Hay otro procedimiento, que algunos consideran más hábil y malicioso, y

yo tengo por más inhábil e inocente, para presentar y definir los

caracteres escénicos (que es el habitual en el señor Benavente), y

consiste en que unos personajes vayan diciendo al público lo que son

otros personajes que todavía no han salido, y así, cuando les llega la

ocasión de salir, el público ya sabe a qué atenerse. Por lo tanto, los

primeros personajes, los encargados de anunciar y definir a los otros,

son personajes episódicos, y en rigor huelgan.

El procedimiento es lo de menos. Lo esencial es que los caracteres

actúen, pues sin acción no hay caracteres. Como de costumbre, en la

última obra del señor Benavente no hay acción. Lo poquito que ocurre se

supone haber ocurrido antes de empezar la obra, o bien ocurre entre

bastidores. Basta con señalar el hecho de que el protagonista, esto es,

el personaje que da pretexto al título de la obra, apenas si dice en

toda ella cien palabras.

Durante la última temporada, el señor Benavente se ha propuesto

azacanear de lo lindo al público. Primero, le obligó a saltar más de un

siglo atrás, y otro continente, con _Por ser con todos leal, ser para

todos traidor_. Luego, sin ton ni son, por mero antojo, le empujó otro

siglo hacia atrás, hasta venir a caer de rebote en el viejo mundo, con

_La vestal de Occidente_. Ahora, sin ninguna excusa ni explicación, le

conduce hasta las regiones hiperbóreas con _La honra de los hombres_,

que pasa nada menos que en Islandia.

¿Qué necesidad tenía el señor Benavente de zarandearnos de siglo a

siglo y de uno a otro extremo de la tierra? ¿Acaso el señor Benavente,

animado de prurito pedagógico, aspira a formar y robustecer nuestra

personalidad sometiéndola al influjo de varios y contrapuestos

ambientes? Nada de eso. La cuestión de ambiente la despacha nuestro

dramaturgo con más holgura aún que la presentación de caracteres; no ya

en cuatro rasgos, sino con un solo rasgo. En _Por ser con todos leal,

etc._, la sensación de ambiente americano se reduce a que en la primera

escena se habla del chocolate, que, como se sabe, es producto indígena e

invención ultramarina. En _La honra de los hombres_ la sensación de

ambiente nórdico se sugiere hablando a cada triquitraque de la invernada

entre los hielos. Hemos echado de menos la mención del escorbuto y del

aceite de hígado de bacalao. La verdad es que cualquier lector de Julio

Verne hubiera podido añadir algunos pormenores típicos sin detrimento de

la tan decantada sobriedad de la obra.

Nos estamos preguntando todavía por qué el señor Benavente ha situado su

obra en Islandia, y no en Belchite o en Carabanchel, y no hemos acertado

con la respuesta. ¿Acaso los lances y peripecias del minúsculo drama son

de tan peregrina naturaleza que no pudieron ocurrir sino en un país

estrambótico? En tal caso, el señor Benavente debió localizar su obra en

Tartaria, que es donde pasan las cosas increíbles, de donde viene lo de

«cuentos tártaros».

Pero _La honra de los hombres_ no es ningún cuento tártaro. He aquí el

argumento:

Dos hermanas, una casada y soltera la otra, pero con novio y a punto de

contraer nupcias, viven en un pueblecillo. El marido de la una y el

novio de la otra se hallan hace tiempo ausentes. Durante la ausencia, la

casada ha tenido un hijo, y no de su marido. ¿Cómo? ¿Con quién? Sin duda

el autor juzga como chinchorrerías de ninguna entidad las circunstancias

del adulterio. La cuestión es que ha nacido una criatura, que el marido,

por el cómputo de su ausencia, tiene que saber que no la ha engendrado,

y que se teme, con cierto fundamento, que armará la de Dios es Cristo.

Pero aquí de los recursos del ingenio: la hermana soltera dirá que el

hijo es suyo, confesará a su novio el intríngulis, quedará el secreto

entre ellos, el marido en la higuera, y colorín colorao. Se nos presenta

cierta dificultad. ¿Cómo es verosímil, en un pueblo de pocos vecinos,

ocultar un embarazo y un parto, y, lo que es aún más extraordinario,

hacerse pasar por embarazada la que no lo está, y por enjuta la que

está grávida y rotunda, sin que nadie entre en sospecha? Quizá las

mujeres de Islandia poseen el privilegio de una preñez rasa y recóndita.

