Fracasada desde el primer estreno _La ciudad alegre y confiada_ como

obra literaria, éramos muchos los que fiábamos, llenos de esperanza, en

que gozase de larga vitalidad política. Nos prometíamos que apasionase y

suscitase saludables polémicas; y la obra no interesa a nadie ya, ni

literaria ni políticamente. Por varias razones. Helas aquí: La obra

encierra una contradicción radical. Aparentemente cae dentro del segundo

estilo de patriotismo a que aludimos con anterioridad; el patriotismo

crítico y negativo. El señor Benavente no saca en su obra sino ciertos

pormenores de cosas y personas que él, individualmente, halla muy

enojosos y nocivos para el bien común. Pero el verdadero patriotismo

crítico no se conforma con señalar el mal, y hasta piensa que hay el

peligro de la mala fe en señalarlo sin razonarlo y acompañarlo del

remedio. En cambio, el señor Benavente, tan penetrativo para denunciar

el mal, se vuelve asaz romo a la hora de aconsejar el remedio. Por otra

parte, el patriotismo crítico es una forma normal que no admite la

caprichosa, inoportuna y profanadora aplicación del supremo patriotismo

con ocasiones de poco momento. Y en la obra del señor Benavente se da

la promiscuidad (tal es la contradicción radical más arriba indicada) de

un patriotismo crítico normal y de un patriotismo exaltado sin motivo

suficiente. Viene a ser algo así como entonar la marcha real y ponerse

en pie cuando la doméstica entra en el comedor con la fuente de cocido,

el plato nacional. Consecuentemente, los que aprueban el patriotismo

crítico sospechan que, si bien la obra pretende estar inspirada en este

linaje de patriotismo, debe de haber algo de insinceridad o de

atolondramiento en la pretensión; y los indicios que conducen a esta

sospecha son la ausencia de soluciones concretas y prácticas, y la

explosión intempestiva y falsa del patriotismo retórico. Y no les queda

otro recurso que volver la espalda con desdén. Por otra parte, los que

comulgan en la necesidad frecuente del patriotismo exaltado, venga o no

a cuento, en el fuero interno han de condenar necesariamente las

tentativas, aunque tímidas, de patriotismo crítico que en la obra asoman

aquí y acullá. Las condenan, aunque no lo declaren y se contenten, en

tales casos, con no aplaudir y torcer el gesto. En definitiva, lo que le

sucedió al señor Benavente es como si un hombre que se ha vestido

aceleradamente se da cuenta, ya en la calle, que se ha puesto mal las

botas, la del pie izquierdo en el derecho, y viceversa. Con las botas

trocadas, no se pueden andar muchos pasos. Con los públicos y los

conceptos trocados, una obra teatral no puede durar muchos días.

[Nota: LA PRINCESA BEBÉ]

Examinando en conjunto, como un panorama, la obra

teatral completa de don Jacinto Benavente, echamos de ver a seguida que

se trata de un paisaje cuya flora y fauna no corresponden a la zona

tórrida ni a la zona fría, sino a una zona epicena, de transición, en

donde el clima se muda arbitrariamente del calor al frío y del frío al

calor, sin alcanzar nunca grandes extremos. No es la zona de la palmera

ni la tierra del abeto; no es el país de la pasión ni la patria del

ensueño. Es la comarca del álamo blanco, con sus hojuelas plateadas,

como sonajas de pandereta; la comarca del sauce llorón y sentimental.

Además del abedul y el sauce, hay sinnúmero de diversas especies, a que

la templanza del cielo favorece, tan pronto terrizas, enmarañadas y

rampantes, tan pronto ascendentes, arbóreas y gentiles. Y no sería raro

descubrir una palmera o un abeto, que han sido trasplantados allí, si

bien la palmera es estéril y el abeto está raquítico.

Las dos cualidades de estos paisajes de zona templada son: versatilidad

y elegancia, entendiendo por elegancia cierta reducción de las

proporciones y pulimento de las formas. Es una manera de elegancia que

linda con la afectación y el artificio. Ante un paisaje menudamente

ordenado por obra natural, ¿no aceptamos la idea de que la misma

Naturaleza, en ocasiones, incurre en afectación? Son paisajes en donde

no falta sino una tilde, un detalle sutil, para que al punto se truequen

en parques públicos o en jardines de realeza. Lo cual no sucede con los

paisajes tropicales ni con los paisajes norteños y de altura. Sobre

arena o sobre nieve es imposible trazar un Versalles.

