Pasaron años y siglos hasta que un tudesco sabio, llamado

Bergenroth--porque estas cosas siempre se descubren gracias a la

diligencia tudesca--averiguó, revolviendo papelotes en los archivos, que

a la reina Juana la habían tenido encerrada sus fanáticos padre e hijo a

causa de creerla inficionada de ciertas doctrinas heréticas, contraídas

por la lectura y torcida interpretación de un tal Desiderio Erasmo,

humanista y teólogo. Pero nada se conoce de cierto, sino que doña Juana

murió ejemplarmente, asistida de un santo varón; de donde se saca que,

en el momento de morir, cierto que no estaba loca. Al año de morir la

reina, su hijo, el rey más poderoso de la tierra, se despojó

voluntariamente de tanto poderío y majestad, y fué a encerrarse en un

convento, acaso lastimado del torcedor de la conciencia.

Tal es el cuento de la reina loca o desgraciada; un cuento que no parece

historia, o, por mejor decir, una historia que parece cuento. Ni en el

repertorio de los hechos verídicos, ni en la foresta de los hechos

fabulosos, es fácil dar con nada más patético, más dramático que esta

historia de la reina loca. ¿Pues qué no será para nosotros, españoles,

si al interés genéricamente humano se añade que todo fué verdad, que la

reina fué castellana? Así corrió la vida de Juana, reina de Castilla,

hija de los católicos reyes Fernando e Isabel, y madre de la sacra

majestad de Carlos V de Alemania y I de España.

En su obra _Santa Juana de Castilla_, don Benito Pérez Caldos nos

presenta a la infortunada reina en los últimos días de su cautiverio,

hasta que su alma vuela a Dios, un Viernes Santo; concepción sublime,

sólo verosímil en una mente tan espiritualizada que ve todas las cosas

de la tierra en su cabo y extremidad, _sub specie aeterni_, en el punto

de desembocar en el origen, ya consumado su destino y trayectoria.

_Santa Juana de Castilla_ no es propiamente un drama, sino la misma

quintaesencia dramática; emoción desnuda, purísima, acendrada, en que se

abrazan la emoción singular de cada una de las pasiones, pero ya

purgadas de turbulencia y en su máxima serenidad. Y en esta máxima

serenidad de firmamento resplandecen dos grandes luminares, dos grandes

amores: el amor de Dios y el amor al pueblo, a nuestro pueblo, España,

y señaladamente a Castilla. Religiosidad y españolismo son los rasgos

familiares de ésta, como de todas las obras galdosianas.

El público recibió la obra como es ya obligado en estas solemnidades del

espíritu, que son los estrenos de nuestro glorioso patriarca: con calor

de culto sincero. Don Benito adora a su pueblo, y su pueblo le devuelve

redoblada la adoración.

La presentación fué escrupulosa de verismo y carácter, entonada y bella.

La interpretación, digna de loa. Nombraré singularmente a la señora

Segura y a doña Margarita Xirgu, que acreditó, como reina fingida, ser

de verdad reina de la escena.

[Nota: _COLOQUIO CON OCASIÓN DE UNA TERRIBLE LEONA_]

Terminada la representación de _La leona de Castilla_, y

antes de retirarme a descansar de los afanes y azacaneos del día, hice

recalada en un café. Como mis nervios estaban un tanto cuanto

encalabrinados a causa de las tamañas proezas y atroces rugidos de la

susodicha leona, me pareció lo más oportuno pedir un vaso de leche de

vacas, ese licor o jugo orgánico tan inocente, tan suculento, tan

benigno. Pues, estando ya con la cándida leche ante mí, sobrevino un

amigo, el cual se sentó a mi misma mesa y comenzó a hablarme.

--Ya, ya le he visto a usted--dijo--en _La leona_, riéndose mucho.

--Usted perdone... Yo me reía en _La casa de los crímenes_, esa

piececilla disparatada que representaron a continuación de _La leona_,

pero no en _La leona_.

--Se rió usted en _La leona_ o de _La leona_, desde la cabeza hasta la

cola, y sobre todo de la cola; esto es, en el final del tercer acto y

del drama.

--Usted perdone... Insisto en que padece usted una equivocación.

