Tomemos aisladamente los dos hijos de familia, que son los que más

necesitan de redención. Lo que, ante todo, echamos de menos en ellos es

cierto espíritu de rebelión. Son unos mequetrefes, unos seres inútiles,

y no por culpa propia, sino porque nadie se ha tomado el trabajo de

educarlos. ¿Por qué no se revuelven contra sus mayores y les exigen

cuenta estrecha y dolorosa por no haberles hecho hombres? No pueden

vivir en fraternidad, porque para llegar a este punto de amable y

recíproca coordinación se exigen dos afirmaciones previas: libertad e

igualdad, que vale tanto como decir: severidad para con uno mismo y

tolerancia para con los demás. Se dirá, y hasta el propio autor nos lo

insinúa, que aquellos mozos disponen de harta libertad. No es cierto.

Dijérase que hacen lo que quieren. No es cierto, ni eso es libertad.

Nadie me impide levantar 300 kilos de peso; pero no puedo levantarlos.

Porque, en lo físico, libertad vale tanto como eficacia, como fuerza. Y

aquellos mozos no han recibido ninguna educación física. En lo moral son

menos libres aún. Su voluntad va y viene a merced de antojos y

prejuicios. No saben lo que quieren, y si, por ventura, piensan que

están queriendo, sienten el dolor rencoroso de no ser dueños de sus

actos. Les falta educación moral y disciplina. Les falta igualmente

educación intelectual, cuyo fin no es la instrucción, que es la

tolerancia. Son, como vulgarmente se dice, unos gansos. No han viajado a

través de los libros, ni a través de los hombres, ni a través de los

pueblos, y así, a pesar del barniz de buenas maneras, están cerriles. Su

tío, don Pablo, les recomienda amor y que hagan lo que les dé la gana,

como si les pudiese dar alguna vez la gana de algo...

[Nota: DON FÉLIX]

Es todo un hombre, henchido de vitalidad y de capacidad de futuro. Don

Félix proviene de los ínfimos estratos sociales. Ahora le hallamos

poderoso, millonario. Don Félix contempla con desprecio el pueblo bajo

de donde él procede, no de otra suerte que el luchador que habiendo

ganado lo más eminente de una fortaleza, al volver los ojos descubre que

sus compañeros han rendido las armas. Ha sabido superar un medio social

resignado o impotente. Su desprecio es más razonable que el del burgués

o del aristócrata, cuyo encumbramiento es obra del pasado, y no de su

esfuerzo. Aparte de que a estos últimos la clase baja les sirve de

complemento de jerarquías, pues sin ella ni el burgués sería burgués, ni

el aristócrata aristócrata. Por eso, en aquella llaneza de trato y

patriarcal blandura con que la bien entonada nobleza se inclina hacia su

servidumbre, familiares, vasallos y colonos, y que tanto encarece una

dama anciana en _El collar de estrellas_, va escondida y disimulada una

conciencia altanera y egoísta de división de castas, que es lo más

ofensivo para la dignidad del inferior. Don Félix no ha medrado ni ha

granjeado sus millones a costa del pueblo--¡apañado estaría!--, sino de

los ricos holgazanes, de los vientres perezosos. Es lógico que éstos le

aborrezcan o le ridiculicen. Don Félix es un hombre de voluntad y de

energía. Es un mirlo blanco en un país en donde sobran don Pablos y

Sobrinos. No falta quien murmura que don Félix ha añascado su fortuna

por medio del matute y el contrabando. Ningún delito ha cometido. El

delito, en todo caso, habrá sido del Municipio o del Estado. La marcha

del progreso consiste en ir suprimiendo delitos artificiales. Para

concluir con matuteros y contrabandistas no hay arbitrio más llano y

justo que concluir con fielatos y aduanas. La lucha de clases engendra

crueldad y sinnúmero de delitos. El remedio saludable no parece que sea

predicar resignación a los de abajo y desprendimiento a los de arriba,

sino extirpar las diferencias de clases, poco a poco, como se pueda. Y

entonces se verá cómo el amor brota lozanamente sin que lo prediquen. No

es que yo apruebe o desapruebe el concepto de la vida que representa don

Félix. Me limito a exponer la razón superior de este tipo. Bernard Shaw

lo ha desarrollado ampliamente en una de sus comedias, y en el prólogo

de ella se lee: «En este tipo de millonario he querido representar un

hombre que ha llegado, así espiritualmente como intelectualmente y

prácticamente, a adquirir conciencia de una verdad natural irresistible,

aunque todos la aborrecemos y rechazamos, y es ésta: que el mayor de los

males y el peor de los crímenes es pobreza, y que nuestro primer

deber--al cual debe sacrificarse todo otro linaje de consideraciones--es

dejar de ser pobre. La pobreza no se debe consentir. Ser pobre significa

ser débil. Significa ser ignorante. Significa ser un foco de contagio.