La obra teatral completa del señor Benavente está compuesta con aquella

elegancia que participa de lo natural y del artificio. Y en cuanto a su

versatilidad, es simplemente prodigiosa. El señor Benavente ha cultivado

todos los géneros: el monólogo (_Cuento inmoral_) y el diálogo, el

pasillo cómico (_No fumadores_), el sainete (_Todos somos unos_), la

comedia burguesa (_Al natural_), la comedia aristocrática (_Gente

conocida_), teatro infantil y fantástico (_El príncipe que todo lo

aprendió en los libros_), la comedia rústica (_Señora ama_), el drama

espeluznante (_Los ojos de los muertos_), el drama simbólico

(_Sacrificios_), el drama policíaco (_La malquerida_), la comedia

moralizante, a lo Eguilaz (_El collar de estrellas_, _Campo de armiño_),

y, por último, un nuevo género, que llamaremos la comedia patriótica

(_La ciudad alegre y confiada_).

Entre los géneros enumerados, hemos de propósito dejado sin clasificar

un tipo teatral en que el señor Benavente ha reincidido con evidente

delectación. Nos referimos a aquellas obras cuyos personajes son

emperadores, reyes, príncipes, grandes duques y señores en amalgama

promiscua con una taifa copiosa de tahures, criminales, ladrones,

mujeres cortesanas, saltibancos y sus similares; todo el almanaque de

Gotha del crimen, y el otro; en suma, ese haz de gentes que constituyen

el mundo libertino y esteticista de la opereta; mundo apenas presentido

y a medias inventado por los autores que escriben ese linaje de obras;

mundo meramente literaturesco y escénico, sin existencia real. A este

orden pertenecen _La noche del sábado_, _La princesa Bebé_, _La escuela

de las princesas_ y otras obras del mismo autor, pero de menor cuantía

que las citadas.

Son obras que producen inquietante impresión; pero una impresión

truncada, como si les faltase algo. Les falta la música de vals. Serían

excelentes libretos de opereta. En ellas no hay argumento, o si le hay,

es una mínima aprensión de argumento, diluída en la vena quebrada de lo

pintoresco.

No interesan los personajes por su alma, sino por su traje.

Interiormente son almas indistintas: las princesas parecen mujeres

cortesanas, y las mujeres cortesanas, princesas. La fuerza artística no

reside en la figura aislada, sino en las figuras sumadas, en el

espectáculo, en el coro de figurantas y suripantas. No emana de todo

ello ninguna emoción espiritual, pero sí algo que guarda con la

verdadera y pura emoción cierto parecido falaz, y que es turbación del

alma, deleitable acaso, pero siempre enfermiza. Es una turbación que

nace de la sugestión del sexo, imperando sobre toda otra norma.

Turbación que el compás de tres por cuatro, que es el compás del vals,

contribuye a exaltar. Por eso, esta especie de obras literarias necesita

de la música de opereta para su máxima intensidad.

Un personaje de _La princesa Bebé_ dice muy seriamente (con tanta

seriedad como cabe en un personaje de opereta): «De las fiestas del alma

queda siempre el recuerdo de un vals.» ¡Carape! Claro está que, para

estas criaturas, las fiestas más gozosas del alma deben celebrarse en un

Casino cosmopolita o en un restaurante, al son de un sexteto de

tziganos. Síguese lógicamente de aquí, que la música que aspira a una

mayor elevación y trascendencia es soporífera farsa, cuando no codicia

pecuniaria, a propósito para fascinar a los tontos y servir a los cursis

de pretexto con qué dársela de seres superiores. Y así, en _La princesa

Bebé_ aparecen tres personajes, irrisorios y estúpidos sobre toda

ponderación, que muy a las claras representan a la viuda de Wagner, al

hijo del compositor y a un discípulo entusiasta de aquel maestro

teutónico.