Sea de ello lo que quiera, la cuestión es que al levantarse el telón el

marido y el novio están para volver, como a poco se verifica. El novio

se entera (entre bastidores), el marido no se entera, y concluye el

primer acto. ¿Qué ha dicho el novio al enterarse del delicado obsequio

que le ha hecho su novia, asumiendo una maternidad vergonzosa? Lo

ignoramos. Al salir a escena, lo único que hace es abrazar a su novia

sin decir palabra. Por su parte, el marido, como no se entera, nada

tiene que decir sino que su cuñada es una tal o una cual.

En el intersticio del primero al segundo acto, el marido ha comenzado a

escamarse. ¿Cómo? ¿Por qué? Lo ignoramos. ¡Bendita sobriedad! Ello es

que el actor encargado del papel de marido, cuando sale en el segundo

acto, viene de tan mal talante, sin duda obedeciendo alguna acotación de

la obra, que el público piensa inmediatamente: «Ese trae ya la mosca en

la oreja.» Y por si el público no ha caído en ello, se encarga de

repetírselo, con enojosa insistencia, un personaje espectral que no

viene a cuento, pero que está, casi de continuo, de pasmarote en

escena. El marido, suspicaz, se sienta a beber un brebaje alcohólico en

compañía de las dos mujeres, su presunto concuñado y tres personajes más

que nada pintan, y, sin pizca de consideración para con su cuñada,

comienza a burlarse groseramente de la mansedumbre del novio, hasta que

éste se carga y le dice: «El manso eres tú.» El marido eyacula un

alarido triunfal, se lleva las manos a la cabeza y exclama: «Esa ya me

la tenía yo tragada; pero quería hacerte hablar.» Y se larga después de

haber repudiado a su mujer. Quedan entonces a solas el novio y la novia.

Y ahora llega lo bueno. La novia, encarándose con su galán, habla así:

«Hemos concluído. Si la gente, comenzando por mi cuñado, me tenían a mí

por mujer liviana e impura, y a ti por amante cachazudo y burlado, eso

debía importarte una higa. Yo salí perdiendo más que tú, y, sin embargo,

callé. Tú, en cambio, descubres todo el pastel. Así, pues, hemos

concluído.» Si las cosas quedasen aquí, aun sería tolerable. Pero la

pescadora de Islandia (creemos que es una pescadora, si bien no

respondemos de ello) se siente al pronto bachillera, y de lo que le

acaba de suceder deduce una ley general y absoluta, cuya proposición es

como sigue: «Sólo las mujeres son honradas. Los hombres no tienen

honra. Lo que se llama la honra de los hombres no es sino la vanidad.»

Cae el telón, y el público masculino queda turulato y boquiabierto.

En dictamen casi unánime de la crítica, la última obra del señor

Benavente guarda semejanza con otras muchas, hasta con una novela

folletinesca de Luis del Val, según indica don José María Carretero,

cuyo juicio crítico acerca de _La honra de los hombres_, aparecido en

_El Fígaro_, es notable por su exactitud y agudeza. Dejando de lado

otros antecedentes de poco fuste, se ha señalado el parecido de _La

honra de los hombres_ con otras dos comedias célebres: _A woman of no

importance_ (Una mujer cualquiera), de Wilde, y _Et Dukkehjem_ (Casa de

muñecas), de Ibsen. Por lo que atañe a la similitud entre la obra de

Wilde y la de Benavente, se parecen como un huevo a una castaña; no

existe entre ellas asomo de parecido. Respecto a _Casa de muñecas_, ya

es harina de otro costal. La obra de Benavente es, a trozos, una

imitación de Ibsen; pero una imitación desdichadísima y desprovista de

todo discernimiento. Por lo pronto, el personaje espectral, a que hemos

aludido más arriba, es un calco de otro personaje de Ibsen. En la obra

española se llama Cristián; en la noruega, el doctor Rank. Cristián está

enfermo sin esperanza de curación, ama platónicamente a la muchacha que

se hace pasar por madre, adivina y comprende su sacrificio, y guarda el

secreto. (¿Por qué no lo ha de guardar si no va a ser su marido ni nadie

le moteja de manso?) El doctor Rank está reblandecido y se va a morir en

seguida, ama platónicamente a Nora y la comprende mejor que su marido.