Cierto que en donde yo estaba muchos espectadores se reían, y a

carcajadas, como usted ha observado; pero yo no me reía. A mí me daba

mucha lástima.

--¿Del autor?

--No sea usted malicioso; de la pobre leona, de las luctuosas peripecias

que le acaecen, de su dolor de viuda, de madre, de gobernadora... Yo

había entrado en la obra.

--Sin duda habré visto mal, cuando usted me lo asegura; pero yo juraría

que se había estado usted riendo de muy buena gana.

--No me atrevo a desmentirle, ya que usted reitera con tanta certidumbre

su afirmación. Sí, me habré reído sin darme cuenta, a causa de la

emoción; pero no por burla o en mofa. No ignora usted que las emociones

fuertes así solicitan las lágrimas como inducen a la risa, nerviosa e

incontinente. Ya le he declarado a usted que yo había entrado en la

obra, dejándome arrastrar, según los designios del autor, sin voluntad,

en un modo pasivo, abandonando por entero mi espíritu al balanceo o

vaivén de la rima, hasta sentirme como mareado, y aun lo estoy, que tres

horas de rima o vaivén no son para menos. Si usted se ha embarcado

alguna vez, habrá advertido cómo muchas horas después de haber echado

pie en tierra firme perdura la sensación del balanceo, y es como si

todas las cosas graves y aplomadas perdieran su gravedad y aplomo y se

pusieran a danzar voluptuosamente sin pizca de circunspección ni

decencia. Yo estoy mareado, estoy mareado todavía, amigo mío, a tal

punto, que temo que este líquido manso, sustancioso y eucarístico (me

refiero a la leche), y he dicho eucarístico acaso porque en este

instante sufro de cierta contaminación poética; digo que esta leche temo

que no se compadezca con mi estómago. Quizás no ignore usted que las

obras de Esquilo hacían abortar a las mujeres grávidas, y añaden

fidedignos autores de aquellos tiempos que, viendo sus tragedias, muchos

espectadores caían accidentados. Tal es la rara virtud de las obras de

verdadero linaje trágico. Como, desgraciadamente, nosotros, hombres y

mujeres del siglo XX, no tenemos tan delicada susceptibilidad, las

tragedias, por muy trágicas que sean, y esta malhadada leona lo es

sobremanera, no llegan a producir tan desastrosos efectos. A lo sumo, y

ya es bastante, un pronunciado malestar de estómago, que también puede

achacarse a la mala costumbre española de las cenas copiosas y tardías,

costumbre contra la cual ya se pronunciaron en la antigüedad Hipócrates

y Galeno, y a la no menos mala costumbre de asistir al teatro recién

cenado. Por donde vea usted que cierto reparo, con visos de oprobio, que

algunos autores ponen al público español, tal vez no está cimentado en

justicia. Consiste este reparo en motejar al público de aburguesado,

conservador, frívolo, obtuso y egoísta, que no gusta en el teatro sino

de obrejas livianas y solazadas, y abomina, o se retrae, de aquellas

otras de mayor empeño, que, según frase ya consagrada, perturban la

digestión. Nada hay, en efecto, que perturbe la digestión como una

tragedia. Y yo reputo por plausible cordura que el público no quiera

tragedias a raíz de la cena. La esencia de la tragedia declaró

Aristóteles que era la _catarsis_, voz griega que literalmente significa

purgación. ¿Podemos, por lo tanto, exigir que el público de buena fe se

someta a esa terrible _catarsis_ apenas ha concluído de cenar? Más

acertado y discreto sería que la representación de esas obras

demasiadamente trágicas y poéticas se traspusiera a la tarde, ya que la

trasposición de la cena me parece empeño harto dificultoso. Advierta

usted que cuando digo trágico y poético quiero que se entienda lo que de

común se entiende y recibe como trágico y poético, que cada cual tiene

