habérsele ocurrido a la Sociedad «El Sitio» que celebrar con un festejo
en honor de don Benito Pérez Galdós, el más grande español de nuestros
días, esta fecha del 2 de mayo, precisamente el año corriente de 1916,
en que se cumple el tercer centenario de la muerte de Miguel de
Cervantes Saavedra, el más grande español de su tiempo. Yo no sé si en
la intención de quienes concertaron el agasajo estuvo asociar y juntar
ante la vista de la imaginación, borrando la distancia del tiempo,
aquellos dos nombres gloriosos. Las similitudes y correspondencias entre
Cervantes y Galdós son tantas y tan manifiestas que casi huelga
señalarlas. Cervantes creó el género novelesco, este modo literario
característico de la Edad Moderna; Galdós lo ha llevado al término más
cumplido de perfección y madurez. Enfrentándose con la moda de la
hipérbole, el gárrulo discreteo y la intriga inextricable que a la sazón
dominaban la escena española, Cervantes predicó una manera de teatro
llana, simple y realista. Galdós, elevándose sobre el gusto reinante,
mucho más depravado y corrompido que el de tres siglos ha, se adelanta
al tablado histriónico a imponer una dramaturgia llana, simple y
realista, con la ventaja, a favor de Galdós, de que Cervantes no llegó a
ser el primer autor dramático de su época, y Galdós lo es, sin disputa,
de la nuestra, y uno de los primeros entre los de cualesquiera época y
comarca. En cuanto al lenguaje, ambos escritores rompieron con la
afectación de tono, la rigidez y rutina de giros y la fingida nobleza de
vocablos que, al punto de comenzar ellos a escribir, la tradición exigía
en obras de fingimiento y solaz, y dieron a la circulación un nuevo
lenguaje narrativo: dócil, para expresar todo linaje de emociones; ágil,
para recorrer por entero la escala de los acentos, desde el más sublime
al más familiar; rico, con que significar toda suerte de actos, personas
y cosas; transparente, inagotable y gustoso, que al sabio embelesa, y
hasta del más lego puede ser entendido y penetrado cabalmente. En cuanto
a la vida, si andariega y azacaneada fué la de Cervantes no lo ha sido
menos la de Galdós, si bien lo que en el uno fué a veces dura necesidad,
en el otro no es sino inclinación. Y si curioso fué Cervantes y amigo
del trato con gentes de toda condición, Galdós no lo es menos. Más que
uno de tantos frutos de la historia de España en el siglo XVI, la obra
cervantina es propiamente la España toda de aquella edad, como la obra
galdosiana es toda la España del siglo XIX. Una y otra amasadas con un
fermento espiritual imperecedero. Decía Tomás Carlyle que, si le
preguntasen qué valía más para Inglaterra, si tener la India o haber
tenido a Shakespeare, él respondería determinadamente que Shakespeare,
porque la India podían perderla los ingleses, y, al fin y al cabo, la
perderían; pero Shakespeare no puede perderse. Perdióse ya para nosotros
el imperio colonial del siglo XVI, y, sin embargo, el siglo XVI español
permanece y es eterno, gracias a Cervantes. Yo no vacilo en afirmar que
la obra de Galdós, como la de Cervantes, vale más que nuestra misma
soberanía, la cual puede que lleguemos a perder, y no sería maravilla,
si no procuramos enmendar el desbarato y desidia que, poco a poco, la
van socavando y envileciendo; pero, aun cuando así acaeciese, esta
España en que ahora vivimos será inmortal gracias a Galdós. Están, pues,
Cervantes y Galdós como dos altas montañas, fronteras y mellizas,
separadas por un hueco de tres siglos. De una a otra, la tierra se abaja
y desarrolla con diversidad de accidentes panorámicos. Hay vallecicos,
hay venas de agua caudalosa, hay cerretes, lomas y collados. Hay también
montes, muy empinados y majestuosos; pero ninguno, a lo que presumo,
alcanza la altura de aquellas dos montañas, mellizas y señeras. Se me
dirá que acaso sea un error de perspectiva mío. A lo cual respondo que,
para hacer esta afirmación, no he usado solamente de mis sentidos, sino
de mi entendimiento, y que están más sujetos a engañarse los que
calculan por bajo la eminencia de esta cumbre, porque, hallándose tan en
su vecindad y raíz, no alcanzan con los ojos hasta donde se remonta la
cima, imaginando que lo es algún resalto cercano. El medir toda su
grandeza y dignidad les está reservado a quienes la contemplen en la
distancia de lo porvenir.
