XI

En momentos de corregir las pruebas de este libro me llegaron las

noticias de los últimos acontecimientos que han perturbado la paz en

aquella República y producido la caída del presidente Zelaya.

Lo lógico, lo usual y hasta lo humano sería que, una vez que aquel

gobernante ha caído, yo suprimiese los elogios y los sustituyese con

las más acerbas censuras. Me permitiré la satisfacción de dejar intacto

mi juicio.

En EL VIAJE A NICARAGUA pueden leerse estas palabras de uno de mis

discursos pronunciados durante la gira por mi tierra natal: «Como

alejado y como extraño a vuestras disensiones políticas, no me creo ni

siquiera con el derecho de nombrarlas. Yo he luchado y he vivido, no

por los Gobiernos, sino por la Patria; y si algún ejemplo quiero dar

a la juventud de esta tierra ardiente y fecunda, es el del hombre que

desinteresadamente se consagró a ideas de arte, lo menos posiblemente

positivo, y después de ser aclamado en países prácticos, volvió a

visitar su hogar entre aires triunfales; y yo, que dije una vez que no

podría cantar a un presidente de República en el idioma en que cantaría

a Halagaabal, me complazco en proclamar ahora la virtualidad de la

obra del hombre que ha transformado la antigua Nicaragua, dándonos el

orgullo de nuestra inmediata suficiencia y casi la seguridad de nuestro

fuerte porvenir.» Nada tengo que rectificar. Mi impresión, al llegar

después de quince años de ausencia, fué la de un país con mayores

adelantos que el que dejara. Si a las administraciones anteriores se

debe la implantación del telégrafo, el ferrocarril, las negociaciones

para la apertura del canal, que no pudo llevarse a cabo, no puede

negarse que el Gobierno de Zelaya realizó muchas obras en bien de la

República. Ellas están enumeradas en un capítulo anterior.

Ahora, el rumor sordo anunciador de lo que ha pasado pude muy bien

notarlo durante mi corta permanencia, aun en medio de la multiplicidad

de las fiestas con que me obsequiaron mis compatriotas y amigos y el

mismo Gobierno.

Esos rumores que anunciaban la tempestad que después se desatara, y que

aparentaban tener por causa la situación económica, puede asegurarse

que no eran sino instigaciones de los Estados Unidos y de Estrada

Cabrera, su instrumento para el desarrollo de sus planes. Propalaban

que era el odio a unos cuantos que se han enriquecido lo que motivaría

la revolución contra el gobierno de Zelaya. Y, en efecto, aquello que

confidencialmente me decían algunos amigos, de diferentes partes de la

República, sobre el estado general de pobreza, lo caro de la vida, la

progresiva depreciación del papel moneda, y el engrosamiento de ciertas

particulares fortunas, es justamente lo mismo que he visto después

expuesto en las publicaciones revolucionarias aderezadas en Bleufields.

Al recibir las primeras noticias me temí que de nuevo se hubiese

encendido el antiguo antagonismo entre conservadores y liberales, o,

peor aún, los odios entre la parte oriental y occidental del país,

entre Granada y León. Esta lamentable desunión viene desde tiempos de

la colonia, y ha costado a Nicaragua mucha sangre y muchos perdidos

intereses.

Ha sido desde luego un bien para el país que Zelaya patrióticamente

haya depositado el mando en el Dr. Madriz. Conozco a Madriz desde

los años en que éramos compañeros de colegio. Es un carácter y es un

talento. Su actuación política ha sido transcendental en Centroamérica.

Fué de los que acompañaron a Zelaya en la revolución que derrocó al

partido conservador en 1893. Fué el primer ministro de Relaciones de

Zelaya, y, siendo ministro, fué de los que dirigieron la revolución

contra él. Tras el fracaso de ésta, se trasladó a San Salvador. Un

rasgo que le honra es que cuando Nicaragua estuvo en guerra con

Honduras, a pesar de las inquinas políticas, volvió a Nicaragua y

ofreció sus servicios al Gobierno.

El fué enviado a la Conferencia de Washington y nombrado magistrado de

la Corte Suprema de Justicia Centroamericana, que fué creada en dicha

Conferencia, que tiene su sede en la Ciudad de Cartago, de Costa Rica,

y para cuyo edificio regaló medio millón de francos el plutócrata

yanqui Andrew Carnegie.