En definitiva, el mundo de la opereta es el mundo de la incomprensión

voluntaria. Es un camino descarriado hacia la felicidad. Ya con voz de

la _Biblia_ se nos advierte que el comprender acarrea dolor. El

personaje de opereta huye la operación del comprender por ahorrarse la

secuela del dolor. Evita las realidades profundas y se apoya en

realidades superficiales y fugitivas. Cuando cosas y personas le van

siendo familiares, las abandona para no comprenderlas. Su norma de

conducta es el cambio, el contraste, la diversidad de decoraciones. En

invierno busca las tierras solares y en verano se acoge a los parajes

ateridos. Abomina de la pasión y del ensueño, que son dos formas de

inmovilidad y constancia. Su tono favorito es la sátira personal y

ligera, que es un modo de incomprensión, puesto que consiste en mirar

las cosas sólo por el revés. Su inquietud predominante y casi única se

refiere a las relaciones sexuales; inquietud que vanamente procura

esquivar mediante una transacción, despojando a la inquietud de su

carácter de problema que se ha de resolver una vez por todas, para

convertirlo en una sucesión de ensayos experimentales y de cópulas

efímeras. El clima psíquico templado induce a esta transacción. En el

clima tórrido no hay solución para el problema, sino en la muerte. En el

clima frío, la solución es la castidad.

Que la opereta sea el mundo de la incomprensión voluntaria no arguye que

el autor de una excelente opereta--pues en todo cabe excelencia y primor

de arte--sea un hombre voluntariamente incomprensivo. Por el contrario,

para reproducir con la imaginación, vivo, animado e interesante este

mundo de opereta, en todo lo que es y significa, se exige poseer un

talento sobremanera plástico y comprensivo. Si giramos los ojos en

torno, observaremos que vivimos en un mundo de opereta, entre farsantes

escénicos sin existencia real. Pero, para crear una obra de arte, no

basta trasladar a la escena algunos fragmentos de la cotidiana opereta,

habiéndolos copiado fielmente; es menester trasponerlos, fundirlos e

infundirles una nueva vida imaginaria. Tal es el caso de _La Princesa

Bebé_.

Bebé, la princesita linda y aventurera, que se arroja a campo traviesa

en persecución de la alegría, y no halla sino tristezas; la mujercita

voluntariosa y desenfadada, que se tiene por un poco anarquista, porque

le gusta hacer su santísimo capricho; que siente deseos de llorar cuando

escucha un vals; que celebra que la hayan tomado por una ramera; que se

mete en aventuras terribles, y la más terrible que arremete es conocer

de cerca un baile de candil; que recita a d’Annunzio, aplicándole la

misma hermenéutica que a las coplas de Calaínos; que quiere «vivir su

vida», esto es, pasársela diciendo y haciendo graciosas tonterías; esta

amable y simpática princesita es como símbolo delicado y expresión

florida del mundo de la opereta.

El viejo emperador casa a Bebé con un marido un poco bruto. El autor

parece haber aludido a algún príncipe germánico. Bebé se enamora del

secretario de su marido y se escapa con él, moviendo tanto escándalo en

la Corte y en la Nación como es de suponer. Es un acto de rebeldía que

han celebrado mucho los estudiantes. «La rebeldía es tan hermosa...»,

dice Bebé. «Fué en el cielo, fué junto a Dios, y hubo un ángel rebelde,

que, por serlo, cambió el cielo por el infierno.» Pero, ¿es que Bebé ha

realizado este acto de rebeldía deliberadamente, pensándolo seriamente?

Sin esto no hay verdadera rebeldía.

Nada de esto. Cuando ya se va cansando del secretario, el cual le afea

su extremado desenfado en público, y le aconseja pensar las cosas

seriamente, ella responde: «Si yo lo hubiera pensado seriamente, no

estaríamos ahora juntos.» Entonces, ¿por qué lo ha hecho Bebé? «Porque

amo la alegría sobre todas las cosas.» Primera razón, según frase de

Bebé. Donde dice alegría, léase holgorio o juerga. Segunda razón:

«Porque quiero comprenderlo todo, amarlo todo, vivir en todo, vivir toda

la vida...» Ya salió aquello. ¡Pobre Bebé! Comprenderlo y amarlo todo

... Sin duda, como has comprendido y amado a tu marido y a su secretario

... Di más bien que te cansas de las personas por pereza de penetrarlas.

