la falta de originalidad; no la aridez de imaginación, sí la aridez de
sentimiento, y de aquí precisamente su sentimentalismo contrahecho y
gárrulo. El señor Benavente (me refiero al señor Benavente autor), es
todo mente, intelecto, razón discursiva; es ingenioso, es agudo, es
certero en la sátira negativa, la sátira que se ensaña en los defectos
del prójimo, con fruición, sólo por gozarse en ellos, a diferencia de la
sátira moral, que, teniendo siempre presente una norma de perfección,
fustiga dolorosamente los defectos por corregirlos. El señor Benavente
ha querido fabricar con la cabeza un corazón; pero el corazón que ha
puesto en sus obras es frío y vano, por demasiado raciocinante, cuando
es sabido que el corazón ha sido puesto en el pecho con el fin
providencial de elevar hasta la inteligencia un vaho cálido y nebuloso
con que la luz en extremo viva de la razón se empañe, se mitigue y no
nos ciegue. Dicen que las obras del señor Benavente encierran su
filosofía. Bueno: llamémosla así. Esta filosofía, harto simplista, se
reduce, en opinión de los hermeneutas entusiastas del señor Benavente
(pues yo no tengo autoridad para tanto), al amor por todas las cosas;
filosofía, a primera vista, un tanto incongruente e incompatible con un
temperamento cuya aptitud más notoria y cultivada es la malignidad
satírica. Y es que el sentimiento que encierra el teatro del señor
Benavente no es tanto el verdadero amor, la difusión cordial, cuanto una
vaga apetencia de amor, el _volebat amare_, que dijo San Agustín:
_quería amar_. Y en tal sentido, sí que tiene algo de filosofía, por lo
menos en la intención, el amor intelectual que resplandece con luz
aterida en el teatro del señor Benavente. Al hombre, al más completo y
cabal, le falta siempre algo; es como la tierra en que vivimos, que
jamás el sol la alumbra en su totalidad y a un tiempo, sino que hay en
todo momento un hemisferio de claridad y otro de sombra. El hombre
piensa que lo más hermoso en la vida sería aquello que le falta, su
hemisferio de sombra, por donde, a veces, el ansia de conocimiento (que
esto es la vocación filosófica), le lleva a edificar con la inteligencia
el hemisferio ausente y oscuro, enalteciéndolo, como obra suya que es,
sobre el otro hemisferio, el más próximo y real, en donde reina la
claridad nativa. Nietzsche, hombre flojo y desalentado, predica la
filosofía de la fuerza y de la voluntad. En el punto inicial de todo
sistema personal de filosofía se observa el mismo fenómeno.
Descendamos desde la limpia esfera de la filosofía hasta el tártaro
fuliginoso en donde se aloja _Mefistófela_. En esta comedia de magia,
como en las demás comedias de don Jacinto Benavente, se patentiza la
«dudosa originalidad» que, con prolijo escrúpulo, acabamos de explicar.
¿Que antes de esta _Mefistófela_ han salido a ejecutar mil diabluras en
los proscenios otras señoras diablesas? ¿Qué importaba eso? Lo que
importa es que ésta no llega a vivir por entero, no existe sino a
medias, como un producto literario, mas no como creación dramática.
Cierto que el resto de las obras del mismo autor no existen--en mi muy
falible opinión--, como creaciones dramáticas, sino como productos
literarios, productos muy exquisitos y agradables algunos de ellos; pero
hay una diferencia en disfavor de _Mefistófela_, y es que el público la
repudió iracundamente. Tengo para mí que este ha sido el único escándalo
que ha movido el señor Benavente en el teatro; por lo menos, yo no
recuerdo que haya fracasado antes con tanto ruido como ahora. Aludo,
claro está, al fracaso escandaloso, porque éxitos escandalosos, por lo
desusados y vehementes, el señor Benavente es el autor vivo que mayor
número cuenta en el haber: _Los malhechores del bien, Los intereses
creados, La Malquerida, La ciudad alegre y confiada_.
El público se enfadó con _Mefistófela_. Pudo advertirse cierta
unanimidad en calificarla de estúpida. ¿Estúpida? Nos repele esta
palabra, de prosodia bronca, explosiva. Pongamos que la infeliz
_Mefistófela_, infeliz, a pesar de sus cinco divorcios, seis bodas e
infinitos adulterios, no es nada más que tediosa. Esto es razón para
aburrirse, pero no para encolerizarse.