su alma en su almario, y yo, como cada hijo de vecino, mi concepto de

las cosas; pero si empleo un vocablo frecuente sin acompañarlo de

explicación, es que de momento lo acepto como el empleo frecuente me lo

brinda. Y a lo que íbamos. Crea usted que esa tragedia de la leona es

para cortarle la digestión a cualquiera. Mire usted que cuando en el

tercer acto se levanta aquella algarabía, que nadie se entiende, y el

arcediano, que, al parecer, estaba aguardando detrás de la puerta, sale

vestido de pontifical, y fulmina aquellos horrorosos anatemas sobre la

infeliz leona, y ésta se irrita, y con aquella espada sin hoja, es

decir, con la empuñadura de una espada que providencialmente lleva en la

mano, precipitándose contra el arcediano le da aquel concluyente golpe

sobre el morrillo que lo deja exánime... Aquello, reconocerá usted que

es tremendo, es como una pesadilla. Yo me preguntaba: ¿es esto sueño, o

es espantosa realidad? Y me tentaba el cuerpo, y me aplicaba cautelosos

y moderados pellizcos, y miraba en torno, y veía gente batiendo palmas,

otras riéndose con las manos en las ijadas. Y yo me preguntaba

nuevamente: ¿estoy soñando? ¿Estoy de verdad en Madrid, en 1916? Y no

podía creerlo. Aun no lo creo. Porque todavía estoy mareado, amigo mío,

y se me figura que he soñado.

--En parte sí que ha soñado usted, o ha visto mal, porque la leona no

mata al arcediano como usted dice. Lo que llevaba en la mano la leona no

era una empuñadura sin hoja. ¿Para qué iba a llevar tan extraño e

incongruente adminículo? Ni le dió el arcediano en el morrillo.

--Perdón. Le digo a usted que le dió un desapoderado golpe en el

morrillo.

--Lo que llevaba escondido en la manga, y con su objeto, era una

puntilla o cachete, como esos de descabellar reses bravas; y donde le

dió fué en el cabello; por eso cayó como apuntillado. De todas suertes,

tiene usted razón; aquello es tremendo. Muy fuerte, muy fuerte... Y de

los versos, ¿qué me dice usted?

--Muy bonitos, muy fáciles, muy sensuales.

--¿Lo dice usted en serio?

--Claro que sí. Habrá usted oído asegurar que el autor es el legítimo

heredero de Zorrilla.

--Lo he oído asegurar, por lo menos, de otros seis o siete autores. De

manera que, si todos lo son, el patrimonio que hayan heredado habrá

padecido no floja merma. Pero, en fin, yo deseaba que usted me hablase

del teatro poético. ¿No intenta usted hablar o escribir sobre este tema?

--Sí, señor.

--A ver. ¿Cómo piensa usted que debe ser el teatro poético?

--Ya le he dicho que estoy mareado todavía.

¿No ha estado usted nunca mareado? Cuando

estamos mareados, se nos da una higa por

todo; nos parece que la vida es profundamente

ilógica y nauseabunda, que no es llevadera; si

no deseamos morir, apetecemos lo que más se

le asemeja, dormir. Sí, hablaremos del

teatro poético, pero en sazón oportuna;

porque, después del estreno

de _La leona de Castilla_,

usted comprenderá...

Ahora, vayamos a

dormir.

[Nota: EL COLLAR DE ESTRELLAS]

[Nota: Las sobremesas]

[Nota: Sub-rosæ y sub-spinæ]

Los antiguos, después de sus festines, gustaban de

permanecer largo tiempo en torno de la mesa, platicando sobre temas

sutiles y elevados. Estas sobremesas se llamaban pláticas o

conversaciones _sub-rosæ_, esto es, debajo de las rosas, porque los

personajes se habían coronado con ellas las sienes, dando a entender por

esta manera alegórica que el discurso fuese apacible, manso el tono y

las palabras perfumadas. Es cosa sabida que las digestiones copiosas y

difíciles ofuscan o agrian el discurso y embotan el ingenio. Por eso los

antiguos, antes de iniciar aquellas pláticas _sub-rosæ_, exoneraban el

estómago con expedientes provocados.

