Epítome de la sociedad, el «Circo Rigoberto» se rige por una autoridad

permanente y simple, síntesis de los tres poderes, el legislativo, el

ejecutivo y el judicial. Este compendio del Estado encarna en una

diligente matrona, madama Adelaida, hija del viejo tullido. La línea de

monsieur Rigoberto no termina en madama Adelaida; hay otra generación:

monsieur Adolfo, hijo de la anterior, el cual figura como director del

circo; pero esto es de boquilla y para el público, pues, ya metidos en

interioridades, averiguamos al punto que vive bajo la férula de su madre

y no hace sino lo que ella quiere. De estas minucias nos enteramos

merced a la amabilidad de unos cuantos personajes desconocidos, si bien

calculamos que pertenecen a la tropa circense, los cuales, echando de

ver que estamos presentes los espectadores, acuerdan contarse unos a

otros lo que desde hace mucho tiempo saben, pero que nosotros, los

espectadores, ignorábamos. Y así nos vamos poniendo en antecedentes.

Monsieur Adolfo, en los ratos que le dejan libres la domesticación y

adiestramiento de unos leones (que no salen a escena, y es lástima), se

consagra al amor. Algunos críticos y hermeneutas aseguran que este

monsieur Adolfo representa «el macho» y simboliza la virilidad

elemental, cuya función predestinada e ineluctable consiste en engendrar

hijos, como quiera y dondequiera que sea. En efecto, monsieur Adolfo ha

cumplido satisfactoriamente su destino funcional, y de aquí el conflicto

y el título de la comedia. _Los cachorros_ son los hijos que monsieur

Adolfo ha obtenido de varias madres y los que estas madres han obtenido

de otros padres. Pero el autor quiere que nuestra atención se concentre

en dos madres y en tres cachorros, muy señaladamente.

Monsieur Adolfo vive, desde hace tiempo, con una hembra llamada Zoe, que

antes de cohabitar con él tenía ya un hijo: Billy. El amalgamamiento de

monsieur Adolfo con Zoe viene desde que otra amante, Lea, le abandonó

años ha, dejándole de recuerdo un hijo: Henry. Billy y Henry se quieren

como hermanos.

Ocurre que Lea vuelve al cabo de los años de San Pablo del Brasil.

Vuelve con una hija ya talluda, del sustituto de monsieur Adolfo, y con

dinerillo, a lo que se dice. ¿A qué vuelve? ¿A reunirse nuevamente con

monsieur Adolfo? No. Se acuerda todavía de las zurras que monsieur

Adolfo acostumbraba propinarle (porque monsieur Adolfo emblematiza la

virilidad), y le aborrece. Viene, según ella misma declara, a asegurar

el porvenir de su hija, llamándose a la parte en la propiedad del circo,

puesto que había empleado en el negocio algún dinero: había comprado

los leones. Concediendo extraordinaria longevidad a los leones, es de

suponer que a estas fechas estarán valetudinarios e inútiles. No se

comprende del todo cómo, teniendo Lea dinero, como tiene, ha hecho un

viaje tan largo sólo para reclamar unos leones caducos. Por el hijo que

había dejado tras de sí tampoco viene, pues da la casualidad que ni una

sola vez le dirige la palabra. Ello es que se presenta en el circo, con

su hija, a formular sus derechos. Verse Billy, el hijo de Zoe, y

Clotilde, la hija de Lea, y enamorarse el uno del otro, es obra de un

instante. Zoe, por su parte, interpreta sombríamente la realidad: «Esta

ha vuelto--dice para sí--a juntarse de nuevo con monsieur Adolfo.

