[104] Para no estar repitiendo continuamente los mismos nombres, las

letras C., R. y P. puestas después de una posición indican, como en

la analogía de los sinónimos botánicos, que el nombre corresponde á

los mapas de La Cosa ó al de Rivero, ó al Diario de navegación de

Ponce de León. La letra M. designa los nombres usados ahora. Como

para la identidad de los nombres es preciso recurrir sin cesar á los

Diarios de ruta de Colón, al pleito entre su hijo y el Fisco, y á

otros documentos oficiales, las cifras (I, 79 ó III, 579) puestas

entre paréntesis, indican los tomos y las páginas de la grande obra

de Navarrete. De este modo facilito al corto número de personas que

desean conocer el detalle de las posiciones, la forma de comprobar

los resultados que expongo.

[105] Es el _Viejo cabo Francés_ (longitud 72° 17′), que no debe

confundirse con el cabo Francés actual, situado hacia el NO. de la

isla (longitud 74° 38′).

[106] Según los recientes trabajos hidrográficos de Ricardo Owen,

esta diferencia es de 4° 20′, y por los cálculos de Oltmanns del

año 1810, es de 4° 16′. Tomando la distancia indicada por escala

en el mapa de La Cosa, la misma carta da de distancia (diferencia

de longitud) del cabo Tiburón (cabo de San Miguel, de La Cosa

y de Colón; Herrera I, 2, 15) al cabo más oriental (cabo del

Higuey, R., cabo del Engaño, M.), 6°. Los mapas modernos dan 6°

2′. Esta comparación sólo prueba que la forma general de Haïti es

bastante exacta. Aplicando la misma escala á la isla de Cuba, se la

encuentra exacta hasta más allá del cabo de Cuba, C., pero, por lo

extraordinariamente estrecha que es la parte occidental de la isla,

el largo completo desde la isla de Pinos al cabo Maysi es falso en

1° ¾ de 8° ¼. Más adelante volveré á hablar de la desigualdad de

las escalas por las cuales se ha trazado en longitud y latitud el

mapamundi, aun en los trópicos.

[107] Podría creerse que es el banco de _Abre los Ojos_; pero los

_Bajos de la Plata_ debían llamar mayormente la atención por su

tamaño y forma más regular de cuadrilátero.

[108] Baracoa está demasiado al Occidente en el mapa de Rivero. En el

que yo publiqué de la isla de Cuba en 1826, este puerto se encuentra

á 21′, y según el mapa de Owen á 23′ al Oeste del cabo Maysi. Como mi

obra debe contener cuanto se relaciona con los antiguos nombres dados

por Colón á las posiciones en el mar de las Antillas, debo advertir

aquí que el cabo Maysi, llamado por Cosa _Punta de Cuba_, no recibió

nombre alguno en el primer viaje de Colón (Nav. I, 78); vió este cabo

muy hermoso á distancia de siete leguas, sin querer reconocerlo de

cerca á causa del vivo deseo que tenía de llegar á la isla _Babeque_.

En el segundo viaje, 4 de Diciembre de 1493, le dió el raro nombre

de cabo de _Alpha_ y _Omega_, porque, en la firme persuasión de que

Cuba formaba parte del continente de Asia, el cabo Maysi era á la vez

principio de la India para los que iban del Oeste y fin de la India

para los que venían de Oriente. (_Vida del Almirante_, cap. 30.) El

amigo de Colón, Pedro Mártir de Anghiera, da extensas explicaciones

acerca de esta denominación _alfabética_ que expresa todo el sistema

del Almirante de buscar el Oriente por Occidente. «Joannæ initium

vocavit (Colonus), α et ω eo quod ibi finem esse nostri orientis, cum

in ea sol occidat, occidentis autem cum oriatur arbitretur. Constat

enim esse ab occidente principium _Indiæ ultra Gangem_: ab oriente

vero, terminum ipsius ultimum.» _Oceánica_, Dec. I, lib. III, pág.

34, ed. Colón, 1574.

[109] La vuelta á España por el canal de Bahama (Herrera, Dec. I,

lib. IX, cap. 12).

[110] Este nombre indígena (_Hetera_ ó _Etera_) ha sido convertido

por corrupción en _Eleuthera_.

[111] Anghiera, _Oceánica_, Dec. II, lib. X, pág. 202, llama á la

isla Bimini, Bojuca ó Aguaneo, y ruega también al Papa que no tome la

cosa por _jocose aut leviter dicta_.

[112] Mapa del golfo de Méjico.

[113] Confieso, sin embargo, no comprender bien lo que Colón añade al

fin, hablando de un promontorio pedregoso (_isleo_), perteneciente á

la Isabela: «quedaba el dicho isleo en derrota de la isla Fernandina,

de adonde yo había partido _Leste oueste_.» Fernando Colón sólo habla

de los _secretos_ de la isla Samoet que tenía al Almirante _enamorado

de su belleza_; nada dice de la dirección de la ruta, ni de la

distancia que no podía ser muy considerable, puesto que la recorrió

en una mañana.

[114] Klaproth. _Memorias relativas á Asia_, pág. 200.

[115] El 104 dairio (Go-tsutsi Mikado-no-in), que reinó desde 1465 á

1500.--Titsingh. _Annales des empereurs du Japon_, 1834, pág. 363.

[116] En una nota del primer tomo hemos expuesto la conversión de

las leguas en millas y en grados, según Gómara. También Pigafetta

dice claramente en el _Tratado de navegación_ (pág. 216), hablando de

_la línea de demarcación pontificia_: «Cada grado de los 360 grados

de la circunferencia terrestre equivale á 17 ½ _leghe_. Las _leghe_

de tierra tienen 3 millas, las de mar 4. Medina, que escribió en el

año de 1545, hace la misma valuación (_Tratado de navegación_, pág.

54). Ahora bien; Colón emplea en su Diario, según su propio dicho, la

legua (italiana) de 4 _millas_. Es, por tanto, preciso computar los

datos de su Diario por 17 ½ leguas al grado, puesto que la unidad es

la _milla_ (Nav. t. I, pág. 3). Cuando en la cita de Alfragán valúa

Fernando Colón el grado en 56 y 2⁄3 millas, refiérese á otro _módulo_

de una milla más grande, casi en la relación de 3 á 4. Es pura y

sencillamente un rasgo de erudición.

Hacia el año de 1495 había la tendencia, al menos en Cataluña, de

aumentar el número de leguas por grado. Mosen Jaime Ferrer, cuenta

para un grado de longitud, en el paralelo de las islas de Cabo Verde,

20 5⁄8 leguas, lo cual se aproxima á las _leguas legales de 5.000

varas_, mientras las leguas de 17 ½ al grado son casi las _leguas

comunes_ de España de 7.500 varas. (_Docum._ 68; Nav. t. I, pág. 99.)

[117] Es, por decirlo así, el puerto de la ciudad _Santa María del

Príncipe_, situada en el interior de las tierras y cuya posición

he discutido en el análisis de un mapa de la isla de Cuba (_Rel.

Hist._, t. III, pág. 586). Este mapa presenta también, conforme á un

manuscrito de D. Francisco María Celi que poseo, la indicación de

un lugar antiguamente habitado al Este de Puerto Curiana, llamado

_Embarcadero del Príncipe_. La relación de posición de este lugar con

el de Cayo Romano, explica acaso las dudas ocasionadas por el Diario

de Colón del 15 al 18 de Noviembre. (Wash. Irving, t. IV, pág. 261.)

[118] Las pequeñas diferencias de mis resultados, comparados á

los del marino americano (Irving, t. IV, pág. 263), provienen de

la reducción de las medidas itinerarias de Colón, que considero

indispensables, y del yacimiento relativo de Puerto Príncipe, Isla

Larga y Guanahaní, según los mapas más recientes. La comparación del

cap. 29 de la _Vida del Almirante_ y del Diario de Colón (I, 61),

prueba que el hijo se engaña cuando dice que Saometro ó Isabela está

situada casi á 25 leguas de distancia Norte-Sur de Puerto Príncipe.

La distancia es falsa, como la dirección: el hijo confunde la

distancia de Isabela con la del _punto de estima_ en la mañana del

20 de Noviembre. No fijándose en este error de rumbo, creeríase que

Guanahaní estaba 2° más al Occidente de donde la supone Colón y en

realidad se encuentra.

[119] Este nombre indígena consérvase aún en la denominación de

_Punta Bruquen_, cabo NO. de la isla de San Juan de Puerto Rico,

llamada también por los caribes _Ubucmoin_, y por Colón, en su Diario

algunas veces, _Isla de Carib_.

[120] «Fuente que volvía á los hombres de viejos en mozos.» Los

indígenas de Cuba que transmitieron este mito á los españoles,

fueron antes que éstos en busca de Bimini y de un río igualmente

milagroso de la Florida. Con este motivo hasta llegaron á fundar un

establecimiento permanente en las costas de la Florida, considerada

como gran isla frontera á la de Bimini (Herrera, Déc. I, lib. IX,

cap. 12). Dábase todavía tanta importancia en 1514 á la posesión del

islote de Bimini, difícil de encontrar en nuestros mapas, que Ponce

de León recibió el pomposo título de Adelantado de Bimini y de la

Florida. (Herrera, Déc. I, lib. X, cap. 16.)

[121] De la desembocadura de Río Guanabo, llamado entonces _la

Aguada_; pero la expedición fué preparada en la _Bahía de San Germán

el Viejo_, que no debe confundirse con la ciudad de San Germán el

Nuevo en la costa occidental.

