IX

Nombran a Masaya la ciudad de las flores. Es, por cierto, bella en

su suelo florido. Allí pensé una vez más en la gentil Primavera de

Botticelli. Flores en los jardines, flores en las mujeres, flores

en todas partes. Cuando el señor alcalde me dirigió su discurso, la

calle estaba cubierta de flores. Masaya me evocaba a Hafiz, a Sadi;

verjeles de Sarón, de Bagdad, de la olorosa Persia. Los alrededores de

la ciudad son también lugares excelentes, en donde la riqueza floral

se desarrolla y multiplica al cariño del magnificente sol. Hace ya

tiempo viajé por esos lugares en compañía de un cubano eminente que ha

hecho admirar en nuestras Repúblicas su firme amor patrio, su lengua

de Crisóstomo y su corazón de poeta. Ese cubano fué de los luchadores

de la primera revolución, la de Céspedes, y uno de los que redactaron

la antigua Constitución. Me refiero al Dr. Antonio Zambrana, que hoy

vive rodeado de la consideración general en San José de Costa Rica. Él

dejó en una página delicada el recuerdo de nuestra visita a la aldea

masayesa. He aquí sus impresiones, en las cuales se revela el cariño

que desde mis primeros años me demostrara el grande hombre: «Nindiri.

Él me había hablado del pueblecito, y con él tuve el gusto de verlo

por vez primera en viaje que hicimos juntos, en un cómodo y ligero

carruaje, de Managua a Granada. A Rubén Darío, el poeta, me refiero.

A eso de las tres de la tarde divisamos las primeras chozas. El cielo

estaba azul; alguna que otra nube, transparente como velo de gasa,

volaba por él, y de lo alto caía y por todas partes se derramaba la

luz color de oro quemado de un sol brillante, pero ya muy soportable.

Me pareció que estaba en Grecia: así debió de ser la Jonia antigua, o,

por lo menos, esa segunda Grecia, la Provenza de los tiempos medios.