Monsieur Adolfo, lo mismo que su madre, madama Adelaida, son unos

sinvergüenzas que no buscan sino dinero. Lea tiene dinero. Luego aquí

sobro yo. Ahuecaré, pero no sin armar una pelotera.» Este razonamiento

de Zoe lo induce por hipótesis el espectador. Suponemos que Zoe ha

discurrido así entre bastidores, por cuanto irrumpe en escena, a

pretexto de despedirse, y arma la gran marimorena con Lea, llegando las

dos mujeres a punto de arrancarse el moño, si no lo impidiese el viril

monsieur Adolfo, que se pone de parte de Lea y da una puñada a Zoe, y

luego otra a Billy, que ha acudido en favor de su madre, y un empellón a

Henry, que se adelanta en socorro de Billy. Los sucesos se desarrollan

tan impensada y vertiginosamente, que nos hacen pensar en ciertos pasos

de las películas americanas. Echamos de menos en escena a Charlot.

De repente, César, el viejo león, se pone muy malito. Nos lo temíamos.

Achaques de la edad. Lea entra a auxiliarle en sus últimos instantes y a

recoger su postrer suspiro. Menos mal; el viaje desde San Pablo de

Brasil no ha sido en balde. Titereros y saltimbancos, de soliviantados y

díscolos que estaban con la pasada marimorena, se aquietan y entristecen

a causa de la muerte del león. Lea reaparece en escena; pide una

jofaina, agua, jabón y toalla, y en tanto se lava despaciosamente las

manos, hace consideraciones sobre la brevedad de la vida. «¡Válgame

Dios, lo que somos!», exclama, como el doctor Pandolfo ante la calavera

del asno. Los ánimos de Lea y Zoe están ahora bien templados para hacer

las paces. Los cachorros, los hijos del amor promiscuo, ejercen como

tiernos ministros de la concordia. Las dos hembras se estrechan la mano.

El hijo de una y la hija de la otra se unirán en matrimonio. La tropa

vagabunda celebra los desposorios con brincos, zapatetas, cabriolas y

regocijado estruendo de cornetas, tambores y platillos. Madama Adelaida

está radiante, por afecto a los suyos, que allí todos son suyos, y

también porque todo se queda en casa. El viejo Rigoberto lanza unos

gritos inarticulados.

Sobre tan reducido esquema, el señor Benavente ha construído tres actos,

nada breves. A lo largo de la obra hay dos ocasiones únicas de acción

dramática, como podrá verse por la narración antecedente: aquella en que

las hembras rivales contienden, y luego, cuando el instinto maternal se

sobrepone en ambas al encono de la rivalidad. Cada una de estas

situaciones patéticas pudiera tal vez colmar la duración de un acto,

desarrolladas por fases, con pormenor y prolijidad. Pero no es así. Ya

hemos indicado que la airada disputa de las dos hembras sobreviene de

pronto y transcurre vertiginosamente, en el estilo de los altercados de

pugilismo de las películas americanas. Esta escena ocupa no más que el

cabo del acto segundo. La escena de la reconciliación es igualmente

sucinta, y cae, como se supondrá, al final del acto tercero y de la

obra. Infiérese que el resto de la comedia está constituído por materia

episódica, o de relleno, según quiera denominarla cada cual.

¿Cómo es posible realizar una extensa obra en tres actos, sin acción

intrínseca ni otra cosa que incidentes y episodios? A esto responden

algunos: en fuerza de habilidad teatral. Con motivo de _Los cachorros_,

al señor Benavente se le elogia, sobre todo, por su habilidad. Lo que

hoy se entiende por habilidad teatral es de naturaleza semejante a la

llamada habilidad política. Consisten uno y otro sistema en eludir la

acción, soslayar los conflictos, ir dando largas, con expedientes

engañosos y evasivos, a los más apremiantes problemas. Este género de

habilidad es en el fondo una simulación del verdadero talento; a veces

exige, para mantenerse y obtener éxito, profusos derroches de talento,

pero talento sin rendimiento útil. Que para simular eficazmente talento,

se necesita gran talento, no es paradoja. El hombre que, no por gracia

de su temperamento moral, sino mediante la especulación intelectual,

llega a comprender que la mentira es, tarde o temprano, necia y nociva,

acredita sin duda más talento que cualquier mentiroso habitual. Sin

embargo, para sostener una mentira sin renuncios se necesita más

talento, más derroche estéril de talento, que para decir llanamente la

verdad.