No he de invitaros a una expedición todo en torno y hasta lo más
encumbrado de la insigne montaña. La falta de tiempo no lo consiente. De
otra parte, declaro no servir para guía, y es seguro que, si a tanto me
comprometiera, habíamos de extraviarnos, no pocas veces, y descubrir
cómo, sin acertar a explicárnoslo, a lo mejor volvíamos, fatalmente, a
un mismo paraje, cuando más alejados creíamos estar de él.
Para estudiar la obra completa de don Benito Pérez Galdós en breve
espacio sería menester apelar a conceptos genéricos, imprecisos y vanos,
los cuales repugnan tanto a don Benito Pérez Galdós como a mí. He
preferido hacer unos cuantos comentarios concretos sobre un solo
concepto y una sola obra galdosiana, y he elegido _La loca de la casa_.
Dos motivos me han llevado a esta elección. Uno circunstancial, y es que
mañana la veréis representar en escena. El otro motivo es más profundo.
Se refiere a una razón de concordancia íntima entre las ideas que he de
exponer y el entorno o ambiente adonde he venido a exponerlas. ¿Por qué
he escogido _La loca de la casa_? Dice Goethe de los caracteres
shakespereanos que «son a la manera de relojes que tuvieran la esfera de
transparente cristal. Os señalan la hora, lo mismo que los demás
relojes; pero, al propio tiempo, el mecanismo interior está también a la
vista». Esta comparación puede aplicarse, con no menor exactitud, a los
caracteres de la dramaturgia galdosiana. ¿Y qué hemos visto a través de
la transparente esfera, dentro de los caracteres de _La loca de la
casa_? Hemos visto, o, cuando menos, hemos creído ver, cómo funcionan
ciertos escondidos resortes de eso que se llama espíritu liberal. Por
eso, desentendiéndome de otras cuestiones estéticas, he escogido como
tema «El liberalismo y _La loca de la casa_», para venir a desarrollarlo
en esta villa, tan rica y liberal; no sé si rica por ser liberal, o
liberal por ser rica. Y ya en la mera fórmula de este dilema está
contenida la sustancia del espíritu liberal. Espíritu liberal es la
fuerte aspiración hacia una colmada plenitud. ¿Y qué es esto sino
riqueza, de cualquier orden que sea; que no es la abundancia económica
la sola riqueza? Y ¿cómo lograremos ese estado de dominio copioso sin la
perseverancia del esfuerzo, o sea trabajo? Mas el trabajo, ¿cómo ha de
ofrecer su máximo rendimiento ni granjear la totalidad del fruto, si se
lo estorban, si él no goza de libertad? Y si, por ventura, esfuerzo y
libertad acarrean el premio merecido; si el trabajo ve rellena su troje,
¿cómo no ha de sentirse en alguna manera dadivoso del fruto, esto es,
liberal? Veis, pues, que este epíteto de «liberal» tan hermanado va con
la riqueza, que, por ser rico, hasta es rico en acepciones. Salud,
fuerza, voluntad, tolerancia, orden, progreso, prosperidad, generosidad;
todos estos y otros muchos conceptos se hallan implícitos dentro del
concepto de lo «liberal».
Al tomar _La loca de la casa_ como instrumento para una ligera exégesis
del liberalismo, no hemos querido dar a entender que el resto de las
obras galdosianas no estén de la propia suerte fraguadas en el seno del
espíritu liberal. Lo que ocurre es que esta comedia nos abre un camino
particularmente breve y derecho para llegar al cabo de nuestra
intención.
En rigor, y tomando el espíritu liberal en su más extensa acepción,
novela y drama son las dos maneras que tiene de manifestarse dentro del
arte literario. No hay dechado, ni obra excelente, ni siquiera
artística, en estos dos géneros, si no está inspirada por el espíritu
liberal y en él embebida. Se achacará esta opinión mía a estrechez de
miras, a sectarismo. Nada más lejos de la verdad. Procuraré explicarme.