[122] Posible es quedar indeciso entre el _Bajo de Plata_ y Abre los

Ojos, porque la latitud sobradamente septentrional que da Ponce de

León (de 22° ½) no sirve para la elección; pero la distancia de 50

leguas que cuenta Oviedo desde Puerto Rico á los Bajos de Babueca

hacia el NO. (_Hist. gen. de las Indias_, tomo I, lib. XIX, cap. 15),

corresponde mejor á los _Cayos de Plata_ que á _Mouchoir-Carré_,

distante de Puerto Rico más de 80 leguas marinas. Debo advertir, sin

embargo, que la _Isla del Viejo_, que Ponce sitúa entre los Bajos de

Babueca (tomados quizá en una extensión más general), y los Caicos,

podrían muy bien ser la Grande ó Pequeña Salina de las islas Turcas,

es decir, el Guanahaní de Navarrete; porque nada hay en los Caicos de

Plata y Mouchoir-Carré que merezca el nombre de isla.

[123] Al echar una ojeada á la serie de islotes y bajos al Norte de

las grandes Antillas, vense los bajos rodeados al Este, sobre todo

del lado opuesto á la fuerza de las corrientes, de bandas de tierra

largas y estrechísimas. Tal es la forma de las islas Caicos, de las

Acklins y Crooked, que pertenecen al mismo sistema de bajos de la

Isla Larga, la Exuma, San Salvador y Eleuthera en el gran Banco de

Bahama, como muros originados por masas de corales rotos y hacinados

por el choque de las olas. En otra obra (_Rélation Historique_,

t. III, pág. 470) he tenido ocasión de describir las _rocas

fragmentarias_, que puede decirse se forman á nuestra vista en los

_Jardines_ ó _Jardinillos_, al Sur de la isla de Cuba. La posición

de estas lenguas de tierra que rodean los bajos en las islas Lucayas

es notabilísima, y sería de desear que un geólogo distinguiera sobre

el terreno lo que pertenece al levantamiento general de los _bancos_

por las fuerzas que han obrado desde el interior del globo, empujando

la corteza, y lo que es sencillamente efecto de las corrientes y del

choque de las olas. Las formaciones terciarias y secundarias de la

isla de Cuba ¿son la base sobre la cual han construído los corales

sus grandes edificios en los bajos de las Lucayas, ó esta base es

una roca piroxena como en las pequeñas Antillas y en el mar del Sur?

Sorprende ver que en la Indias Occidentales no existen esos bancos de

corales circulares crateriformes, rodeando un lago salado (_lagoon_)

con una ó varias salidas, acerca de los cuales los Sres. Chamisso

y Beechey han llamado la atención de los físicos, y que existen

en el Océano Pacífico y en el mar de la India, mientras en estos

dos Océanos no se encuentran las formas alargadas semejantes á las

lenguas de tierra del borde oriental (_windward side_) del Banco de

Bahama.

[124] Anghiera diserta acerca de la significación de la sílaba

inicial _gua_, tan frecuente en los nombres geográficos y en los

nombres propios de los Haïtianos, cuyo idioma no difería mucho del

de los _Yucayos_ (habitantes de las islas Bahamas), y por ello el

joven yucayo, natural de Guanahaní y bautizado en Barcelona con el

nombre de Diego Colón, pudo servir de intérprete. (Déc. I, lib.

III, pág. 43; Déc. III, lib. VII, pág. 285; Muñoz, lib. IV, § 39;

lib. V,§ 273.) Probablemente el nombre entero de Guanahaní era

significativo, como lo son todos los nombres geográficos vascos

(ibéricos). Lo encuentro casi incluído en el nombre de la bella reina

(ó mejor dicho, mujer de un jefe haïtiano de la provincia de Xaragua)

_Guanahattabenechena_, que, á pesar de las instancias de los monjes

de San Francisco, se hizo enterrar con el cuerpo de su esposo. (Déc.

III, libro IX, pág. 304.)

[125] _La descrittione di tutto il Peru_, mapa que comprende la

América entera, desde la Florida hasta el estrecho de Magallanes, y

en el que la ciudad de Quito está situada al Este del meridiano de

Puerto Rico. El veronés Forlani sitúa como Rivero una isla _Guanima_

al NO. de Guanahaní. Este nombre también aparece en el itinerario de

Juan Ponce de León. (Herr. Déc. I, lib. IX, cap. 11.) ¿Será Eleuthera?

[126] La ignorancia de las lenguas, los errores que esta ignorancia

debía necesariamente producir, y acaso también el malicioso deseo de

engañar á los extranjeros (deseo que es muy común, según he podido

ver, en los indígenas del Orinoco cuando se les abruma á preguntas),

infundieron probablemente en el ánimo de Colón la idea de que al

norte de la Tortuga había una isla riquísima en oro llamada _Babeque_

ó _Baneque_. En el Diario del Almirante está nombrado este Ophir

catorce veces. La isla de Babeque es de considerable extensión,

con grandes montañas, valles y ríos, y se llega á ella yendo más

allá de la Tortuga al NE. Buscase en ella el oro durante la noche

con antorchas en la playa. Los indios dicen que hay más oro en la

Tortuga que en la Española, porque aquélla está más cerca de Babeque,

y hasta llegó á suponer Colón (el 17 de Diciembre de 1493) que no

había minerales de oro ni en la Española ni en la Tortuga, sino que

los llevaban á ellas de Babeque á donde se podía llegar en un día.

Todo esto prueba, contra lo dicho por Las Casas, que Babeque no es

Jamaica, ni la Española ó _Boio_, como creía D. Fernando Colón, ni

finalmente la tierra firme del Sur ó _Caritaba_, como supone Herrera.

(Déc. I, lib. I, cap. 15.)

Recordaré de nuevo que comparando el Diario del Almirante (Nav., 63,

126) cuando habla de la deserción de Martín Alonso Pinzón por el

propósito de llegar á la isla de Babeque ó Baneque, con las piezas

del pleito entre D. Diego Colón y el fisco, donde la isla que Pinzón

buscaba se la nombra _Babueca_ ó _las siete islas de Babulca_, queda

la persuasión de que _Babeque_ ó _las islas Babeque_ es un nombre

colectivo aplicable á las islas y cayos al norte de Haïti, una

extensión de la denominación _Bajos de Babucco_ hacia el Oeste, en la

dirección de la _Grande_ y la _Pequeña Iguana_.

[127] Colón habla de una isla _Goanín_ (Nav., t. I, pág. 134), y

_goanín_ ó _guanín_ es el nombre de una curiosa aleación de oro,

plata y cobre que los primeros navegantes encontraron en manos de

los indígenas, y con la cual hacían placas y armas. _Oceánica_, Déc.

I, lib. VII, pág. 104; (Herrera, Déc. I, lib. III, cap. 9.) Las

_letras_ que Colón dice haber visto grabadas en una placa de oro en

la isla Fernandina (Nav., t. I, pág. 32), acaso fueran trazos hechos,

como adorno, sobre _guanín_. Las Casas refiere (y el hecho es muy

notable) que el _oro bajo_ ó _guanín_ de estas islas lo buscaban los

indígenas por el olor; también se observó en Haïti y en Paria que el

del latón ó cobre amarillo les parecía delicioso. (Herrera, Déc. _I_,

lib. _III_, cap. 11.) Una raza de hombres de color obscuro, llamados

también hombres negros, que procedían del Suroeste y asoló algunas

veces la isla de Haïti, poseía especialmente este oro _guanín_, en el

que había 0,14 de plata y 0,19 de cobre. (_Rélation historique_, t.

III, página 400.) Ya hemos dicho que en el mapa de Rivero hay también

una isla _Guanima_ ó _Guanina_ entre las Lucayas, isla que menciona

Ponce de León en su itinerario.

[128] La isla de Cuba tiene, como la Española, un puerto de _Xagua_:

una provincia de esta última isla se llamaba _Cubana_ ó _Cubao_.

[129] Pedro Mártir, págs. 279 y 281.

[130] _Itinerar. ad regiones sub equinoctiali plaga constitutas Alex.

Geraldini Amerini Episcopi, civ. S. Dominici apud Indos occid. opus,

antiquitates, ritus et religiones, populorum complectens, tunc primo

edidit Onuphrius Geraldinus de Catenacciis auctoris abnepos._ Romæ,

1631, pág. 120. El Obispo había sido amigo y protector de Colón,

antes de tener éste la protección de la reina Isabel. (Cancellieri,

_Notizie di Crist. Colombo_, 1809, pág. 65.) Poseemos de él una

petición en estilo lapidario rarísima, dirigida al papa León X

(Itiner., pág. 253), petición acompañada de muchos donativos que el

cardenal Lorenzo Puccio debía ofrecer al Pontífice. Estos donativos

eran ídolos (_deos illarum gentium Hispaniolæ immanes, qui publice

toti populo responsa reddebant_), aves vivas (loros y un pavo,

_gallus, in quo opus naturæ mirabile apparet; quotiens enim ritu á

natura indito illi avium generi, cum magna conjugum pompa, corpore

undique erecto, hine inde ambit, varios toto capite colores, modo

recidit, modo deponit_). Imposible es describir más detalladamente

el pavo; y la _gallina alba_ que recibió León X al mismo tiempo era

también sin duda una variedad de la misma ave. Como no es probable

que Colón trajera pavos (_Meleagris_, Lin.) de la costa de Honduras

á la Española; y la expedición de Hernández de Córdoba al cabo

Catoche (_Conex Catoche_) y á Campeche (_Quimpech_), como la de

Juan de Grijalva y del famoso piloto Alaminos á Cozumel y Yucatán,

datan de 1517 y 1518, es de creer que los habitantes de las Antillas

recibieron el ave de la América del Norte por las comunicaciones

de los indios lucayos con la Florida. Las _gallinæ pavonibus haud

minores_ que los compañeros de Colón vieron en el tercer viaje, en

la costa de Paria (Petrus Martir, _De Insul. nuper inv._, pág. 348),

no eran pavos, porque no los había en la América Meridional, sino lo

que los españoles llamaban _pavas del monte_ (_Penelope, Merr_), que

yo encontré en una región próxima á Paria, en las misiones de Caribe.

