MIS LIBROS

«LOS RAROS»

[Ilustración]

X

La antigua ciudad de León había sido fundada en las cercanías del

lago de Managua, no lejos del imponente y viejo Momotombo. En 1550,

Hernando y Pedro, hijos de Rodrigo de Contreras, en venganza de haber

perdido éste sus ventajas poderío de encomendero, y en unión de Juan

Bermejo, guapo español, segoviano, que llegara a Nicaragua con una

partida de soldados que había estado en el Perú con Gonzalo Pizarro,

proyectaron y decidieron dar muerte al obispo Valdivieso. El hecho se

llevó a cabo, siendo Hernando el asesino. En 1610 la ciudad teatro

del crimen fué casi destruída por una erupción del volcán. La cólera

celeste se manifestaba así, aunque un poco tarde, según las prédicas

del nuevo mitrado Villarreal. Su señoría ilustrísima consiguió con

sus palabras que los leoneses se pusiesen temerosos y todas las gentes

abandonaran el lugar, dirigidas por el alférez mayor, «que portaba el

real estandarte», dice Gámez. Al oeste del punto abandonado, a nueve

leguas de distancia, en extensa y hermosa planicie, fueron ordenadas

las nuevas construcciones. Así nació la actual León. Es ella la ciudad

de mis días juveniles, y por un fenómeno natural y muy explicable, es

ella el escenario de muchos de mis sueños gratos, o pesadillas, después

de tantos años de ausencia en ciudades de países tan diversos. Esta vez

no he estado cerca del Momotombo; mas es para mí imborrable el aspecto

del soberbio cono que se eleva a las orillas del lago; a su lado, el

Momotombito, formando isla y cubierto de vegetación. Todo ello era

objeto de mis contemplaciones en antiguas travesías en los vaporcitos

que iban del puerto de Momotombo a Managua, la capital de la República.

En un libro del norteamericano Squier--del cual acaba de hacer una

traducción castellana un escritor de Honduras--leyó Víctor Hugo estas

palabras: «El bautismo de los volcanes es un antiguo uso que se remonta

a los primeros tiempos de la conquista. Todos los cráteres de Nicaragua

fueron entonces sacramentados, con excepción del Momotombo, de donde

no se vió nunca volver a los religiosos que se habían encargado de ir

a plantar la cruz.» De allí un tema para el gran lírico. «Encontrando

demasiado frecuentes los temblores de la tierra, los Reyes de España

han hecho bautizar los volcanes del reino que tienen debajo de la

esfera; los volcanes no han dicho nada y se han dejado hacer, y sólo el

Momotombo no ha querido. Más de un sacerdote en sobrepelliz, elegido

por el Santo Padre, llevando el Sacramento que la Iglesia administra,

la vista en el cielo, ha subido la montaña siniestra. Muchos han ido;

ninguno ha vuelto.--¡Oh, viejo Momotombo, coloso calvo y desnudo, que

sueñas cerca de los mares y haces de tu cráter una tiara de sombra y

de llama a la tierra! ¿por qué, cuando tocamos a tu umbral terrible,

no quieres el Dios que se te trae? Responde.--La montaña interrumpe

su escupir de lava, y el Momotombo responde con una voz grave:--Yo no

amaba mucho al dios que se ha arrojado. Ese avaro ocultaba oro en un

foso; comía carne humana; sus mandíbulas estaban negras de podredumbre

y de sangre; su antro era una entrada de salvaje pavimento, templo

sepulcro ornado de un pontífice verdugo; esqueletos reían bajo sus

pies; las escudillas en que ese sér bebía el asesinato eran crueles;

sordo, disforme, tenía serpientes al puño; siempre entre sus dientes

un cadáver sangraba; ese espectro ennegrecía el firmamento sublime. Yo

gruñía algunas veces en el fondo de mi abismo. Así, cuando vinieron

orgullosos sobre las olas temblantes, y del lado de donde viene el

día, hombres blancos, los he recibido bien, encontrando que eso era

cuerdo. El alma tiene, ciertamente, el color del rostro--decía yo--;

el hombre blanco es como el cielo azul; y el dios de éstos debe ser

un muy buen dios. No se le verá hartarse de carnicerías. Yo estaba

contento; tenía horror del antiguo sacerdote. Pero cuando he visto cómo

trabaja el nuevo; cuando he visto llamear ¡justo cielo! a mi nivel esa

antorcha lúgubre, áspera, nunca extinguida, sombría, que llamáis la

Inquisición santa; cuando he podido ver cómo Torquemada la usa para

disipar la noche del salvaje ignorante, cómo civiliza y de qué manera

el Santo Oficio enseña y hace la luz; cuando he visto en Lima horribles

gigantes de mimbre llenos de niños estallar sobre un ancho brasero,

y el fuego devorar la vida y los humos retorcerse sobre los senos de

las mujeres encendidas; cuando me he sentido en veces casi asfixiado

por el acre olor que sale de vuestro auto de fe, yo, que no quemaba

sino la sombra en mi hornalla, he pensado que no tenía razón para estar

satisfecho; he mirado de cerca al dios extranjero, y he dicho: «No

vale la pena de cambiar.» Así «Las razones del Momotombo», en el ciclo

de poemas de la _Leyenda de los Siglos_, representa la Inquisición.