Estoy seguro de que no se le ocultaba al presidente Zelaya que el

Dr. Madriz contaba con muchos partidarios que le eligiesen para la

Presidencia. Sin menoscabarle méritos, como él decía cuando se lograba

que los ingleses desocupasen el reino mosquito: «Antes de despedirme

de vosotros, quiero hacer especial recomendación del valiente ministro

Dr. D. José Madriz, que os acompaña en esta expedición. Va en nombre

del Gobierno a imponer nuestras leyes a los rebeldes. Lleva confianza

en el éxito de su misión, porque cuenta con soldados como vosotros, que

sabrán en el momento dado apoyar sus disposiciones.»

Hasta el momento de escribir estas líneas, no se sabe si vencerá Madriz

o Estrada. Si Madriz ocupase la Presidencia, será desde luego un

gobierno civil. En cuanto a Estrada, es un militar joven, y que se ha

distinguido muchísimo en las filas del general Zelaya. ¡Quién me diría

que cuando iba yo en la comitiva del Presidente, para la entrevista que

tuvo en las fronteras costarricenses con el Presidente de Costa Rica,

Sr. González Viquez, estaban ya en el cerebro de aquel compañero de

excursión las ideas que le han llevado a la sublevación y a la batalla!

No me atrevo a profetizar a estas horas. Si la parte occidental se

pone al lado de Madriz, triunfará Madriz. Pero ¿es que acaso Estrada,

que es de Managua, capital de la República, no querrá evitar un choque

entre las dos de antiguo antagonistas partes de su Patria? Demasiadas

son las rencillas, demasiados son los odios que han dividido el país

desde hace tanto tiempo. Ya que no se ha podido hacer la unión de

las cinco Repúblicas centroamericanas, ¿no será posible realizar la

concordia en un solo país?

En cuanto a D.^a Blanca de Zelaya, que ha causado siempre la más

grata impresión, diré que es belga de origen, que es muy bella, y que

ha hecho mucha caridad en Nicaragua. Ella me condecoró, en un acto

público, con una medalla de oro. Yo le he escrito unos versos y le

he regalado un brazalete de que han hablado los diarios. Los versos

pueden leerse en el _Intermezzo tropical_, entre los que escribiera

durante mi viaje. Y el brazalete acróstico se componía de piedras que

correspondían a las letras del nombre del esposo presidencial:

La _J_ es el jacinto.

La _S_ es la _sardoine_.

La _A_ es la amatista.

La _N_ es la _nefrita_.

La _T_ es el topacio.

La _O_ es el ópalo.

La _S_ es la _sardonix_.

La _Z_ es el zafiro.

La _E_ es la esmeralda.

La _L_ es el lapislázuli.

La _A_ es la aguamarina.

La _Y_ es el imán.

La _A_ es la amatista.

Dios quiera llevar la paz a mi país. Se dice que los Estados Unidos

han intervenido en todo esto. Si ello fuese cierto, como parece, es

lamentable que nación alguna intervenga en los asuntos íntimos de

Nicaragua, ni aun para hacer el canal... Ya se sabe que el mismo

Lesseps informó en un tiempo que el único canal posible era el de

Nicaragua. Después los Estados Unidos quisieron realizar la obra. No

se sabe qué negociaciones la dificultaron; pero es un hecho que desde

que los españoles pensaron en abrir el istmo, es por la tierra que más

fácilmente se puede llevar a cabo.

Después de todo, sin la hostilidad de la Casa Blanca, Zelaya estaría

aún en el Poder.

¡Oh, pobre Nicaragua, que has tenido en tu suelo a Cristóbal Colón y

a Fr. Bartolomé de las Casas, y por poeta ocasional a Víctor Hugo:

sigue tu rumbo de nación tropical; cultiva tu café y tu cacao y tus

bananos; no olvides las palabras de Jerez: «Para realizar la unión

centroamericana, vigorízate, aliéntate con el trabajo, y lucha por

unirte a tus cinco hermanas!»

El Viaje a Nicaragua é Historia de mis libros Obras Completas, Vol. XVII · 第 18 / 27 题