En calle sin polvo, recta y ancha, se alineaban las casas, hechas de

corteza de palma y de bejucos, cada una de arquitectura diferente,

a cual más graciosa y originalmente ideada, de formas caprichosas,

como sueños de hombre que no ha visto civilización, pero que, sin

conocer la de los otros, ha inventado él mismo su poesía y se la

saca del alma para ponerla en todo lo que le rodea. Alrededor de las

casas había siempre flores, y por la espalda de ellas asomaba algún

árbol, indicio de huerto, que, con sus ramas de esmeralda obscura y

sus frutos de colores vivos, daba nuevas notas a la pintura ideal que

formaba el paisaje. A la puerta, o en pequeños corredores delante de

ella, vi algunas mujeres de la raza india de Nicaragua, que es la más

bella que conozco; todas lucían, muy morenas, por estar vestidas de un

blanco inmaculado, y los cabellos muy negros y los ojos como llamas,

tomaban con eso un relieve encantador. Admirome su limpieza singular

y el aire de fiesta que eso daba a la aldea, porque se trataba de un

día de trabajo de la semana. «¿Qué hacen estas gentes?--pregunté con

curiosidad a Rubén--. Se diría que esperan alguna visita». «Venden

flores y frutas--me contestó el poeta--. Las llevan en cestos muy

bizarros a todos los alrededores: ésta es su vida cotidiana». Pasaron,

en efecto, a poco, por junto a nosotros, dos mujeres y un jovencito

con cestos tan extraños como las casas, llenos de colores y de

aromas, conduciendo su mercancía; nunca hubiera calculado antes que el

comercio pudiera tomar a mis ojos forma de poesía. No era hora de oir

pájaros; lo que se escuchaba era una cigarra; pero la influencia del

medio ambiente, sin duda, me hizo encontrar bello su toque de clarín

delgado y persistente: pensé en la cigarra de oro, símbolo del Arte en

el mediodía de Francia, y el canto sin ritmo, lejos de perturbarla,

completó mi ilusión. Soñaba yo entonces, por otra parte, que llevaba a

mi lado la cigarra de nuestros bosques y de nuestra poesía americana,

pues Rubén era ya un poeta, aunque todavía no era un hombre, y su

inspiración no había aun torcido su cauce, sino que era genuina

y espontánea. Más tarde se dejó influir por ideales exóticos, y,

persiguiéndolos, ha llegado a la cumbre de la gloria; pero yo prefiero

la cigarra desconocida, y ahora, que temblamos a la idea de recibir

una mala noticia, ha venido a mi mente con sincera ternura el recuerdo

del pueblecito original de las flores vivas, de las casas lindas y de

las indias limpias que venden colores y perfumes de los que brotan,

sin amaño, del seno fecundo de la Naturaleza». Zambrana dice la verdad

de su entusiasmo en su lenguaje hermoso. Yo recordé las palabras del

maestro en mi reciente visita a aquellas deliciosas regiones. Así como

admiré en la ciudad gentiles y gallardas damas llenas de cultura y de

distinción, vi de nuevo en la alegría aldeana las figuras de bronce

viviente de las indias graciosas y hacendosas. Ellas tejen telas al

modo primitivo, trabajan curiosas obras de cerámica, y venden, como

antaño y como siempre, sus rosas, sus lirios, sus mangos, sus marañones

y sus jocotes. Desnudas de hombros, brazos, pies y piernas, llevan

con garbo sus cestas a los mercados o tiangues, y tornan a su vivir

rústico, edénico o arcádico.

Mas, como en los más hermosos paraísos meridionales de Italia, los

volcanes están allí sintiendo pasar los siglos y dando de cuando en

cuando señal de que en sus hornos arden las misteriosas potencias de

la tierra. El volcán de Santiago atemoriza. El Masaya se cree hoy

extinguido. El cronista López de Gómara, en su tiempo, escribía de

él: «Tres leguas de Granada y diez de León está un serrejón raso y

redondo que llaman Masaya, que echa fuego, y es muy de notar, si hay

en el mundo. Tiene la boca media legua en redondo, por la cual bajan

doscientas y cincuenta brazas, y ni dentro ni fuera hay árboles ni

hierba. Crían, empero, allí pájaros y otras aves, sin estorbo del

fuego, que no es poco. Hay otro boquerón como brocal de pozo, ancho

cuanto un tiro de arco, del cual hasta el fuego y brasa suele haber

ciento y cincuenta estados más o menos, según hierve. Muchas veces

se levanta aquella masa de fuego, y lanza fuera tanto resplandor,

que se divisa veinte leguas y aun treinta. Anda de una parte a otra,

y da tan grandes bramidos de cuando en cuando, que pone miedo; mas

nunca rebosa ascuas ni ceniza, si no es algún humo y llamas, que

causa la claridad susodicha, cosa que no hacen otros volcanes; por

lo cual, y porque jamás falta el licor ni cesa de bullir, piensan

muchos ser oro derretido. Y así, entraron dentro el primer hueco Fr.

Blas de Iñesta, dominico, y otros dos españoles, guindados en sendos

cestos. Metieron un servidor de tiro con una larga cadena de hierro

para coger de aquella brasa y saber qué metal fuese. Corrió la soga y

cadena ciento y cuarenta brazas, y como llegó al fuego, se derritió el

caldero con algunos eslabones de la cadena en tan breve tiempo, que se

maravillaron; y así, no supieron lo que era. Durmieron aquella noche

allá sin necesidad de lumbre ni candela. Salieron en sus cestos con

harto temor y trabajo, espantados de tal hondura y extrañeza de volcán.

Año de 1551 se dió licencia al licenciado y deán Juan Alvarez para

abrir este volcán de Masaya y sacar el metal.» Oviedo, desde luego más

documentado que Gómara, no habla de Fray Blas de Iñesta, sino de Fr.

Blas del Castillo. Este tuvo noticia del famoso Infierno de Masaya;

pero como iba directamente al virreinato del Perú, dejó para el regreso

la satisfacción de su curiosidad. Esto fué en el año 1534.

Dos años después, estando en Méjico, fué expresamente a Nicaragua a

conocer el volcán. Púsose de acuerdo con otro religioso francés, el P.

Juan Gandabe, y en compañía de varios españoles emprendió la ascensión.

Asomado al cráter vió la lava hirviente, y juzgó fuese oro derretido.

En Granada encontró varios socios para realizar su idea de extraer

aquella riqueza inagotable. Varias tentativas se hicieron para sacar

el que creían metal incandescente. Una expedición definitiva se hizo.