Significa ser exhibición y ejemplo permanente de fealdad y suciedad.

Significa convertir nuestras ciudades en laberintos de ponzoñosas

callejuelas. Significa tener hijas que contaminan a nuestros jóvenes con

enfermedades vergonzosas, e hijos que, involuntariamente, toman venganza

haciendo de la masculinidad de la nación una masa informe de escrófula,

cobardía, crueldad, hipocresía, imbecilidad política, y el resto de los

frutos de la opresión y la mala nutrición.»

Sin embargo, el señor Benavente ha tratado el tipo de don Félix en

chancha y con una triste ligereza satírica. Tipos como don Félix son en

una nación lo que los estímulos activos en el organismo del hombre, que

en cuanto faltan no hay por dónde atajar la muerte. Esa voluntad

desapoderada de vivir es la exteriorización de la justicia inmanente y

de la verdad permanente. Cuando en una nación escasea esta forma

desapoderada de la voluntad de vivir, podéis afirmar que la nación está

dejada de la mano de Dios. Don Félix no es un transgresor de la ley,

porque la ley no está en las tablas; está en la naturaleza de las cosas.

La ley escrita no ha formulado nunca verdades naturales, que son las que

atañen a la voluntad de la vida y a su experiencia física. La ley no

dice: «No te bañarás cuando estés sudando. No te arrojarás desde una

gran altura. No comerás con exceso.» Porque hay una conciencia

inmanente. La gastralgia es la conciencia de un estómago culpable. Todos

los preceptos del decálogo son susceptibles de ser vueltos por pasiva, y

algunos de ser anulados. 1.º Te amarás a ti propio sobre todas las

cosas. 2.º No puedes jurar en vano el nombre de lo que no conoces. 3.º

Trabajarás sin distinguir de fiestas. 4.º Incurrirás en grave

responsabilidad para con los hijos que engendres, sin que se entienda

que ellos están obligados en nada. 5.º Infinitos son los casos en que

debes matar. 6.º (No juzgo pertinente definir sobre este mandamiento.)

7.º No es pecado hurtar; el pecado es poseer. Y así sucesivamente. Y es

que las verdades naturales son aquellas que se refieren a la

conservación del individuo, las cuales se descubren muy presto mediante

una corta experiencia personal. Sabemos que el fuego quema, y nos

guardamos de él, no porque nos lo hayan enseñado, sino porque lo hemos

experimentado. La fuerza expansiva de nuestra personalidad nos empuja a

probar de todas las cosas y a dominarlas; pero las fuerzas agresivas de

la realidad nos enseñan a colocarnos en el término medio, desde donde

las aprovechamos, aprendiendo, por ejemplo, que el fuego puede calentar

sin quemar. En cambio las verdades escritas corresponden a la

conservación de la especie, a cuyo concepto no se llega sino mediante

una experiencia de generaciones, y en este punto, y porque no se

olviden, se gravan en las tablas de la ley. Pero estos preceptos

escritos que se pretende imponernos por autoridad, y son fruto de la

experiencia ajena, no encierran propiamente emoción suasoria ni valor

imperativo hasta tanto que no alcanzamos la conciencia fuerte y

arraigada de que la conservación de la especie es nuestra propia

conservación. Y el camino es éste: romper las tablas de la ley, y luego

reconstruirlas con el sudor de nuestra frente y la esencia de nuestra

vida. El egoísmo, en su sazón y madurez, se llama altruísmo. Sin el

sentimiento de nuestros apetitos, ¿cómo podríamos comprender, justificar

y simpatizar con los apetitos ajenos?

