empezaron á
dar abundante fruto.
Mi lugar está en la misma provincia, y á corta distancia del lugar donde
nacieron D. Luis de Vargas y Pepita Jiménez, á quienes supongo que
conocen mis lectores; pero no voy á hablar de mi lugar, sino de otro,
también muy cercano, á donde suelo ir de temporada, porque tengo allí
una capellanía y otros bienes, que me producen, calculando por un
quinquenio, cerca de medio duro diario. Este lugar es más pequeño y
pobre que el mío y que el de Pepita, y su campo es menos bonito y ameno;
pero sus naturales entienden lo contrario, y no dudan de que aquello es
lo mejor del mundo.
Situada la población, cuyo nombre se guarda para mayores cosas, á la
falda de un árido peñascal ó pelado cerro y rodeada de montes por todas
partes, abarca sólo el espectador, aunque se coloque en lo más alto del
campanario, un horizonte harto mezquino. Apenas hay huertas en las
cercanías, sino viñas, olivares y tierras de pan llevar. Sin embargo, en
las cañadas, por donde serpentean sendos arroyuelos, se ven hermosas
alamedas, y todo aquel suelo parece á sus hijos, que enamorados le
cultivan, tan fértil y bendito, que no aciertan á explicarse
naturalmente su fertilidad generosa, y sostienen que el trono de la
Santísima Trinidad está colocado precisamente sobre sus cabezas y que
deja sentir su benéfico influjo por todos aquellos contornos. Creen,
además, que el Santo Patrón del pueblo es muy celoso y activo, y que
siempre está intercediendo con Dios para que todo lo prospere y mejore.
Así, y no de otra suerte, logran, según ellos, mediante una especial
providencia é intervención divina, la riqueza y hermosura del paraíso en
que presumen que viven.
La imagen del Santo Patrón es de plata y no tendrá más de treinta
centímetros de longitud; pero el valer no se mide por varas. Según
tradición piadosa, en otro lugar inmediato ofrecieron una vez por este
santo pequeñito quince carretadas de otros santos de todos linajes y
dimensiones, y el cambio no fué aceptado. El santo pagó con usura el
amor que sus ahijados le profesan. Los que ofrecieron las quince
carretadas, viendo que no lograban por buenas la posesión del santo, es
fama que le robaron una noche; pero el santo se escapó bonitamente del
sitio en que le habían encerrado y volvió á aparecer en su nicho al otro
día. Desde entonces está el nicho defendido por gruesas barras de
hierro. Y no se crea que se toman estas precauciones por el miserable
valor de la plata que pesa el santo, sino porque es el defensor del
lugar y su refugio, remedio y amparo en todos los males, adversidades y
peligros.
Confieso que el espíritu crítico de nuestra época descreída ha penetrado
también en este lugar, amortiguando el entusiasmo por su Santo Patrono;
pero aun recuerdo el frenesí, el profundo afecto de gratitud con que le
aclamaban, años ha, cuando le sacaban en procesión é iba la fervorosa
muchedumbre gritando delante de él: «¡Viva nuestro Santo Patrono, que es
tamaño como un pepino y hace más milagros que cinco mil demonios!»,
expresión sincera de la persuasión en que estaban de que su santo, si es
lícito buscar ejemplos en lo profano para lo sagrado y en lo material
para lo espiritual, así como tal máquina de vapor tiene fuerza mecánica
de tantos miles de caballos, tenía fuerza taumatúrgica nada menos que de
cinco mil demonios, á pesar de lo pequeño que era.
Lo que yo no he visto nunca, lo que no quiero creer, lo que me parece
invención y habladuría de los pueblos cercanos para dar vaya á los de
este pueblo, es el exceso de familiaridad con que trataban en ocasiones
á su santo, llevándole, cuando no llovía, á una fuente que llaman el
Pilar de Abajo, y zambulléndole allí para que lloviese, lo cual, se
añade, no dejaba nunca de ocurrir en el acto ó pocas horas después.
Sobre esto de la zambullida devota tengo yo mis dudas. Los lugareños de
Andalucía son envidiosos y burladores, y pueden haberlo inventado sin
fundamento.
No es, por desgracia, lo de la zambullida la única cantaleta que dan á
los del lugar de que hablo. Como hay en él muchos rubios, y hubo hasta
pocos años ha un rico convento de frailes dominicos, los llaman, para
exasperarlos, hijos del Padre Bermejo, lo cual ha ocasionado frecuentes
pedreas entre muchachos de unos pueblos y otros, y mojicones, y á veces
palos y hasta navajazos entre hombres, turbando la paz de que debe
gozarse en ferias y romerías.
No es caso singular el que refiero. Apenas hay lugar en Andalucía contra
el cual no se haya inventado algún chiste ofensivo en los lugares
circunstantes. Del Viso, por ejemplo, se dice que es la tierra de las
chimeneas, porque no las hay, y se pregunta si saben allí lo que son
piñones, porque apenas si se produce algo más que piñones en todo su
término. Sobre Valenzuela y Porcuna se difunden mil epigramas, porque no
hay leña ni carbón en muchas leguas á la redonda, y se calientan y
guisan con combustible poco oloroso. De Palma del Río aseguran que nadie
almuerza allí más que naranjas, y que, no concibiéndose ni la mera
posibilidad de que nadie almuerce otra cosa, hacen esta pregunta: donde
no hay naranjas, ¿qué almorzarán? Á los de Tocina los embroman afirmando
que la música de la misa mayor se acompaña con una guitarra, porque no
hay órgano en la iglesia. Á los de Fuentes de Andalucía basta llamarlos
de Fuentes de la Campana para que se enojen. De otro lugar donde hay una
torre muy primorosa, se dice que á todo forastero que la ve y la admira,
procuran los naturales inculcarle en la mente que la dicha torre, está
hecha allí.