Hasta de ti misma huyes. Quieres descender, dejar de ser princesa, y te

enoja que los demás recuerden lo que ayer eras. Pues, si has cambiado,

¿qué te importa que te lo recuerden? Y, si te molesta, es que, habiendo

querido cambiar, no has sabido cambiar. Te molesta «la fe de erratas;

que no enmienda ninguna y las recuerda todas». Y, sin embargo, linda e

insustancial Bebé, hasta ahora no se ha hallado modo de enmendar una

errata a no ser reconociéndola primero.

Tú quieres aparecer como una cualquiera, habiendo nacido princesa. Estás

colocada accidentalmente entre personas que desean llegar a ser nobles

o, por lo menos, a parecerlo, habiendo nacido unos cualesquiera. Esto lo

consideras plebeyo, ridículo e irritante. No sabes que a las personas se

las debe juzgar, tanto como por los hechos, por el hito adonde apuntan.

Muchas veces, en la ingenua ficción, en eso que tú llamas _pose_, se

descubre la realidad más honda, el ideal de un alma, el «quisiera ser»,

que vale mucho más que el «soy». ¿Quién es más plebeyo, Bebé: tú, o

ellos?

Bebé quiso ser una cualquiera. Pero uno no es un cualquiera sino entre

sus semejantes. Cuando Bebé se tropieza con un príncipe, primo suyo,

adivinamos que se van a entender como un hombre y una mujer

cualesquiera. El comprenderlo y amarlo todo de esta traviesa princesita,

se reduce, en final de cuentas, a buscar un espejo en donde contemplarse

a sí misma; total: inconsciente amor propio. En este punto el autor nos

deja a media miel, y se con concluye la bonita comedia de la antojadiza

princesa Bebé, que se cansó de su marido porque la trataba como una

cualquiera, y de su primer amante porque la trataba como princesa. Por

el enunciado del contenido de la comedia se advierte que no está exento

de alguna filosofía moral.

[Nota: EL MAL QUE NOS HACEN]

El señor don Luis de Oteyza, al dar noticia, en _El

Liberal_, de la primera edición de mi libro _Las máscaras, ensayos de

crítica teatral_, me aconseja, a vuelta de elogios que por inmerecidos

agradezco doblemente, que deje de escribir críticas, porque Dios no me

ha llamado por este camino. El consejo no me coge desprevenido. Hay un

señor que me envía cartas anónimas, un día sí y otro no, dándome el

mismo consejo, y hasta me amenaza con acusarme al director de _El

Imparcial_ si no abandono de grado mis tareas de crítico. Pero como, por

otra parte, personas de mucha doctrina y autoridad me alientan y

persuaden a que persevere en mi labor, he decidido seguir escribiendo

críticas, aun a sabiendas de que lo hago mal. Me sirve de consuelo, si

no la certidumbre de que otros lo hacen peor, que esto jamás satisface a

un hombre discreto, la esperanza de que con el tiempo lo iré haciendo

mejor.

El señor Oteyza copia y desgaja de mi libro una sola afirmación, que

aparece hacia el final de él, justificada, a lo que presumo, por todo

lo precedente. Hela aquí: «Creemos que los únicos valores positivos en

la literatura dramática española de nuestros días (nos referimos a los

autores en activo, a los que proveen de obras los escenarios) son don

Benito Pérez Galdós, y, en un grado más bajo de la jerarquía, los

señores Alvarez Quintero y don Carlos Arniches.» Esto, el señor Oteyza

lo califica de enormidad.

En efecto: cuando la verdad desnuda sale por entero del pozo en donde

por pudor está casi siempre escondida, se nos figura enorme, cuando no

ridícula, y, a veces, hasta monstruosa.

El señor Oteyza pone en mi afirmación este comentario: «Así como suena;

Benavente no existe.» Sin embargo, el señor Oteyza ha podido ver que una

tercera parte, bien sobrada, de mi libro la ocupa el estudio de algunas

obras del señor Benavente. ¿Cómo iba yo a consagrar tan escrupulosa

atención a lo que en mi sentir no existe?

Al no mentar entre los «valores positivos» al señor Benavente, después

de haber estudiado sus obras con tanta prolijidad, claro está que no

quiero dar a entender que no exista, sino algo peor, que existe como un

«valor negativo».