Sólo que Cristián es un personaje inútil, decorativo y episódico, que

interviene únicamente a fin de rellenar escenas, mientras las cosas

interesantes se supone que acaecen entre bastidores; si se le

suprimiese, no por eso cambiaría en un ápice la comedia ni su pretendido

significado moral. En tanto, el doctor Rank es, en la comedia de Ibsen,

el personaje más significativo; y no se exige ser muy lince para

desentrañar lo que significa. El doctor Rank está pagando culpas ajenas;

es un enfermo a causa de los desórdenes de su padre. Ahora bien: como en

_Casa de muñecas_ se solventa un conflicto de personalidad entre Nora y

su marido Torvaldo, al cual pone fin Nora abandonando el hogar conyugal,

esposo e hijos, a fin de vivir su propia vida, claramente se advierte

que esta arrebatada resolución es errónea como lo demuestra el ejemplo

del doctor Rank, víctima de los errores paternos; por donde el

espectador, por su cuenta, y sin que el dramaturgo le formule con

pedantería una ley general y absoluta, infiere de los personajes

conocidos y de los hechos observados, que las personas casadas, si

atienden más al cultivo de la propia personalidad y a la satisfacción

del propio apetito que al cuidado y responsabilidad de la prole, acaso

hagan pagar sus propios excesos a los hijos. O sea, que en los

disturbios matrimoniales hay un factor que ha de tenerse muy presente:

la responsabilidad de la descendencia. Y por si no estuviera bastante

claro, Ibsen escribió Espectros a continuación de _Casa de muñecas_.

La última escena de _La honra de los hombres_ es imitación de la última

escena de _Casa de muñecas_. Pero ¡qué imitación, Dios santo! Pase que

un muchachuelo principiante incurra en tales torpezas y disparates...

Pero un escritor curtido, de la edad del señor Benavente... Nora,

enamorada ardientemente de su marido y por salvarle en cierta ocasión

apretada, contrae compromisos de dinero. Por fortuna, y después de

muchas congojas de Nora, todo se arregla bien. El marido desconoce el

sacrificio de Nora. Nora, por su parte, se cree una heroína, y, cuando

ya ha pasado el peligro, decide contárselo todo a su marido, en la

esperanza de que él se lo agradecerá infinitamente y la tratará en lo

sucesivo, no ya como una chiquilla, que tal era su manera, sino como una

mujer capaz de colaborar en los negocios parafernales. Por el contrario,

el marido la reprende con frialdad, lleno de miedo retrospectivo ante la

idea de que el compromiso no se hubiera resuelto favorablemente, con que

su buen nombre padecería y se truncaría su carrera por ligereza de su

mujer. Nora permanece como estupefacta. Se recoge en su conciencia. «¿He

podido vivir en la intimidad con este hombre tan extranjero a mí misma,

a mis sentimientos, tan indiferente y egoísta?» Y Nora abandona el

hogar. Tendrá o no tendrá razón Nora en huir, según el criterio moral

que se le aplique. Lo que no se puede negar es que su conducta es

humanamente lógica.

Vengamos ahora a _La honra de los hombres_. La fingida madre se ha

sacrificado; pero no por su novio, ni por prestarle un servicio. ¡Vaya

un flaco servicio! El novio carga pacientemente con el sambenito. ¿No

era esto bastante para que su novia se sintiese enternecida, reconocida

y doblemente enamorada? Luego, al pobre hombre le aguijan sin piedad, y

esto, unido a que había bebido un poco de más, le impele a soltar la sin

hueso. La cosa no es mayormente grave, sobre todo si se considera que,

al dejar el novio, limpia su honra y reivindica, asimismo, el honor de

su prometida. Pero ésta se había obstinado en sentar plaza de

deshonrada; y, al recobrar, a pesar suyo, la honra, se autoanaliza y

concluye con que existe un divorcio espiritual entre ella y su novio.

Sencillamente absurdo y estúpido.