Nuevas ideas o doctrinas que buscan propagarse no luchan con ideas y

doctrinas rancias que hayan hecho baluarte en las cabezas, sino contra

la plenitud de los estómagos. La cabeza es vulnerable, es susceptible de

rendirse a razones. El estómago es invulnerable y no entiende de

razones. Los enemigos de todo ideal son aquellos que San Pablo

denominaba vientres perezosos. En un estudio estadístico de las

diferentes dietas nacionales, con su índice digestivo, hallamos que el

garbanzo es el de digestión más prolija y onerosa. De aquí podemos

deducir una ley, que recomendamos a los propagandistas políticos, y en

general a todo linaje de propagandistas: «No hagáis propaganda después

de comer, porque perderéis el tiempo ante una muralla ciclópea de

vientres perezosos, y por lo tanto escépticos, y por lo tanto materia

absolutamente contumaz.» La razón de lo menguado de nuestro arte

escénico, y la responsabilidad de que lo excelente que tenemos, o sea

las obras--sin excepción--de don Benito Pérez Galdós, apenas si se

representen, no corresponde tanto al discernimiento del empresario

cuanto al abdomen del espectador. La sobremesa del garbanzo, sea en el

café, sea en el teatro, suele ser funesta.

Don Jacinto Benavente ha dado a sus artículos de _El Imparcial_ el

título genérico de _Sobremesas_, malicioso eufemismo que podríamos

traducir en estos términos: «No hay que calentarse los cascos, la

cuestión es pasar el rato»; en suma, una claudicación con los vientres

perezosos. Después de una larga interrupción, las Sobremesas volvieron a

aparecer hace cosa de cinco semanas. No recordamos si las _Sobremesas_

de la primera época eran pláticas _sub-rosæ_. Estas de la segunda época

son pláticas _sub-spinæ_. El señor Benavente tiene fama de escritor

agudo. También es aguda la espina. Pero antes que esta agudeza que

hiere, es la propia del ingenio la agudeza que penetra para mejor

comprender. No recordamos de ninguna agudeza del señor Benavente que no

sea alusión al sexo o menosprecio de la persona.

En todas las _Sobremesas_ que van publicadas esta segunda época, el

señor Benavente no puede disimular una obsesión de que adolece, y es la

de hacer víctimas de su agudeza a los redactores de la revista _España_.

Yo declaro que, en mi sentir, don Jacinto Benavente no pensó en

incluirme en las alusiones maliciosas y vituperios soslayados con que

pretende afligir a otros queridos compañeros que trabajan en esta

revista. Por esta razón puedo permitirme decir a don Jacinto Benavente

que ha cometido una injusticia que debe reparar. Sentimientos de

delicadeza, a los cuales presumo que el señor Benavente no es nada

refractario, me impiden argüir sobre esta afirmación. Al claro talento

del señor Benavente no se le puede ocultar que su juicio intelectual

sobre _España_, si fué sincero, no fué acertado. Y en cuanto al juicio

moral... Según el señor Benavente, los redactores de _España_ son unos

envidiosos.

[Nota: La envidia]

Una larga y atenta observación de los hombres me ha convencido de que el

único resquicio por donde podemos deslizarnos hasta el fondo oscuro del

corazón humano es a través de los juicios morales que uno hace sobre la

génesis de la conducta del prójimo. Nadie, aun cuando con ahinco se lo

proponga, puede declarar por entero su sentir ni hacer confesión sincera

de sí mismo, porque hay siempre una zona profunda y tenebrosa del alma

que el propio interesado desconoce: es la zona donde se engendran las

acciones, la zona de los motivos, de los estímulos. Esta zona se ilumina

de conciencia y adquiere expresión cuando nos aplicamos a interpretar el

origen de los actos ajenos, pues no teniendo otro criterio de juicio que

el que dentro de nosotros mismos hallamos; por fuerza hemos de explicar

la naturaleza de las acciones del prójimo conforme a la naturaleza de

nuestras acciones. Y así, cuando el hombre aventura un juicio último

sobre la conducta ajena, está haciendo, sin saberlo, la más sincera

confesión pública. Si los envidiosos no hubieran atribuído nunca los

actos ajenos al estímulo de la envidia, como por necesidad, y a pesar

suyo, lo hacen, es seguro que los no envidiosos, aun viviendo rodeados

de envidiosos, jamás hubieran podido imaginar o adivinar que existiese

ese estímulo de la conducta que llaman envidia. Esto no quiere decir que

el señor Benavente sea envidioso. Yo creo que, al motejar de envidiosos

a algunos redactores de _España_, lo hizo por rutina, sin pararse a

aquilatar el calificativo; fué un juicio a la ligera, de sobremesa.