Para no pecar de prolijo no pongo aquí mayor número de ejemplos. Basten
los citados para comprender que no es desgracia única la del lugar á que
voy aludiendo, y que está en las costumbres andaluzas el darse vaya y
cantaleta con algo por el estilo.
Sea como se quiera, creo que debe y puede considerarse al Padre Bermejo
como á un personaje patriarcal, raíz y tronco de toda una casta
lugareña; y así, para distinguirla y nombrarla, sin proferir el
verdadero nombre, que ya he dicho que debo callar por ciertos respetos,
llamaré á aquellos lugareños los bermejinos, y llamaré Villabermeja al
lugar en que viven.
Procedo en esto como los doctos historiadores de los tiempos heroicos, y
noto en nuestros días, tratándose de lugares de corta población, lo
mismo que sucedía en el albor de la historia, en los siglos dorados y
poéticos en que los patriarcas vivieron. Perseo dió nombre á los persas,
Heleno á los griegos ó helenos, Heber á los hebreos, Chus á los
chusitas, Jafet á los jaféticos, y así discurriendo, hasta llegar á
nuestro Padre Bermejo, de donde arranca la denominación de bermejinos.
No debe colegirse de lo dicho que el Padre Bermejo fuese un personaje
real. Tal vez fué la prosopopeya de todo un pueblo. Muchos sabios de
ahora interpretan de esta suerte el nombre y la vida de algunos
patriarcas citados en los primeros capítulos del Génesis. Tubalcain,
pongo por caso, es para ellos, no un hombre que vive unos cuantos
siglos, sino toda una raza humana: los turaníes, ó mejor diremos, un
ramo ó varios ramos de los turaníes, llamados acadienses, protomedos,
calibes y tibareños, los cuales fueron los primeros que trabajaron los
metales y pasaron de la edad de piedra á la de bronce.
No faltan ejemplos tampoco de atribuir con malevolencia y en son de mofa
un patriarca grotesco ó aborrecible á una nación ó casta. Los egipcios,
v. gr., suponían que los hebreos nacieron en el desierto de un nefando
consorcio de Tifón, dios del mal, cuando, caballero en una burra, iba
huyendo de Horo, y no recuerdo bien si de su hermano Osiris, ya entonces
resucitado. De este carácter malévolo se revisten, á no dudarlo, la
fábula ó _mito_ del Padre Bermejo y el apodo de bermejinos; pero no
teniendo yo otro nombre mejor á la mano, repito que me he de permitir
llamar Villabermeja al lugar que describo y bermejinos á sus habitantes,
haciendo todas las salvedades posibles y jurando y perjurando que no
trato de inferir la menor ofensa á mis semipaisanos.
Yo los quiero á todos muy bien; y además hay entre ellos una persona
cuyo carácter, entendimiento y afable trato me encantan, y á quien me
honro en considerar como uno de mis mejores amigos.
Esta persona es conocida con el apodo de Don Juan Fresco, y así la
llamaremos, seguros de que no lo tomará á mal. Don Juan Fresco es un
verdadero filósofo.
Cuando chico le llamaban Juanillo. Se fué del lugar y volvió riquísimo,
ya muy entrado en años y con un don como una casa. Atendidas la novedad
y la frescura de este don, la gente dió en llamarle D. Juan Fresco, y no
de otra suerte se le conoce y distingue.
Pasa con razón por un potentado; pero como no quiere mezclarse en
política, ni en elecciones, ni en nada, no es el cacique como debiera
serlo. Villabermeja, contra la costumbre y regla general de los lugares
de Andalucía, está descacicada ó acéfala.
Al volver á su país natal, este varón excelente ha dado, en mi sentir,
la mayor prueba de amor á la patria que puede imaginarse, ó cuando no,
ha dado muestra de una portentosa despreocupación.
En cualquiera otra parte pasaría por un caballero; allí tiene por primos
ó sobrinos al carnicero, al alguacil, á media docena de licenciados de
presidio y á otra gente por el mismo orden. Pero de esto no se le
importa un ardite. ¿Merecería llamarse D. Juan Fresco si no tuviera
tanta frescura?
Por el contrario, mi amigo D. Juan saca de lo desastrado de su familia
ciertas deducciones lisonjeras. Asegura que no es casta la suya de
ganapanes ó destripaterrones humildes, sino de gente del bronce,
hidalga, de ánimo levantado, en quien prevalecen los bríos y el vivir
heroico y el gran ser de los bermejinos de la Edad Media, que eran
guerreros fronterizos de tierra de moros. Los Frescos, llamémoslos á
todos así, no sirven para cavar: tienen que revestirse de la toga ó
empuñar las armas, y por eso, no habiendo habido mejores medios de
satisfacer tan nobles instintos, uno es carnicero, alguacil el otro, y
no pocos se han echado al camino, en varias ocasiones, ya de
contrabandistas, ya de desfacedores de agravios de la fortunilla ciega,
enmendando, hasta donde les es dable, el mal repartimiento que de sus
presentes y favores ella tiene hecho.