Los modernos historiadores de la _conquista_ de Méjico cometen el

error de confundir estas aves con los pavos de Méjico y de los

Estados Unidos. Al hablar Pedro Mártir del descubrimiento de Paria,

nombra también los _anseres, anatas et pavones sed non versicolores_;

y añade: _A fæminibus parum discrepare mares_ (lib. IX, cap. CLXVIII.

Véase también _Itinerarium Portugallensium_, 1508, cap. CIX, fol. 67).

[131] Navarrete, t. I, pág. 182. Solórzano (_de Ind. Jure_ t. I, pág.

37) advierte atinadamente que _Hispaniola_ es una falta de traducción

de la palabra _Española, quod nomen_, añade, _exteri latinum

reddere cupientes Hispaniolam verterum_. Anghiera emplea siempre el

diminutivo y lo defiende (_Ocean._ Déc. III, lib. VII, pág. 281) _cum

vere Hispanam sive Hispanicam vertere debuissent_. En el _Itinerarium

Portugalliensum_, cap. CVI, llámase constantemente á Haïti _Insula

Hispana_, lo mismo que en la cosmografía de Sebastián Munster.

[132] Canovai, _Elogio di Amerigo Vespucci_, págs. 41, 102, 105, 108.

[133] Expresión familiar de Mr. de Buffón.

[134] «Dice el Almirante que era tan hermoso todo lo que veía, que

no podía cansar los ojos de ver tanta lindeza y los cantos de las

aves y pajaritos. Llegó á la boca de un río y entró en un puerto que

los ojos otro tal nunca vieron. Las sierras altísimas, de las cuales

descendían muchas lindas aguas; estas sierras llenas de pinos y por

todo aquello diversísimas y hermosísimas florestas de árboles.

»Andando por el río fué cosa maravillosa ver las arboledas y

frescuras y el agua clarísima y las aves y amenidad que dice que le

parecía que no quisiera salir de allí. Para hacer relación á los

reyes de las cosas que veían, no bastaran mil lenguas á referirlo,

ni su mano para escribir, que le parecía que estaba encantado. La

hermosura de las tierras que vieron, ninguna comparación tienen con

la campiña de Córdoba. Estaban todos los árboles verdes y llenos

de fruta, y las hierbas todas floridas y muy altas; los aires eran

como en Abril en Castilla, cantaba el ruiseñor como en España, que

era la mayor dulzura del mundo. Las noches cantaban otros pajaritos

suavemente; los grillos y ranas se oían muchas.

»La isla Juana (Cuba) tiene montañas que parece que llegan al

cielo: la bañan por todas partes muchos copiosos y saludables

ríos..... Todas estas tierras presentan varias perspectivas llenas

de mucha diversidad de árboles de inmensa elevación, con hojas tan

reverdecidas y brillantes cual suelen estar en España en el mes de

Mayo; unos colmados de flores, otros cargados de frutos, ofrecían

todos la mayor hermosura y proporción del estado en que se hallaban.

Hay siete ú ocho variedades de palmas, superiores á las nuestras

en su belleza y altura; hay pinos admirables, campos y prados

vastísimos.....» Debo observar que estas frases de admiración con

tanta frecuencia repetidas, revelan vivo sentimiento de las bellezas

de la naturaleza, puesto que sólo se trata aquí de sombra y follaje;

no de esos indicios de metales preciosos cuya enumeración podía tener

por objeto dar importancia á las tierras nuevamente descubiertas.

Añadiré otro párrafo de estilo franco y enérgico, tomado de la

_Lettera rarissima_ de Colón (7 de Julio de 1503), y que contrasta

con las escenas tranquilas y campestres cuya descripción acabamos de

ver, y que sin duda han perdido mucha brillantez en el extracto de

Las Casas:

«Detúveme quince días en el _puerto del Retrete_, que así lo quiso el

cruel tiempo (de mar). Llegado con cuatro leguas revino la tormenta,

y me fatigó tanto á tanto, que ya no sabía de mi parte. Allí se me

refrescó del mal la llaga; nueve días anduve perdido, sin esperanza

de vida: ojos nunca vieron la mar tan alta, fea y hecha espuma: el

viento no era para ir adelante, ni daba lugar para correr hacia algún

cabo. Allí me detenía en aquella mar fecha sangre, herviendo como

caldera por gran fuego. El cielo jamás fué visto tan espantoso; un

día con la noche ardió como forno; y así echaba la llama con los

rayos que todos creíamos que me habían de fundir los navíos. En todo

este tiempo jamás cesó agua del cielo, y no para decir que llovía,

salvo que resegundaba otro diluvio. La gente estaba ya tan molida,

que deseaban la muerte para salir de tantos martirios. Los navíos

estaban sin anclas, abiertos y sin velas.»

He aquí un cuadro de tempestad como los que se leen en nuestras

novelas marítimas y, sin embargo, el pintor no es novelista. Habiendo

surcado durante más de cuarenta años los mares desde las costas de

Guinea hasta Islandia y el Yucatán, no confundía un tiempo duro con

una verdadera tempestad.

[135] Bossi, _Vita di Crist. Colombo_, 1818, páginas 142 y 207. En la

_Rélation historique_, t. III, pág. 473, nota 1.ª, cometí el error

(cuando aun no conocía la obra del Sr. Navarrete) de decir que esta

_Lettera rarissima_ no existía más que en italiano. La edición de

Venecia, publicada por Constantino Baynera, de Brescia, es sin duda

una traducción; pero existen antiguas copias españolas manuscritas,

por ejemplo, la del _Colegio mayor de Cuenca_ en Salamanca. Las

expresiones que emplean Don Fernando (_Vida del Almirante_, cap. 94),

y Antonio de León Pinelo en la _Biblioteca Occidental_, permiten

considerar probable que el original fuera impreso en español. No es

indiferente saber si en estos párrafos de tan característico estilo

tenemos hoy las verdaderas palabras del Almirante.

[136] Doy á la palabra _quibian_, ó, como dice D. Fernando, _quibio_,

su verdadero sentido, el de jefe ó rey. (_Vida del Almirante_, cap.

97.) No es un nombre propio, como pretende Herrera, Déc. I, lib. V,

cap. 9; lib. VI, capítulos 1 y 2. En esta misma costa de Veragua

vieron los españoles las primeras _plantaciones de ananas_ que se

cultivaban para hacer _vino de piña_ ó vino de ananas.

[137] Este párrafo es obscuro: Llamando á voz temerosa, llorando y

muy aprisa, los maestros de la guerra de Vuestras Altezas, á todos

cuatro los vientos, por socorro. El abate Morelli traduce: _Chiamando

li maestri de la guerra e ancora chiamando li venti._ (_Lettera

rarissima di Crist. Colombo riprodotta dal cavaliere_ Ab. Morelli,

1810, pág. 18.)

[138] «Ya son diez y siete años que yo vine á servir estos príncipes

con la impresa de las Indias», dice Colón en una carta de 1500.

(Navarrete, t. II, p. 254.)

[139] Las cartas de Anghiera, interesantes como _memorias_, de una

época fecunda en grandes acontecimientos, contienen una animada

descripción de la muerte de este joven príncipe y de las causas

secretas que la produjeron. Anghiera vió morir á D. Juan, y sorprende

que un secretario del Rey Católico atribuya el valor del agonizante á

sus habituales lecturas de las obras de Aristóteles. (Pedro Mártir,

_Epistolæ_, lib. X, números 174, 176, 182.)

[140] La pérfida «carta de creencia» de 26 de Mayo de 1499, que los

monarcas dieron á Bobadilla, sin duda por la odiosa influencia del

superintendente de las Indias, Juan Rodríguez de Fonseca, que fué

archidiácono de Sevilla y después obispo de Badajoz, ha llegado á

nosotros entre los manuscritos de Las Casas, y la publicó Navarrete

(t. II, pág. 240). Es de un laconismo aterrador (tiene cuatro

líneas), y dice: «Nos habemos mandado al comendador Francisco de

Bobadilla, llevador desta, que vos hable de nuestra parte algunas

cosas que él dirá: rogamos vos que le deis fe é creencia y aquello

pongais en obra.» Este laconismo no debe sorprender cuando se sabe,

por el borrador de una carta de manos de Colón, escrita cuando llegó

preso á Europa y hallada en los _Archivos del Duque de Veragua_, que

Bobadilla había ya recibido, al partir, la promesa de permanecer en

Haïti como gobernador «si la información tomaba carácter grave.» La

causa, dice Colón, fué formada en malicia. La _fe_ (el testimonio)

fué de personas _civiles_ (de bajo proceder), las cuales se habían

alzado y se quisieron aseñorear de la tierra. Llevaba cargo (el

comendador Bobadilla) de quedar por gobernador (de la Española) si la

pesquisa fuese grave. (Navarrete, t. II, pág. 254.)

