Nombran a Masaya la ciudad de las flores. Es, por cierto, bella en
su suelo florido. Allí pensé una vez más en la gentil Primavera de
Botticelli. Flores en los jardines, flores en las mujeres, flores
en todas partes. Cuando el señor alcalde me dirigió su discurso, la
calle estaba cubierta de flores. Masaya me evocaba a Hafiz, a Sadi;
verjeles de Sarón, de Bagdad, de la olorosa Persia. Los alrededores de
la ciudad son también lugares excelentes, en donde la riqueza floral
se desarrolla y multiplica al cariño del magnificente sol. Hace ya
tiempo viajé por esos lugares en compañía de un cubano eminente que ha
hecho admirar en nuestras Repúblicas su firme amor patrio, su lengua
de Crisóstomo y su corazón de poeta. Ese cubano fué de los luchadores
de la primera revolución, la de Céspedes, y uno de los que redactaron
la antigua Constitución. Me refiero al Dr. Antonio Zambrana, que hoy
vive rodeado de la consideración general en San José de Costa Rica. Él
dejó en una página delicada el recuerdo de nuestra visita a la aldea
masayesa. He aquí sus impresiones, en las cuales se revela el cariño
que desde mis primeros años me demostrara el grande hombre: «Nindiri.
Él me había hablado del pueblecito, y con él tuve el gusto de verlo
por vez primera en viaje que hicimos juntos, en un cómodo y ligero
carruaje, de Managua a Granada. A Rubén Darío, el poeta, me refiero.
A eso de las tres de la tarde divisamos las primeras chozas. El cielo
estaba azul; alguna que otra nube, transparente como velo de gasa,
volaba por él, y de lo alto caía y por todas partes se derramaba la
luz color de oro quemado de un sol brillante, pero ya muy soportable.
Me pareció que estaba en Grecia: así debió de ser la Jonia antigua, o,
por lo menos, esa segunda Grecia, la Provenza de los tiempos medios.
En calle sin polvo, recta y ancha, se alineaban las casas, hechas de
corteza de palma y de bejucos, cada una de arquitectura diferente,
a cual más graciosa y originalmente ideada, de formas caprichosas,
como sueños de hombre que no ha visto civilización, pero que, sin
conocer la de los otros, ha inventado él mismo su poesía y se la
saca del alma para ponerla en todo lo que le rodea. Alrededor de las
casas había siempre flores, y por la espalda de ellas asomaba algún
árbol, indicio de huerto, que, con sus ramas de esmeralda obscura y
sus frutos de colores vivos, daba nuevas notas a la pintura ideal que
formaba el paisaje. A la puerta, o en pequeños corredores delante de
ella, vi algunas mujeres de la raza india de Nicaragua, que es la más
bella que conozco; todas lucían, muy morenas, por estar vestidas de un
blanco inmaculado, y los cabellos muy negros y los ojos como llamas,
tomaban con eso un relieve encantador. Admirome su limpieza singular
y el aire de fiesta que eso daba a la aldea, porque se trataba de un
día de trabajo de la semana. «¿Qué hacen estas gentes?--pregunté con
curiosidad a Rubén--. Se diría que esperan alguna visita». «Venden
flores y frutas--me contestó el poeta--. Las llevan en cestos muy
bizarros a todos los alrededores: ésta es su vida cotidiana». Pasaron,
en efecto, a poco, por junto a nosotros, dos mujeres y un jovencito
con cestos tan extraños como las casas, llenos de colores y de
aromas, conduciendo su mercancía; nunca hubiera calculado antes que el
comercio pudiera tomar a mis ojos forma de poesía. No era hora de oir
pájaros; lo que se escuchaba era una cigarra; pero la influencia del
medio ambiente, sin duda, me hizo encontrar bello su toque de clarín
delgado y persistente: pensé en la cigarra de oro, símbolo del Arte en
el mediodía de Francia, y el canto sin ritmo, lejos de perturbarla,
completó mi ilusión. Soñaba yo entonces, por otra parte, que llevaba a
mi lado la cigarra de nuestros bosques y de nuestra poesía americana,
pues Rubén era ya un poeta, aunque todavía no era un hombre, y su
inspiración no había aun torcido su cauce, sino que era genuina
y espontánea. Más tarde se dejó influir por ideales exóticos, y,
persiguiéndolos, ha llegado a la cumbre de la gloria; pero yo prefiero
la cigarra desconocida, y ahora, que temblamos a la idea de recibir
una mala noticia, ha venido a mi mente con sincera ternura el recuerdo
del pueblecito original de las flores vivas, de las casas lindas y de
las indias limpias que venden colores y perfumes de los que brotan,
sin amaño, del seno fecundo de la Naturaleza». Zambrana dice la verdad
de su entusiasmo en su lenguaje hermoso. Yo recordé las palabras del
maestro en mi reciente visita a aquellas deliciosas regiones. Así como
admiré en la ciudad gentiles y gallardas damas llenas de cultura y de
distinción, vi de nuevo en la alegría aldeana las figuras de bronce
viviente de las indias graciosas y hacendosas. Ellas tejen telas al
modo primitivo, trabajan curiosas obras de cerámica, y venden, como
antaño y como siempre, sus rosas, sus lirios, sus mangos, sus marañones
y sus jocotes. Desnudas de hombros, brazos, pies y piernas, llevan
con garbo sus cestas a los mercados o tiangues, y tornan a su vivir
rústico, edénico o arcádico.