En tales razones funda D. Juan la apología de su familia; no sé aún si
con toda seriedad ó de broma, porque es el mayor socarrón que he
conocido en mi vida.
Tendrá ahora sus setenta años muy largos de talle; pero está más firme
que un roble y más derecho que un huso: no le falta diente ni muela, y
conserva todo su cabello, que, por ser rubio como de legítimo
bermejino, disimula ó encubre las canas. Monta á caballo como un
centauro y dispara su escopeta con tanto tino como si poseyera las balas
encantadas de Freischütz, ó fuera un Filoctetes á la moderna.
Don Juan vive con esplendidez nada común por aquellos lugares. Su casa
está situada en la plaza, y como todas las de los ricos de por allí, se
compone de dos: una destinada á la labranza, donde hay lagar, bodega,
candiotera, molino de aceite, cochera, alambique y caballerizas; otra de
comodidad y aparato, con patio enlosado, fuente y columnas de mármol,
flores, muebles elegantes, y, ¡cosa extraña! una escogida y rica
biblioteca. Esta biblioteca no es sólo de adorno. D. Juan lee mucho y
sabe mucho también.
De su vida y del origen de su riqueza diré en resumen lo que él me ha
contado, excitado por mí, porque es hombre que habla poco de sí mismo.
Nació casi con el siglo y no conoció á su padre. Su madre era viuda ó
algo parecido á viuda. En estos pormenores no entra nunca D. Juan, á
pesar de su filosofía.
A la edad de siete años ya se ingeniaba para contribuir con su óbolo al
gasto de la casa. Ora cogía cardillos, espárragos ó alcauciles, que
luego vendía; ora se encargaba de vender zorzales, anguilas ó zancas de
ranas, que otros cazaban ó pescaban. Más entrado en años, esto es, de
diez á catorce ó quince, iba á escardar ó á coger aceitunas, y hasta
llegó á cuidar de una piara de cerdos. En este último oficio le conoció
su tío, el famoso cura Fernández, una de las mayores glorias del lugar.
La guerra de la Independencia había terminado; nuestro deseado Fernando
VII reinaba ya, y el cura susodicho se reposaba sobre sus laureles y
había depuesto las armas, después de haber sido, durante cinco ó seis
años, en la serranía de Ronda, y por casi toda la extensión de las
provincias de Córdoba y Málaga, caudillo animoso de una cuadrilla de
patriotas, que los franceses apellidaban _brigantes_.
El cura Fernández había sido y era el clérigo más jaque, campechano y
divertido de que puede jactarse Andalucía. Tocaba con primor la
guitarra, cantaba como nadie la caña y el fandango, y tenía la
corpulencia y los puños de un jayán. Nadie le había vencido jamás ni en
tirar á la barra, ni en luchar á brazo partido, ni en pulsear, ni en
poner los labios en el borde de una tinaja de 160 arrobas de vino, bien
llena, y rebajarla medio dedo ó uno, sin que ni la cabeza ni el estómago
padeciesen. Hablaba caló con primor, tenía una conversación muy amena, y
contaba mil chascarrillos graciosos.
No se crea, sin embargo, que era un cura inmoral é ignorante. Si era un
Viriato de sotana, bajo las apariencias de bandolero había en él un
fervoroso católico, un buen sacerdote y un humanista, teólogo y filósofo
muy instruído. Hablaba latín con la misma facilidad que castellano,
aunque todo con ceceo y acento andaluces. Era terrible en las
controversias, argumentando en materia y en forma, como ninguno de su
tiempo; y, aunque tomista y escolástico, conocía el movimiento
filosófico de los últimos siglos, desde Descartes hasta Condillac, y los
más recientes sensualistas y materialistas franceses, á quienes
refutaba.
Acabada la guerra, el cura Fernández, que aun no era cura, aunque le
llamaban así, se retiró á Archidona, donde daba lecciones de Latín y de
Filosofía, auxiliando más bien que compitiendo con los escolapios. El
Obispo de Málaga fué por allí á hacer su visita pastoral; y si bien
había sido compañero de seminario de Fernández, fijó poco en él su
atención. Fernández no se picó, conociendo que las preocupaciones y
cuidados del Obispo tenían la culpa de todo; pero, como era chancero y
alegre, quiso embromar á su antiguo condiscípulo, proporcionándose
también ocasión de tener con él una larga entrevista. Cuando el Obispo
salió en coche de Archidona para proseguir su visita, ya el cura
Fernández había salido y le estaba aguardando en la Peña de los
Enamorados. Iba el cura con traje de campo muy majo; se había puesto
unas patillas postizas de boca de hacha, y llevaba como acólito á un
foragido, á quien con sus amonestaciones había traído á mejor vida,
alcanzando su indulto. El foragido, ya con esta jubilación, se empleaba
en hacer de ángel; esto es, en acompañar á viajeros tímidos ó inermes, á
fin de salvarlos en cualquier mal encuentro que en el camino se les
ofreciera.
Tanto el cura Fernández como su compañero iban en esta ocasión para
poner miedo en los pechos más valerosos: ambos á caballo y con sendos
trabucos.