[141] Las palabras _polo ártico_ merecen especial atención: no se

ha hecho caso de ellas en la historia de las tentativas hechas para

encontrar el paso del Noroeste. La frase es algo irregular en su

construcción («piedras preciosas y mil otras cosas se pueden

esperar firmemente; _y nunca más mal me viniese como con el nombre

de Nuestro Señor le daría_ el primer viaje, _así como diera_ la

negociación de la Arabia feliz hasta la Meca, como yo escribí á Sus

Altezas con Antonio Torres en la respuesta de la repartición del

mar é tierra con los portugueses; _y después viniera á lo del polo

ártico_, así como lo dije y dí por escrito en el monasterio de la

Mejorada») pero claro es que expresa el pensamiento de llegar á los

aromas de la _Arabia feliz_ (_thurifera et myrrhifera regio_), y á

una navegación libre hacia el Polo Norte. ¿Qué es lo que pudo dar

lugar á esta consideración? En mi sentir, la solución del problema

debe buscarse determinando la época en que la idea del _polo ártico_

se presentó á la imaginación del Almirante. Conocemos la fecha de

la carta en la que los Monarcas pedían á Colón su parecer sobre la

manera de revisar y enmendar la bula del Papa relativa á la _línea

de demarcación_ (la del 4 de Mayo de 1493). Esta carta es del 5 de

Septiembre de 1493. En ella dicen que Colón ha sabido más que jamás

supo ninguno de los nacidos. Ahora bien; Antonio Torres, que trajo

estos consejos del Almirante y, lo que importaba más, hermosas

pepitas de oro, partió de Haïti el 2 de Febrero de 1494 con doce

barcos. Dos meses antes se había hecho el reconocimiento de la costa

meridional de la isla de Cuba, célebre por el juramento pedido (el

12 de Junio de 1494) á más de ochenta personas de las tripulaciones

de las carabelas _Niña_, _San Juan_ y _Cardera_, juramento de que la

Juana ó Cuba era «una tierra firme».

La importancia dada á esta expedición á Cuba era tan grande que el

Almirante, al volver á España, decía á sus más íntimos amigos, que

sólo la falta de víveres le había impedido pasar delante hacia el

Oeste, «doblar el _Quersoneso de Oro_ en el mar conocido de los

antiguos, parar más allá de la isla de Trapobana y volver á Europa ó

por el mar, doblando la extremidad de África, cosa que aun no habían

hecho los portugueses, ó por tierra, tomando el camino de la Etiopía,

de Jerusalén y del puerto de Jaffa. Washington Irving ha reconocido

estos proyectos fantásticos en el precioso manuscrito del cura de los

Palacios, capítulo 123; también el hijo de Colón dice en la _Vida del

Almirante_, cap. 56: «Si hubieran tenido abundancia de bastimentos,

no se hubieran vuelto á España _sino por Oriente_». He aquí sin duda

la explicación de la esperanza de la _Arabia feliz_ de que Colón

habla, según hemos visto, en las cartas que trajo Antonio de Torres.

No puede decirse lo mismo de lo relativo al _polo ártico_ que, según

la construcción de la frase, no se refiere á la misma época del

_segundo_ viaje, sino á otra anterior á su salida para el tercero,

es decir, antes del 30 de Mayo de 1498. Ahora bien; á causa de

las íntimas relaciones que existían durante el reinado de Enrique

VII entre España é Inglaterra, es muy probable (Biddle, _Mem. of

Sebastian Cabot_, 1831, pág. 235) que Colón conociera antes del 30 de

Mayo de 1498, no solo el primer viaje de Cabot y el descubrimiento

que hizo el 24 de Junio de 1497 del continente de la América del

Norte, en las costas del Labrador, cerca de la isla de San Juan de

Ortelio (Biddle, página 56), sino también la patente Real entregada á

Cabot el 3 de Febrero de 1498 (_l.c._, pág. 85), y los preparativos

de un segundo viaje, que, como dice Gómara (_Historia de las Indias_,

1553, fol. 20 b.), dirigido hacia el Norte, para llegar al Catayo

(la China), debía procurar las especias en menos tiempo que por la

vía del Sur que intentaban los portugueses. Este conocimiento de las

expediciones boreales de los ingleses, unido á la celosa desconfianza

que domina en todas las órdenes del Gobierno español de aquel tiempo,

respecto á los que osaban emprender la carrera de los descubrimientos

hacia el Oeste, pudo engendrar en el ánimo de Colón la idea vaga

de un viaje al Norte. La expedición que le llevó años antes á

Islandia, frecuentada, en aquella época, por los barcos de Brístol,

debía animarle en este proyecto que designa como lejano (_viniera

después_). Además, desde fin del año 1498, cuando Cabot había

costeado desde la Florida al Labrador, y según Anghiera, se creía el

promontorio de Paria, unido por la continuación de la tierra firme,

á Cuba, el dique que se presentaba por el Oeste hacía sentir más

vivamente la necesidad de un _paso_ para llegar á Calicut en la India

meridional. El mapa de Juan de la Cosa, trazado en 1500, presenta

gráficamente esta continuación de tierras desde el Labrador hasta más

abajo del Ecuador; y, cuanto mayor era la creencia de que este dique

formaba la parte del Asia oriental, donde estaba Catigara (Sebastián

Munster sitúa todavía á Catigara, en 1544, en las costas del Perú)

más se intentaba llegar al _Sinus Magnus_ y, por este _Sinus_, á las

bocas del Ganges.

[142] Mariana, _Hist. gen. de España_, (ed. de 1819), t. XIII, p.

XXXIII y 97. El Rey de Nápoles, más aficionado á los moros de lo que

era honesto á cristianos, diciendo que si bien esta gente (de los

moros) era de otra secta, no sería razón maltratarla.

[143] Garibay, _Compendio hist._, I, XVI, cap. 36: Irving, tomo I,

pág. 140.

[144] He aquí las bases del cálculo de Colón: «Santo Agostin diz que

la fin deste mundo ha de ser en el sétimo millenar de los años de la

creacion dél: los sacros Teologos le siguen, en especial el cardenal

Pedro de Ailiaco en el verbo XI y en otros lugares. De la creacion

del mundo ó de Adam fasta el avenimiento de nuestro Señor Jesucristo

son 5.343 años y 318 días, por la cuenta del rey D. Alonso, la cual

se tiene por la más cierta; con los cuales poniendo 1.501 imperfeto

(es la época de la redacción del fragmento sobre las _Profecías_),

son por todo 6.845 imperfetos (incompletos). Segund esta cuenta, no

falta salvo 155 años para cumplimiento de los 7.000, en los cuales

_digo_ arriba, por las autoridades dichas, que habrá de fenecer el

mundo. El cardenal Pedro de Ailiaco mucho escribe del fin de la secta

de Mahoma y del avenimiento del Antecristo en un tratado que hizo de

_Concordia Astronomiæ veritatis et narrationis historicæ_, en el

cual recita el dicho de muchos astrónomos sobre las diez revoluciones

de Saturno».

Efectivamente, de dos obras del cardenal de Ailly, que tienen

por título _Vigintiloquium de concordia astronomicæ veritatis

cum theologia y Tractatus de concordia astronomiæ veritatis cum

narratione historica_, sacó Colón tan raras conclusiones. (Véase la

edición de Lovaina, á la que están unidas las obras de Gerson, fol.

89 _a_ y 103 _b_. Esta gran edición de las obras del cardenal de

Ailly no tiene fecha de impresión; pero, según Launoy en su _Historia

latina del Colegio de Navarra_, París, 1677, pág. 478, parece ser de

1490.)

El primero de estos tratados tiene un título muy tranquilizador.

«Como, según los filosofos, dos verdades no pueden jamás

contradecirse, las _verdades astronómicas deben estar siempre de

acuerdo con la teología_.» Newton era también de esta opinión, que

las dinastías de Egipto obligan á poner en duda.

El verbo XI del _Vigintiloquium_, citado por Colón, habla, en efecto,

de 7.000 años que tendrá de vida el mundo, pero no del rey Alfonso,

á quien no se nombra sino en el verbo XII, donde se dice que este

rey contaba 143 años más que Beda desde el diluvio hasta Cristo,

es decir, 3.094 años, añadiendo 143 á 2.951. Sin embargo, la cita

de Colón (5.343 años, más 318 días transcurridos desde Adán hasta

Cristo) es completamente exacta, si se añade al tiempo que el rey

Alfonso cuenta desde el diluvio hasta Adán en la _editio princeps_ de

sus tablas (_impr. Erhard. Ratdolt Augustensis_, 1483), los 2.242 que

los Setenta y San Isidoro (_Orígenes_, lib. V, cap. 39, y _Chronicon,

ætas_ I en _Opp. omnia_, ed. Par. 1.601, páginas 67 y 376) cuentan

desde la creación hasta el diluvio. Esta _editio princeps_ de las

_Tablas Alfonsinas_ presenta en grupos del sistema sexagesimal,

según M. Ideler, 1.132.959 días, como _differentia diluvii et

incarnationis_, que hacen 3.101 años Julianos _más_ 318 días. Esta

es, sin duda, sobre todo á causa de la fracción de 318 días, la cifra

que entra en el cálculo presentado en el _Libro de las Profecías_ de

Colón.

Verdad es que la _editio princeps_ tiene el año de la impresión

con la doble cifra de 1.483 y 7.681, de la era cristiana y de la

creación (diferencia, 6.198); pero en el cuerpo de la obra no se

indica en parte alguna en qué año de la creación del mundo coloca

el rey Alfonso el diluvio; no encuentro esta indicación más que

en las _Tablas Alfonsinas_ de 1492, que juntamente con los grupos

sexagesimales de los días, arroja las sumas ó deducciones en años,

poniendo á Noé en el de 3882 que, con los 3.101 (desde el diluvio á

Cristo), suman para el principio de nuestra era 6.983 años. (_Tabulæ

astron. Alphonsi Regis_, ed. J. L. Santritter Heilbronnensis vel de

Fonte Salutis, impr. Venetiis. J. H. de Landoja dictus Hertzog., fol.

39 _b_.)

He aquí una cifra que difiere en 1.640 años de la de Colón y que

alteraría singularmente esta predicción del fin del mundo en el año

7000. Strauch (_Breviar. Chron._ ed. Wittemb. 1664, página 360)

reduce arbitrariamente los 6.983 años á 6.484 «ex mente Alphonsi

Regis Castiliæ.»

Estas observaciones bastan para probar cuán necesario es acudir á

las primitivas fuentes. En la nueva edición del _Art de vérifier les

dates_ (París, 1819, t. I, pág. XXIX), la cifra de Colón de 5.343

años, se atribuye á San Isidoro. Sin embargo, los _Orígenes_ (lib.