Novela y drama son las dos únicas formas de arte que se corresponden con
la vida, tomada ésta en toda su integridad. Esto es evidente, y no exige
ser demostrado. En la pintura, se contiene la vida tal como se ve con
los ojos; en la escultura, tal como se palpa con las manos; en la
música, tal como se oye con los oídos; en la lírica, tal como se siente
con el corazón. En todas estas artes, la vida está como mutilada. Pero
en la novela y el drama, la vida y su marco el universo se contienen
tales como son, por entero y en su armonía suprema. Y así, si hay algún
arte que deba llevar el nombre de creación será la novela o el drama,
porque uno y otro son como epítome y trasunto compendiado de la gran
creación divina. Pero esta creación divina, ¿cómo es? Adviértase que
pregunto «cómo es», y no «cómo nos gustaría y nos convendría que fuese».
Si un cordero se tropieza con un lobo, sin duda que al cordero le
gustaría no haberse tropezado con el lobo, y le convendría que no
hubiera lobos en el mundo. Pero, de su parte, al lobo le gusta y le
conviene que haya corderos, y darse de manos a boca con ellos. He aquí
un conflicto dramático rudimentario. En este pequeño drama, que es, ni
más ni menos que todo el drama de la historia, todo el drama de la vida
y todo el drama del arte, nos es muy fácil descubrir en qué consiste el
espíritu liberal. Si adoptamos un criterio de mansedumbre y adscribimos
nuestra simpatía sentimental hacia el cordero, fallaremos que en este
conflicto el lobo es un mal bicho y que no tiene razón ninguna de
existir. Si, por el contrario, nos ponemos del lado del lobo,
celebraremos que se engulla el cordero y diremos que el cordero no tiene
derecho a vivir, sino que ha nacido para que se lo coma un lobo o un
hombre. Nos encontramos, pues, enfrente de dos morales: la moral de los
débiles y la moral de los fuertes. Bien está que en la conducta
adoptemos una u otra de estas morales, según se tercie y nos convenga.
Pero, en este momento, no tratamos de inquirir normas de conducta y
conveniencia, sino el cómo es realmente la vida. Para el cordero, la
moral lobuna es mala. Y, viceversa, para el lobo, es mala la moral
corderil. Pero, si bien se mira, no son malos ni el lobo ni el cordero
en este caso. Porque, ¿pueden ellos sacudir la fatalidad a que han
nacido sujetos? ¿Está en su albedrío mudar de naturaleza? Tan no son
malos ni el uno ni el otro, que, después de pensarlo bien, decidiremos
que el mejor lobo es el más carnicero y el mejor cordero el más manso.
Esto es, que los mejores--lo mismo seres que cosas--son aquellos que más
lejos llevan su propia fatalidad, aquellos que más desarrollan su propia
naturaleza. El mejor veneno es aquel que sobrepuja y repele toda suerte
de contravenenos. El mejor contraveneno es aquel que destruye toda
ponzoña. Cuando se menciona a los dos ladrones crucificados a diestra y
siniestra de nuestro Redentor, se incurre, ordinariamente, en
anfibología de concepto y defecto de dicción. Dimas, el que se conoce
por el «buen ladrón», es precisamente el mal ladrón; por eso fue santo.
Malo en cuanto ladrón, por haberse arrepentido; tan mal ladrón como mal
cuchillo el que se mella, aun cuando sirva para espátula. Lo que se
quiere significar es que aquel mal ladrón era un buen hombre. Pero la
denominación es tan defectuosa y arbitraria como si de un remendón
chabacano, por lo demás intachable en su vida privada y familiar,
dijéramos «el buen zapatero».