Salieron, pues, de improviso al camino, cuando pasó el coche de su
Señoría Ilustrísima; desarmaron con rapidez á los dos escopeteros que
iban custodiándole, y el ángel dijo con buenos modos al Obispo que
echara pie á tierra. Obedeció el santo varón y bajó con su secretario,
aunque bastante atribulado. Extraordinaria fué su consolación y grande
su contento cuando el cura Fernández se quitó las patillas postizas y
procedió á la anagnórisis ó reconocimiento, mostrándose como
condiscípulo afectuoso y lleno de respeto, que sólo deseaba echar un
filete á la amistad y tener un rato de palique. Llevó el cura al Obispo
á una especie de tienda de campaña que á un lado del camino tenía
preparada, y allí le regaló con rosoli y mistela, con bizcochos y
mostachones, y con rosquillos de Loja, que son los más delicados que se
comen.
Estuvo tan discreto el cura Fernández, lució tanto en la conversación y
dijo tan buenas cosas, así de filosofía como de teología, que el Obispo
salió encantado y halló agradable hasta el susto que había recibido.
Pronto, con la protección del Obispo, llegó el cura Fernández á ser cura
en Málaga, en el barrio del Perchel, donde tenía feligreses muy á
propósito para que él los catequizara, y ovejas levantiscas que bien
requerían pastor de sus hígados y arrestos.
Siendo cura en Málaga, vino Fernández á Villabermeja á ver á los de su
familia y á respirar los aires patrios. El sobrino porquerizo le pareció
despejado y apto para cualquier cosa, y llevósele á Málaga consigo. No
se engañó el cura. Su sobrino aprendió á escape cuanto él sabía y más,
así de _música_ como de _gimnástica_, esto es, así de ejercicios
corporales como de ciencias y letras. El cura Fernández estaba
embelesado de transmitir con tanta prontitud su saber y de ver qué
sobrino de tanto mérito era el suyo, por lo cual quiso que se hiciera
clérigo, seguro de que llegaría á obispo cuando menos; pero D. Juan no
tenía vocación y declaró repetidas veces que no le llamaba Dios por
dicho camino.
Toda su pasión era ver mundo y buscar aventuras, recorriendo tierras y
mares. Merced al influjo del tío, entró, pues, en el colegio de San
Telmo, donde, á los cuatro años, salió consumado piloto.
Las navegaciones de D. Juan, durante largo tiempo, compiten con las de
Simbad, y si, como sospecho, él las tiene escritas, serán libro de muy
sabrosa lectura el día en que se publiquen. Por ahora sólo importa saber
que, habiendo llegado D. Juan Fresco, en Lima, al apogeo de su
reputación, fué nombrado capitán de un magnífico navío de la compañía de
Filipinas, que debía hacer varias expediciones á Calcuta con ricos
cargamentos. Había entonces piratas en los archipiélagos de la Oceanía.
La tripulación del navío era harto heterogénea y nada de fiar; los
marineros, malayos; chinos los cocineros y calafates; el contramaestre,
francés; inglés el segundo, y sólo cuatro ó cinco españoles. Con esta
torre de Babel ambulante y flotante, hizo D. Juan tres viajes felices á
las orillas del Ganges, donde, mientras se despachaba el navío y se
preparaba y cargaba para la vuelta, vivió como un nabab, yendo en
palanquín suntuoso, servido por lindas muchachas, querido de las
bayaderas, cazando el tigre sobre los lomos de un elefante corpulento, y
siendo agasajado por los más poderosos comerciantes de aquella plaza
opulenta, emporio del extremo Oriente.
Como, á más de un sueldo crecido, tenía derecho á llevar una gran
pacotilla, D. Juan acertó á hacer su negocio, y á la vuelta á Lima de su
tercer viaje se encontró millonario.
La independencia del Perú le obligó á escapar de aquel país con otros
muchos españoles; pero, en vez de volver á Europa, se quedó en Río
Janeiro, donde abrió casa de comercio. Cansado, por último, de vivir en
tierras lejanas, volvió D. Juan á Europa; y después de viajar por
Alemania, Francia, Italia é Inglaterra, el amor del suelo nativo le
trajo á Villabermeja, donde yo le he conocido y tratado.
Ha comprado cortijos y olivares y viñas, y está hecho un hábil labrador.
Nadie descubrirá en él al antiguo y audaz marino. Apenas habla de sus
viajes y aventuras.
Ha permanecido soltero toda su vida, y no es de temer que al cabo de
ella haga la locura de casarse.
D. Juan Fresco es la providencia de toda su fresca y numerosa familia,
si bien no parece hombre de mucha ternura de corazón. Jamás le oí,
durante meses, recordar amores ni amistades, ni de América, ni de la
India, ni de ninguna parte. A la única persona que recordaba á cada
momento, con verdadera efusión de gratitud y cariño, era al cura
Fernández, que murió en Málaga querido de todos, pobre porque daba de
limosna cuanto tenía, y digno de ser canonizado, si hubiera sabido
guardar mejor las que, valiéndonos de un galicismo, se llaman hoy
_conveniencias_; pero como contaba chascarrillos poco decentes á veces,
y había hecho la guerra, y había dado bromas como la que dió al Obispo,
y hasta más pesadas, era harto difícil la canonización.