Lo sustancial es que, en estas últimas _Sobremesas_, trascienden

palmariamente las dos notas características del criterio conservador;

son, a saber: claudicación con los vientres perezosos, y malignidad,

entendiendo la malignidad en un doble sentido; de interpretación de la

conducta por los móviles más bajos y de comezón de zaherir y fustigar. A

tiempo que el señor Benavente trazaba estas _Sobremesas_, urdía una obra

dramática: _El collar de estrellas_; naturalmente, una obra de fondo

conservador. Y es lo peregrino que, en tanto el señor Benavente gozaba

la fruición de hostigar a sus semejantes, en su obra dramática predicaba

el amor al prójimo.

[Nota: LA PREDICACIÓN]

Hemos estampado la palabra predicar. La última obra del señor Benavente

tiene un carácter de misión apostólica. El escenario se toma en guisa

de púlpito, desde donde el autor aspira a salvar las almas,

adscribiéndose una especie de sacerdocio laico.

Tres pueblos solamente han producido un teatro nacional: el griego, el

español y el inglés. Estos tres teatros, como obra del pueblo y

posteriores a la unidad moral del pueblo, no era verosímil que derivasen

hacia la predicación de normas morales en las cuales todos los

espectadores participaban. Su matiz docente y religioso es meramente

pasivo, de alusiones y reflejos. De entonces viene definir el teatro

como espejo de las costumbres. El teatro alemán, si bien en su aspecto

formal y estético no es sino un sucedáneo de aquellos tres teatros,

señaladamente del inglés y del español, en su aspecto docente y social

trastrocó los términos de la dramaturgia nacional. Antes, el teatro era

obra del pueblo. A partir de Schiller, el pueblo debía ser obra del

teatro. «Los alemanes hablan del teatro como un nuevo órgano con que

refinar el corazón y el alma de los hombres; algo así como un púlpito

seglar, digno aliado del púlpito sagrado, y, quizá, más a propósito para

exaltar algunos de nuestros más nobles sentimientos, porque sus asuntos

son mucho más diversos y porque nos mueve por varios caminos,

dirigiéndose a los ojos con sus pompas y decoraciones, al oído con sus

armonías, al corazón y a la imaginación con sus bellezas poéticas y sus

actos heroicos.» (Carlyle: _The life of Schiller_.) De Schiller acá no

ha habido gran autor dramático que no haya sido alguna vez inducido

hacia este modo del teatro apostólico, por decirlo así.

La predicación desde el escenario está bien. Es más, se necesita de

ella. Pero, ante todo, no se confunda la elocuencia con la retórica.

Quintiliano dijo: _Pectus est quod facit dissertos_; el corazón es el

que hace la elocuencia.

Predicadores fueron San Bernardo y Fray Gerundio de Campazas. San

Bernardo movía y se hacía entender, aun de aquellos que no hablaban su

lengua. Fray Gerundio, ni aun de aquellos que hablaban su misma lengua

era entendido, lo cual no estorba a que no pocas veces fuera muy

celebrado, precisamente por eso. Y es que la elocuencia es un darse por

entero, no tanto en palabras cuanto en la intención del acto, y no hay

que salvar a los demás si antes no se ha salvado uno a sí propio.

Elocuencia y vanidad son estados que no se avienen. Vanidad significa lo

hueco. Elocuencia significa lo pletórico.

[Nota: DON PABLO]

Es este el personaje central de _El collar de estrellas_. Don Pablo pasa

por elocuente; hasta sospechamos que gusta de ser tenido en opinión de

elocuente. Pero don Pablo es un vano. Don Pablo pasa por humilde; pero

don Pablo es un vano. La humildad afectada es la más vana de las

vanidades. Y don Pablo, el humilde, así que la realidad no se amolda

escrupulosamente a su voluntad, vuelve la espalda con desdén y se

esconde en su olimpo o buhardilla. Don Pablo predica el amor a todos los

hombres y a todas las cosas por igual e invoca en sus peroraciones a San

Francisco de Asís; pero este amor suyo es más bien un amor intelectual,

a manera de _flatus vocis_, que no le ha impedido vivir aislado de los

dolores humanos ni le ha arrastrado a compadecerlos o compartirlos. Y

cuando al cabo, a la vuelta de los años, don Pablo se digna descender al

comercio de los hombres (con ciertas limitaciones), le vemos mezclarse

tan sólo en los asuntos de su propia familia, para gobernarla según su

omnímodo y caprichoso imperio. Esta familia se compone de corderos,

algunos descarriados; pero, en resumidas cuentas, todos son corderos.