Procuremos ahora extraer algún corolario de todos los ejemplos
anteriores. Observamos que, en la creación, cada ser y cada cosa,
tomados individualmente, obedece a una fatalidad que le ha sido
impuesta; cada ser y cada cosa no es sino la manera aparente de obrar de
un principio elemental, cuya última raíz se alimenta de la sustancia
misteriosa del Creador. Pues esta conciencia de los elementales, es el
espíritu liberal. El lobo es antipático a la oveja, y la oveja es
antipática al lobo. Pero con perspectiva dilatada, más arriba aún de la
estrella Sirio, desde el sitial de la voluntad divina que los creó a
ambos, desde el manantial de origen, oveja y lobo son amables en la
misma medida. Pues esta simpatía cordial con cuanto existe, es espíritu
liberal. Tanto derecho tiene la oveja a no dejarse devorar, como el lobo
a devorarla. Por eso dijo un filósofo, con gran penetración, que «el
drama de la vida y de la historia no está planteado entre lo justo y lo
injusto, sino entre dos maneras contradictorias de justicia». Pues esta
creencia en la justicia que a cada cual asiste de ser como es, y el
respeto a todas las maneras de ser, esto es espíritu liberal. Todo es
bueno en cuanto obedece a su naturaleza y cumple el fin a que está
destinado. Lo mejor es lo más eficaz, dentro de su acción, oficio o
menester. Pues este buen deseo de que la infinita diversidad de
actividades logren el máximo desarrollo y eficacia, es espíritu liberal.
Así es la creación, así es el mundo, así es la vida, así es una buena
novela, así es un buen drama.
Yo ya sé que la vida no es así en ciertas novelas y dramas; por ejemplo,
las novelas de don Ricardo León y las comedias de don Jacinto Benavente.
Hay autores que le enmiendan la plana al Creador y arreglan a su modo
las leyes universales. En un examen superficial, pudiera parecer que si
le hubieran encargado a un León o a un Benavente hacer el mundo de la
nada (que es como esta clase de escritores hacen sus obras, de la nada),
las cosas andarían mejor gobernadas y más en orden de lo que ahora
están. No lo creáis. ¡Estaríamos apañados si la divina Providencia se
abanderizase definitivamente en el partido de las ovejas o en el de los
lobos! Hasta al más insignificante juez pedáneo le pedimos
imparcialidad; esto es, que se ponga con la intención en el caso de cada
litigante. ¡Qué grado infinito de serenidad por fuerza hemos de imaginar
en el autor y juez al propio tiempo de todas las cosas!
Si la novela y el drama son las artes que más tienen de creación, el
novelista y dramaturgo serán los que más se asemejen al Creador. Luego
para ser propiamente creadores, la levadura de su genio ha de ser un
generoso espíritu liberal. Algunos exégetas y hermeneutas de Cervantes
han descifrado en sus obras no sé qué sistema sutil de ideas liberales.
Si con esto se quiere afirmar que Cervantes era partidario del
matrimonio civil, del sufragio universal o de la secularización de
cementerios, así, expresamente, la afirmación es harto discutible. Pero
que Cervantes era un espíritu liberal, en el sentido que hemos expuesto,
¿qué duda cabe? Repitamos, sin temer la saciedad, que el espíritu
liberal consiste en mirar al lobo con ojos de lobo, y a la oveja con
alma de oveja; a Monipodio, con criterio de Monipodio, y no con criterio
de golilla; en ver en Don Quijote un cofrade de nuestra misma orden de
andantesca caballería; en contemplar a Sancho con ojos de Sancho, y a
Maritornes como ella se veía en el espejo; en suma: en mirarlos a todos
como a nosotros mismos. Probablemente simpatizaréis más con unas que
con otras de las figuras o personajes cervantinos; pero es seguro que su
padre, en el momento de engendrarlas, simpatizó con todas por igual.
Otro tanto diremos de los personajes galdosianos. Habréis oído alguna
vez que Pantoja o doña Juana Samaniego son simpáticos, que tienen razón.
¡Naturalmente que son simpáticos y que están cargados de razón, si se
pone uno en su caso! Como que en Galdós no hay monstruos, como no los
hay en Cervantes, ni los hay en la creación. Porque esto de la
monstruosidad es una cosa muy relativa. Figuraos que un dragón de siete
cabezas y un chorlito se encuentran por primera vez. El chorlito piensa:
«¡Qué monstruo! Tiene siete cabezas.» Y, de su lado, el dragón dice
entre sí: «¡Qué monstruo! No tiene más que una cabeza, y esa, diminuta.»
Pero el Creador juzga al dragón conforme a la ley de los dragones, y al
chorlito, conforme a la ley de los chorlitos; a cada cual según su ley.