A pesar de la idolatría que profesaba D. Juan á su tío, no me atrevo á
afirmar que le imitase en punto á ser religioso y buen católico. D. Juan
era positivista. Sólo daba crédito á lo que observaba por medio de los
sentidos y á las verdades matemáticas. De todo lo demás nada sabía, nada
quería saber; hasta negaba la posibilidad de que nada se supiese. Era,
no obstante, muy aficionado á las especulaciones y sistemas metafísicos,
y le interesaban como la poesía. Los comparaba á novelas llenas de
ingenio, donde el espíritu, la materia, el yo, el no-yo, Dios, el mundo,
lo finito y lo infinito, son las personas que la fantasía audaz y
fecunda del filósofo baraja, revuelve y pone en acción á su antojo. D.
Juan, no obstante, distaba mucho de ser escandaloso ni impío. Aunque
para él no había ciencia de lo espiritual y sobrenatural, esto no se
oponía á que hubiese creencia. Por un esfuerzo de fe, entendía D. Juan
que podía el hombre ponerse en posesión de lo que el discurso no
alcanza, y elevarse á la esfera sublime donde por intuición milagrosa
descubre el alma misterios eternamente velados para el raciocinio.
Cuando yo estaba en Villabermeja solía dar largos paseos por las tardes
con D. Juan Fresco, viniendo luego á reposarnos los dos en un sitio
llamado la Cruz de los Arrieros, á la entrada del lugar. Esta cruz de
piedra tiene un pedestal, de piedra también, formado de gradas ó
escalones. Allí, al pie de la cruz, nos sentábamos ambos.
A veces nos acompañaba Serafinito, joven de veintiocho á treinta años,
soltero, huérfano de padre y madre, bastante rico para lo que es la
riqueza de los lugares, y muy dulce de carácter, aunque melancólico y
taciturno.
Desde la Cruz de los Arrieros, sostenía D. Juan Fresco que se disfrutaba
de la vista más hermosa del mundo. Yo me sonreía y le miraba con
atención para ver si se burlaba al afirmar aquello. En su rostro no se
notaba la más ligera señal de que hablase irónicamente ó de burla. Era,
sin duda, una alucinación patriótica.
Una tarde del mes de Septiembre, D. Juan, Serafinito y yo estábamos
sentados al pie de la Cruz de los Arrieros. El sol se había ocultado ya
detrás de los cerros que limitan la vista por la parte de Poniente, y
había dejado el cielo, por todo aquel lado, teñido de carmín y de oro.
Sobre los cerros que están á espaldas del lugar, y aun sobre el
campanario, mientras que yacía en sombras todo el valle, daban aún los
rayos oblicuos del sol, reflejando esplendorosamente en la pulida
superficie de las peñas que coronan la cima de dichos cerros. Pocas y
blancas nubes turbaban el limpio azul de la bóveda celeste, vagando á
merced de un viento manso y arreboladas y luminosas con los reflejos del
sol. La luna mostraba ya su rostro pálido muy alto sobre el horizonte, y
algunos luceros empezaban á columbrarse en la región más obscura del
éter y más apartada del disco solar.
Por el lado por donde la vista, en este bajo suelo, podía espaciarse
más, se espaciaba una legua. Los cerros terminan allí el horizonte. Paz
suave reinaba por donde quiera.
Los olivares y las viñas cubren la mayor parte del terreno cultivable.
Los peñascos áridos, que forman las cumbres, no tienen cultivo ni pueden
tenerle. Las diversas heredades y haciendas están separadas entre sí, y
de los caminos y veredas, por vallados de zarzamora y pitas. Tal vez, en
los terrenos más fértiles y húmedos, se muestran en estos vallados la
madreselva, el granado y las mosquetas. En los sitios más resguardados
del frío invernal crece también y fructifica la higuera chumba.
Las hazas del ruedo y demás tierras de pan llevar estaban ya segadas, y
sobre la negrura de la tierra amarilleaban el rastrojo, los cardos y
toda la yerba seca, que el polvo y los ardores de la canícula habían
hecho como yesca. En algunos puntos habían sido incendiados los
rastrojos, y la llama corría formando una línea tortuosa, dejando negro
el suelo en pos de sí y levantando densa humareda.
La viña, que es el plantío que allí más abunda, verdeaba aún cubierta de
pámpanos lozanos. Estaban ya vendimiando, y por varias sendas y caminos
venían al lugar carros y reatas de mulos con el último acarreo de uva de
aquel día, que había de quedar amontonado en los lagares para empezar á
pisar en la madrugada siguiente. Volvían asimismo á descansar de sus
trabajos los vendimiadores, y de vez en cuando se oía una canción
alegre, cantada en coro, ó se escuchaba allá á lo lejos una copla de
playeras con que distraía sus pesares un arriero que tornaba solo con su
recua de alguna expedición, ó un gañán que volvía de arar con los bueyes
ó las mulas uncidas aún al arado.
En las cañadas hay arroyos cuyas orillas están cubiertas de mimbrones,
álamos blancos y negros, adelfas, juncos, mastranzos y otras yerbas de
olor. Hay asimismo ocho ó nueve huertecillos, que no tiene el mayor una
fanega de tierra; pero esta tierra está bien aprovechada, y se alzan en
ella nogales gigantescos, higueras pomposas, que dan los más dulces
higos que se comen en el mundo, y otra multitud de frutales.
El arroyo más caudaloso de la cercanía está á un cuarto de legua de la
población, y las mozas que iban allí á lavar, volvían también, terminada
ya su faena, con el lío de ropa lavada puesto sobre la cabeza, y con la
alegría de la juventud en el alma y el donaire y el brío campesino en
todos los gallardos y libres movimientos del cuerpo, bien dibujadas sus
formas robustas y elegantes bajo los pliegues de las breves y ceñidas
enaguas de percal ó del más ceñido y corto refajo de amarilla bayeta
antequerana.