[Nota: _La loca y El collar_]

_La loca de la casa_, de don Benito Pérez Galdós, nos ofrece un

conflicto semejante al de _El collar de estrellas_. No es que

literariamente tengan ambas obras ninguna concomitancia. Es un paralelo

de temas morales. También el Pepet de la obra galdosiana es semejante al

don Félix. Diferéncianse en que el Pepet se nos aparece por dentro,

porque el autor lo concibió con amor comprensivo. Y don Félix se nos

aparece en su más externa externidad, porque el autor lo pinta con mofa

y en caricatura, sin comprenderlo.

_La loca de la casa_ es una obra evangélica, porque evangelio quiere

decir pacto de la ley antigua y la nueva ley, y en esta obra la ley

antigua, la ley fría y escrita, el criterio tradicional y conservador es

sometido a la voluntad desapoderada de afirmarse, a la ley de la

perdurable mocedad y fortaleza; de donde saldrá en su tiempo el hijo,

que es la especie y con él una ley ponderada y a propósito para su

conservación. La moral de esta obra es _fecundidad_.

_El collar de estrellas_ es una obra farisaica,

porque lo farisaico quiere decir fingida creencia

en la letra con detrimento del espíritu, palabras

que no obras, imposición de la ley

muerta, del criterio conservador y tradicional,

sobre la voluntad de crear

normas nuevas de vida, lisonja

de vientres perezosos. Su

moralidad, por mejor

decir, su inmoralidad,

es _esterilidad_.

[Nota: LA CIUDAD ALEGRE Y CONFIADA]

Acaso sea ilusión de perspectiva; pero a mí se me figura

que hace veinte años había en España unidad de ideas y de sentimientos,

cuando menos en lo atañedero al Arte. Sobre poco más o menos, todos

estaban conformes acerca de lo que era un buen cuadro, una buena poesía,

una buena comedia. De entonces acá la conciencia y sensibilidad públicas

han cambiado mucho. No es que todo se haya vuelto del revés. Es que se

ha roto la unidad. Ya no hay un criterio general. Hace años, _Los

Condenados_ fué considerado como un esperpento teatral. Hoy en día hay

quien continúa opinando de la propia manera; pero no falta quien lo

reputa como drama admirable, muy superior en belleza y habilidad

artística a cuanto se ha producido en las últimas décadas, con excepción

de otras obras hijas del mismo ingenio. Lo propio acontece en la poesía,

en la pintura, en la escultura, en la política, en todo. Hay dos grupos

de españoles. Un grupo para el cual no han pasado los últimos veinte

años. Otro grupo que estima como malo lo que hace veinte años fué

aceptado como excelente, y viceversa. Atravesamos una época de

equilibrio inestable, de crisis, de polémica, de aparente confusionismo.

Las realidades que nos rodean son tan pronto realidades en trance de

caducar como realidades en sazón de crecimiento. Ante el hecho más

simple nos detenemos con perplejidad, interrogando: ¿Es residuo? ¿O es

posibilidad? ¿Es recuerdo? ¿Es esperanza? ¿Es basura, o es simiente?

En una ocasión, y al caer de la tarde, paseaba yo por el campo. Andaba

ya el sol cercano al horizonte, cuando comenzó a asomar la luna. Llegó

un momento en que el sol y la luna estuvieron frente a frente. Eran como

dos globos enormes, de color de topacio, uno y otro de la misma

dimensión. Los dos rasaban con la Tierra, allá en la última linde, como

si sobre ella se apoyasen, en dos puntos cardinales opuestos. Fué una

duplicidad crepuscular desconcertante. ¿Cuál era el Levante? ¿Cuál el

Poniente? ¿Cuál era el orto? ¿Cuál el ocaso? Pasados unos segundos, un

astro se hundía, el otro se alzaba.

En la vida de los pueblos acontece lo propio. Las edades que no son

clásicas, de plenitud, de cenit, como no lo es la nuestra, son edades de

renacimiento, o de decadencia, o de entrambas cosas a la vez. En la

vida de los pueblos hay horas indecisas, de zozobra crepuscular, en que

no se sabe de cierto si hay renacimiento o hay decadencia, de qué parte

cae el saliente ni hacia dónde el occidente. Así el orto como el ocaso

se nos aparecen con la majestad purpúrea de la apoteosis.