En general, las obras del señor Benavente ostentan peregrino derroche de

talento estéril. La acción dramática está eludida, siempre que hay

oportunidad de eludirla, y cuando la acción es inaplazable, está

soslayada; todo muy hábilmente.

Desde Aristóteles, primer preceptista teatral en el orden del tiempo,

nadie ha dejado de reconocer que los episodios deben ser escasos,

imprescindibles y sobrios, so pena de anular la unidad de la obra

dramática y suprimir el interés de la acción. Pero esto es cuando hay

acción intrínseca. Lo que hoy llaman habilidad teatral estriba en

ignorar la acción, concediendo valor intrínseco al episodio. Un sargento

de artillería explicaba a los reclutas cómo se hace un cañón, de esta

guisa: «Se coge un agujero y se rodea de bronce.» La habilidad teatral

hace obras en la misma forma: cogiendo un vacío y tapándolo con

episodios. Lo dificultoso del procedimiento se le alcanza a cualquiera.

Una acción trabada concita sin esfuerzo el interés, o por lo menos la

curiosidad. Lo difícil es divertir e interesar con una sucesión de

episodios inconexos. Queda un último punto equívoco. ¿Interesan y

divierten las obras del señor Benavente? ¿No será quizás que el público,

prevenido por la mucha nombradía del autor y temeroso de pasar plaza de

ignorante, no se atreve a confesar que le fastidian un poco? En

ocasiones, claramente se conoce que le fastidian; por ejemplo, _Los

cachorros_.

La impresión de languidez que produce la reciente obra del señor

Benavente proviene de su estructura episódica. Todo el primer acto es

episódico. Unos cuantos personajes secundarios--ya lo hemos dicho más

arriba--describen a los personajes principales y narran sus andanzas y

líos. No juzgo ilícito artísticamente que el episodio se convierta en

acción intrínseca, según el fin dramático que la obra persiga. El

fatalismo añejo decía que el hombre es hijo de las circunstancias. El

moderno fatalismo científico sostiene que el hombre es producto del

medio. He aquí un caso en que la acción humana es lo secundario y lo

esencial es lo que aparentemente es secundario, esto es, el medio, el

fondo. Una obra que aspira a encerrar el sentido dramático de un medio,

una obra de ambiente, como se suele decir, necesariamente estará

entretejida de episodios. No es este el caso del primer acto de _Los

cachorros_. Hay un subsuelo común en las costumbres humanas de todos los

tiempos y de todos los países. Y sobre el subsuelo universal y duradero

de las costumbres hay una floración pintoresca al modo de índice

característico y típico de las costumbres, en cada tiempo, en cada país,

en cada medio, en cada ambiente. Con lo característico, típico y

episódico de las costumbres, se allega la materia dramática para las

obras de ambiente. Lejos de proceder así, el señor Benavente ha ido a

buscar en un ambiente de circo nómada lo universal y duradero de las

costumbres, a fin de mostrarnos una como sinopsis sumaria de la sociedad

humana, y de demostrarnos que los hombres, dondequiera que estén, son

iguales y se mueven a impulsos de unos pocos instintos primitivos. Yo no

digo que esto esté mal. Lo que ahora estoy diciendo es que el primer

acto de _Los cachorros_, enteramente episódico y narrativo, no está

excusado por la finalidad del ambiente. Ni nos pinta costumbres

peculiares de titereros ni otro linaje de costumbres. Los personajes se

limitan a ponernos en antecedentes de ciertos sucesos indistintos que

han pasado.

Todo el acto segundo, hasta su conclusión, es también episódico. A lo

último se arma una pelotera de traza cómica, aunque de propósito

dramática en el plan del autor. ¿Por qué este trastrueque del resultado?