He aquí el alcance concreto de mi afirmación, ya que, al parecer y

contra lo que yo esperaba, no he logrado elucidarla bastantemente en mi

libro. Jamás he puesto en duda las peregrinas dotes naturales del señor

Benavente--eso fuera obcecación o sandez--: talento nada común, agudeza

inagotable, fluencia y elegancia de lenguaje, repertorio copioso de

artificios retóricos y escénicos. Pero todas estas dotes reunidas

acarrean consecuencias particularmente vituperables y nocivas, porque

están puestas al servicio de un concepto equivocado del arte dramático.

Poco importa el error cuando su propagación y defensa le están

encomendadas a una inteligencia premiosa y obtusa. Lo funesto es el

error que arraiga en una inteligencia ágil y brillante, pero contumaz,

de donde viene, como fruto fatal, el fariseísmo, el sofisma, el

conceptismo, que son a las ideas lo que el retruécano a las palabras.

Todos, con rara unanimidad entre españoles, nos escandalizamos al

contemplar el estado de pobreza, confusión y anarquía que ha reinado en

los escenarios madrileños durante la última temporada. No ha habido

obras que levanten un palmo sobre lo vulgar. ¿Por qué? Apenas si hay

media docena de actores diseminados aquí y acullá por todos los teatros

de España; actores que, en justicia, merezcan este nombre. ¿Por qué?

Para hallar la causa es menester retraerse, en el tiempo, cerca de

veinte años, cuando el señor Benavente, con talento y habilidad que

nadie osará discutirle, comenzaba a imponer una manera de teatro imitada

de las categorías inferiores y más efímeras del teatro extranjero.

Suponíase entonces que el señor Benavente traía la revolución al teatro

español. Lo que traía era la anarquía. La revolución engendra un orden

nuevo, que, al fin y a la postre, ensambla con la tradición y la

continúa. La anarquía rompe con la tradición, es el reinado de lo

arbitrario y cada vez engendra más anarquía. Y así estamos donde

estamos.

El teatro del señor Benavente es, en el concepto, justamente lo

antiteatral, lo opuesto al arte dramático. Es un teatro de términos

medios, sin acción y sin pasión, y por ende, sin motivación ni

caracteres, y lo que es peor, sin realidad verdadera. Es un teatro

meramente oral, que para su acabada realización escénica no necesita de

actores propiamente dichos; basta con una tropa o pandilla de

aficionados. Y como quiera que durante los últimos años ha imperado el

teatro del señor Benavente, con sus secuelas o derivaciones, han ido

acabándose y atrofiándose los actores, como un órgano sin función, y

correlativamente ha desaparecido de un golpe para el público español

todo el teatro clásico nacional y extranjero, porque ya no hay actores

que sepan y puedan interpretarlo, y faltando la norma perenne de los

clásicos, que es el único término de comparación, el arte dramático y el

gusto y discernimiento del público se van corrompiendo y estragando cada

vez más.

Todo esto es lo que encierra mi afirmación de que la dramaturgia del

señor Benavente es un «valor negativo». Si se me invita a prescindir del

error fundamental de concepto de esta dramaturgia de hogaño, concedo que

en lo accidental y accesorio ostenta ciertos primores y lindezas. Pero,

¿cómo se puede prescindir de lo primero y principal?

_El mal que nos hacen_, estrenado anoche, es una pieza que ajusta

perfectamente dentro del patrón que acabamos de describir.

En cuanto al concepto teatral, es cabalmente lo contrario de lo que debe

ser el teatro. La palabra, que en el teatro genuino no es sino vehículo

del alma de un personaje concreto, de suerte que cada persona o carácter

debe hablar de un modo propio e inconfundible, en _El mal que nos hacen_

es una forma genérica e indiferenciada de expresión, tejida con

sinnúmero de retruécanos, de ideas o conceptismos cuyo significado las

más de las veces no se puede descifrar, y adornado con metáforas y

sentencias piadosas del _Ancora de salvación_. Los personajes salen a

escena, se sientan, rompen a hablar por largo, y vienen a decir todos

las mismas cosas, sobre poco más o menos. Yo no tendría inconveniente en

aceptar una apuesta, a fin de demostrar cumplidamente que el lenguaje de

los personajes de _El mal que nos hacen_ es un flujo amorfo, impersonal

y antidramático. Y es que si se truecan la mayor parte de los

parlamentos de uno a otro personaje, los espectadores no echarán de ver

la trasmutación, ni la obra perderá nada. No negaremos que los

parlamentos son, ora elocuentes, ora suasorios, ora rutilantes; pero su

lugar adecuado no es el tablado histriónico; antes bien, el púlpito, el

confesonario o el artículo de fondo de un periódico, respectivamente.