Yo no he presenciado éxito teatral como el obtenido ayer por don Jacinto

Benavente con su nueva obra _La ciudad alegre y confiada_. Ya desde el

prólogo principiaron los aplausos con vehemencia, con arrebato. La

representación se interrumpió frecuentemente y el autor hubo de salir a

escena infinitas veces requerido por el público entusiasmo. Durante los

parlamentos se oía de continuo esta exclamación: «¡Qué bonito! ¡Qué

bonito!» Al finalizar los actos resonaba reiteradamente este grito:

«¡Viva el Genio! ¡Viva el Genio!» Fué una perfecta apoteosis.

De algún tiempo a esta parte, el señor Benavente va dando a sus ensayos

teatrales un carácter cada vez menos dramático y más apostólico. El

autor de comedias se ha ido convirtiendo poco a poco en propagandista de

ideas, en conductor de muchedumbres. Ya no le basta con interesar,

divertir y regocijar al público, sino que desea persuadirle, moverle a

la acción. Me parece ésta una de las más nobles actividades,

inexcusable en todo artista de elevada talla, como lo es el señor

Benavente. Si en sus ensayos teatrales no siempre acompañó el éxito al

señor Benavente, sin duda por deficiencia o incapacidad estética del

público español, después que ha derivado su esfuerzo desde el arte puro

hacia la conducción de muchedumbres a cada nueva producción el éxito se

acrecienta, debido, sin duda, a la profundidad de su intelecto, el cual

acierta a desentrañar los más intrincados problemas con tanta precisión

y claridad que el público lo ve todo claro y se le rinde a seguida. En

esto, el señor Benavente goza de mejor fortuna que cuantos

propagandistas de ideas en el mundo han sido. Para ser propagandista de

ideas se supone que las ideas están por propagar todavía, pues si lo

estuvieran, huelga el propagandista. Verdad que, como dice un personaje

de _La ciudad alegre y confiada_: «nada hay tan fácil como ser

propagandista de ideas y conductor de muchedumbres. Basta con proclamar

lo que se sabe que piensa el público». Receta que ya había formulado

Quevedo, hace siglos, cuando aconsejaba: «si quieres que las mujeres te

sigan, no tienes sino andar delante de ellas».

En mi entender, _La ciudad alegre y confiada_ no debe ser juzgada

conforme a cánones de arte dramático. Si no me equivoco, el autor no ha

querido hacer una obra dramática, sino más bien una obra política, una

obra patriótica. Los elementos esenciales de toda obra dramática son:

realidad, caracteres, acción y pasión. En cuanto a la realidad, el autor

ha renunciado voluntariamente a ella. Es una obra de símbolos y de

conceptos, comenzando por el título, tomado de un versículo de la

_Biblia_, y que muchos espectadores creyeron que aludía a Jerusalén,

pero luego, visto que se menciona a Lot, el Justo, y que la ciudad

concluye abrasada por el fuego, se vió que el autor quería significar a

Sodoma. En cuanto a los caracteres, el señor Benavente no se ha

detenido, por esta vez, en crearlos, y se ha limitado a trazar la

parodia de algunos tipos sociales españoles, enmascarándolos con los

atavíos de los personajes de la llamada _Commedia de arte_ italiana. La

acción teatral no era menester con tales propósitos y elementos. La

pasión hubiera sido también un estorbo, porque la pasión no consiente

discurrir con serenidad, y en _La Ciudad alegre y confiada_ se trata de

discurrir con serenidad.

La obra, en síntesis, se reduce a una ciudad mal gobernada, que a la

postre padece la afrenta de ser vencida en guerra injusta y

arbitrariamente provocada, de donde viene la anarquía y la

conflagración interior. La culpa de este desgobierno, que a tan

bochornosos extremos conduce, no les incumbe sólo a los gobernantes

ineptos y galopines, sino que la responsabilidad les toca señaladamente

a cierta calaña de escritores jóvenes, procaces y envidiosos, que en

aquella ciudad había, los cuales no se mordían la lengua para proclamar

a todos los vientos que todo por allí andaba manga por hombro y era

desbarato, improvisación y fingimiento, fomentando, de esta suerte, los

más traicioneros y vituperables sentimientos antipatrióticos. Otro tanto

de responsabilidad, no menos grave que la de los insolentes y traidores

escritorzuelos, el autor se la adscribe a los prestamistas. A unos y

otros les trata el señor Benavente con saña, tan poco disimulada, que no

parece sino que le mueve algún resentimiento personal o espíritu

vindicativo. En una obra dramática, quizás este procedimiento no se

pueda aceptar como de buena ley. En una obra política, acusa sutileza y

malignidad polémicas, sabroso y picante condimento de la oratoria de

este linaje.