Don Pablo viene a predicarles el amor. Pero sucede que por la casa

aparece con sospechosa asiduidad un visitante que tiene algo de hombre

de presa, algo de lobo. San Francisco, exclamaba: «Hermano cordero,

hermana paloma»; pero también: «Hermano lobo, hermana víbora.» El

corazón del santo era un ascua de amor. «Hermana oveja» de por sí no

sería una expresión de santidad ni de amor, sino impertinente sandez.

¿Cómo se concibe que digamos: «oveja enemiga, paloma enemiga»? También

aisladamente la invocación de «hermano lobo» carecería de espíritu. En

la hermandad ha de ir abrazado lo uno con lo otro, como dando a entender

que en la oveja y en el lobo no yace la voluntad de ser como son, que no

somos quiénes para repudiar lo que diputamos por malo, ya que el mal,

como todo, tiene una raíz divina cuyos fines últimos no podemos

vislumbrar, y no sabemos sino que hasta el mismo mal, si tuviéramos la

abnegación de amarlo, se transfigura en bien. Y ¿qué hace el amoroso don

Pablo con este hombre de presa, trasunto del lobo? Lo arroja a puntapiés

de la casa, después de haberle rociado de insolencias. Yo no me meteré a

negar que no se deba hacer esto con los lobos. Lo que yo digo es que si

don Pablo no fuese un charlatán, y conforme a lo que él predica, el lobo

merecía más amor que los borregos, cuando menos necesitaba más de amor.

Don Pablo es como una hermana de la Caridad que asistiese de buen grado

a un enfermo que está en cama porque se dislocó una pierna, y se negase

a asistir en un caso de tifus o de lepra; o como un médico que alardease

de haber sajado un divieso, y siendo llamado para curar un cáncer,

insultase al canceroso.

El amor no se manifiesta en palabras, sino en actos de amor. El amor es

una verdadera fraternidad universal, sentimiento de la comunidad de

origen.

[Nota: AQUELLA FAMILIA DE DON PABLO]

Se dice que aquella familia de don Pablo representa a España. Confieso

que, hasta que me lo dijeron, no había caído en la cuenta. Aun después

de habérmelo dicho, no acierto a atar cabos ni a puntualizar qué tipo

representativo incorpora cada uno de los miembros. Yo creo más bien,

porque lo considero más artístico, que el señor Benavente no buscó el

esquema ideal de España, sino que procuró trasladar a la escena el eco

vivo de una familia española, que es la mejor manera de tratar

simbólicamente un gran segmento de la vida española y del problema

español; porque cuando una cosa se nos da con realidad acusada

enérgicamente adquiere un valor de símbolo para todas las cosas de la

misma especie. Este es el procedimiento más eficaz del simbolismo

artístico. El procedimiento inverso, de extremar un concepto y luego

infundirlo en una individualidad de ficción, me parece, además de falso,

peligroso. Y este segundo es, sin duda, el procedimiento de que el señor

Benavente usó en un caso para simbolizar el pueblo en la criada de la

susodicha familia, como tiene buen cuidado de advertírnoslo el charlatán

de don Pablo. El peligro es que no faltará quien suponga que, según el

señor Benavente, la salvación de España depende de las criadas de

servir. El público del señor Benavente, femenino en su mayoría, objetará

a esta tesis.

La familia de don Pablo ha venido muy a menos, y no se lleva bien por

aquello de que «donde no hay harina, todo es mohína». Allí nadie sirve

para ganarse el _cónquibus_ de cada día. Consecuentemente se observa un

estado de sorda exasperación, que es muy común entre españoles. Se ve

que en la familia no reina la fraternidad. Y don Pablo viene a

predicarles el amor. Claro está: _amor, amor_, así, a secas, se les

figura una palabra muerta, una voz sin contenido.

Las máscaras, vol. 1/2 · 第 4 / 12 段