¿Por qué, entonces, se encolerizó el público? Porque _Mefistófela_
quiere ser un poquitín obscena. ¡Bah! No era para tanto. Comprendo que
los asistentes a las pláticas religiosocientíficas del Padre Zacarías se
solivianten y llamen a engaño si, en un instante de obcecación, se le
ocurriese a este dignísimo religioso y hombre de ciencia aderezar sus
monsergas con un chascarrillo libidinoso: primero, porque no se esperaba
de él, y segundo, por el santo lugar en donde perora. ¿Pero sentirse
lastimado porque el señor Benavente verdeguea..., y en el Reina
Victoria? Declaro que no entiendo estos pudores del público, tan a
deshora. Rara será la obra del señor Benavente, de la cual no se pueda
extraer un florilegio de hojas de menta, tan provocativas y
afrodisíacas, si no más, como las ingeniosidades y picardías de
_Mefistófela_. La mentalidad del señor Benavente tiene tanto de mente
como de menta. La primera vez que hubimos de manejar nuestra inocente
pluma para escribir sobre la literatura del señor Benavente, comenzamos
por estampar esta observación, nada perspicaz, puesto que a cualquiera
se le alcanza: «No recordamos de ninguna agudeza del señor Benavente,
que no sea alusión al sexo o menosprecio de las personas.» El teatro del
señor Benavente adolece de continua obsesión del sexo; desde _La comida
de las fieras_, su primer éxito, comedia en que menudean expresiones
harto más picarescas que las de _Mefistófela_.
Al principio de esta temporada que ahora fina, en el teatro Odeón se
intentó remozar las obras olvidadas del señor Benavente, porque, al
parecer, en el momento de estrenarlas, el público no estaba preparado
todavía para justipreciar su mérito. Pero ocurrió que el público sigue
sin estar preparado, y lo que hace años no había gustado gran cosa,
sigue sin gustar. Una de estas obras inapreciadas fué _La gobernadora_.
Yo me dejé llevar de la curiosidad, y acudí a verla. Era patente que los
incautos espectadores se aburrían mortalmente; pero, por no sentar plaza
de ignorantes, sobrellevaban el tedio con resignación silenciosa. En
todo el tiempo que duró la representación, el público sólo dió señales
de aliento en cinco ocasiones, para celebrar con risas y guiños otros
tantos donaires, que no se me olvidaron. Eran éstos. Primer donaire: un
personaje habla de cierta muchacha que todo lo relaciona
cronológicamente con su desgracia, diciendo: «Esto ocurrió tanto tiempo
antes o tanto tiempo después de mi desgracia.» Otro personaje pregunta:
«¿Cuál fué su desgracia?» Replica el primer personaje: «¿Pero no se ha
enterado usted? Y qué fué chica...» Insiste el otro personaje: «Bien,
¿y en qué consistió la desgracia?» Repite el primer personaje: «¿No le
digo a usted que fué chica?» Segundo donaire: un personaje habla de que
las señoras de Moraleda han formado una liga, y pregunta al otro
personaje: «¿Qué va usted a hacer frente la liga de las señoras?» Tercer
donaire: un caballero dice a su hija, señalando a una especie de tenorio
talludo, que está con ellos: «Aquí, donde lo ves, tan rozagante y
presuntuoso, y puede ser tu padre.» La hija pregunta: «¿De veras?» Y el
tenorio, maliciosamente, responde: «Cuando su papá lo asegura...»
Cuarto donaire: la escena figura unos cuantos palcos de una plaza de
toros. Se supone que los actores presencian una corrida. Uno grita: «¡Es
un buey, es un buey!» Una muchacha pregunta a su mamá: «¿En qué se
conoce que es un buey?» Y la madre, subrayándolo mucho, para que no
quepa duda de la intención del chiste: «Niña, no preguntes tonterías.»
Quinto donaire: el secretario del Gobierno civil induce, por fin, al
adulterio a la gobernadora, y la está abrazando en el antepalco
presidencial. Una señorita exclama, en tono equívoco, de manera que no
se sabe si es por el secretario o por un torero que ejecuta proezas en
el ruedo: «¡Qué faena está haciendo ese hombre!...» Y aquí cae el telón.
