solo afán es crear más y más riqueza. «Aseguro--dice--que el dinero es
bueno. Tengo bastante sinceridad para declarar que me gusta... que
deseo poseerlo y que no me dejo quitar a dos tirones el que he sabido
hacer mío con mis brazos forzudos, con mi voluntad poderosa, con mi
corta inteligencia.» En esto de la inteligencia, ya veremos después si
Pepet es tan corto como él mismo se pinta.
¿Qué es, según esto, Pepet? ¿Es la avaricia? No. Es algo anterior aún a
la avaricia: es el egoísmo, el sagrado egoísmo. Y ¿qué es el egoísmo?
Por lo pronto es una fuerza del mundo orgánico correlativa a la fuerza
de cohesión del mundo inorgánico. Sin la fuerza de cohesión las cosas
materiales se desmoronarían, se derrumbarían, se aniquilarían, volverían
a la nada primieva y letárgica. El egoísmo es la voluntad de vivir, de
robustecer y afirmar la propia personalidad. Su manifestación más simple
es el apetito. Cuando un hombre ha perdido el apetito, lo ha perdido
todo: la energía, el sentimiento, el pensamiento, todas las demás
facultades. Cuando un pueblo o una nación carece de unos cuantos Pepets,
que son al cuerpo social lo que los apetitos y voluntad de vivir al
cuerpo individual, indica que las demás facultades sociales, la voluntad
y energía políticas, la aptitud para las ciencias y las artes, o no
existen, o amenazan desaparecer, o malograrán su crecimiento. En la base
del liberalismo está el amor de la salud física, el cuidado por la
robustez del cuerpo. ¿Qué libertad de conciencia será valedera sin
equilibrio y satisfacción orgánicos? El enfermo, el flojo, el tibio, el
triste, el sospechoso, el desganado, el epiléptico, el místico, no gozan
ni pueden gozar linaje alguno de libertad de conciencia. «Mi salud es de
bronce. No sé lo que es estar enfermo. Nací para vivir mucho, y viviré.»
Así dice Pepet. Sin el egoísmo germinador y voluntarioso no puede darse
civilización próspera, y sin próspera civilización no hay cultura del
espíritu, sólida y satisfactoria. Bien lo ha comprendido Pepet, aun
cuando a sí mismo se declare corto de inteligencia. Estas son sus
palabras: «Como me he formado en la soledad, sin que nadie me
compadeciera, adquiriendo todas las cosas por ruda conquista, hállome
amasado con la sangre del egoísmo, de aquel egoísmo que echó los
cimientos de la riqueza y de la civilización.»
De la riqueza, de la civilización y de algo más, amigo Pepet. También de
la moral social, de la moral más firme y mejor asentada, como garantía
de orden y mutua inteligencia en el trato normal y cotidiano. Porque «el
progreso de la moral social no es otra cosa que la más clara conciencia
del egoísmo radical que todos llevamos dentro y el mayor valor para
declararlo en público; de manera que contrastándose egoísmo con egoísmo,
mi egoísmo con el del vecino, ceda cada cual en aquello que puede y debe
ceder. El progreso moral consiste en aprender a no engañarse y a no
engañar, precisamente por egoísmo. La caballerosidad, el honor, no son
sino la moneda admitida en los contratos o chalaneos de buena fe entre
varios egoísmos»[A]. Esto es, que el reloj marque bien la hora, de modo
que se pueda confiar en él. Si la caja es de acero, no importa. El
mecanismo secreto que hace andar las manillas, no importa. Lo que
importa es que marque bien la hora. Pepet, que es un gran negociante,
bien sabe que el engañarse a sí propio o engañar a los demás, el ser
_pillo_, en una palabra, es el peor negocio, negocio que tarde o
temprano conduce a la quiebra. Y así, el egoísmo, poderosa y
racionalmente sentido, se va traduciendo en las siguientes etapas de
evolución moral. No engañar a los demás: _sinceridad_. (Pepet afirma y
prueba repetidas veces su sinceridad.) No dejarse engañar por los demás:
_dignidad_. Ser esclavo del compromiso adquirido: _honradez_. «El primer
artículo de mi ley es cumplir estrictamente lo pactado», dice Pepet. En
otra ocasión dice que «su palabra es como el evangelio». Un hombre
esclavo de su palabra, difícilmente será un sentimental ni usará de
misericordia. «El segundo artículo de mi ley es no dar nada a nadie
graciosamente», dice Pepet, y añade: «la compasión, según yo lo he
visto, aquí principalmente, _desmoraliza_ a la humanidad. De ahí, viene,
no lo duden, este sentimentalismo que todo lo agosta, el incumplimiento
de las leyes, el perdón de los criminales, la elevación de los tontos,
el poder inmenso de la influencia personal, la vagancia, el esperarlo
todo de la amistad y de las recomendaciones, la falta de puntualidad en
el comercio, la insolvencia. Ustedes no ven las verdaderas causas del
acabamiento de la raza». ¿Y dices, amigo Pepet, que eres corto de
inteligencia? ¿Y dicen los demás que eres un bruto y un vándalo? ¡Oh!