Pero no es esto lo peor. Cabe una obra dramática, y aun una obra

dramática intensa y artística, en la cual así la acción como los

personajes sean absurdos y estúpidos. Si la obra del señor Benavente

terminase en el momento en que la imbécil novia rompe con el bobalicón

del novio (¡lástima de azotes!), no demostraría sino que el señor

Benavente no había acertado en esta obra singular. Pero con la añadidura

del colofón, moraleja o tesis final, lo que se demuestra es que, a estas

alturas, después de tantas obras como lleva escritas, el señor Benavente

no se ha percatado aún de lo que es y en qué consiste una tesis

dramática.

El señor Benavente se figura que una tesis dramática encierra una ley

general y absoluta, al modo de una ley científica. No vale salir con que

la ley sobre la honra de los hombres no ha querido el autor que fuese

regla universal, sino mera opinión de uno de los personajes. Entonces el

señor Benavente no hubiera titulado la comedia _La honra de los

hombres_. Una ley se obtiene por observación y acumulación de casos

innumerables, y ni aun así la mayor parte de las veces es ley cierta,

antes bien hipótesis explicativa y provisional. En una obra dramática no

tiene cabida más de un caso, convenientemente desarrollado en sus

aspectos elementales. Pues sobre un caso concreto, ¿cómo asentar una

regla universal? No hay ni puede haber aquí congruencia entre el dato o

premisa y la consecuencia. Equivaldría a aquello de: «dadas la manga y

eslora y altura del palo mayor de un buque, deducir la edad del

capitán». ¿Que un novio pazguato y quisquilloso descubre por vanidad un

secreto de su novia? Consecuencia, según el señor Benavente: la honra de

los hombres reside en la vanidad. Con la misma garantía de certidumbre

podríamos derivar otra porción de reglas universales de la última obra

del señor Benavente: los hijos que tienen las mujeres casadas no son de

sus maridos; los hijos que tienen las solteras no son de ellas, sino de

sus hermanas casadas, etcétera, etc.

La tesis de una obra dramática no coincide nunca con una regla

universal. Si el caso concreto que estudia el dramaturgo cae dentro de

una regla universal, claro es que ya no hay tesis. La tesis dramática

jamás podrá consistir en el caso general, sino en la excepción. Por lo

tanto, la tesis dramática jamás podrá demostrar la verdad de una ley

general, pues con un solo caso nada universal se demuestra; pero sí

podrá demostrar la falsedad o limitación de una ley con sólo mostrar un

caso singular que pugna lícitamente con aquella ley. La tesis en la

dramaturgia viene a ser como el departamento de «No fumadores» en los

trenes de nuestra Península: un asilo de las excepciones.

La tesis tiene que ser negativa y crítica.

Cuando toma aires afirmativos y dogmáticos

no es tesis, que es monserga y ganas de perder

el tiempo. Perder el tiempo; no otra cosa

nos hemos propuesto en este folletón,

por olvidar, por distraernos de

la cosa pública, bastante

más dramática que las

cosas del señor

Benavente.

[Nota: EL TEATRO DE BULEVAR]

[Nota: _(Teatro de la Zarzuela. Compañía francesa dirigida por M.

Brulé.)_]

OÍMOS DECIR: FULANO es hombre de sociedad. O bien:

Perencejo hace vida de sociedad. Examinamos a Fulano, con rápido mecer

de la mirada, y el signo más conspicuo de sociabilidad que en él echamos

de ver es un impermeable de apretado cinturón, bien que hoy gozamos un

día soleado, sin nubes. Inquirimos qué actos señaladamente sociales

suele ejecutar Perencejo, y nos responden que, a veces, almuerza en el

_Ritz_; que asiste también al _Palace_ y a _Maxim_; que entra de visita

en casas de gente _bien_; que sabe bailar el tango argentino, y que es

joselista. He aquí a lo que se reduce ser hombre de sociedad y hacer

vida de sociedad. ¿Es que los que no hacemos vida de sociedad somos

hombres primitivos, salvajes, presociables?

La disyuntiva es terrible: o se es hombre de sociedad, o no se es hombre

de sociedad. El que no lleva impermeable de cinturón ceñido, se supone

que anda ataviado con hirsuto casullín de piel de dromedario, al estilo

de los beduínos del desierto. El que no va a tomar té al _Palace_, se

supone que devora carne cruda en penumbrosas cavernas protohistóricas.