V, pág. 68), y el _Cronicón_ (pág. 386) presentan al principio de la

sexta edad 5.220 años. (Véase también Strauch, _Brev._, lib. IV, núm.

11.)

La fantasía teológica de la influencia que ejercen las grandes

_revoluciones_ de Saturno (valuadas á 300 años cada una ó á diez

revoluciones simples) sobre las sectas y los imperios asciende

á Albumazar y á su obra _De magnis conjunctionibus_, impresa en

Venecia en 1515. Las conjunciones de Júpiter y de Saturno no sólo son

temibles por el enfriamiento que en la atmósfera producen (_Joannis

Werneri Norici Canones de mutatione auræ_, Norimb., 1546, fol. 15

_a_), sino que al mismo tiempo deciden también de la suerte de los

individuos (_Albohali de judic. nativ._, Nor., 1546, cap. 39 y

47) y de la de los imperios. Distínguese entre _conjuntio mayor y

máxima_. La última se verifica, según el cardenal d’Ailly (_Opp._,

fol. 103 _a_), cada 960 años, y según otras autoridades, cada 800

años (Ideler, _Handb. der Chron._, t. II, pág. 402). Las ideas del

peligro de las diez revoluciones de Saturno y de los 7.000 años las

tomó Colón del libro titulado _Concordance de la astronomie et de

l’histoire. (Opp._, pág. 119 _a_.)

Mi respetable y sabio amigo Mr. Ideler, miembro de la Academia Real

de Berlín, que puso á mi disposición la rara _editio princeps_ de

las _Tablas Alfonsinas_, ha examinado á ruego mío, las épocas de las

mayores conjunciones indicadas por el cardenal d’Ailly, encontrando

que la octava de dichas conjunciones corresponde al año 7040, y

después de ella, uno de los grandes períodos de Saturno (uno de

los grupos de las diez revoluciones del planeta) al año de 1789

de nuestra era. Desde entonces «_si mundus usque ad illa tempora

duraverit quod solus Deus novit, multæ tunc et magnæ et mirabiles

alterationes mundi et mutationes futuræ sunt, et maxime circa

leges_». (_Opp._, página 118 _b_.) El Cardenal, que escribe en 1414,

no puede predecir lo que vivirá el mundo después del espantoso año

de 1789; cree, sin embargo, que el Antecristo, cuya venida esperaba

Colón hacia 1656, no tardará en llegar, y si esto no es absolutamente

cierto, al menos _verisimilis suspicio per astronomica indicia_. Es

raro que esta coincidencia accidental de fechas, esta profecía de una

revolución que tanto ha influído en la historia del género humano, no

haya sido notada por aquellos á quienes complace, en nuestros días,

todo lo que es místico y tenebroso.

[145] Mingnet, _Negociations relatives à la successions d’Espagne_,

Introduction, t. I, páginas VI, XI, XXIII.

[146] Á pesar de lo imperfecta que era entonces la navegación,

la reina Isabel manifiesta ya en Agosto de 1494 el deseo de que

mensualmente vaya una carabela de España á Haïti y venga de dicha

isla otra.

[147] Sólo en la toma de Málaga hizo el rey Fernando 11.000 esclavos

(Washington Irving, t. II, pág. 264). Tratóse de matar á todos; pero

la reina Isabel, que, según Pulgar (_Crónica_, parte III, cap. 74),

oponíase constantemente á los actos de crueldad, logró salvarles la

vida. (Véase Clemencín, Elogio de la Reina Católica, en las Memorias

de la Academia de la Historia, t. VI, páginas 192 y 391.)

[148] Es tanto más curioso encontrar este rasgo de costumbres (_nec

carnibus vescentes_) en una bula pontificia, cuanto que en el Diario

de Colón no se consigna. Como en las islas de América no había, á

excepción del lamantín, ningún mamífero más grande que el agutí

(el mono sólo se halla en la isla de la Trinidad), los indígenas

casi no podían alimentarse con más carne animal que la de aves y

peces. Sin embargo, aun en la parte de la América _tropical_, donde

primitivamente había cuadrúpedos de volumen y peso más considerable

(tapir, lama, ciervo, pecari capybara), tenían los indígenas, según

parece, una preferencia muy marcada por las sustancias vegetales.

Creo poco probable que el nombre de la India, nombre que Colón daba

á su descubrimiento, y que sólo una vez, y en sentido distinto, se

encuentra en la Bula de 4 de Mayo de 1493, despertara en los eruditos

de Roma el recuerdo de castas á quienes repugna la carne animal. Esta

Bula no nombra la India sino al hablar de la línea de demarcación:

_Terræ firmæ et insulæ inventæ vel inveniendæ versus. Indiam aut

versus aliam quamcumque partem_.

Es digno de notar que en la Bula más incompleta de 3 de Mayo de

1492, de que antes he hablado, y que está sacada de los archivos de

Simancas, las palabras _versus Indos, ut dicitur_, han sido añadidas

donde se habla del viaje de Colón á través del Océano, mientras la

misma Bula es más reservada en los elogios tributados al Almirante.

He aquí las _variantes lectiones_. Se lee en el documento del 3 de

Mayo: «Dilectum filium Christoforum Colon, cum navigiis et hominibus

destinastis ut terras remotas et incognitas, per mare ubi hactenus

navigatum non fuerat, diligenter inquirerent: qui tandem Divino

auxilio per partes occidentales, ut dicitur, versus Indos, in mari

Oceano navigantes certas insulas remotissimas et etiam terras firmas

invenerunt.» La Bula de 4 de Mayo dice: «Dilectum filium Christoforum

Colon, _virum utique dignum, et plurimum commendandum, ac tanto

negotio aptum_, cum navigiis et hominibus destinastis ut terras

remotas et incognitas...»

[149] En el Diario del primer viaje (15 de Enero de 1493) presenta ya

Colón como sinónimo de _Carib_ la palabra _caniba_, latinizada más

tarde por él mismo en las instrucciones dadas á Antonio Torres, y

convertida en _caníbales_.

[150] Este fué el envío que tanto excitó la colera de Las Casas.

Inclinado Navarrete á defender el carácter de Colón, ha reunido

con grande imparcialidad cuanto se consigna en la _Historia de las

Indias_ de Las Casas (lib. I, cap. 102; lib. II, caps. 11 y 24) sobre

indios esclavizados por orden del Almirante.

[151] Carta de 2 de Junio de 1495 (Navarrete, t. II, páginas 177 y

178): la Reina emplea la frase _nueve cabezas de indios_, como aun se

usa en la trata de negros, por analogía con las frases _cabezas de

ganado_, _cabezas de bueyes_.

[152] Su hijo D. Fernando (_Hist. del Almirante_, cap. 63) es quien

hace esta observación acerca de los _vientos vendarales hacia el

Norte_. Al volver de su primer viaje fué cuando Colón subió más hacia

el Norte, hasta el grado 37 de latitud. La vuelta de las Antillas por

el canal de Bahama fué desconocida hasta la muerte del Almirante;

pero después frecuentaron este canal hasta los buques que iban de

Europa á las costas de Virginia. Bartolomé Gosnold fué el primero

que, en 1603, cruzó directamente desde Falmouth al cabo Cod.

[153] Mientras en la corte se censuraba la dureza con que Colón

establecía la servidumbre de los indígenas, escribían los colonos á

España «que no permitía sirviesen los indios á los cristianos, y que

los halagaba para hacerse independiente con su apoyo ó para formar

_una liga con algún príncipe_.» (Barcia, tomo I, pág. 97.)

[154] _Historia general de las Indias_, parte I, lib. III, cap. 6. El

célebre explorador del Marañón, Mr. Poeppig, acaba de descubrir en

la biblioteca de la universidad de Leipzig la _editio princeps_ de

Oviedo (Salamanca, 1547, por Juan de Junta), á la que están añadidos:

primero, el raro _Libro último de los naufragios_, por Gonzalo

Fernández de Oviedo, segundo, la _Verdadera relación de la conquista

del Perú enviada á S. M., por Francisco de Xerez, natural de Sevilla,

secretario del capitán en todas las provincias y conquista de la

Nueva Castilla_. La _Relación_ llega hasta el año de 1533.

[155] _Historia del Almirante_, cap. 85. Siempre me ha llamado la

atención que la patética escena de la primera entrevista de los

monarcas con Colón el 17 de Diciembre de 1500, después de quitar

á éste los grillos y ponerle en libertad, escena tan noblemente

descrita por Herrera (_Déc._ I, lib. IV, cap. 10), no se encuentra

en la obra de su hijo, quien se limita á decir que el Almirante fué

llamado á Granada, «donde Sus Altezas le recibieron _con semblante

alegre y dulces palabras_ (Las Casas dice _palabras muy amorosas_),

diciéndole que su prisión no había sido hecha con su orden ni

voluntad». Fernando Colón, que conocía la astucia y disimulo del

viejo Rey, no tuvo, según parece, confianza en los efectos de una

escena sentimental representada en la corte, porque alaba á la

Providencia divina que hizo perecer en una tempestad al comendador

Bobadilla, Roldán y otros enemigos del Almirante, pues estaba

seguro de que, llegados á España, lejos de sufrir castigo, hubieran

«_recibido muchos favores_». Este elogio de la Providencia, cuando se

trata de la muerte de alguno en tiempo oportuno, según las inseguras

miras humanas, recuerda otro elogio más extraño aún, consignado en

los verbosos escritos de Las Casas. Refiriendo la muerte de Colón,

procura demostrar que las _adversidades, angustias y penalidades_ que

sufrió fueron justo castigo de su conducta con los indígenas. Cuando

mandó prender al cacique Caonabo (fin de 1494) y lo metió, con gran

número de esclavos indios, en los navíos dispuestos á darse á la vela

para España, «para mostrar Dios, dice Las Casas, la injusticia de su

prisión y de todos aquellos inocentes, hizo tan deshecha tormenta,

que todos los navíos que allí estaban, con toda la gente que había

en ellos y el rey Caonabo, cargado de hierros, se ahogaron» (lib.