En esto se asemejan el novelista y el dramaturgo a Dios. El espíritu
liberal y la facultad creadora vienen a ser una cosa misma. El Creador
imprime en el tuétano o más encerrada sustancia de cada criatura un
anhelo simple, un elemental, una ley o arquetipo. Según se acerque más o
menos a la plenitud de su arquetipo, afirmando su propia ley íntima,
cada criatura es más o menos buena, sobreentendiéndose que siempre es
buena en alguna proporción. Bondad vale tanto como derecho que cada cual
tiene a existir tal como es. El espíritu liberal o facultad creadora
procura como fin excelso y único de la vida la plena expansión de la
personalidad, de cada personalidad. Y veréis cómo aspirando cada ser y
cosa a esta plena expansión de la personalidad, y cómo siendo
innumerables y contrarias las unas a las otras, cuanto más se acusen las
diversas personalidades y con más claridad se defina la oposición, con
tanta mayor naturalidad sobrevendrá la solución o el equilibrio de
tendencias y leyes entre sí adversas, de donde se concierta la gran
armonía universal. Si en efecto, la personalidad de la oveja es de
mansedumbre y voluntad de sacrificio, realizará la plena expansión de su
personalidad, con el goce o satisfacción consiguiente que esta plenitud
trae aparejado, al encontrarse con el lobo. ¿Sonreís escépticamente?
¿Qué otra cosa significa el espíritu de sacrificio? ¿Qué otra cosa
significa la corona triunfal del martirio? ¿Cómo se las hubiera
arreglado el gran autor del drama universal, el creador del mundo, para
que hubiera mártires, si al tiempo que el mártir no hubiera creado el
verdugo? Suprimid a Judas, y ya no hay drama de la Pasión. Si el Supremo
Hacedor, a la manera de los malos novelistas y dramaturgos, no le
hubiera consentido a Judas alcanzar la plena expansión de su
personalidad, deshaciéndole sus planes inicuos, a fin de que el justo
triunfase, como sucede en los melodramas, se hubiera frustrado la
redención del género humano. ¿Qué culpa tuvo Judas? Judas era necesario,
era imprescindible, era uno de los contrarios que entraban en la
combinación de la tragedia del Gólgota. Tan necesario e imprescindible
como el oxígeno enfrente del hidrógeno para que haya agua, sin la cual
no podríamos vivir.
Lo opuesto a la facultad creadora y espíritu liberal, es la facultad
crítica y espíritu faccioso; o, con voz más amplia, espíritu
conservador. El espíritu liberal sostiene que todo es bueno, puesto que
todo obedece a algo y debe servir para algo. ¿Queréis un ejemplo de
admirable trascendencia? Recordaréis el viejo León de Albrit, al
«Abuelo» galdosiano. En su alma rinde culto al honor caballeresco y a la
limpieza de sangre, como las más altas normas de vida. Sobreviene una
catástrofe, que le rompe el corazón. Echa de ver, aterrado, que el honor
familiar, que la fuerza de la sangre y continuidad del linaje no son
nada, peor que nada. En la mente del «Abuelo» surge una comparación
despectiva, repugnante. El honor es lo más bajo, es lo más vil y sucio,
es... El «Abuelo» no osa pronunciar la fea palabra, busca un rodeo y
dice: «El honor es una cosa que sirve para abonar las tierras.» Ya
sabéis lo que es el honor en el sentir del «Abuelo». ¿Hay nada más
miserable y asqueroso? ¡Ah! Pero sirve para algo. Y no así como quiera.
Sirve para una de las funciones más nobles y reproductivas: para abonar
las tierras. Esto es espíritu liberal. Para el espíritu liberal, lo malo
es transitorio y relativo; aparece cuando las cosas son desencajadas de
su fin propio, o cuando se constriñe a los seres a que desvíen el curso
de su personalidad.