El que no baila el tango argentino, es que todavía no se ha determinado

en adoptar la postura erecta. Terrible disyuntiva. Aceptemos, pues, el

contrato social. Seamos hombres de sociedad, como quiera que el tránsito

del estado salvaje a esta especie de sociabilidad no es nada

dificultoso. Penetremos en una camisería, y aquí procurémonos cierto

pergenio sociable. Y, ahora, a cultivar el trato de los seres de

sociedad. Paremos atentas mientes, escudriñemos, deduzcamos algunos

principios fundamentales. ¿En qué se distingue este estado de sociedad

del supuesto estado de salvajismo que ha poco hemos abandonado?

Lo que distingue los varios grados y maneras de civilización es el

repertorio de ideas dominantes en cada uno de ellos. Se diferencian una

nación de otra nación y una época de otra época, por sus preocupaciones.

Tres preocupaciones permanentes dominan en el puro estado de salvajismo:

la libidinosidad, la voracidad, la combatividad. Al sumarnos a este

mundo nuevo de seres sociales, observamos: primero, que todos los que en

él viven padecen la obsesión del sexo, y todo lo que hacen tiene por

objeto satisfacerla o estimularla; segundo, que las comidas son

copiosas, y, para entre comidas se han inventado ciertos ingeniosos

arbitrios: el _lunch_, el té, el _whisky_, mediante los cuales puede uno

hacerse la ilusión de estar comiendo y bebiendo a todas horas; tercero,

que, cuándo por la hembra, cuándo a consecuencia de abusivas potaciones,

los hombres se van a las manos, o, como se dice en términos de sociedad,

sobreviene un lance entre caballeros. En resolución: libidinosidad,

voracidad, combatividad. ¿Es que hemos adoptado nuevamente el estado

salvaje? Sin duda. El hombre es, naturalmente, progresivo, y es,

naturalmente, regresivo. Va el hombre, como un remero, aguas arriba. Si

deja de remar, no se está quedo, sino que desanda lo andado. Si el

hombre se empereza; si rehuye el esfuerzo; si permite que la

inteligencia, que es la cualidad activa y progresiva, se le amodorre; si

se deja arrastrar a merced de la vida, retorna insensiblemente hacia

primitivos estados de salvajismo y de barbarie.

Esa llamada, por antonomasia, sociedad es una junta aleatoria de

individuos a quienes la abundancia de hacienda consiente que se

emperecen, supriman el esfuerzo fecundo, disipen el espíritu y vivan

para la carne. Es un salvajismo disfrazado con impermeable de cinturón

ceñido.

Pero eso que se llama sociedad no es toda la sociedad, ni siquiera lo

que pretende ser: sociedad elegante, buena sociedad. Es una sociedad

_sui géneris_, que la cómoda promiscuidad internacional de los tiempos

modernos ha engendrado, y cuyo centro de irradiación se hallaba en

algunos estrechos sectores de París: los bulevares. En toda sociedad

verdaderamente social hay algo de universal y algo de continuo. Pero en

esta llamada sociedad, por incongruente capricho de lenguaje, como se

llama rabón al perro que no tiene rabo, lo universal, que es lo

profundo, se ha sustituído por lo cosmopolita, que es lo pegadizo, y lo

continuo, que es propiamente la elegancia, por lo pasajero, que es la

moda.

Esta sociedad, de rostro plebeyo y contrahecho visaje aristocrático, que

comenzó por ser un rasgo típico de la vida parisién, acentuado en el

último tercio del pasado siglo; que antes de la guerra europea había

destacado pequeños emporios y grupos coloniales a todas las capitales

del mundo, menos a Madrid, y que, después de la guerra, ha desaparecido

de todas las capitales del mundo y ha comenzado a mostrarse en este

aldeón de la Mancha y corte de las Españas; esta sociedad, repito, se ha

aprovechado para fijar y propagar sus cánones de un medio singularmente

insinuante y deleitoso: el teatro.