¿Por qué no sobrevendrá en España una invasión de vándalos como tú?
Tienes razón, Pepet: el sentimentalismo habitual es el peor pecado,
porque es el pecado de acidia, padre de todos los pecados, y lleva hasta
el crimen de pobreza, padre de todos los crímenes.
[Nota A: _Troteras y danzaderas._ Novela por R. Pérez de Ayala.]
Pepet tiene sobre lo malo y lo bueno un criterio liberal. Bueno es lo
que sirve para algo cuando se emplea en aquello para que sirve. Malo es
lo que no sirve para el fin en que se emplea. Es decir, que lo bueno es
lo apto y lo eficaz, aprovechado mediante el trabajo. Es de sentido
común. Pepet no involucra la acepción de los términos. Al mal ladrón no
le llama buen ladrón aun cuando sea santo. Es mal ladrón, puesto que no
sirve para ladrón. Si Pepet se resolviese en robar por los caminos, no
se asociaría con un santo, sino con un buen ladrón. Pepet no transige
con el criterio faccioso que así desmoraliza a la humanidad y enerva a
los pueblos; ese criterio que, para indagar la aptitud y la capacidad
profesionales, lo primero que averigua es si el que ha de ejercer la
profesión comulga en las propias ideas facciosas, y si así resulta,
sirve para el caso, y si no, no. Al remendón chabacano, de vida privada
honesta, el espíritu faccioso le busca parroquia; y ¿qué más da, si
luego, por obra de sus zapateriles prevaricaciones, se suscita legión de
enojosísimas callosidades? Al licenciado que comulga y sabe ganar el
jubileo, se le concede una cátedra, aunque sea un bodoque. Y así
sucesivamente. Pepet se revuelve contra este desquiciamiento del orden
natural. «El que no puede o no sabe ganarlo, que se muera y deje el
puesto a quien sepa trabajar. No debe evitarse la muerte del que no
puede vivir. El náufrago, que se ahogue.»
Ante todo, la capacidad en el servicio. Es lógico; es de sentido común.
«Yo soy rudo--confiesa Pepet orgullosamente--, pero a manejar bien la
lógica, no me gana nadie.» Pepet no querrá sus muros fabricados con
plumas, ni sus colchones mullidos de pedruscos.
Por la manera de expresarse--anotemos esta breve disquisición al
paso--se diría que Pepet es un lector asiduo de Nietzsche. Algunas de
sus locuciones son casi traducción de otras del filósofo tudesco. Lo
peregrino es que, en el momento de estrenarse _La loca de la casa_,
Nietzsche era absolutamente desconocido entre nosotros. Algunos años más
tarde, Clarín fué el primero en hablar de él. ¡Pasmosa intuición del
genio de Galdós!