¡Cuántas veces recitara yo esos versos sobre las olas del lago, frente

al coloso de piedra, en verdad desnudo y calvo, y apenas coronado de

cuando en cuando con el flotante penacho de su humareda! A lo lejos

pasaban bellos vuelos de garzas; garzas blancas y garzas morenas. Yo

tenía el halago de mis años floridos y ensoñadores. Se divisaban las

riberas llenas de vegetación profusa como costas de islas de delicia.

Hacían casi siempre el viaje algunas hermosas mujeres. Se tomaban en

el comedorcito de a bordo _cocktails_ y _cognacs_. Y en el muelle de

Managua esperaban las manos y las sonrisas amigas. Gratos, para mí,

gratos recuerdos de un pasado que me parece de sueño.

León tiene el aspecto de una ciudad de provincia española. Las casas

antiguas están construídas con adobes--la palabra y la cosa se usan

aún en Castilla la Vieja--. Pesadas tejas arábigas cubren los techos.

Las casas de dos o tres pisos son pocas. Hay muchas iglesias y una

famosa catedral, comenzada en el siglo XVIII y concluída a comienzos

del XIX. Allí he reconocido muchas cosas que viera siendo niño. Los

retablos, las pinturas, los altares, el púlpito, los restos de dos

mártires llegados antaño de Roma: San Inocencio y Santa Liberata. Y

he recorrido, evocando memorias, la vasta fábrica, acompañado por

el culto obispo Pereira. Y vi de nuevo en el baptisterio la pila en

que recibí nombre y en que me tuvo mi señor padrino, D. José Jerez,

en representación de su padre, el ilustre general. Luego, en la sala

capitular, encuentro los retratos de todos los obispos de Nicaragua

desde la erección de la diócesis leonesa, el año de 1527. Me llamó

la atención no hallar la efigie de un mitrado que fué muerto por un

gato... El animal aparecía en el cuadro, y en mí despertaba aquello no

sé qué legendarias y diabólicas imaginaciones. No recuerdo cuál fué

la explicación que me hizo el obispo Pereira de la desaparición del

retrato de su lejano antecesor--¿Huertas, o García?--. Después, en un

patio, he allí el pozo en donde pasó algo de milagro--o de brujería,

dirían algunos--. Yo alcancé a conocer al viejo sacristán. No sé en

qué andanzas de gato andaría; el caso es que cayó desde lo alto de la

catedral, y cayó en el pozo... No sufrió daño alguno. Se llamaba «Tío

Pozo». Predestinación... Bajo las arcadas de la iglesia mayor oyeron

mis orejas infantiles las primeras plegarias, los primeros sones del

órgano, la salmodia de los canónigos en el Oficio, los ecos del canto

llano. De allí salían muchas de las procesiones de la Semana Santa,

célebre por aquellas Repúblicas, según el decir: «Semana Santa en León,

y Corpus en Guatemala.» Recuerdo, como si hubiesen pasado ayer, las

alegres y suntuosas fiestas y los litúrgicos ceremoniales. La procesión

del Domingo de Ramos, sonora de campanas y de palmas; la procesión del

Santo Entierro, al son seco de las matracas; una procesión fúnebre y

sagrada el Viernes Santo, día en que toda la gente vestía de luto, luto

por Jesucristo. El sacro difunto iba en una caja de cristal; tras él

las vírgenes de bulto, como las que conducen en idénticos casos las

cofradías sevillanas. Y la procesión del Silencio, a la media noche, en

la cual se oían temerosos sones de trompa, que se repetían de tanto

en tanto en las bocacalles de la ciudad silenciosa. Y una procesión

había que salía de la iglesia de San Francisco: la procesión de San

Benito. Alrededor del negro ídolo recuerdo haber visto penitentes que

se flagelaban las espaldas, y entre los acompañantes, muchos hombres

vestidos con blancas enaguas, a los cuales llamaban «luces». ¿Sería por

los cirios de cera negra que todos llevaban en las manos...? Había, sin

duda alguna, en aquellas fiestas religioso fervor; mas también mucho

de ambiente pagano. Las reuniones en templos y calles eran propicias

a los amoríos; las vigilias hacían que en las casas se preparasen

platos especiales de la cocina criolla, en los que entraban como base

sabrosos mariscos y otra suerte de ricas cosas culinarias. Y en el

antiguo convento de San Francisco, en nombre del santo negro Benito, se

regalaban tinajas y más tinajas de chícha de piña y de maíz.