Una particularidad de los donaires picarescos del señor Benavente; casi
nunca derivan lógicamente de la acción o circunstancias de la obra,
antes por el contrario, se adivina fácilmente que eran anteriores a la
obra y que luego se forzó el diálogo, a fin de interpolarlos.
Si las obras literarias deben ser cuidadosamente limpias, o bien es
permisible la alusión al sexo, es materia opinable. Pero, admitida por
el público la alusión jocosa al sexo, resultarán siempre menos
disgustantes para un espectador culto y equilibrado las alusiones
alegres, francas, naturales y sanas, como en los clásicos griegos y
latinos, en nuestros clásicos, en los escritores del renacimiento
italiano, en Shakespeare, que no las alusiones melancólicas, embozadas y
enfermizas, que sugieren morosa y pecaminosa deleitación.
¿En qué relación se halla _Mefistófela_ con las demás obras del señor
Benavente? A nuestro juicio, en una relación de paridad. El señor
Benavente ha practicado todos los géneros teatrales. Las obras del señor
Benavente suelen ser imitaciones. Cada obra, tomada de por sí, está,
respecto del modelo de su género, a la misma distancia que _Mefistófela_
está del suyo, que es la farsa. Todas ellas son más o menos hábiles,
ingeniosas, amenas, profundas, y aun añadiremos, si algún lector lo
apetece, que no cabe mayor habilidad, ingeniosidad, amenidad ni
profundidad; pero carecen de originalidad, en el sentido explicado
anteriormente, es decir, que al autor le ha sido negado el don de
vivificarlas.
Si ello es así, ¿por qué ha fracasado _Mefistófela_, en tanto la mayor
parte de las otras son recibidas con favor y aplauso? Veamos de
desentrañar este pequeño enigma.
La cualidad o sentimiento que engendra la farsa es la alegría, y la
alegría no se puede sustituir con los sucedáneos del ingenio ni del
talento. La alegría es el único sentimiento que no sufre disimulo ni
admite simulación. Se simula el amor, el odio, la pena, la iracundia,
etcétera, etc. La alegría, no. La alegría simulada es más triste que la
misma tristeza, así como la alegría veraz es irresistible en su poder
comunicativo. _Mefistófela_ no fué engendrada en la alegría; se frustró,
por lo tanto, su vivificación, y el público, claro está, no acertó a
alegrarse, aun cuando estuviera animado de los mejores deseos. El caso
con las otras obras es diferente. En ellas el señor Benavente se propone
despertar emociones tiernas y sugerir pensamientos sublimes. Como de
antemano gravita sobre el espectador la noción de que las obras del
señor Benavente han de ostentar indefectiblemente aquellas altas
virtudes, el público de buena fe se tienta la ropa antes de permitirse
manifestar dictamen adverso, no sea que así acredite lo empedernido de
sus entrañas y lo obtuso de su inteligencia, y al cabo opta por simular
ternura y admiración, o por autosugestionarse con ahinco, hasta
sentirlas. Pasa lo que en el cuento oriental de aquel farsante que decía
tejer un paño que era invisible para los hijos de mala madre, y aunque
no había tal paño, todos juraban estar viéndolo.
Por último, contribuyó no poco al fracaso
de _Mefistófela_ la deplorable
interpretación y la presentación
escénica, de
un mal gusto
agresivo.
[Nota: LA INMACULADA DE LOS DOLORES]
AL DÍA SIGUIENTE de estrenarse _Mefistófela_ en el
teatro Reina Victoria, se estrenó _La Inmaculada de los Dolores_ en el
teatro Lara. Y para que se diga que vivimos en un siglo de corrupción y
malas costumbres... _Mefistófela_, la criatura infernal y alegre de
cascos, fué rechazada con los pies; _La Inmaculada de los Dolores_, la
criatura virginal y doliente, fué recibida con los brazos abiertos.