Por el contrario, para el espíritu faccioso y conservador, y para la
facultad crítica, en el fondo de todas las criaturas yace un mal
esencial. Llegan a esta afirmación por un procedimiento negativo,
juzgando cada ejemplar por las leyes de su contrario: al chorlito, por
las leyes del dragón, y al dragón, por las leyes del chorlito. Comparan
en lugar de penetrar. Y así, motejan en la oveja la falta de
independencia y de acometividad, y en el lobo la falta de mansedumbre. Y
a tal punto extreman esta comezón cicatera de corregir las obras de
creación que, en el conflicto entre la oveja y el lobo, desearían con
toda su alma que la oveja se comiese al lobo. Con lo cual resultaría, en
puridad, que la oveja era lobo, y el lobo era oveja; y todo estaba como
antes, porque la naturaleza no admite enmienda.
Si a la facultad creadora y espíritu liberal los hemos simbolizado y
encarnado, primeramente, en Dios, fuerza será simbolizar y encarnar el
espíritu faccioso y a la facultad crítica en su contrario el Diablo. Ya
en otro lugar hemos dicho que el jefe honorario de todos los partidos
conservadores del mundo es el Diablo. Entiendan los conservadores que me
leen que esto se dice únicamente en sentido alegórico.
No se me oculta que, a estas alturas de mi disertación, algún impugnador
me propondrá un serio reparo. Helo aquí: «Si para el espíritu liberal
todo es bueno, en cuanto es necesario, también serán para él buenos y
necesarios el espíritu conservador o faccioso y la facultad crítica.»
Respondo que sí. ¿Se concibe a Dios sin su viceversa, el Diablo; ni al
Diablo sin su viceversa, Dios? Escuchad las últimas palabras de _La loca
de la casa_: «Eres el mal, y si el mal no existiera, los buenos no
sabríamos qué hacer... ni podríamos vivir.» Lo cual sugiere que las
cosas son buenas miradas por la cara, y malas miradas por el envés, o
viceversa. Por el equilibrio inestable, se produce el equilibrio
estable. Todas las especies tienen los miembros pareados a derecha e
izquierda. Con una sola pierna no podríamos andar sino a brincos, ni
podríamos hacer alto por mucho tiempo. El brazo derecho es el órgano de
la acción. ¿Para qué sirve el izquierdo? ¿Está colgado del torso por
escrúpulo de simetría? El brazo izquierdo, de acuerdo con el derecho,
sirve... para la consumación de la actividad y de la armonía. Sirve
para abrazar. El espíritu liberal y el espíritu faccioso, Dios y el
Diablo, las dos Potencias que Íñigo de Loyola se representaba
plásticamente disputando el imperio de la humanidad, se darán al fin y a
la postre el abrazo de Vergara. Diré aún más. En la penumbra de la
conciencia del hombre se abrazan el Bien y el Mal, como la luz del día y
la sombra de la noche se mezclan en el crepúsculo. Aquí está el toque
que marca la diferencia entre la creación natural y la creación
artística. En la creación natural, la moral es natural, o, por mejor
decir, no hay moral. Los conflictos son luchas entre fuerzas materiales
y ciegas. Es el reinado del liberalismo absoluto, del verdadero sufragio
universal. El lobo obedece a la ley de la violencia, y el cordero a la
de renunciamiento. Pero en la creación artística, el conflicto se
traspone al terreno de la conciencia. El lobo, no sólo obedece a su ley,
sino que tiene conciencia de ella, la formula y hasta la eleva a
jerarquía filosófica, como vemos en las doctrinas nietzscheanas y
pangermanistas. Tanto vale decir que el lobo tiene conciencia de la ley
a que obedece, como que el hombre, impersonando el tipo lobo, se
posesiona de la conciencia lobuna. En la creación natural todo es claro
y resabido. Que el lobo es lobo, es bien claro. Que no estaría mal que
el lobo en ocasiones no fuera tan cruel, no es menos claro y resabido.
Un personaje de _La loca de la casa_ advierte: «Las cosas muy claras y
muy resabidas son para los tontos. Del misterio de las conciencias se
alimentan las almas superiores.» Porque en el misterio de la conciencia,
lidiando por encontrar coyuntura en que abrazarse y acoplarse en una
moral superior y fecunda se enfrentan el espíritu liberal, que justifica
al lobo, y el espíritu conservador, que lo reprueba. Y de este abrazo y
común concordia resulta que el lobo, sin dejar de ser lobo, es oveja.
¿Cómo? Volviéndose perro; lobo, para el adversario; oveja, para el
amigo.