Indica sagazmente Bergson que la primera condición de lo cómico es la

ausencia de simpatía por parte del espectador. En el punto en que el

espectador se interesa por el personaje risible, penetrándole el fuero

de su vida interior y compenetrándose con él, con sus emociones y

estímulos de acción, en el mismo punto cesa el efecto risible. Los actos

todos de una persona obedecen a una motivación recóndita o íntima

historia sentimental, no de otra suerte que los pasos y giros de un

bailarín se gobiernan por el dictado rítmico de la música. Si en una

sala de baile cerramos los oídos a la música, ¿habrá nada más extraño y

risible que aquel tropel de personas moviéndose de un modo insensato e

incongruente? Paseamos por la calle; oímos gritos burlescos y

carcajadas, que salen de un gran corro; nos acercarnos y vemos dos

mujeres, en medio del círculo, que andan a la greña. Una pelotera de

mujeres es tema de sainete, si se ve desde fuera. Mas si, por arte de

encantamiento, se nos revelase la historia sentimental de las dos

mujeres, hasta el punto de irse a las manos, el sainete se convertiría

en comedia, en drama, quizás en tragedia. El señor Benavente no ha

tenido a bien revelarnos la historia sentimental de Lea y Zoe, sino sólo

su historia externa, y eso por referencia oral de otros personajes, y

así el choque entre ellas no pasa de ser una pelotera cómica.

Casi todo el acto tercero, hasta la reconciliación, es otro episodio,

pero éste ya de ambiente: la muerte de un león, entre bastidores.

También este episodio induce a risa al espectador, y no porque el autor

lo haya querido. Si poco hacedero para el espectador es hundirse

plenamente en la individualidad de otra persona humana, de suerte que

comprenda y estime como necesarios todos sus actos, y nada cómico halle

en ellos, porque la simpatía le ha amodorrado la malignidad y cegado la

percepción del ridículo, divino ministerio que incumbe al autor

dramático, doblemente arduo será convivir al unísono con un animal, como

si de uno mismo se tratase, y más si es un animal de presa e ignorado.

La escena entre Lea y Zoe nos pareció una pelotera, porque, en vez de

contemplarla desde el interior de las almas, se nos obligó a verla desde

fuera, como curiosos. Al león ni siquiera llegamos a verlo. Por donde,

si bien nos explicamos que los habitantes del circo le dediquen unas

exequias de tres cuartos de hora, con lamentaciones y lloriqueos, esto

no estorba que al propio tiempo nos haga reír piadosamente. Sin embargo,

reconocemos que este episodio, además de ajustado al ambiente, es, ya

que no sobrio, necesario para el desenlace de la comedia. La muerte del

león mitiga, por la tristeza, las pasiones de entrambas rivales y las

predispone a la conciliación.

La ausencia de emoción de la última obra del señor Benavente parece, a

primera vista, contrastar con el exceso de emoción de otras obras

anteriores. Así lo manifiestan algunos censores de buena fe. El

contraste es aparente. Cierto que, a partir de _El collar de estrellas_,

el señor Benavente se complacía en requerir el llanto, y que el público

lloraba copiosamente. Con todo, aquellas obras carecían de genuína

emoción dramática. Así como hay obras que hacen reír sin tener gracia,

por ejemplo, _El hijo pródigo_, estrenado solemnemente en Eslava, hay

otras que hacen llorar sin tener emoción. Se le ha vituperado al señor

Benavente que en sus últimas obras abusaba de la retórica. Justamente,

la retórica pululaba en ellas como sucedáneo de la emoción. La retórica

fluye allí con la intención de provocar capciosamente la emoción por

vías intelectuales, con reiteración de sugestiones; industria de que se

sirven quienes echan de menos la emoción cordial, cuya virtud

penetrativa se transmite de corazón a corazón en derechura y con

desnudez límpida, como el rayo de luz. El propio señor Benavente ha

escrito esta sentencia: «cuando no se tiene corazón es necesario para

vivir hacerse uno con la cabeza.» En _Los cachorros_ el señor Benavente,

alardeando de su pericia y habilidad de dramaturgo, ha querido

desprenderse del recurso de la retórica oratoria. El público ha

permanecido frío e insensible frente a las pretendidas escenas

patéticas.