I, cap. 102; libro II, cap. 38). Respecto al cacique Caonabo, el

hecho, referido también por Herrera (Déc. I, lib. II, cap. 16), no es

cierto, como lo prueba Pedro Martín de Anghiera (Déc. I, libro IV), y

el _Cura de los Palacios_, cap. 131.

[156] La Memoria está á continuación de la _Brevísima Relación de la

destrucción de las Indias_ (Llorente, _Obras de Las Casas_, t. I,

páginas XI y 172).

[157] Por estas palabras pudiera creerse que Bartolomé de Las Casas

había estado ya en dicha época en las Antillas. Llorente, en el mismo

tomo, le hace partir, en efecto, por primera vez, unas veces en el

segundo viaje el 25 de Septiembre de 1493, otras con su padre el 30

de Mayo de 1498, otras en la tercera expedición de Colón (_Obras

de Las Casas_, t. I, páginas XI, 255 y 306); pero sabemos por la

_Historia de Chiapa_, de Remesal, que el padre de Bartolomé partió en

la segunda expedición, volvió riquísimo á Sevilla en 1498, y el mismo

Bartolomé, lejos de haber ido en el segundo viaje, como dice Ortiz de

Zúñiga, ó en el tercero, como asegura Llorente, no llegó á Haïti sino

con Ovando en 1502.

El esclavo indio de que se habla en el texto lo dió Colón al padre de

Bartolomé (Francisco de Casaus ó de Las Casas, de origen francés),

y el padre cedió este esclavo á su hijo cuando fué á estudiar á

Salamanca. Parece que esta circunstancia, tan poco importante en sí

misma, contribuyó mucho á excitar el celo de Bartolomé por la suerte

de los indígenas de América é imprimió á toda su vida una dirección,

continuada con valerosa perseverancia. Bartolomé nació en Sevilla en

1474, y murió en Madrid en 1566, á los noventa y dos años de edad.

Él y su compañero Toscanelli, nacido en 1397, y muerto á los ochenta

y cinco años (en 1482), abarcan, por sí solos, con su prolongada

existencia á través de tres siglos, el principio y fin de todos los

grandes descubrimientos marítimos en África, América, el mar del Sur

y el Archipiélago de las Indias.

[158] Tenía una de las grandes encomiendas de Alcántara, y

frecuentemente se le designa en los documentos oficiales con el

nombre de _Comendador de Lares_.

[159] _Provisión_ del 20 de Diciembre de 1503. (Navarrete, II, Doc.

CLIII, pág. 298).

[160] La forma de esta medalla (señal de moneda) debía cambiarse

después de cada pago de la capitación. Los indios que no tenían

medalla eran presos y sometidos á una pena liviana, como lo dice la

ley de 23 de Abril de 1497 (Navarrete, t. II, Doc. CIV, pág. 182).

Este género de contabilidad, bastante complicado, recuerda la medalla

que, en el reinado de Pedro el Grande, llevaban los que habían

comprado el derecho de usar barba.

[161] La ley prescribió primero seis y después ocho meses de trabajo

consecutivo. Este término, rebasado pronto por los colonos, se

llamaba una _demora_ (Herrera, Dec. I, lib. V, capítulo 11).

[162] Acerca de la _mita_, véase mi _Essai politique sur la Nouvelle

Espagne_ (2.ª edic.), t. I, pág. 338. La institución de la _mita_,

abolida desde hace largo tiempo en Méjico, donde, en mi tiempo, el

trabajo en las minas era enteramente libre, se conservó en el Alto

Perú hasta la época de la independencia de las colonias españolas.

En Siberia aun está basada la explotación de las minas de Kolivan,

al Suroeste de los montes Altaï, en el sistema de la _mita_. El Este

y el Norte de Europa presentan aún, á pesar de las humanitarias

mejoras que muchos gobiernos han llevado á la legislación de la

clase agrícola, todos los diferentes grados de servidumbre desde el

servicio personal, la unión á la gleba, la obligación de un trabajo

_definido_ ó _indefinido_, la traslación obligatoria á territorio

lejano perteneciente al mismo dueño, hasta el derecho bárbaro,

anulado unas veces y restablecido otras, de vender la población sin

la gleba.

Bajo el cielo ardiente de las Antillas pudieron resistir los

indígenas y sobrevivir al régimen que se les había impuesto, más

vejatorio aún por la rudeza de las costumbres y la salvaje codicia

de los blancos; y si un Gobierno, al cabo de tres siglos, quiso

poner fin al crimen legal de la esclavitud y de la servidumbre,

fué luchando con los mismos obstáculos que, en la causa de la

emancipación de los negros, sólo pudo vencer el Parlamento de la Gran

Bretaña después de cuarenta y tres años de nobles esfuerzos. Oyó

invocar contra él, según las diversas doctrinas profesadas por los

opositores, el derecho de conquista ó el mito de un pacto convenido,

la antigüedad de la posesión ó la supuesta necesidad política de

mantener en tutela á los que la esclavitud ha degradado.

Los escritos de Bartolomé de Las Casas contienen todo lo que en los

tiempos modernos se ha objetado contra la emancipación de los siervos

negros y blancos en los dos mundos, todo, hasta las quejas «contra

los misioneros, cuya enseñanza perjudicaba los intereses de los amos,

por no obedecer bien el siervo sino mientras es ignorante y desconoce

la moral cristiana, que le hace _razonar_ sobre los deberes». (_Obras

de Las Casas_, t. II, página 174.)

[163] Según Las Casas (lib. II, cap. 24). Este decreto es de 20 de

Diciembre de 1503. (Navarrete, t. II, pág. 298.)

[164] Es el _Auto de Figueroa_ de 1520 (Herrera, Déc. II, libro X,

cap. 5; _Rélat. historique_, t. III, pág. 17.) Desde 1511 quedó

establecido que los caribes serían marcados con un hierro candente en

la pierna (Herrera, Déc. I, lib. IX, cap. 5), uso bárbaro que, aun á

principios de este siglo, he visto en práctica con la población negra

de las Antillas.

[165] Murió la Reina, á la edad de cincuenta y tres años, en Medina

del Campo, el 26 de Noviembre de 1504, «entristecida por la pérdida

de dos de sus hijos (el infante D. Juan y la infanta D.ª Isabel)

y por las querellas domésticas entre la infanta doña Juana y el

archiduque D. Felipe.» Era hidrópica, y sufría de un _ulcus quod

ex assiduis equitationibus contraxisse ajunt_. (Gómez de Castro,

_De rebus gestis Francisci Ximenii_, lib. III, folio 47; Clemencín

en su _Mem. de la Real Acad. de la Hist._, página 573). Acerca del

testamento de la Reina, publicado entero por D. José Ortiz y Sanz

en el suplemento al t. IX, título VI, de Mariana, _Hist. general de

España_ (ed. de Valencia), véase _Obras de Las Casas_, t. I, pág. 189.

[166] Funesto cumplimiento de una predicción sobre la llegada de

_hombres vestidos y barbudos_ conservada en la familia del cacique

Guarionex. Pedro Mártir, _Oceánica_, Déc. I, lib. IX, página 211;

Gómara, _Hist. de las Indias_, fol. XVIII, _b_ (ed. de 1553).

[167] _Islas inútiles._ Véanse los privilegios concedidos á los

colonos de la isla Española (26 de Septiembre de 1513) en Navarrete,

t. I, Doc. CLXXV, pág. 356. Por este documento se conceden indios

al capellán del Rey, á los secretarios y á los gentileshombres

de servicio. Los descendientes de aquellos cuyos padres fueron

_quemados_ por herejía no deben residir en Haïti. Esta espantosa

denominación de _hijos ó nietos de quemado_, encuéntrase con

frecuencia repetida en la ordenanza Real de 1513.

[168] Fué, sin embargo, bastante humano en los decretos á favor de

los _cristianos nuevos_. (Mariana, _Hist. de España_, libro XXII,

cap. 8.)

[169] Epístola CXLIII, Clemencín, pág. 38.

[170] Era éste el _Prior del Prado_, que sometió á Colón al examen de

los profesores de Salamanca y que al principio fué muy poco favorable

á sus proyectos.

[171] Véase en esta correspondencia, publicada por el Sr. Clemencín,

las censuras que el Arzobispo dirigió á la Reina por el lujo de las

fiestas, bailes y comidas que hubo en la corte durante su permanencia

en Perpiñán á causa de la visita de los embajadores franceses,

encargados de hacer la cesión del Rosellón. (_Memorias de la Academia

de la Historia_, t. VI, páginas 363-375.) La justificación de la

Reina y las explicaciones que ella da al Prelado acerca de las

engañosas apariencias de la galantería francesa, son de una ingenua y

amable sinceridad.

La cesión de Perpiñán en 1493, que Anghiera llama «_ingens et insigne

municipium in ipsa Galliæ Narbonensis planitie_», encuéntrase

relatada en Anghiera, _Opus epistol._, lib. VI, capítulos 128, 131,

134, 135. La persecución que sufrió el confesor Talavera, después de

la muerte de la reina Isabel, fué obra del inquisidor de Córdoba,

Diego Rodríguez Lucero, llamado _obscurantista_ por el mismo

Anghiera, para quien el tribunal de la Inquisición es _præclarum

inventum et omni laude dignum_.

[172] Señaló la época de una verdadera _misión de frailes_, porque,

en el segundo viaje del monje franciscano Antonio de Marchena, que

acaso sea la misma persona que el guardián del convento de la Rábida,

cerca de Palos, parece que ya fué á Haïti, por recomendación directa

de la reina Isabel, Juan Pérez, el más antiguo de los protectores

de Colón, en calidad de astrónomo (_buen astrólogo_). (Carta de la

Reina, fechada el 5 de Septiembre de 1493; Navarrete, t. II, Doc.