Mas, como en los más hermosos paraísos meridionales de Italia, los
volcanes están allí sintiendo pasar los siglos y dando de cuando en
cuando señal de que en sus hornos arden las misteriosas potencias de
la tierra. El volcán de Santiago atemoriza. El Masaya se cree hoy
extinguido. El cronista López de Gómara, en su tiempo, escribía de
él: «Tres leguas de Granada y diez de León está un serrejón raso y
redondo que llaman Masaya, que echa fuego, y es muy de notar, si hay
en el mundo. Tiene la boca media legua en redondo, por la cual bajan
doscientas y cincuenta brazas, y ni dentro ni fuera hay árboles ni
hierba. Crían, empero, allí pájaros y otras aves, sin estorbo del
fuego, que no es poco. Hay otro boquerón como brocal de pozo, ancho
cuanto un tiro de arco, del cual hasta el fuego y brasa suele haber
ciento y cincuenta estados más o menos, según hierve. Muchas veces
se levanta aquella masa de fuego, y lanza fuera tanto resplandor,
que se divisa veinte leguas y aun treinta. Anda de una parte a otra,
y da tan grandes bramidos de cuando en cuando, que pone miedo; mas
nunca rebosa ascuas ni ceniza, si no es algún humo y llamas, que
causa la claridad susodicha, cosa que no hacen otros volcanes; por
lo cual, y porque jamás falta el licor ni cesa de bullir, piensan
muchos ser oro derretido. Y así, entraron dentro el primer hueco Fr.
Blas de Iñesta, dominico, y otros dos españoles, guindados en sendos
cestos. Metieron un servidor de tiro con una larga cadena de hierro
para coger de aquella brasa y saber qué metal fuese. Corrió la soga y
cadena ciento y cuarenta brazas, y como llegó al fuego, se derritió el
caldero con algunos eslabones de la cadena en tan breve tiempo, que se
maravillaron; y así, no supieron lo que era. Durmieron aquella noche
allá sin necesidad de lumbre ni candela. Salieron en sus cestos con
harto temor y trabajo, espantados de tal hondura y extrañeza de volcán.
Año de 1551 se dió licencia al licenciado y deán Juan Alvarez para
abrir este volcán de Masaya y sacar el metal.» Oviedo, desde luego más
documentado que Gómara, no habla de Fray Blas de Iñesta, sino de Fr.
Blas del Castillo. Este tuvo noticia del famoso Infierno de Masaya;
pero como iba directamente al virreinato del Perú, dejó para el regreso
la satisfacción de su curiosidad. Esto fué en el año 1534.
Dos años después, estando en Méjico, fué expresamente a Nicaragua a
conocer el volcán. Púsose de acuerdo con otro religioso francés, el P.
Juan Gandabe, y en compañía de varios españoles emprendió la ascensión.
Asomado al cráter vió la lava hirviente, y juzgó fuese oro derretido.
En Granada encontró varios socios para realizar su idea de extraer
aquella riqueza inagotable. Varias tentativas se hicieron para sacar
el que creían metal incandescente. Una expedición definitiva se hizo.