¿Tiene tesis esta obra del señor Benavente? Se le ha buscado diversas

interpretaciones. Luego no tiene propiamente tesis; porque la moraleja

dramática debe ser palmaria. Equivale en lo psicológico a una

experiencia personal tan intensa e indeleble como el recuerdo de una

experiencia física. La moraleja doctrinal del apólogo o parábola, y en

general de la literatura impersonalmente narrativa, es de eficacia débil

y pasajera, porque pocos escarmientan en cabeza ajena. La moralidad de

la tesis dramática es de experiencia íntima, por cuanto el espectador

vive el drama por cuenta propia, con todas sus potencias y sentidos,

como los mismos actores. Por eso cabe parangonarla con una experiencia

física, que no otra cosa es la _catarsis_ de la antigua tragedia. El que

una vez ha tocado el fuego sabe ya del fuego todo lo que hay que saber.

¿Qué importa que luego se interprete doctrinalmente el símbolo del fuego

de ésta o de aquella forma? Los gentiles colocaron el fuego en el

olimpo; en el hogar de los dioses. Los cristianos, en el infierno. El

hombre, con su experiencia personal sobre el fuego, resume todas las

interpretaciones simbólicas y sabe que el fuego es don de los dioses, si

lo mantenemos dominado, o agente infernal, si nos domina. Pues lo mismo

con las pasiones, instintos y flaquezas de la carne y del espíritu,

según la tragedia, el drama y la comedia nos las hacen experimentar

hondamente por medio de una realidad más concentrada e intensa que la

realidad cotidiana y apática.

Dada la falta de juicio y sobra de mala voluntad que hoy impera en

España, así en la vida social como en la república de las letras, es

para mí de protocolo apuntar la misma salvedad siempre que escribo sobre

el señor Benavente. A pesar de mis insistentes aclaraciones, se ha

convertido en un lugar común para algunos individuos de común estofa

mental y moral la especie de que reputo al señor Benavente como una

entidad miserable en las letras patrias, y lo achacan a no sé qué

animosidad que me impele contra su persona. Esto me origina melancolía;

sobre todo por la imbecilidad que descubre en quienes me adscriben tales

juicios y móviles. He analizado la dramática del señor Benavente, cuando

era inexcusable analizarla, con el mayor miramiento y la consideración

debida a la elevada jerarquía que ocupa y supremo renombre de que goza.

La he analizado siempre por cotejo con lo que yo aprecio como

arquetipos puros de la dramática; el drama de conciencia y el arte

dramático popular. Del cotejo deduzco sinceramente que el concepto

dramático del señor Benavente es falso. Su dramática, en mi dictamen

sincero aunque quizás equivocado, no procede inmediatamente de la vida

ni se enlaza directamente con la vida; es intelectual, literaria, teatro

de teatro. Pero en esta categoría de la dramática meramente literaria,

creo que el señor Benavente, por su talento, agudeza y cultura, se halla

a muchos codos de altitud sobre los autores congéneres (por ejemplo, el

señor Linares Rivas), y que sus obras no admiten parangón con las demás

de especie idéntica.

[Nota: MEFISTÓFELA]

EN ESTOS ÚLTIMOS días hemos asistido al intento de

restauración de una obra añeja y momia: _El dragón de fuego_, y al

desfloramiento o iniciación escénica de otras dos: _Mefistófela_ y _La

Inmaculada de los Dolores (Ora pro nobis)_; las tres cuajadas en el

fértil ingenio de don Jacinto Benavente.

De _El dragón de fuego_ y su laboriosa tanto como baldía exhumación

(pues llevaba tres lustros muerto, y bien muerto, y justamente

enterrado), no queremos hablar; porque, una de dos, o no merece la pena

hablar de ello, o, ya puestos a perder el tiempo, merece capítulo

aparte.

Dediquemos, por lo tanto, nuestros ocios a saborear las doncelleces con

que el señor Benavente nos ha brindado en estos últimos días:

_Mefistófela_ y _La Inmaculada_, etc.