D. Juan Fresco contemplaba toda esta escena como en éxtasis, y se
ratificaba más y más en que Villabermeja y sus alrededores eran lo mejor
del mundo. Creció su entusiasmo, recordando los mejores años de su vida,
al ver cierta polvareda que se levantaba en el camino principal. Á poco
se empezaron á oir mil regocijados gruñidos en todos los tonos, desde el
más tiple al más bajo, y luego se distinguió una floreciente piara de
cochinos de todas edades y de ambos sexos, guiada por un hábil zagalón
de catorce á quince años. Cada vecino del lugar, cada bermejino, tenía
alguna dulce prenda en aquella piara, tenía el futuro regalo suyo y de
toda su familia entre aquellos sabrosos mamíferos, que habían de
convertirse en jamón, tocino, morcillas, longaniza, lomo en adobo,
manteca y otros artículos, custodiados en la despensa y preparados para
todo evento digno de celebrarse y para cualquier día en que acude un
huésped á la casa ó repican recio é importa echar el bodegón por la
ventana.
Bastaba el zagalón para ser capitán de aquella tropa, cuya disciplina
era admirable. Ningún cerdo se descarriaba jamás. No bien llegaban todos
á las primeras casas, tocaba el pito el zagalón, y la piara se
dispersaba en seguida, trotando y galopando cada uno de los que la
componía y cruzando calles y callejuelas hasta meterse en la casa de su
amo, saltar por el zaguán y la cocina baja, sin cuidarse de no echar á
rodar cualquier trasto que encontrase por medio, y parar sólo en el
corral, donde nunca faltaba su pocilga ó lagareta.
Pasado un poco el éxtasis de D. Juan, no pude menos de decirle:
--Confieso con franqueza que cada día me maravillo más del sincero
entusiasmo que tiene usted por Villabermeja. Se comprende que por ser el
pueblo de V. le guste más que ningún otro, que viva V. en él
contentísimo, que prefiera esta rustiquez á todos los esplendores y á
todas las elegancias de Madrid ó de París. Lo que no se comprende es la
ceguedad con que un hombre que no es como muchos bermejinos, que jamás
salieron de aquí, sino que ha visto las más bellas comarcas del globo,
se empeñe en sostener que este paisaje es superior en hermosura á todo
lo que ha visto.
--¿Qué quiere V., amigo mío?--contestó don Juan Fresco.--Yo no digo que
esto sea mejor que todo, sino que tal me lo parece. Mis viajes y mis
estudios, y el haber visto la bahía de Río-Janeiro y las costas
fertilísimas que la circundan, y sus lagos interiores, y las cien islas
de la bahía enorme llenas de perenne verdura, y sus sierras gigantescas,
y sus florestas seculares, y sus bosques fragantes de naranjos y
limoneros, y el haber vivido en las orillas feraces del Ganges y del
Brahmaputra, con sus pagodas, palacios y jardines, y el haber visitado
las márgenes del golfo de Nápoles, tan risueño y lleno de recuerdos
clásicos, no destruyen en mí la arraigada condición del bermejino, quien
jamás cree ni confiesa que haya nada más bello, ni más fértil, ni más
rico que su lugar y los alrededores de su lugar. ¿Qué me importa á mí
que el horizonte sea aquí mezquino? Mejor: más allá de ese horizonte
pongo con la imaginación lo que se me antoja. Si quiero ver en realidad,
no ya lo grande, sino lo infinito, ¿no me basta con alzar los ojos al
cielo? ¿Desde qué punto penetra más la vista en las profundidades de sus
abismos, que desde aquí, donde el aire es diáfano y puro, y rara vez
las nubes se interponen entre mis ojos y las más remotas estrellas?
Además, aunque sea pequeña la extensión de tierra que abarco con los
ojos, ¿no la agranda el conocerla toda punto por punto y el poblarla de
memorias y de casos, mil veces más interesantes para mí que los de Rama,
Crishna y Buda en la India, y los de Eneas, Ulises y las Sirenas en
Nápoles? ¿Qué encanto no tiene el poder exclamar, como exclamo: Cuantos
olivos se divisan por toda aquella ladera los he plantado yo mismo; todo
aquel viñedo es también creación mía; aquella casería colorada es la de
mi amigo Serafinito y sé cuántas tinajas de vino da cada año; más allá
blanquean las tierras de la capellanía de V., que son algo calizas;
aquel huerto le tuvo arrendado mi madre, y allí pasé algunos de los
mejores años de mi niñez? ¿Ve V. aquel cañaveral que está en medio del
huerto, á orillas del arroyo?--Y D. Juan Fresco señalaba con el dedo.
--Sí le veo,--contestaba yo.
--Pues allí tuve yo la primera revelación de la belleza artística, la
inspiración primera, mi mayor triunfo y la satisfacción del amor propio
más pura, más completa y más sin pecado que he tenido en la vida.
--¿Cómo fué eso?--preguntó Serafinito.