En medio de tanta corrupción, egoísmo y desenfreno como imperan en _La

ciudad alegre y confiada_, entre tanto fantoche flexible y servil, con

semejanza de hombres (son palabras del autor), descuella una arrogante y

honrada virilidad. Este hombre único, que hubiera salvado seguramente la

ciudad, de haber llegado a tiempo del destierro en que le mantenían los

pícaros metidos a gobernantes, no lleva en la obra otra denominación que

el Desterrado. El Desterrado, bravo enunciador de verdades, por amargas

que sean, declara que en _La ciudad alegre y confiada_ la única persona

que cumple con su deber es una bailarina que va muy elegante y tiene por

remoquete Girasol, Giraflor o Miraflor; valentísima declaración, que no

hubiera osado hacer ninguno de los jóvenes y lenguaraces escritores.

En un motín callejero sucede que al Desterrado le matan un hijo. El

Desterrado arrebata, de manos de los alborotadores, la bandera patria, y

encarándose con el que los capitanea y guía, le pregunta, con entonación

sibilina: «¿Sabes en dónde voy a clavar esta bandera?» El otro no atina

así, al pronto, a presumirlo. El Desterrado añade: «En el corazón de mi

hijo.» Y así lo verifica. En este punto, surge uno de los prestamistas

sollozando: «¡Mi dinero! ¡Mi dinero!» Es el señor Pantalón. El

Desterrado desclava la bandera de donde estaba clavada y le tapa con

ella la boca al prestamista, corrigiendo: «¡Patria! ¡Patria!»

Las cualidades literarias de esta nueva producción benaventina están por

encima de toda ponderación. ¡Qué abundancia de verbo! ¡Qué elegancia de

giro! ¡Qué riqueza de metáfora! ¡Qué agudeza finísima! Don Jacinto

Benavente se halla en la colmada madurez de su talento retórico.

En suma: la obra no admite discusión dramáticamente, porque el autor no

la ha emplazado en este terreno. No admite discusión retóricamente,

porque sus primores son harto palmarios para que nadie los ponga en

duda. Políticamente será muy discutida. En lo escrito precedentemente no

se ha procurado adelantar un juicio, sino insinuar un parecer.

A raíz del primer estreno de _La ciudad alegre y

confiada_...

Y ya, sin pasar de aquí, es fuerza que me detenga en una divagación

explicativa, que de seguro el lector me está exigiendo tácitamente.

«¿Cómo primer estreno?»--pienso que me dice el lector--. «Pero ¿es que

cabe más de un estreno? Lo que usted quiere dar a entender será estreno

a secas.»

Pues, no, señor. Si hubiera querido dar a entender estreno mondo y

lirondo, así lo hubiera dicho. Y cuando he dicho primer estreno, por

algo es. ¿Que si cabe, por caso, más de un estreno? Pregúntenselo a la

honrada madre Celestina, tan experimentada en ese linaje de prodigios.

Cómo se verifica el milagro, no sabríamos decirlo. Ello es que hay cosas

que parecen haber nacido ya viejas, envejecidas y estrenadas allá en un

antaño remoto, y que, sin embargo, y a lo que se murmura, con renovada

virtud constantemente se ofrecen como estrenos. Esta verdad, obtenida

por la experiencia, es aplicable lo mismo a las cosas que a las ideas y

a las personas. Por ejemplo, un político en España es una persona sin

cesar inédita. Jamás se gasta, jamás se usa, jamás fracasa, jamás se le

arrumba; antes por el contrario, siempre se mantiene flamante, aun

cuando alcance la longevidad de un patriarca bíblico o de un mamut,

siempre está en vísperas de estrenarse, siempre aguardamos que haga

algo. En cuanto a las ideas, acontece lo propio. Ideas rancias y

manidas, más que la momia de Sesostris, vemos que no falta quien nos la

quiere hacer pasar por ideas mozas, fecundas y pudorosas en su

inmaculada doncellez. Y basta de divagación.