Nuestro deseo es óptimo; pero la realidad no se corresponde con nuestro

deseo. La virginidad de _Mefistófela_ es la primera decepción, y, no

porque esta individua, según nos advierte al punto el autor, se haya

casado seis veces, tras de los correspondientes divorcios

intersticiales, la postrera con un señor demonio, exornado, como todos

los de su laña, con superfluidades frontales copiosas, sin duda como

medida profiláctica contra las sorpresas del matrimonio, para que se vea

si son precavidos los diablos y que a ellos ninguna se la pega; digo y

repito que la decepción que nos ha causado _Mefistófela_ no proviene de

haber llegado hasta nosotros después de seis lunas de miel e

innumerables cuartos de luna, no. La decepción es de un orden más

elevado, más literario. Hablamos como críticos de teatro (_malgré

nous_), y no como hombres o simples espectadores. La decepción ha sido

motivada por la dudosa originalidad de la obra. Explicaremos esto de la

originalidad dudosa. Aquí todo se explica..., y sentimos contrariar a

quienes aborrecen las explicaciones.

_Mefistófela_ guarda cierto parecido con una opereta francesa,

trasplantada después al teatro alemán. Otras lucubraciones dramáticas

del señor Benavente guardan también mucho parecido con diversas obras

forasteras. En virtud de los parecidos superficiales, parecidos de rasgo

externo, se ha acusado de plagiario al señor Benavente. Yo no concedo

ninguna importancia al plagio, ni menos al parecido superficial. El

parecido de asunto, ni aun de espíritu, no afecta en nada al mérito y

originalidad de la obra posterior en el tiempo. Porque la originalidad

no se engendra de fuera a dentro, sino de dentro a fuera; no radica en

la periferia paciente, sino en el núcleo activo. Un autor puede tratar

deliberadamente un asunto ajeno con el mismo espíritu de un autor

precedente, y ser perfectamente original. Caben también las

coincidencias. Un astrónomo francés, Leverrier, descubrió, por medio del

cálculo matemático, el planeta Neptuno, en junio de 1846. Nueve meses

antes, un astrónomo inglés, Adams, había descubierto el mismo planeta

por el mismo procedimiento. En nada estorba a la originalidad de

Leverrier la prelación de Adams, ni a la de éste la prelación de

Leverrier en hacer público el descubrimiento.

Busquemos otro ejemplo en la vida de todos los días. Dos hombres, uno

hoy, y otro después de algún tiempo, se enamoran ciegamente de una

mujer. ¿Es que, por haberse enamorado después, el segundo es un

plagiario del primero?

La originalidad, como el amor, se mide por la sinceridad e intensidad

del sentimiento. Sentimiento vivificante; esto es, que da vida, que da

origen a una nueva forma de vida. Eso sí: la originalidad es la

condición primordial de la obra de arte.

El parecido de una obra con otra anterior en nada daña a su

originalidad, pero acusa escasez de inventiva en el autor. La frecuencia

de parecidos que se observa en la obra total del señor Benavente

demuestra esterilidad de imaginación creadora. Aun sin estar al tanto de

los originales en que el señor Benavente se inspiró o con los cuales

coincidió por acaso, es bien cierto que las comedias de este autor no

producen impresión de abundancia, de exuberancia, de fantasía. Se

encarecerá la fecundidad literaria del señor Benavente, computando las

muchas comedias que lleva escritas; pero, tomada cada comedia de por sí,

el tema, asunto o maraña, es siempre minúsculo, precario, cuando no

nimio. En este extremo, presumo que todos están conformes. La aridez

inventiva del señor Benavente no estorba a que se le admire; antes

estimula la admiración. _Los intereses creados_ son apreciados como la

perla de la labor benaventina, y _Los intereses creados_ no son sino una

de tantas adaptaciones modernas de la secular _commedia_ italiana. Y, en

cuanto a estirar un asunto mínimo hasta que dé de sí tres, cuatro, cinco

mortales actos, esto, hoy por hoy, se estima como suprema habilidad.

Las máscaras, vol. 1/2 · 第 7 / 12 段