Las ideas de Pepet son de un radicalismo asaz exagerado. Le producen
malestar todas las variedades de la fauna eclesiástica, sacristanesca y
conventual. No es para sorprender. Se observa con regularidad el
fenómeno de que las personas que por el propio esfuerzo han acarreado
bienes de fortuna y creado riqueza de mucha entidad suelen profesar en
las ideas radicales; de la propia suerte que, cuando el dinero pasa a la
segunda generación y se convierte en hacienda heredada y abundancia
conseguida sin esfuerzo, los poseedores se entornan del lado de las
ideas reaccionarias. Pasa el liberalismo entonces a ser plutocracia. El
liberalismo de los ricos por conquista presenta dos caracteres: uno,
_radicalismo_, enemiga al grupo de los hombres que viven vida
contemplativa y mendicante; aversión instintiva y natural de la mano
activa a la mano muerta. El otro carácter es de _liberalismo económico y
político_. El creador de riqueza quiere que se le deje en libertad de
luchar, de conquistar, de crear. La divisa de todos los creadores de
riqueza es la misma de los fisiócratas y liberales manchesterianos:
«Dejad hacer. Dejad pasar. Que el Gobierno no se inmiscuya en las luchas
económicas.» El placer del creador de riqueza es la misma voluptuosidad
del crear. En cambio, el que ha tomado la hacienda heredada, sin la
experiencia de cómo se adquiere, teme, ante todo, que otros creadores de
riqueza, apuestos e impacientes, se la disputen y arrebaten. Este ya no
simpatiza con la libertad económica y con la inhibición gubernamental;
antes al contrario, pide al Estado leyes protectoras, monopolios,
privilegios, inmunidades con que gozar apaciblemente de sus riquezas,
las cuales, para él, no valen por la delicia de la creación, sino por
los deleites, honras y vanidades que con ellas se pueden mercar. El
riesgo que consigo lleva la hacienda heredada, es: 1.º,
económico--disiparla, malbaratarla por ignorancia del concepto de
precio--, y 2.º, moral--rebajamiento y corrupción del espíritu--. El
riesgo a que expone la creación de riqueza, es también: 1.º,
económico--la demasiada riqueza, la pérdida del concepto claro del
valor--, y 2.º, moral--endurecimiento de corazón.
Hay un personaje muy pintoresco en una de las últimas comedias de
Bernard Shaw[B]. Se trata de un perfecto sinvergüenza, pero muy dado a
teorizar sobre ideas o normas morales, pertenecientes a un sistema
paradójico y chocante de ética, que él se ha inventado para su uso
particular. La hija de este sujeto se halla, por accidente, en casa de
un caballero. El padre se presenta, inopinadamente, en la casa,
amenazando con denunciar al caballero, por corrupción, si éste no le da
cinco libras esterlinas. Las razones con que el sujeto justifica su acto
son tan extrañas y agudas que el caballero le responde: «Me ha caído
usted en gracia, y en lugar de darle cinco libras le voy a dar a usted
diez.» Pero el moralista las rechaza, diciendo: «No quiero más que
cinco. Con esas cinco libras he pensado correr una gran juerga esta
noche y mañana. Si usted me da diez libras, me sobrecojo, cavilo sobre
la importancia de tanto dinero, vacilo en gastarlo, no corro la juerga,
me hago avariento, soy infeliz. Tengo pavor al mucho dinero.» Gran
filosofía se contiene en la afirmación de este cínico. Las riquezas son
como el agua y el fuego: elementos primordiales y los más benéficos,
mientras se les mantiene dominados, obedientes y en servidumbre; las más
avasalladoras, las más arrasadoras calamidades, cuando se insubordinan,
y en lugar de ser tiranizados por el hombre, son ellos los que le
tiranizan a él.
[Nota B: _Pigmalion._]
Cada abuso acarrea su morbo o dolencia específicos. El derroche de la
hacienda heredada viene a ser como el estragamiento del estómago, que
ya no admite ningún alimento. El desapoderado amontonamiento de riquezas
viene a ser como la dilatación de estómago, que ya no hay alimento que
baste ni ahíte.
Pepet ha querido desarrollar plenamente su personalidad. Estaba en su
derecho. Pepet ha dicho siempre que el mayor crimen es la pobreza. Tenía
razón. Pero Pepet ha sobrepasado su hito. No se ha satisfecho con la
plenitud, sino que ha querido superarla aún, sin reparar que en este
trance de demasía cohibía y lastimaba, en su derredor, otras
personalidades de semejantes. Pepet ha enfermado de dilatación de
estómago. Obsesionado con el ímpetu de liberal criterio, que es la
médula de su espíritu, no ha acertado a plantearse en la conciencia el
conflicto moral; no ha querido abrir su razón a las insinuaciones de la
facultad crítica. Cerrazón que pone en peligro todo sentido común y toda
lógica. Automáticamente se ha convertido en un faccioso. Tanto ha dicho
que la pobreza es el mayor crimen, que ya todos lo repiten. Y,
lógicamente, terminan por agregar: «Sí; la pobreza es el mayor crimen.