Dice Gámez, extractando a Oviedo: «Entre los objetos destinados para

la expedición figuraba una gran esfera de hierro, con sus barras, que

podía abrirse y cerrarse, para meter en ella cangilones de barro que,

introducidos de cierta manera en el pozo, pudieran sacar del líquido

rojo. Esta esfera estaba sujeta por una cadena de hierro, pendiente

de una gruesa cadena quitada a una antigua lombarda.» Y luego: «El

cráter del volcán tiene la forma de una campana boca arriba, que

va angostándose al fondo; pero arriba, en la parte superior, no es

pareja la circunferencia, estando como desportillada por el lado del

Oriente. En todas las paredes del cráter se veían bandadas de loros

de todos tamaños, que anidaban en los huecos y concavidades de las

peñas. La circunferencia exterior del cráter puede tener una legua, y

su diámetro, como un tiro de halconete. El fondo tendrá de ancho como

un tiro de escopeta, y las paredes del cañón o cráter, desnudas de

toda vegetación, ostentan vetas de varios colores, de una tierra dura,

calcinada y muy pesada. En el plan se veía un fondo rojo y obscuro,

como de lava a medio enfriar, con rajaduras a través de las cuales

podía mirarse hervir y correr un líquido de fuego que saltaba en

algunos puntos como el agua de una fuente, esparciendo gran luz, que,

llevada por el caño, se reflejaba en la atmósfera y daba una claridad

visible a mucha distancia.» Con muchas dificultades, Fr. Blas el

codicioso preparó su máquina extractora. Dijo una misa. Confesó a sus

compañeros. Luego «el intrépido fraile se puso la estola, ciñó ésta y

los hábitos con una cinta bendita, en la que colocó del lado derecho un

pequeño martillo para derribar las piedras movedizas, y del izquierdo

una calabaza con vino y agua; cubrió su cabeza con un casco de hierro,

y encima un sombrero bien atado; después se colocó en el bolso y se

ató muy bien, y tomando una cruz de madera en la mano, se lanzó al

vacío y empezó a descender». El pobre Fr. Blas pasó las de Caín en su

descenso. Llegó por fin a una especie de plazoleta. Con la oración en

la boca, no dejaba de maniobrar con su martillo entre los sahumerios

de las solfataras. Demás decir que no encontró oro en las grietas,

sino la roca quemada. Cuando le subieron no quiso darse por vencido.

Contó prodigios, tal Don Quijote al salir de su sima, y aseguró que la

lava hirviente era oro puro en fusión. Otros tantos bajaron después

con aparatos para recoger el tentador líquido rojo y ardiente; pero se

encontró que todo era escorias y calcinada piedra. Todavía se hicieron

otros intentos y se renovaron los desengaños. «Tan luego fueron vistas

las muestras por el gobernador y curiosos que se hallaban fuera, hubo

gran descontento y muchas risas, y cada cual se regresó comentando el

chasco a su manera. El gobernador pidió todavía algunas muestras más,

y ordenó en seguida a Fr. Blas y a sus compañeros que saliesen. Éstos,

antes de verificarlo, tomaron posesión cada uno de lo que creyó una

veta mineral, y el fraile, de la caldera hirviente del fondo. Ensayadas

en León las tierras y escorias del volcán de Masaya, fueron declaradas

sin ningún valor. Sin embargo, Fr. Blas y sus compañeros, insistiendo

en que aquello era rica mina, suplicaron que se les permitiera volver

a entrar; pero el gobernador lo prohibió en absoluto, tanto porque

creyó inútil y temeraria aquella empresa, como porque las máquinas,

jarcias y aparejos eran subidos a hombros de indios, que se maltrataban

lastimosamente en las breñas y sierras, sin que Fr. Blas tuviera piedad

de ellos. Medida, de orden del gobernador, la profundidad del pozo,

resultó que de la entrada a la plazoleta había ciento treinta brazas,

y de la plazoleta al fondo, también ciento treinta.» Masaya, como casi

todas las ciudades nicaragüenses, está vigilada por los volcanes.

Aun se ven en largos llanos las endurecidas corrientes de lava de

erupciones inmemoriales. De cuando en cuando, si no el infierno de

Masaya, que hoy se considera apagado, dan señales de actividad otros

focos plutónicos. Ese pueblo apacible y privilegiado de Flora y de las

Gracias, se ha sentido más de una vez amenazado por las convulsiones

de la tierra. Y allí crecen las rosas y las azucenas y mil variedades

de flores, y en los espíritus es innata la voluntad de armonía, y los

talentos líricos se llaman legión, mayormente que en ninguna otra parte

de la República. Puede decirse que el deleitoso arte de la música es el

que está mejor cultivado en el país, y, sobre todo, en la encantadora

y para mí inolvidable Masaya. Ha producido asimismo este departamento

ciudadanos eminentes en otras disciplinas; y uno de los historiadores

que allá tienen más renombre, aunque por causa del medio, del tiempo y

de las circunstancias en que escribiera, no pueda colocarse en primera

línea, fué masayés. Hablo de Jerónimo Pérez.

En mi memoria queda Masaya como una tierra melodiosa y hechicera.

Siempre recordaré con vagas saudades sus alrededores pintorescos,

sus lagunas cercanas, sus alturas llenas de vegetación, sus paisajes

dorados con oro del cielo, la gracia y la sonrisa de sus mujeres, el

entusiasmo sincero de sus gentiles habitantes y el clamor lírico de sus

violines en la noche; sus admirables violines, que hablan en lengua de

amor, en idioma de pasión y de ensueño.

El Viaje a Nicaragua é Historia de mis libros Obras Completas, Vol. XVII · 第 16 / 27 题