Adviértase que el tálamo elegido para los desposorios de _La Inmaculada
de los Dolores_ con el público fué el teatro Lara. Esta particularidad,
al parecer insignificante, quizás contribuya a explicar la buena acogida
de _La Inmaculada de los Dolores_. El público de Lara es un público muy
distinguido, hasta en los actos de piedad y ejercicios de liturgia. Ya
el rotulejo de la nueva obra del distinguido autor señor Benavente no
podía por menos de prevenir favorablemente al público de Lara. _La
Inmaculada de los Dolores..._ es un título elegantemente religioso, muy
siglo XVIII, muy literariamente espiritual; recuerda aquellos primores
titulares de ciertos devocionarios jesuíticos, _Ancora de salvación,
Alfalfa espiritual para los borregos de Cristo_, etc., etc. Esto no
obstante, aunque reconocemos la exquisitez del rotulejo, se nos ofrece
un pequeño reparo. En la primera parte del rótulo, _La Inmaculada_,
aunque con enunciación mutilada, está la alusión íntegra a un misterio
dogmático de la Iglesia Católica. En el uso común se dice a secas _La
Inmaculada_, pero se sobreentiende que es la Concepción. Prescindamos de
la irreverencia que supone aplicar a una señorita cursi y
circunstancialmente estéril el mismo nombre, tan bello por antinómico,
de uno de los dogmas más poéticos y delicados: irreverencia que un
público elegantemente religioso no puede echar de ver. Siempre resultará
que el señor Benavente ha dicho lo contrario de lo que deseaba decir. Su
título, en rigor, dice: «la que ha concebido con dolor e inocentemente»:
Título, además de inexacto--pues en la obra se trata de una doncella--a
todas luces absurdo. El señor Benavente, en sus altos designios,
enmendándole la plana al Creador, ha anticipado de siete a nueve meses
la terrible maldición bíblica: «parirás con dolor». Si fuera lo general
lo que insinúa el señor Benavente, es decir, «concebirás con dolor», a
buen seguro que se acababa presto el género humano. Se nos viene a la
memoria la oración a la Madona que Anatolio France pone en labios de
una ingenua campesina italiana: «Señora, vos que gozasteis la gracia de
concebir sin pecar, concededme que yo pueda pecar sin concebir.»
En la gozosa acogida de _La Inmaculada de los Dolores_ por parte del
público, ha habido también algo del orgullo paternal para con el hijo
pródigo que vuelve a los lares. La oveja, que parecía haberse
descarriado el día anterior por arriscados vericuetos, volvía, dulce y
mansa, al redil.
Digamos ya de una vez que _La Inmaculada de los Dolores_ es una obrilla
perfectamente insignificante, y, lo que es peor aún, perfectamente ñoña.
Estos calificativos no sorprenderán al señor Benavente, ya que con harta
evidencia se manifiesta en la obra que su autor quiso que fuese
insignificante y ñoña. Yo lo razono así. El señor Benavente escribió
esta obra como ofrenda amistosa a la señorita Pérez de Vargas, para que
la estrenase en el día de su beneficio. La señorita Pérez de Vargas es
una de las actrices más lindas y simpáticas; condiciones primordiales y
casi únicas que hoy se exigen para ser actriz. Pero esto no basta para
encarnar caracteres femeninos verdaderamente dramáticos. Cierto que la
bellísima señorita Pérez de Vargas posee, por añadidura, temperamento
emotivo y fina sensibilidad, acaso con exceso, pues a causa de la mucha
emoción que pone en sus palabras escénicas, no es raro que se le lengüe
la traba, digo, que se le trabe la lengua. No se deduzca maliciosamente
de lo anterior que yo procuro menoscabar la jerarquía artística de esta
actriz. La señorita Pérez de Vargas es primera actriz de un primer
teatro con tan justo título como la mayoría de las primeras actrices. Si
las primeras actrices jóvenes adolecen en general de una exagerada
limitación de aptitudes, no es tanto culpa de ellas cuanto del género
dramático que impera en nuestros proscenios desde hace cosa de veinte
años. Ello es que el señor Benavente, puesto a escribir especialmente
una obra para una primera actriz, por fuerza tenía que procurar que la
protagonista de la obra apenas interviniese, y que, aun permaneciendo en
escena, no abriese el pico sino en momentos inexcusables. Con este pie
forzado claro está que es punto menos que imposible idear ni desarrollar
una estimable comedia.
¿Qué pasa en _La Inmaculada de los Dolores_? Poca cosa y de ninguna
entidad.