¡Las procesiones de León! Las calles se adornaban con arcos decorados

de banderolas y cestillos de papel de China, animales bien imitados,

pájaros de hermosos plumajes y frutas de cartón coloreado y dorado,

entre las cuales unas hermosas granadas que se abrían al pasar las

imágenes veneradas, y dejaban caer una lluvia de versos impresos en

trozos de papel, que parecían mariposas llevadas por el viento. Se

escuchaban las músicas y los cantos en veces. Las ventanas y puertas

de las casas se adornaban con telas y cortinajes vistosos, y allí

aparecían, para ver el desfile, grupos, ramilletes de mozas bellas

y frescas, a las cuales arrojaban los jóvenes amigos de galanterías

puñados de granos oleosos y perfumados, que se desgranan de la flor de

cierta palmera llamada coyol, en latín botánico _acromia pirifera_.

Las calles se llenaban de animación y alegría, y la muchedumbre era

copiosa, pues iba a la celebración religiosa mucha gente forastera. Hoy

ya todo eso ha pasado; el vivir moderno ha ido, aunque poco a poco,

invadiendo las costumbres antaño patriarcales; las ideas liberales

triunfantes llevaron la libertad absoluta de cultos, y en éstos la

supresión de manifestaciones rituales y ceremoniales fuera de los

templos. Según tengo entendido, Nicaragua y Méjico son los únicos

países del mundo en donde les está prohibido a los sacerdotes el uso

de sus trajes distintos en las calles. No obstante, he allí que se le

permite en León, como al jefe de la Iglesia, portar sus hábitos talares

a un anciano a quien vi recorrer la población en un coche tirado por

bueyes. Monseñor Villamí, que así se llama dicho dignatario, visita así

a sus amigos e hijos de confesión, y la impresión es de algo primitivo

y de algo nuevo, capricho de maharadja indostánico, o necesidad de

misionero en Asia. Todo se explica por la prudencia de monseñor, a

quien dieron un susto, según se me contó, un par de caballos briosos

y de buena estampa que antes tiraban de su carruaje. Monseñor es un

cuerdo. Y morirá feliz y en paz antes de haber sabido lo que es un 40

HP.

León tiene para mí otras curiosas e inolvidables memorias. Si yo fuese

Benvenuto Cellini contaría, con su parlar claro y convencido, cómo,

teniendo yo catorce años, frente a la catedral, vi una larva, un

elemental, como diría un teósofo. Tal visión fué real y verdadera, y no

insisto en ello por temor a que mi sabio amigo Ingegnieros tome el dato

y lo trate como tratan esas cosas los que manejan cosas científicas y

son incrédulos.

Fué también en León donde escribí mis primeros versos y soñé y sufrí

mis primeros amores. La vida social ha aumentado desde los tiempos

en que, como en Andalucía, las novias conversaban con sus novios

por las rejas de las ventanas. El comercio está representado por

establecimientos cosmopolitas. Los inmigrantes son pocos; pero el tal

rico importador es inglés, tal otro español, tal otro alemán, tal otro

árabe, tal otro chino. Hay un club en donde los caballeros de la ciudad

se distraen. En la juventud predomina la afición a las letras, a la

poesía. Yo dije a los jóvenes en un discurso que eso era plausible;

pero que junto a un grupo de líricos era útil para la República que

hubiese un ejército de laboriosos hombres prácticos, industriales,

traficantes y agricultores. La civilización moderna, fuera de sus

luchas terribles, ha comprendido a su manera el mito antiguo: los

argonautas eran poetas; pero iban en busca del Vellocino de Oro. Hoy,

como siempre el dinero hace poesía, embellece la existencia, trae

cultura y progreso, hermosea las poblaciones, lleva la felicidad

relativa a los trabajadores. El dinero bien empleado realiza poemas,

hace palpables imaginaciones, hace danzar las estrellas y puede traer

toda suerte de bienes, de modo que los hombres bendigan las horas que

pasan y se sientan satisfechos.

Así, en la ciudad en que ensayé mis primeras estrofas y tuve mis

primeras ambiciones, saludé con entusiasmo a dos grandes poetas

amables: Santiago Argüello, el que tiene los laureles, y Fernando

Sánchez, el que tiene los millones...

El Viaje a Nicaragua é Historia de mis libros Obras Completas, Vol. XVII · 第 17 / 27 题