Dice Gámez, extractando a Oviedo: «Entre los objetos destinados para
la expedición figuraba una gran esfera de hierro, con sus barras, que
podía abrirse y cerrarse, para meter en ella cangilones de barro que,
introducidos de cierta manera en el pozo, pudieran sacar del líquido
rojo. Esta esfera estaba sujeta por una cadena de hierro, pendiente
de una gruesa cadena quitada a una antigua lombarda.» Y luego: «El
cráter del volcán tiene la forma de una campana boca arriba, que
va angostándose al fondo; pero arriba, en la parte superior, no es
pareja la circunferencia, estando como desportillada por el lado del
Oriente. En todas las paredes del cráter se veían bandadas de loros
de todos tamaños, que anidaban en los huecos y concavidades de las
peñas. La circunferencia exterior del cráter puede tener una legua, y
su diámetro, como un tiro de halconete. El fondo tendrá de ancho como
un tiro de escopeta, y las paredes del cañón o cráter, desnudas de
toda vegetación, ostentan vetas de varios colores, de una tierra dura,
calcinada y muy pesada. En el plan se veía un fondo rojo y obscuro,
como de lava a medio enfriar, con rajaduras a través de las cuales
podía mirarse hervir y correr un líquido de fuego que saltaba en
algunos puntos como el agua de una fuente, esparciendo gran luz, que,
llevada por el caño, se reflejaba en la atmósfera y daba una claridad
visible a mucha distancia.» Con muchas dificultades, Fr. Blas el
codicioso preparó su máquina extractora. Dijo una misa. Confesó a sus
compañeros. Luego «el intrépido fraile se puso la estola, ciñó ésta y
los hábitos con una cinta bendita, en la que colocó del lado derecho un
pequeño martillo para derribar las piedras movedizas, y del izquierdo
una calabaza con vino y agua; cubrió su cabeza con un casco de hierro,
y encima un sombrero bien atado; después se colocó en el bolso y se
ató muy bien, y tomando una cruz de madera en la mano, se lanzó al
vacío y empezó a descender». El pobre Fr. Blas pasó las de Caín en su
descenso. Llegó por fin a una especie de plazoleta. Con la oración en
la boca, no dejaba de maniobrar con su martillo entre los sahumerios
de las solfataras. Demás decir que no encontró oro en las grietas,
sino la roca quemada. Cuando le subieron no quiso darse por vencido.
Contó prodigios, tal Don Quijote al salir de su sima, y aseguró que la
lava hirviente era oro puro en fusión. Otros tantos bajaron después
con aparatos para recoger el tentador líquido rojo y ardiente; pero se
encontró que todo era escorias y calcinada piedra. Todavía se hicieron
otros intentos y se renovaron los desengaños. «Tan luego fueron vistas
las muestras por el gobernador y curiosos que se hallaban fuera, hubo
gran descontento y muchas risas, y cada cual se regresó comentando el
chasco a su manera. El gobernador pidió todavía algunas muestras más,
y ordenó en seguida a Fr. Blas y a sus compañeros que saliesen. Éstos,
antes de verificarlo, tomaron posesión cada uno de lo que creyó una
veta mineral, y el fraile, de la caldera hirviente del fondo. Ensayadas
en León las tierras y escorias del volcán de Masaya, fueron declaradas
sin ningún valor. Sin embargo, Fr. Blas y sus compañeros, insistiendo
en que aquello era rica mina, suplicaron que se les permitiera volver
a entrar; pero el gobernador lo prohibió en absoluto, tanto porque
creyó inútil y temeraria aquella empresa, como porque las máquinas,
jarcias y aparejos eran subidos a hombros de indios, que se maltrataban
lastimosamente en las breñas y sierras, sin que Fr. Blas tuviera piedad
de ellos. Medida, de orden del gobernador, la profundidad del pozo,
resultó que de la entrada a la plazoleta había ciento treinta brazas,
y de la plazoleta al fondo, también ciento treinta.» Masaya, como casi
todas las ciudades nicaragüenses, está vigilada por los volcanes.
Aun se ven en largos llanos las endurecidas corrientes de lava de
erupciones inmemoriales. De cuando en cuando, si no el infierno de
Masaya, que hoy se considera apagado, dan señales de actividad otros
focos plutónicos. Ese pueblo apacible y privilegiado de Flora y de las
Gracias, se ha sentido más de una vez amenazado por las convulsiones
de la tierra. Y allí crecen las rosas y las azucenas y mil variedades
de flores, y en los espíritus es innata la voluntad de armonía, y los
talentos líricos se llaman legión, mayormente que en ninguna otra parte
de la República. Puede decirse que el deleitoso arte de la música es el
que está mejor cultivado en el país, y, sobre todo, en la encantadora
y para mí inolvidable Masaya. Ha producido asimismo este departamento
ciudadanos eminentes en otras disciplinas; y uno de los historiadores
que allá tienen más renombre, aunque por causa del medio, del tiempo y
de las circunstancias en que escribiera, no pueda colocarse en primera
línea, fué masayés. Hablo de Jerónimo Pérez.
En mi memoria queda Masaya como una tierra melodiosa y hechicera.
Siempre recordaré con vagas saudades sus alrededores pintorescos,
sus lagunas cercanas, sus alturas llenas de vegetación, sus paisajes
dorados con oro del cielo, la gracia y la sonrisa de sus mujeres, el
entusiasmo sincero de sus gentiles habitantes y el clamor lírico de sus
violines en la noche; sus admirables violines, que hablan en lengua de
amor, en idioma de pasión y de ensueño.