LXXI, pág. 110.)

[173] También fueron los dominicos quienes, en las conferencias de

Salamanca de 1486, reconocieron la exactitud de los argumentos de

Colón (Remesal, _Hist. de Chiapa_, lib. II, capítulos 7 y 27).

[174] _Obras de Las Casas_, t. II, pág. 424. La rivalidad de las dos

órdenes de San Francisco y Santo Domingo, mantenida por la Corte

pontificia, manifestóse de la manera más viva cuando el famoso

desafío hecho á Savonarola en 1498 de meterse en una hoguera, prueba

del fuego que impidió el agua de una tempestad (Sismondi, _Histoire

de la liberté en Italie_, t. II, página 153). Los franciscanos

observantes eran también los más violentos perseguidores de los

judíos convertidos, muchos de los cuales llegaron al episcopado en

España (_Mem. de la Academia de la Hist._, t. VI, páginas 485 y

488). Su aversión á la reina Isabel la causaban los principios de

tolerancia religiosa á que se inclinaba esta Reina, que unía la

dulzura á la fuerza; y el odio lo aumentó la reacción que produjo

la reforma de las órdenes monásticas, realizada por el amigo de la

Reina, el arzobispo de Toledo Ximénez de Cisneros. Tal fué el orgullo

de los franciscanos, que, cuando en una viva discusión con la reina

Isabel quejóse ésta del poco respeto que se le mostraba, el _general

de la Orden_ respondió: «Estoy en mi derecho; hablo á la reina de

Castilla, que es un poco de polvo como yo.» (_L.c._, página 201.)

[175] El mutuo odio que se profesaban Fernando Colón y el

historiógrafo Gonzalo Fernández de Oviedo ha sido tanto más

perjudicial á la memoria del gran Almirante, cuanto que Oviedo, en

sus numerosos escritos, se alaba «de describir, no lo que ha oído,

sino lo que ha visto con sus propios ojos». Paje del infante D. Juan,

cuya precoz muerte preparó la unión de las dos monarquías española

y austriaca, vió durante su larga vida de setenta y nueve años el

sitio de Granada, la tentativa de asesinato del fanático Juan de

Cañamas contra la persona de Fernando el Católico, la recepción de

Cristóbal Colón en Barcelona cuando la vuelta de su primer viaje, y

la abdicación de Carlos V. Pasó cuarenta y dos años en América, y

atravesó ocho veces el Atlántico. La franca ingenuidad de su estilo

da un carácter singular á las obras de su vejez. «Entended, lector,

que ha días que (de mi propia y _cansada_ mano) escribo é _hablo_ en

estas materias, y no desde ayer, _sino sin muelas é dientes_ me ha

_puesto tal ejercicio_. De las muelas _ninguna tengo_, y _los dientes

superiores todos me faltan_ é ni un pelo en la cabeza é la barba hai

que blanco non sea. Paje muchacho fuí llevado, seyendo de doce años,

desde el año 1490 á la corte de los Católicos Reyes, é comencé á ver

la caballería é nobles é principales varones de España.»

Este curioso párrafo está tomado de la tercera _Quincuagena_, de

Oviedo, que ha quedado manuscrita, y que terminó en Mayo de 1556

(_Mem. de la Acad. de la Hist._, t. VI, pág. 222). El historiógrafo

Oviedo y Las Casas fían demasiado en su memoria y confunden

frecuentemente las fechas y los hechos; pero ha sido tal la admirable

energía de carácter del obispo de Chiapa que á la edad de setenta y

ocho años (en 1552) publicó por primera vez su famoso libro titulado

_Quæstio de imperatoria vel regia potestate_, tratado de política,

cuya reimpresión no sería permitida en este siglo XIX en muchas

capitales de Europa.

El uso de cierta libertad en la prensa que el Gobierno español

permitía entonces á los más altos dignatarios de la Iglesia es muy

digno de notarse, y sobre todo llama la atención cuando se recuerda

que, casi en la misma época en que Las Casas prueba «que el Rey

Católico, para salvar su alma, debe devolver el Perú al sobrino del

Inca Guaynacapac» y que las crueldades ejecutadas por el pueblo

judío, y relatadas en el _Deuteronomio_, no deben servir de excusa

en las guerras que se intentan contra los naturales de América; otro

obispo, el de Orihuela, en su obra dedicada al papa Clemente VIII

establece «el derecho de matar por su propia autoridad un hermano ó

un hijo heréticos.» (Clemencín, pág. 390.)

[176] Véase la _Historia del Mondo Nuovo_ (Venecia, 1565), libro II,

cap. 1 y 17, páginas 65 y 109. «Los negros africanos serán dentro de

poco dueños de la isla de Santo Domingo.--Creo que toda nación que

tiene la desgracia de estar sometida á extranjeros se sublevará más ó

menos pronto: así sucederá con los habitantes de las Indias.» También

el cardenal Ximénez predijo la sublevación de los negros «como raza

emprendedora y extraordinariamente prolífica.» (Marsolier, _Hist. du

Cardinal_, 1694, lib. VI.)

Empezóse á llevar negros á Santo Domingo, cinco años antes de la

muerte de Cristóbal Colón, pero en corto número y sin participación

suya. Este hecho, que históricamente está bien comprobado, desmiente

el aserto tantas veces repetido de que la desdichada idea de

sustituir en los trabajos de las minas á los habitantes de las

Antillas con negros fué de Las Casas. La corte de Madrid vigilaba con

desconfiada prudencia las condiciones de los individuos á quienes

se debía permitir habitar en Haïti, estando prohibido á los moros,

á los judíos, á los recién conversos, á los monjes no españoles y á

los hijos y nietos de _quemados_, es decir, muertos en las hogueras

de la Santa Inquisición (Navarrete, t. II, Doc. 175, pág. 361);

pero en las instrucciones dadas en 1500 á Nicolás de Ovando fué

permitida la introducción de _negros nacidos en poder de cristianos_.

(Herrera, Déc. I, lib. IV, cap. 12.) El número de estos esclavos

negros aumentó, según parece, considerablemente hasta 1503, porque

en este año vemos ya al mismo Ovando pedir á la corte (Déc. I, lib.

V, cap. 12) «que no se envíen negros á la isla Española, porque con

frecuencia se fugan, quebrantando la moral de los naturales.»

En el año de la muerte de Colón se dió permiso á los negros para

casarse en las Antillas; pero se prohibió que fuera negro alguno

procedente de Levante ó criado en casa de moros. (Déc. I, libro

VI, cap. 20.) En 1510 (año en que Las Casas dijo su primera misa

en la _ciudad_ de la Vega, sin tener aún relaciones políticas con

el Gobierno) ordenó el rey Fernando á la Casa de Contratación de

Sevilla, establecimiento recientemente fundado, «que enviara 50

esclavos á Haïti para el trabajo de las minas, porque los naturales

de la isla eran débiles de ánimo y de cuerpo. (Déc. I, lib. VIII,

cap. 9.) Debe creerse que los enviados eran negros criollos, nacidos,

como entonces se decía, en poder de cristianos. Pero la ordenanza

de 1511 (Déc. I, lib. IX, capítulo 5) expresa ya claramente una

verdadera _trata de negros_. Alábase el estado próspero de la

colonia; la menor frecuencia de los huracanes, como efecto de la

multiplicación de iglesias y de la exposición del Santo Sacramento;

se cede al deseo de los dominicos de disminuir el trabajo de los

indígenas, y ordena la corte que sean llevados á las islas muchos

negros de las costas de Guinea «puesto que un negro trabaja más que

cuatro indios».

Hasta entonces no figura el nombre de Las Casas en las minuciosas

narraciones de la administración de Haïti que nos han dejado los

historiadores. La proposición formal de Las Casas de que «_á los

castellanos que vivían en las Indias se diese saca de negros, para

que fuesen los indios más aliviados en las minas_», data del año de

1517. (Déc. II, lib. XI, cap. 20.) Esta proposición, apoyada por el

mucho crédito que gozaba entonces Las Casas con el Gran Canciller

y todo el poderoso partido de los flamencos, tuvo, por desgracia,

la mayor influencia en la extensión de la trata; pues entonces fué

cuando los flamencos vendieron á negociantes genoveses en 25.000

ducados una licencia de introducción de 4.000 negros. Así empezaron

los horribles _asientos_ que después concedió la corte á las de

Peralta, Reynel y Rodríguez de Elvas. (_Rélat. hist._, t. III, página

403.)

En el mismo año hicieron una proposición igual á la de Las Casas

(Déc. II, lib. II, cap. 22) los padres de la Orden de San Jerónimo.

En ambas se hablaba también de enviar europeos de raza blanca

para los oficios y la labranza de las tierras. En la polémica que

sostuvo el abate Gregoire con los Sres. Funes, Meer y Llorente,

sobre el origen de la trata de negros, se equivocó al sospechar

que el historiador Herrera inculpaba falsamente á Las Casas. _El

Memorial_ presentado por este último al gran Canciller estuvo en

manos de Muñoz, que lo copió. En el artículo ó cláusula tercera hay

la proposición de que «cada vecino pueda introducir francamente

dos negros y una negra». (Navarrete, t. I, pág. LXXXVIII.) No es

de Las Casas la primera idea de llevar negros á las Antillas, pues

hacía ya por lo menos seis ó siete años que los llevaban; pero

desgraciadamente contribuyó en 1517, al mismo tiempo que los padres

de San Jerónimo, enemigos suyos entonces (Déc. II, lib. II, cap. 15),

á la extensión de la trata, á avivarla con su influencia y á hacerla

lucrativa, bajo la forma de _asiento_.