Pero no crimen de los pobres, sino de los demasiadamente ricos.» Esta
secuela fatal no entraba en los cálculos de Pepet. Acaso Pepet se
figuraba que el mundo terminaba en él y con él.
Para Pepet no había sino una fuerza: el egoísmo, la fuerza de repulsión,
la soberanía de la materia. Sólo miraba las cosas por la cara, y no por
el revés. Le faltaba la segunda mitad del viaje circular. No presentía
el tránsito del egoísmo al altruísmo; de la moral social a la moral de
conciencia. No había llegado a desentrañar la gran verdad de que el bien
propio es solamente síntesis y trasunto del bien común. Pepet se
precipitaba, sin sospecharlo, en el ostracismo, en el aislamiento, en la
irreligiosidad.
Pero a su lado está la esposa, la mujer imaginativa, la generosa, la
propicia al sacrificio, la religiosa, que no busca sino unir a todos con
lazos suaves y benignos. Victoria, por salvar a su padre de la ruina, se
ha casado con Pepet: el rico. No le amaba; mas, apenas casados, Victoria
adivina que su marido es juguete de una fuerza ciega, y ya le ama como a
un niño, maternalmente. Victoria es lo contrario de Pepet, es la fuerza
de atracción. Neutralizadas las fuerzas de atracción y de repulsión, las
esferas se mantienen en la fruición de una paz inalterable. La
imaginación generosa, en consorcio con el egoísmo, forman la más próvida
coyunda, a prueba de contrariedades.
Ya se ha presentado la contrariedad. Victoria ha dispuesto de un puñado
de miles de duros para ofrecérselos a una señora menesterosa. Al saberlo
se despierta en Pepet el hombre prehistórico y cavernario, de ojos
ardientes, dientes arregañados y manos rapaces, dispuesto a defender lo
suyo a dentelladas y zarpazos.
--¿Cómo se llama lo que has hecho?--pregunta a su mujer.
--Justicia--responde Victoria.
¿Ruges, pobre Pepet? ¿Ruges porque te han cortado la ración de agua? ¿No
entiendes que tu mujer te está curando? ¿No ves que cuanta más agua
bebas, más rabiosa será tu sed? ¿Quieres matar a tu esposa? Pero ¿no ves
cuán serenamente te desafía? Escúchala.
«Arrastróme hacia ti una vaga aspiración religiosa, y además de
religiosa... socialista. La idea de apoderarme de ti cautelosamente
para repartir tus riquezas, dando lo que te sobra a los que nada
tienen.»
¿Oyes? Aspiración religiosa. Tu mujer es tu salvación. Estabas para
desgajarte de la humanidad como un miembro anquilosado e inútil, ibas a
ser como estatua de bronce, y tu mujer te hará revivir, haciendo que por
ti corra de nuevo sangre humana. Y además de religiosa, aspiración
socialista. Tú no has leído libros, Pepet, ni tampoco tu mujer. ¿Sabes
lo que es el socialismo? Quizás tu mujer tampoco lo sabe; pero lo
presiente. Ya la has oído: «una vaga aspiración». Un socialismo
sentimental. Descuida y consuélate, que, después de este socialismo
sentimental, se anuncia el advenimiento de un socialismo más exacto y
más exigente. Su profeta ya ha hablado, y ha dicho que eres un mal
necesario, es decir, que eres un bien; ha dicho que tú, heroico forjador
del capitalismo, eres el magno propulsor de la cultura y del progreso, y
que, sin ti, el triunfo postrero de la justicia humana sería
inasequible, puesto que has reunido el dinero que al cabo será para
todos.
Tu mujer te parece una loca. A tu mujer le pareces un salvaje. Tire cada
cual por su lado.
Ahora están separados Victoria y Pepet. A solas, meditan. Victoria no
puede vivir ya sin su bruto egoísta. Pepet no puede vivir sin su loca
pródiga. Pepet comienza a presentir que el mundo no concluye en él, ni
se acabará con él. ¡Oh! ¡Si Victoria le hubiera dado un hijo...!
Vuelven a verse marido y mujer. Victoria declara hallarse encinta. Pepet
está rendido.