Hay otra cuestión de fondo, además del concepto dramático en general, y

es la moral o moraleja concreta de una obra determinada.

_El mal que nos hacen_ tiene su moraleja, que no se puede incluir en la

doctrina de la moral esencialmente humana, sino que cae debajo del fuero

de la moral aleatoria y de los códigos de la casuística. «El mal que nos

hacen sin merecerlo--declara un personaje de la comedia--, es la

venganza del mal que otros han hecho.» Esto se entenderá mejor mediante

un ejemplo práctico. Están en un corrillo Pedro, Juan, Andrés y Tomás.

Pedro, por fatalidad, casualidad o mala intención, le pisa un callo a

Juan, que no ha merecido el pisotón. El pisotón que Juan padece es la

venganza del mal que le han hecho a Pedro, pisándole un callo, unas

horas antes, en la plataforma de un tranvía.

La venganza de Juan, a su vez, es pisarle a Andrés, y Andrés a Tomás,

hasta que, por último, éste, no teniendo a quién endosar el pisotón, se

lo devuelve al dador, que es lo que hace Valentina en la comedia,

alardeando mucho del desquite, porque, eso sí, aunque se advierta que el

señor Benavente se esfuerza en crear personajes nobles, porque sabe que

sin esta nobleza radical no cabe que haya drama, ello es que, a pesar

suyo, siempre le salen unas figurillas despreciables que obran movidas

de los impulsos más plebeyos y como estimuladas de vindicativa comezón.

Así sucede que el público, si bien aquí y acullá aplaude la faramalla

retórica, jamás penetra con toda el alma en el conflicto, y, a la

postre, se siente invadido de tedio y aridez cordial, mal disimulada.

En cuanto a la lindeza o primor accesorio del artificio escénico, el

primer acto de _El mal que nos hacen_ está desarrollado con notable

habilidad, aunque no con tanta maestría como otros actos del señor

Benavente. Los otros dos actos desfallecen y en algunos momentos

degeneran en lo absurdo y en galimatías. El público aplaudió con calor,

pero en los pasadizos dominaba la opinión adversa y despectiva hacia la

comedia.

Aunque para representar esta comedia, como casi todas las obras del

mismo padre, bastan aficionados, la señora Xirgu hizo el milagro de

mostrarse maravillosa actriz, derramando generosamente su temperamento

brioso y apasionado sobre los yermos estériles de las parrafadas

genéricas y deshumanizadas, y creando una acción psicológica y profunda

allí donde no había sino vacío y caos. Las frases más opacas y apáticas

cobran vida al consustanciarse con la bella voz patética de la señora

Xirgu. Anoche el mayor triunfo fué de ella. No faltaban personas

versadas en estos menesteres escénicos que la proclamaban la primera de

nuestras actrices. Si no la primera, que esto es muy delicado de

establecer, cuando menos está a la par de las primeras.

El resto de los actores añadieron también

vigor y animación a la

obra.

[Nota: LOS CACHORROS]

SE HA LEVANTADO el telón. Nos hallamos de golpe

inmiscuídos en la intimidad de una caravana trashumante de titereros y

saltimbancos, bajo la advocación o razón social de «Circo Rigoberto»,

por el nombre de pila del fundador, que aun vive, en la extremidad de

sus años, tullido y privado. Este circo nómada es, o por lo menos su

creador quiere que sea, un pequeño prontuario del ancho mundo; mundillo

abreviado, en el cual, a manera de índice, están señaladas las pasiones,

flaquezas, virtudes y demás normas sustanciales de la conducta del

hombre; epítome de la sociedad; rudimento de astro andariego, que se

mueve sin órbita fija, y así pasa sobre el meridiano de Argel como sobre

el de Badajoz. Hemos aludido al creador del «Circo Rigoberto».

Naturalmente, no nos referíamos a monsieur Rigoberto, sino al señor

Benavente, pues no es probable que aquél abrigase propósitos

sociológicos tan trascendentales.

Las máscaras, vol. 1/2 · 第 6 / 12 段