Toda novela o drama que con dignidad ostente tal denominación debe ser
reflejo fidelísimo del espíritu liberal, en cuanto a sus elementos
componentes (llamadlo _realismo_, si gustáis; yo lo llamo _idealismo_),
y en cuanto a su desarrollo, debe ser conflicto de conciencia, o, al
menos, conflicto susceptible de ser trasmutado en conflicto de
conciencia. Es de sentido común que los elementos componentes de la
novela y del drama se ajusten a los modelos de la creación natural. Que
la piedra caiga y la pluma vuele es de sentido común. Como que
liberalismo no es sino sometimiento voluntario al sentido común. ¿Qué
son los grandes artistas, los creadores excelsos, sino sagaces videntes
del vasto sentido común con que se ilumina la conciencia universal, por
encima de las claudicaciones y absurdos de las conciencias singulares?
El sentido común cósmico se cierne sobre todas las criaturas, a la
manera de atmósfera, aire y luz, con cuya linfa impalpable respiran, y
los ojos se les despiertan al amable milagro de la visión. A todas las
pone en maridaje, aun sin ellas saberlo, las encadena, las liga, como en
un cuerpo invisible o unidad espiritual y religioso parentesco. En
Trafalgar, el primero de los _Episodios Nacionales_, leemos: «Churruca,
como todo hombre superior, era profundamente religioso.» Churruca, que
en vísperas de aquella batalla se daba cuenta de que era de sentido
común que los ingleses salieran victoriosos de los españoles. Y, sin
embargo, luchó y entregó su vida en holocausto de la fatalidad, de la
solución inexcusable, por otro nombre, sentido común. ¿Qué es religión,
en su alcance más íntimo y venerable? El respeto a la obra del Creador.
¿Qué es sentido común? Otro tanto. ¿Qué es liberalismo? Lo propio.
Si todas las grandes obras, así de la conducta como del arte, se
alimentan por modo arcano y difuso del espíritu liberal, cada obra en
particular plantea un conflicto concreto de liberalismo. Es decir, que
toda obra de arte nos inculca, de un lado, un sentimiento general e
indefinido de liberalidad, de aptitud para la comprensión amplia de
todas las cosas en conjunto; y, de otro lado, nos concentra la atención
sobre el problema determinado de cómo cierta fatalidad, hostil a las
demás criaturas en torno de ella, últimamente desemboca en el curso
caudaloso y ecuánime de la armonía universal. Esto es, de cómo el lobo,
sin dejar de ser lobo, puede trocarse en oveja, por ejemplo.
En _La loca de la casa_ se nos muestra destacado el aspecto económico
del liberalismo. Todos sabéis que el liberalismo, además de ser una
manera de enfocar la vida en un sentido complejo y tolerante, o una
modalidad de los espíritus, o una propensión sentimental, es una
doctrina económica y política. ¿Será ligereza afirmar que el apetito y
concupiscencia económica es el germen primero de toda especie de
liberalismo?
Henos aquí ante Pepet, una figura descollante en la comedia. ¡Y qué
transparente, como de cristal de roca, es la esfera de este carácter!
¡Qué regularidad y coordinación perfecta entre la hora que marca y el
mecanismo interior! Pues, con todo, ninguno de los otros personajes, a
excepción de Victoria, su mujer, se han tomado la molestia de examinar
por dentro la maquinaria. No han querido ver sino la caja, de acero
tenaz, que, aunque la tiren al suelo, el reloj no se para. Visto así por
fuera, con espíritu faccioso y facultades críticas, Pepet es un «bruto,
un vándalo, un don Judas de California, un Holofernes de manos puercas,
un hereje, un feroz vestiglo, un lobo», y otros calificativos del mismo
jaez, que le aplican, en la comedia, caballeros y señoras que con él han
tenido la desdicha de tratar.
Aceptemos por un instante que Pepet es eso. ¿Qué culpa tiene él?
Oigámosle hablar: «¿Soy acaso la naturaleza? ¿Soy yo quien ha hecho las
cosas como son? ¿Puedo yo mudar las causas, quitar y poner los efectos?
Si soy así, ¿qué remedio hay más que tomarme o dejarme?»