--Ahora es cuando hay que acumular mayores riquezas y defender con
redoblado tesón las adquiridas--dice Pepet.
--Al contrario. Ahora es cuando hay que repartirlas más liberalmente.
Ahora es cuando hay que confundirse del todo con la humanidad--replica
Victoria.
¿Qué remedio le queda a Pepet sino rendirse a discreción?
Sigue creando riqueza, Pepet. Y tú, Victoria, sigue aventándola
dadivosamente y distribuyéndola con equidad. Y que vuestro hijo sea el
fruto de alianza entre la ley de barbarie y la ley de gracia; entre la
letra y el espíritu; entre la concupiscencia y el sacrificio.
[Nota: _SANTA JUANA DE CASTILLA_]
Os voy a contar un cuento. Un cuento de niños... y de
hombres ya hechos. Ya sabéis que los cuentos son de tres clases: cuentos
de risa, cuentos de miedo y cuentos de llorar. Pues éste es un cuento de
llorar.
Una vez era un rey que tenía cinco hijos: un niño y cuatro niñas. Es
decir... como tener, tenía más hijos; pero cinco eran príncipes, porque
los otros eran sólo hijos del rey, y no de la reina. Cosas que pasan en
el mundo, y sobre todo en aquellos tiempos, que son los de Maricastaña.
El rey y la reina gobernaban la tierra más grande del mundo. Y esto
ocurrió así; que cada cual era rey por su parte y en su tierra, y al
casarse juntáronse los dos reinos. Y por si fuese poco, un marinero
hazañoso, a quien los sabidores del reino tildaban de insensato,
descubrió un mundo nuevo, mucho mayor que todos los hasta entonces
conocidos, para que el rey y la reina lo gobernasen... o lo
desgobernasen, que lo que estaba por venir sólo Dios lo sabía.
Así el rey como la reina eran muy buenos cristianos y de muy amoroso
corazón. Cristianos viejos eran asimismo los vasallos, como que los del
reino de la reina habían estado peleando nada menos que ochocientos años
contra unos extranjeros que se les habían metido en casa y que creían en
un dios sucio y en un profeta zancarrón; hasta que, en tiempos de la
reina de nuestro cuento, los echaron del todo. Pero, entre todos los
herejes, a quienes más aborrecían el rey, la reina y los vasallos, eran
a unos que llamaban judíos. Los aborrecían por ser herejes, claro está,
y también porque los vasallos de aquel reino, después de ochocientos
años de manejar armas, eran caballeros muy valerosos, que desdeñaban los
bajos oficios y menesteres, en tanto los judíos desdeñaban las
caballerías y se empleaban en traficar, trabajar y granjear dinero. Con
que el rey y la reina arrojaron de aquella tierra a los judíos, y los
vasallos dieron gracias a Dios y se quedaron muy contentos, aunque de
allí en adelante muchos oficios quedasen desamparados.
Y en cuanto al amoroso corazón de los reyes, júzguese del corazón del
rey por los muchos hijos que tenía. Y del de la reina, dicen los
cronicones que era sobremanera tierno, que si mucho amaba a sus hijos,
no amaba menos al rey, a tal extremo, que picaba en celosa.
Los cinco hijos heredaron del padre, y sobre todo de la madre, la pasión
amorosa, de la cual se engendró su infortunio y el del reino. La hija
mayor era hermosa; casó con un príncipe extranjero, que a poco la dejó
viuda. Un hermano del príncipe muerto se había enamorado de ella y
quería desposarla; mas ella, fiel a la memoria de las bodas primeras,
rehusó; hasta que, siendo sobre todo muy buena cristiana, ya que el
pretendiente pasó a ser rey, se sacrificó a tomarlo por esposo, no de
otra suerte que si profesase en una orden penitente, y con la condición
que el rey, su esposo venidero, expulsase de su reino a los judíos. Para
que se vea si era piadosa... Esta princesa se llamaba Isabel y murió de
sobreparto del primer hijo que tuvo.
El hijo varón, hermano de Isabel, se llamaba Juan. En su cabeza habían
de unirse entrambas las coronas de sus padres. Era apuesto, gentil y
esforzado. Casáronlo con una hermosa princesa de lueñas tierras, y dióse
a amarla con tanto ardor que a los seis meses adoleció y pasó a mejor
vida, muy mozo aún. Y con él dió fin la verdadera historia de aquellos
reinos, por lo que más adelante se dirá.