Una señorita provinciana, pobre, pero hermosa, va a casarse, sin amor y
por conveniencia, con el único vástago de un matrimonio linajudo,
individuo escrofuloso y miserable, así en lo físico como en lo
intelectual. De sopetón se muere el novio. Y hete aquí a la señorita
provinciana, pobre, pero hermosa, convertida en luctuosa viuda, aunque
doncella, porque los padres del novio, que adoraban en su hijo, no
admiten sino que la frustrada esposa llore ya de por vida al difunto,
como esposa consumada. La doncella viuda no ha sentido un pitoche la
muerte de su futuro; pero, como quiera que los padres de él, muy
acaudalados, la tratan como hija, de donde los padres de ella,
malparados de fortuna, reciben continuas mercedes, pues todos van muy a
gusto en el machito. Pasan así tres años. En el pueblo es noción
arraigada que la doncella viuda, _La Inmaculada de los Dolores_, vive
sacrificada en aras del bienestar económico de los suyos y del egoísmo
sentimental de los padres del novio fallecido. Esto no es cierto. A
medida que el tiempo se aleja, y con él el recuerdo material del novio,
enclenque, escrofuloso, de inteligencia cuitada, la doncella viuda va
sustituyendo, en su imaginación, la figura corporal del desaparecido por
otra figura más espiritual, amable y perfecta, con la cual llega a
encariñarse, como obra suya que es, y a cuyo culto y memoria, cual si
se tratase del novio de veras, consagra su virginidad, con cierto
orgullo de su parte y no flojo contentamiento por parte de sus padres y
de los del difunto. De esta refinada y cobarde hipocresía de conciencia,
de esta prestidigitación entre los verdaderos sentimientos y los afectos
provocados y fingidos, el señor Benavente pretende sacar una moraleja.
Estas son sus palabras textuales: «Y así, fué dichosa la Inmaculada de
los Dolores, porque ella supo hallar el secreto de la felicidad. Cuando
la vida nos amarra a sus miserias; cuando tenemos que vivir como no
quisiéramos; cuando tenemos que creer, hay que hacer nuestra fe de lo
que tenemos que creer, hay que hacer nuestra fe de lo que tenemos que
querer, hay que hacer nuestro amor.» Esto es: el secreto de la felicidad
consiste en deformar la propia mente hasta admitir lo absurdo y
caprichoso como razonable y fatal, y deformar el propio corazón hasta
simular sin esfuerzo amores y dolores que no se sienten. Preciosa
moraleja, a propósito para individuos inútiles y naciones agonizantes.
Digo más arriba que en esta obrilla no pasa nada, porque ni siquiera lo
que queda referido acontece en escena. El lector supondrá que en el
curso de la obra se nos aparece la señorita en cuestión; primero
soltera y en amores contrahechos con su ridículo galán; que luego se nos
muere el galán y ella se queda tan fresca; que presenciamos cómo los
padres de ella y los del novio la cohiben y obligan a afectar un duelo
exterior e insincero; que por último, se nos hace claro y palpable el
proceso psicológico mediante el cual la muchacha lleva la hipocresía
desde lo exterior hasta el fondo mismo de su alma, y cómo con esto se
satisface. No hay tal. Todo ello ha sucedido desde cuatro años antes de
comenzar la obra. Quizás, como sugiere un crítico de certero juicio, la
comedia debiera principiar allí donde concluye, pues en su final se
presume un brote de amor naciente, y esta vez espontáneo, entre _La
Inmaculada de los Dolores_ y un joven forastero. Pudiera entonces la
comedia haber sido la lucha entre el amor, con todos sus incentivos, y
un fantasma de amor; el triunfo de la vida sobre la mentira sentimental.
Se levanta el telón: un aposento de una casa de huéspedes. Sale un
burócrata de la provincia, huésped en la casa. Sale una sirvienta, con
un servicio de chocolate, y hace una disertación criadil acerca del
chocolate y de los fogones. Sale otro huésped, amigo del anterior. El
segundo huésped ha llegado la víspera. Se oyen campananas doblando a
muerto. «¿Qué es eso?», pregunta el huésped segundo. Y el huésped
primero responde que son los funerales por el tercer aniversario de la
muerte del hijo único de los marqueses de tal, y le espeta la historia
de _La Inmaculada de los Dolores_, de pe a pa. Y concluye el acto
primero. El acto segundo es en casa de los marqueses. Visita de pésame.