--El cañaveral--respondió D. Juan,--está ahora como á principios del
siglo presente, cuando tenía yo diez años ó menos. Yo era entonces tan
ignorante, que más no podía ser: no sabía leer ni escribir, ni tenía
idea cierta de nada. Me figuraba el cielo como una media naranja de
cristal, donde estaban clavadas las estrellas á manera de clavos, y por
donde resbalaban la luna, el sol y algunos luceros, movidos por ángeles
ú otras inteligencias misteriosas. En el seno de la tierra suponía yo un
espacio infinito; unas cavernas sin término, un abismo sin límites,
lleno de diablos y condenados; y más allá de la bóveda celeste, otro
infinito de luz y de gloria, poblado de santos, vírgenes y ángeles, y
donde había perpetua música, con la que se deleitaban el Padre Eterno y
toda su corte. Según la creencia general de los de mi pueblo, estaba yo
persuadido de que precisamente encima de Villabermeja, que es donde más
se eleva la bóveda azul, estaba el trono de la Santísima Trinidad. La
música celestial era allí mejor que en ningún otro confín de los cielos;
y yo me recogía en el silencio de las siestas, y me retiraba al
cañaveral, y cerraba los ojos, y reconcentraba todos mis sentidos y
potencias á ver si lograba oir algo de aquella música, que no imaginaba
muy distante. Á tal extremo llegó mi entusiasmo, que pensé oirla algunas
veces. Yo era aficionadísimo á la música, y si mi manía de ver mundo y
mi vida agitada de marino y de comerciante lo hubieran consentido,
quizás hubiera sido un excelente artista. Lo cierto es que un día corté
una caña del cañaveral; hice varios canutos, y á fuerza de pruebas y
tentativas, ya horadando con mi navajilla los canutos de un modo, ya de
otro, acerté á dar su justo valor á cada nota, y logré formar una
acordada y sonora flauta, con la que tocaba cuantas canciones había
oído, y muchas sonatas que se me figuraba que no había oído jamás en el
mundo, porque las inventaba yo mismo ó eran como reminiscencias vagas de
la música del cielo que había logrado oir en mis arrobos. Mi invención
de la flauta y mi habilidad para tocarla fueron muy celebradas en todo
el lugar, y me valieron un millón de besos de mi pobre madre. Consideren
ustedes ahora si, teniendo éstos y otros recuerdos aquí, no me han de
parecer Villabermeja y sus alrededores más hermosos que todas las zonas
habitables del globo terráqueo.
Nada tenía que replicar á esto Serafinito, más convencido que el propio
D. Juan de todas las excelencias de Villabermeja. Sólo yo replicaba;
pero D. Juan Fresco me sellaba los labios con nuevos argumentos, en los
que aparecía un carácter poético que jamás había yo sospechado en aquel
hombre.
En vista de esto, dí otro giro á la conversación diciendo á D. Juan:
--No quiero disputar más con V., y doy por valederas y firmes las
razones que alega, á pesar de ser tan sofísticas. De lo que me permitirá
V. que hable es de la extrañeza que me causa ver á usted lleno de un
sentimentalismo tan subido de punto y de tantas ilusiones poéticas,
impropias de un positivista.
--Paso por lo del sentimentalismo--replicó don Juan.--Jamás he presumido
de tener el alma de alcornoque, si bien no me jacto tampoco de tierno de
corazón. En lo que no convengo es en lo de las ilusiones. En mi vida
tuve ilusiones, ni quise tenerlas, ni me he lamentado de esta falta, ni
he llorado el haberlas perdido. Nada me repugna tanto como las
ilusiones.
--¿Cómo que no tiene V. ilusiones? ¿Pues acaso no se apoya un poco en
ilusiones su amor de V. á este lugar?
--No se apoya este amor en ilusiones, sino en realidades. Discutir sobre
esto sería, con todo, volver al tema de la primera disputa, y no quiero
volver. Quiero, sí, demostrar á V. que no tengo ilusiones y que me
importa no tenerlas: que no hay mal mayor que tener ilusiones.
--Pues qué--dijo entonces Serafinito,--¿será un absurdo lo que dice el
poeta:
Las ilusiones perdidas
Son las hojas desprendidas
Del árbol del corazón?
--El dicho del poeta no es absurdo--contestó D. Juan Fresco,--si se
entiende de cierta manera; pero convengamos en que todo el género humano
nos está aburriendo en el día con tanto lamentar la pérdida de sus
ilusiones, las cuales bien pueden ser hojas del árbol del corazón, mas
no son ni el fruto sazonado ni las flores fragantes y salutíferas.
--¿Qué entiende V. por ilusiones?--dije yo.
--Un concepto sugerido por la imaginación, sin realidad alguna--contestó
D. Juan.--Ilusión equivale á error ó mentira. Perder las ilusiones es lo
mismo que salir del error y alcanzar la verdad. Y la adquisición de la
verdad, que es el mayor bien que apetece el entendimiento, no debe
deplorarse.
--Me parece que V. se contradice. ¿No nos decía V., poco há, como
sintiendo haber perdido aquella ignorancia, que su ignorancia de niño le
hacía ver entonces el cielo y la tierra de cierto modo poético? Claro
está que, con el saber de V. en el día, no verá ni la tierra ni el cielo
del mismo modo.
--Sin duda que del mismo modo no los veo. Pero ¿de dónde infiere V. que
los veo ahora de un modo menos poético que entonces? ¿En qué se opone á
la poesía, no ya mi poco de ciencia, sino toda la ciencia que atesoran y
resumen cuantas academias y universidades hay en el mundo? Para saber
yo que una ilusión es ilusión, y perderla ó desecharla, importa que la
ciencia me demuestre su vanidad y su falsedad, y aún no me ha demostrado
la ciencia la vanidad ni la falsedad de ninguna ilusión cuya pérdida
merezca ser llorada. Otro poeta ha dicho: _El árbol de la ciencia no es
el árbol de la vida_; pero yo sostengo lo contrario: el árbol de la vida
es el árbol de la verdadera ciencia.