Después de Isabel y Juan venía una niña, Juana, feúcha y poco agradable
de su persona. Le buscaron para marido un príncipe que era hermano de la
mujer de Juan. Juan y Juana, los dos hermanos, salieron juntos para las
lueñas tierras de sus bodas en una flota que los reyes, sus padres, les
habían aparejado con tantos y tan ricos navíos como jamás se había
imaginado.
El marido de Juana era de tan agradable presencia que le apellidaban _el
Hermoso_. Prendóse Juana de él ciegamente, sin ser correspondida; antes
bien: el guapo mozo se regodeaba de público con otras damas, despegado
de su legítima esposa, la cual no acertó a sobrellevarlo con paciencia,
por donde dieron en murmurar que era loca, y de ello enviaron nuevas a
los reyes, sus padres; y a esto Juana respondía que no estaba loca, sino
celosa, con harta ocasión, y que si celosa era ella, celosa había sido
su madre, la reina.
Por cuanto, habiendo muerto Isabel y Juan, y después la reina madre,
Juana, la princesita feúcha y triste, fué proclamada reina, y gracias a
ella el hermoso marido vióse de regente y señor de un gran reino. Pero
no hay dicha que largo dure. El hermoso marido murió a poco, no sin
haber dejado sucesión y a la viuda encinta ¡Considérese el dolor de la
reina Juana! No aviniéndose a perder para siempre el amado esposo, hizo
que, después de enterrado, lo sacasen de nuevo del sepulcro y quiso
conducir consigo los despojos a otro paraje apartado. Formó la comitiva,
en seguimiento del ataúd, con gran golpe de prelados, eclesiásticos,
nobles y servidumbre. La reina iba enlutada de la cabeza a los pies.
Caminaban de noche, al resplandor de las antorchas, y de día buscaban
cobijo y descanso en los conventos, «porque una mujer honesta--decía
Juana--, después de haber perdido a su marido, que es su sol, debe huir
de la luz del día». La reina dilataba llegar a término de las jornadas,
porque un fraile embaucador le había profetizado que el muerto
resucitaría. Si no fuera que para embalsamarlo le hubieron de sacar los
entresijos.
Y sucedió, un día, que entraron a posar en el patio de un convento que
la reina juzgó que era de frailes; pero como viniese en conocimiento de
que era de monjas, la reina sintió la pasión de los celos, porque las
monjas a la sazón eran muy disolutas; y, sacando al medio del campo el
féretro, allí se estuvo, con toda la procesión, el día entero, bajo el
agua de la lluvia.
A la postre, el rey, su padre, la encerró, con achaque de que estaba
loca, y gobernó, como rey, el reino que había sido de su mujer y que era
de pertenencia de su hija. Y después de este rey subió al trono el hijo
de doña Juana, que era nacido y criado en tierra forastera y ni siquiera
sabía hablar habla del reino. Y llegó con gran corte de forasteros,
flamencos y borgoñones, que él puso de regidores; y cayeron como buitres
sobre la tierra. Y los vasallos levantaron armas contra el rey forastero
y su corte de borgoñones y flamencos, y procuraron poner libre a Juana,
la única y legítima reina. Mas los soldados del rey mozo sofocaron la
rebelión, y él afincó como soberano. Por eso más arriba se dice que, con
la muerte del príncipe Juan, concluyó la verdadera historia de aquel
reino; porque desde aquel punto ya no lo gobernaron sino reyes
forasteros.
El hijo de doña Juana llegó a ser el rey más poderoso de la tierra. No
hizo sino esquilmar el suelo de sus mayores y tuvo tantas empresas y
negocios entre manos que andaba lejos de uno a otro lado y no se le
deparó coyuntura de poner libre a su madre, ni siquiera de verla, sino
que la dejó en el cautiverio de un castillo, durante el espacio de
cincuenta años, con achaque de que estaba loca... ¡Cincuenta años
cautiva; la madre del César, del rey más poderoso de la tierra; cautiva
por voluntad de su propio hijo! Mas los vasallos amaban a su reina y
rezongaban que doña Juana no estaba loca. ¿Por qué, entonces, la
mantenían en cautiverio?