La comedia de costumbres pasó a ser comedia de costumbres de sociedad,

nuevo género dramático en que lo de menos es la moral de la obra, o el

desarrollo de la intriga, o el movimiento de los afectos, o la

motivación de las acciones, y lo único que importa es que en escena se

tome el té, que se baile un _kake-wal_ o un _fox-trot_, que se juegue al

_tennis_, que suene un vals entre bastidores, que haya personajes

exóticos y que comediantas y comediantes luzcan los figurines de la moda

que ha de imperar en la temporada.

El drama pasó a ser drama de sociedad. Pero ¿es que en esta sociedad

puede haber dramas? Sin duda. El conflicto dramático es una situación

tensa que se produce por haber sido lastimadas las preocupaciones

fundamentales y permanentes de una persona. Ya sabemos cuáles son las

preocupaciones permanentes de las personas de sociedad: libidinosidad,

voracidad y combatividad. En la obsesión del amor carnal, sólo puede

existir una causa de conflicto: la infidelidad. Conflicto de la

voracidad: quedarse a media ración. Adviértase que la voracidad bien

entendida es una preocupación que se ramifica en infinitas necesidades:

los mantenimientos caros, los vinos caros, los cigarros caros, la buena

casa, la buena digestión, ejercicio no violento que abra el apetito, y,

a este efecto, nada como el automóvil; buen golpe de servidumbre; en

suma, necesidad de riqueza. Combatividad, prolífica en conflictos, como

perrillo flojo que dispara el arma cuando menos se piensa. De donde se

infiere que los tres temas del moderno drama de sociedad, son: el

adulterio, las altas especulaciones bursátiles y las cuestiones de honor

con ocasiones fútiles. Estos tres temas admiten abundantes combinaciones

y transformaciones. Pero como la casi totalidad de los humanos arrastran

su existencia aguijados por preocupaciones más perentorias, más

complejas, más elevadas y más trascendentales que la libidinosidad, la

voracidad y la combatividad, síguese que los temas dramáticos del

adulterio, el agio y la caballerosidad de _Club_ ofrecen escaso interés

y ninguna emoción. El choque entre dos hombres, a causa solamente del

amor carnal a una hembra, no es un drama; será, cuando más, un

espectáculo, como la lucha de dos bisontes en celo. Para el que vive de

su trabajo, no puede revestir aspecto trágico la situación de un

holgazán que, por haber desbaratado sus bienes de fortuna, se ve

constreñido a trabajar para vivir. Y en cuanto a las cuestiones de

honor, siempre se percibe en ellas lo bufo latente.

_Teatro de bulevar_ es la denominación que mejor le cuadra a este género

dramático, cuyo lugar adecuado, como ya se indica en el nombre, eran

ciertos parajes de la metrópoli francesa, adonde iban a posarse todos

los avechuchos cosmopolitas. El menor defecto del teatro de bulevar es

su cursilería; cursi en el mismo París; con que, trasplantado y

degenerado, no digamos. Pues una desabrida imitación de esta especie de

teatro es el que desde hace cosa de veinte años ha procurado algún autor

imponer en España como arquetipo supremo del arte dramático. Si yo,

cuando he escrito sobre asuntos de teatro, he colocado en categoría

aparte a Galdós, Arniches y los Quinteros, es porque son los únicos

autores de nota que en todo punto se han mantenido limpios de

contaminación con el teatro de bulevar.

El teatro de bulevar estaba bien en su sitio: en el bulevar. Llegaban

los papanatas elegantes de los cuatro puntos cardinales, entraban en uno

de aquellos teatros, y con sólo ver una pieza aprendían muchos extremos

importantísimos del protocolo social; en cuántos grados de ángulo se ha

de colocar el dedo meñique al coger la taza de té; el número de botones

del chaleco; hasta cuál de las vértebras lumbares debe ir abierto el

descote por detrás y el área trigonométrica que ha de ostentar por

delante. En los programas era esencialísimo indicar puntualmente los

modistos y sombrereras que proveían a cada una de las artistas.

El teatro de bulevar exige, para ser tolerable artísticamente: finura,

levidad y buen gusto, en la comedia; sobriedad y ponderación, en el

drama; cualidades éstas con que sin esfuerzo se produce el espíritu

francés, porque dimanan de su idiosincrasia.

Las máscaras, vol. 1/2 · 第 9 / 12 段