--No comprendo bien sus pensamientos de usted.
--Veamos si los comprende V. ahora. Dígame V.: el concepto de lo
conocido por la experiencia en el día, ¿no es mayor, más bello y más
sublime que el concepto de lo conocido y sabido por experiencia en
cualquier época de la historia, anterior á ésta en que vivimos?
--Eso no se puede negar procediendo de buena fe. V. habla sólo de lo
conocido por experiencia. Lo malo está en que, al conocer por
experiencia, se pierde la facultad de imaginar y de creer, y de esto nos
lamentamos.
--Veo, pues, que V. conviene, como no puede menos de convenir, en que lo
conocido ahora por experiencia vale más que lo antes conocido. Debemos
presumir, por lo tanto, que mientras más se conozca, más bello, más
sublime, más noble será el concepto de las cosas todas, en cuanto
conocidas.
--¿Pero lo imaginado en ellas no desaparece?--repliqué yo.
--¿Por dónde ni cómo ha de desaparecer? Aunque yo vea ahora el cielo
como un espacio inmenso y los astros separados unos de otros por
distancias enormes, más allá de donde llegan los ojos y el telescopio,
¿no me queda campo en qué imaginar lo que guste y creer en lo que
quiera?
--Al menos me concederá V. que tendrá que poner muy lejos, muy lejos,
cuanto imagina ó cree.
--Pues se equivoca V. también en eso, porque no se lo concedo. ¿Qué es
lo que yo veo y noto, qué es lo que yo averiguo por experiencia, sino
algo de extrínseco y somero? De accidentes sé algo; pero la misteriosa
esencia de los seres, ¿quién la ve y quién la conoce? ¿Son tan torpes y
necias las ondinas y las sílfides, que se dejen aprisionar por el
químico para que, al descomponer el agua y el aire, haga su análisis en
retortas y alambiques? ¿Qué microscopio, por perfecto que sea, podrá
descubrir el espíritu de vida que fecunda los estambres de las flores y
pone en ellos el polen amoroso? El duende, el genio, el demonio que me
inspira, que directamente se entiende conmigo, que toca sin intermedio
en mi alma y se comunica con ella, ¿á qué ley de física ó de matemáticas
obedece? ¿Dónde está la demostración que me pruebe su no existencia?
¿Quién midió jamás y señaló los linderos de la percepción humana, hasta
el punto de afirmar: nadie ve ó advierte más allá? No sólo con el
sentido interior, sino con los exteriores, ¿ha demostrado alguien que no
haya personas que vean y sientan y se comuniquen y traten con otras
inteligencias ocultas? ¿Pues qué, no es inexplicable en el fondo el que
V. y yo nos entendamos hablando, revistamos nuestro pensamiento de una
forma sensible y nos le transmitamos, no en realidad, sino en un signo
material y convencional que le representa, y que se llama palabra, y que
es un mero son que agita el aire, y por medio de sus vibraciones llega á
nuestros oídos? ¿Quién sabe cómo se entenderán y con quién se entenderán
otras personas? Se habla de continuo de lo sobrenatural y de lo natural,
como si se conociera perfectamente la distinción, ó se marcara el
término ó la raya, que separa lo uno de lo otro, como si hubiésemos
explorado en lo extenso y en lo intenso á la naturaleza. No, amigo mío:
la frontera entre lo natural y lo sobrenatural ó no existe ó está
borrada. Donde ponemos mugas y señales y hacemos apeo y demarcación es
sólo entre lo sabido y lo ignorado, lo cual es muy diferente. Nada más
infundado, por lo tanto, que llamar edades de la fe á las antiguas
edades y edad de la razón á la nuestra, contraponiendo la razón á la fe,
como si el imperio de la fe, que es infinito, se menoscabase en lo más
mínimo con las conquistas y anexiones que la razón va haciendo en su
pequeño imperio. Ciertas ilusiones, que no lo son, no se pierden, pues,
con la ciencia. Al contrario, la grande y efectiva ilusión está en creer
que la ciencia mata lo que vemos con la fantasía ó con la fe,
calificándolo de ilusiones. Esta es una ilusión de la vanidad
científica. Tal vez sea la más perjudicial de todas las ilusiones,
aunque no es la más bellaca.
--¿Cómo es eso?--dijo Serafinito.--¿Con que tener ilusiones es una
bellaquería?
--Casi siempre--replicó D. Juan.
--V. habla así--dije yo,--porque llama ilusiones á las malas, y no á las
buenas.
--Ya he dicho que no me ha probado nadie todavía, que esas que llama V.
ilusiones buenas, nacidas de la fe, de un alto sentimiento religioso ó
de una bien ordenada y discreta fantasía poética, sean tales ilusiones
en lo esencial. Quedan, pues, ilusiones malas, ó dígase verdaderas
ilusiones. Contra éstas combato, y afirmo que no las he tenido nunca, y
que si las hubiese tenido alguna vez, no me quejaría de perderlas.
--Ponga V.--dijo Serafinito,--algunos ejemplos de esas ilusiones.