Comadreo entre señoras. «Que si las de Repulido deben una cuenta en El
Tulipán», etc, etc. Muy interesante, pero no pasa nada. Actos tercero y
cuarto: en casa de _La Inmaculada_. Pláticas de familia, de las que
nunca hice caso. No pasa nada. Acto quinto y último: en una librería,
perteneciente al tío de la señorita en cuestión. Están el tío y la
sobrina. Entran el huésped primero y el segundo. Este último había
hablado una vez con la señorita y viene a despedirse, no sin dejarle de
recuerdo un sobre con unas cuartillas, porque ahora sale con que es
novelista. Quedan a solas el tío y la sobrina. Primero ella, para sí, y
luego el tío, en voz alta, para el público, leen unas cuartillas que
son, ni más ni menos y de pe a pa la historia de _La Inmaculada de los
Dolores_, tal como la había contado el huésped primero en el acto
primero, _plus_, la moraleja; por si el público no se había enterado
todavía. Esta relación la lee el señor Thuillier, imprimiendo a toda su
persona, y en particular a las manos con que tiene asidos los papeles,
inquietante estremecimiento perlático, recurso demasiado hiperbólico de
que este actor suele servirse para indicar que está muy emocionado y que
los que le escuchan deben emocionarse también.
El señor Benavente califica su obra
de «novela escénica». ¿Novela
escénica? Un cuento para
_Blanco y Negro_.
Y gracias.
[Nota: LA HONRA DE LOS HOMBRES]
Las horas que señalan el curso de la vida española son
cada vez más amargas, más contumeliosas. Los pocos, muy pocos, españoles
responsables se sienten cada hora más avergonzados de su tierra y de su
pueblo. En vano giran la mirada en torno, persiguiendo por los
horizontes un resplandor heráldico, un rosicler de esperanza, o se
abisman desesperados en la propia amargura por ver de provocar ciegas
energías con que proseguir la jornada. No parece el remedio. A falta de
remedio, busquemos alivio momentáneo. El olvido alivia. Olvidemos.
Entretengámonos en lo fútil. Alegrémonos, riamos, siquiera sea de
dientes afuera. Hablemos del último drama del señor Benavente.
Titúlase _La honra de los hombres_, y consta de dos actos sobremanera
sumarios. Con motivo de la brevedad de la obra, los entusiastas del
señor Benavente se han desatado en inoportunos panegíricos a este tenor:
«¿No decían que el señor Benavente es siempre profuso, gárrulo y vacío?
Pues ahí está su última obra, que es la misma sobriedad.» A esto hay que
oponer un pequeño reparo. Profusión, garrulería y vaciedad no son
apreciables en relación con la longitud de las obras, sino en su
densidad. La voluminosa _Ilíada_ no es profusa, gárrula ni vacía, y es
en cambio profusa, gárrula y vacía una sola estrofa del señor Cavestany
(padre o hijo, lo mismo da) o del señor Villaespesa. Aparte de que no
pocas veces lo que se llama sobriedad no es sino esterilidad y aridez.
_Que nous veut-on avec cette sempiternelle sobriété?_, preguntaba
irónicamente Víctor Hugo a los pseudos clásicos. Tanto valdría alabar de
taciturno a un mudo, y de reposado a un paralítico. Con todo, sería
injusto negar toda alabanza a la sobriedad de _La honra de los hombres_.
A raíz del estreno, el empresario del teatro decía: «La obra es
aburridita; pero pasó.» Pasó gracias a la sobriedad, que contuvo el
aburrimiento dentro de razonables límites.
Además, han encomiado los entusiastas del señor Benavente la precisión
con que están presentados y definidos los caracteres en cuatro rasgos.
También aquí se nos ofrecen algunos reparos. Presentar en cuatro rasgos
un carácter teatral no encierra dificultad ninguna; antes al contrario,
es un procedimiento rudimentario, como se observa en las llamadas
revistas, las obras dramáticas más simples, como que sus elementos no
llegan a coordinarse en una acción, en las cuales sale un personaje y
dice, por ejemplo:
De la fábrica de Trubia
yo soy el cañón.
¡Pon!
¿Hay manera más expeditiva de presentar y definir un personaje?
También los más altos dramaturgos--los trágicos griegos y
Shakespeare--se han servido de este procedimiento sencillo; pero con su
cuenta y razón, no tanto por eludir una dificultad cuanto por
proponérsela y resolverla. Yago, apenas sale, declara abiertamente ante
el público: «Yo soy un sinvergüenza y un canalla. Odio de muerte a
Otelo.» De esta suerte, con economía de todo lo superfluo y episódico,
comienza desde luego la acción, que es lo que propiamente constituye la
obra dramática, y sólo mediante la acción se oponen a prueba y
patentizan los verdaderos caracteres.