Don Jacinto Benavente, escritor ilustre y popular, de industrioso y

habilísimo ingenio, ha acertado a introducir en el mundo teatral la

costumbre de estrenar las obras varias veces seguidas. _La ciudad alegre

y confiada_ se estrenó por lo menos tres veces en pocos días. La primera

vez, por la tarde. La segunda, por la noche. La tercera, interpretando

el propio autor el personaje culminante de la obra, por cierto con

facultades histriónicas nada comunes. En los tres estrenos, obra y autor

obtuvieron sendos éxitos ruidosos.

A raíz del primer estreno, los espectadores echaron de ver que la obra

carecía de novedad. Esta carencia de novedad se fué acusando, claro

está, en los estrenos sucesivos. Pero, en esta vejez ingénita, que se

dijera cumplimiento de la profecía de Hesiodo: «llegará un tiempo en que

los hombres serán ya viejos dentro del vientre de su madre»; repito que

en esta vejez ingénita radica precisamente el mérito de la obra, y no es

paradoja. Aquí es obligada otra divagación explicativa.

Todos se muestran conformes en que la obra dramática, ha pocos días

requeteestrenada, como tal obra dramática es sobremanera deficiente.

Igualmente, todos se hallan de conformidad en considerar que el señor

Benavente no se había propuesto ofrecer al público un dechado de

comedia, antes bien, dejando de lado vanidosas ínfulas estéticas y

artísticas, atento a sus deberes de buen español, quiso despertar en

nuestro pueblo, de suyo harto distraído e indiferente, el sentimiento

del patriotismo.

Ahora bien: en cuantas ocasiones se hable de patriotismo,

inevitablemente se evocan las mismas ideas, se sugieren las mismas

emociones y se pronuncian las mismas palabras. El sentimiento patriótico

es connatural al hombre, por cuanto su historia es tan antigua como la

historia humana. De aquí la falta de novedad en la obra del señor

Benavente, y de aquí precisamente su mérito. Tanto vale como decir que

el señor Benavente ha elegido para su obra un tema eterno. ¡Y qué tema!

El patriotismo es el sentimiento que con más fuerza mueve el corazón y

la voluntad del hombre. Es más fuerte que el amor humano, puesto que por

él se deja la madre, la novia, la mujer, los hijos. Es más fuerte que el

amor divino, puesto que por él el religioso quebranta su regla, y,

habiendo ordenado el Divino Maestro «no matarás», no obstante esto, el

religioso, convertido en soldado, mata, y mata creyendo cumplir su deber

y ser grato a su Dios. Es, en suma, más fuerte que la misma muerte, ya

que por él se da la vida, más que de buen grado, con fervor. Así es el

patriotismo, en su grado supremo de exaltación, una especie de locura

sagrada. Pues si es así, piénsese cuán peligroso, temerario y criminal

será provocar con ligereza y por fatuidad o vanagloria esta santa

locura, enderezándola hacia un mal fin o simplemente sin propósito

ninguno. Y ya que no un caso de conciencia, parece de buen sentido que

del patriotismo exaltado hasta este grado supremo no debe hacerse uso

sino en circunstancias supremas.

En circunstancias normales el sentimiento del patriotismo se manifiesta

con locuciones normales. Y así es lógico que se manifieste, so pena de

incurrir en ficciones lucrativas. Así como todos los modos de

sentimiento amoroso de hombre a mujer se reducen a dos tipos, el tipo

Werther y el tipo Don Juan, el hombre que está dominado por el

sentimiento y el hombre que es dueño de su sentimiento, así también el

sentimiento normal del patriotismo se presenta en la vida nacional por

dos estilos: el optimista o alardoso y el pesimista o voluntarioso. El

credo del primero es: el deber patriótico nos exige, sin ningún género

de disculpa, creer y proclamar que nuestro pueblo es el pueblo más

grande de la tierra. El credo del segundo es, en cierto modo, más

modesto y en cierto modo más orgulloso: el deber patriótico nos exige

hacer de nuestro pueblo un pueblo tan grande como otro cualquiera, en lo

cual va implícito que todavía no lo es. En opinión de primero, nuestros

antepasados lo han hecho todo para nosotros. En opinión del segundo,

tenemos que hacerlo todo por nosotros mismos y lo que se pueda para

nuestros descendientes. La gran herejía patriótica, según el primero, es

la crítica. Según el segundo, la rutina. Para el primero, el gran pecado

es la actividad renovadora. Para el segundo, la pereza tradicional.

Las máscaras, vol. 1/2 · 第 5 / 12 段