Con la más estricta imparcialidad he examinado esta cuestión, tanto

más grave, cuanto que el número de negros en ambas Américas pasa ya

de _siete millones_. En la antigüedad los africanos, ó mejor dicho,

las razas semíticas establecidas en las costas septentrionales

de África, hacían la _trata_ de blancos en Europa. Antes de que

los europeos hicieran la trata de negros en África trajeron á los

guanches de Canarias, y en los últimos años del siglo XIV eran

vendidos como esclavos en los mercados de Sevilla y de Lisboa.

También se cree generalmente que los primeros esclavos negros de

cabello rizado llegaron á Lisboa en 1442. Barros, Déc. I, lib. I,

cap. 6, dice que eran negros de Senegambia enviados por los moros

para rescatar esclavos de su propia raza (Ritter, _África_, 1822,

pág. 411). Pero Ortiz de Zúñiga ha probado que trajeron esclavos

negros á Sevilla en el reinado de Enrique III de Castilla, y por

tanto, antes de 1406 (_Anales de Sevilla_, lib. XII, núm. 10).

Los catalanes y los normandos frecuentaron la costa de África

hasta el trópico de Cáncer, lo menos cuarenta y cinco años antes

que el infante D. Enrique, el marino, comenzara la serie de sus

descubrimientos más allá del cabo Non.

[177] En su mocedad, dice Fernando Colón (_Vida del Almirante_, cap.

3), tuvo el cabello blondo, pero de treinta años ya le tenía blanco.

Benzoni, que nació trece años después de la muerte de Cristóbal

Colón, le caracteriza diciendo: «Ingenio excelso, læto é ingenuo

vultu. Acres illi et vigentes oculi, _subflava Cæsaries_, os paulo

patentius, in primis justitiæ studiosus erat, iracundiæ tamen pronus

_si quando conmovetur_.» (_Hist. Indiæ occid._, 1586, lib. I, cap.

14.) Acerca de la incertidumbre de los retratos discordantes de Colón

conservados en Cúccaro, en casa del duque de Berwick, en Madrid,

etc., véase Cancellieri, _Notizie di Christ. Colombo_, 1809, pág.

180. _Códice Colombo Amer._, pág. LXXV.

[178] Carta del mes de Marzo de 1504.

[179] «Yo he perdido (en estos trabajos) mi juventud y la parte

que me pertenece de estas cosas y la honra dello; mas non fuera de

Castilla adonde se juzgaran mis fechos y seré juzgado como á capitán

que fué á conquistar de España fasta las Indias y non á gobernar

cibdad ni villa ni pueblo puesto en regimiento, salvo á poner so el

señorío de S.A. gente salvaje, belicosa y que viven por sierras y

montes.» Este fragmento es de fines del año 1500.

La carta enviada á la nodriza del infante D. Juan, doña Juana de la

Torre, también de fines de 1500, repite el mismo pensamiento de una

manera más patética, pero también más incoherente en la construcción

de las frases: «Allí me juzgan como gobernador que fué á Secilia

(Sicilia) ó ciudad ó villa puesta en regimiento y _adonde las leyes

se pueden guardar por entero_, sin temor de que se pierda todo, y

rescibo grande agravio. Yo debo ser juzgado como capitán que fué de

España á conquistar fasta las Indias á gente belicosa y mucha y de

costumbres y seta á nos muy contraria: los cuales viven por sierras

y montes sin pueblo asentado ni nosotros, y á donde, por voluntad

divina, he puesto so el señorío del Rey y de la Reyna, nuestros

señores, otro mundo; y por donde España, que era dicha probe, es más

rica. Yo debo ser juzgado como capitán que de tanto tiempo fasta hoy

trae las armas á cuestas, sin las dejar una hora y de caballeros de

conquista y del uso, _y no de letras, salvo si fuesen de Griegos y

de Romanos_ ó de otros modernos de que hay tantos y tan nobles en

España, ca de otra guisa recibo grande agravio, porque en las Indias

no hay pueblo ni asiento.»

Podría decirse que el fragmento hallado en los archivos del duque de

Veragua, si no es el borrador de la carta á la nodriza del Infante,

debe ser principio de una carta escrita con el mismo propósito de

justificarse. Ya hemos hecho ver antes, comparando cartas dirigidas

al tesorero de la corona D. Rafael Sánchez y al escribano de ración

D. Luis Santángel y escritas en 1493, que Colón tenía la costumbre de

enviar á diferentes personas entre sus protectores cartas que decían

lo mismo y con iguales frases.

[180] El Almirante le llama Cahonaboa, Pedro Mártir, Caunaboa.

(_Oceánica_, Dec. I, lib. IV, pág. 48.)

[181] Instrucción de 9 de Abril de 1494.

[182] El eclipse de 29 de Febrero de 1504, que Colón predijo tres

días antes á los indios de Jamaica para asustarlos y obligarles á

llevar nuevas provisiones. Encuentro anotadas las circunstancias

de este eclipse y la deducción de la longitud del _puerto de Santa

Gloria_ en el litoral de la isla Janahica (Jamaica) en el libro de

las profecías de Colón, fol. 76. También en el testamento de Diego

Méndez se habla y nombra el eclipse casi total. Colón advierte que

no pudo observar el principio del eclipse, _porque el comienzo fué

primero que el sol se pusiese_.

Este caso rarísimo es un efecto de refracción. Dice Fernando Colón

(_Vida del Almirante_, cap. 103) que Colón dijo á los indios durante

el eclipse _quería hablar un poco con su Dios_, y se encerró. Sacó

especialmente partido de la _inflamación de la luna por ira del

cielo_, tinte que lo produce, según se sabe, la inflexión de los

rayos solares en el cono de la sombra, por la influencia de atmósfera

terrestre y que es vivísimo en la zona tropical. (_Rélat. hist._, t.

III, pág. 544.) No hay necesidad alguna de suponer que la predicción

del eclipse se fundaba en cálculos de Colón. El Almirante tenía

sin duda efemérides á bordo, probablemente las de Regiomontanus

que abarcaban los años 1475-1506 ó el _Calendarium eclipsium_ para

1483-1530, cuyo uso era muy común entre portugueses y españoles. Esta

suposición es tanto más probable, cuanto el Almirante tenía plena

confianza en la determinación de las longitudes por la observación

de los eclipses lunares (dice en su carta al papa Alejandro VI) _no

pudo haber yerro, porque hubo entonces eclipses de la luna_, y ya en

el Diario de su primer viaje (día 13 de Enero de 1493) se propone

«observar la conjunción de Júpiter y Mercurio y la oposición de

Júpiter», fenómenos sin duda indicados en las efemérides que llevaba

en el barco. El amigo de Colón, Vespucci, dice claramente en la carta

á Lorenzo de Médicis (Bandini, pág. 72), que se sirvió en 1499 y 1500

«del almanaque de Juan de Monteregio, calculado por el meridiano de

Ferrara.»

[183] _Cartas de Hernán Cortés_ (ed. del cardenal Lorenzana, página

39).

[184] No fué en 1506, como se asegura, cuando vió Oviedo, según dice

terminantemente, plantar las primeras cañas de azúcar en la isla

de Santo Domingo (_Hist. natural de las Indias_, libro IV, cap.

8), porque Oviedo fué por primera vez á dicha isla en 1513, como

_veedor de las fundiciones de oro_, y sólo estuvo allí dos años.

Sus otros viajes fueron en 1519 al Darien; en 1526 á Cartagena de

Indias; en 1535 á la _fortaleza de Santo Domingo_. Como en este año

había ya treinta ingenios en la citada isla, empleando para obtener

el _guarapo_ cilindros llevados por Gonzalo de Veloso y movidos

por caballos ó por _trapiches de agua_, ruedas hidráulicas, la

introducción de la caña de azúcar por Pedro de Atienza debe referirse

á la época de 1513 á 1515. Es verdaderamente notable que la historia

nos dé á conocer con tanta precisión las circunstancias en las cuales

ha comenzado un cultivo que tanto ha influído en la barbarie de la

trata de negros y en la prosperidad del comercio europeo, pues todo

el Archipiélago antillano llegó á exportar en 1826, sin contar los

efectos del comercio fraudulento, más de 287 millones de kilogramos

de azúcar, y en 1836 más de 380 millones. (Véase la _Rélation

historique_, t. III, pág. 493, y la importante Memoria de Mr. Rodet

sobre el consumo de la azúcar en Europa.)

[185] Carta de 21 de Diciembre de 1504 (Navarrete, t. I, página 346),

y cédula del 2 de Junio de 1497 (t. II, Doc. CXIV, página 202).

[186] Diego de Deza, que no debe ser confundido con el enemigo de

Colón y de Cortés, Juan de Fonseca, archidiácono de Sevilla, que en

Enero de 1505 también fué nombrado obispo de Palencia, cuando Deza

pasó á ser arzobispo de Sevilla.

[187] _Con un bulto de piedra mármol, en el cual bulto estará un

letrero en conmemoración del mayorazgo._

[188] Colón dice textualmente «_que haga comprar en su nombre ó de

sus herederos unas compras á que dicen Logos que tiene el oficio de

San Jorge_, los cuales agora (en 1498) rentan seis por ciento y son

dineros muy seguros». Este párrafo es digno de atención para los

aficionados á los estudios de economía política, relativa á la época

del descubrimiento de América.

Muestra Colón tanto empeño en la cruzada á Tierra Santa, «en la que

Sus Altezas deben gastar todas sus rentas de las Nuevas Indias», que

ordena á D. Diego y á los herederos de éste comenzar la expedición,

aunque los fondos acumulados en el Banco no sean muy considerables,

por ser muy probable que una conquista de Jerusalén emprendida por

simples particulares obtenga al fin la cooperación del Gobierno.

[189] Diríase que previó lo ocurrido en Alemania el 31 de Octubre de

1517. Colón pone una condición de singular prudencia al cumplimiento

de su orden de socorrer al Papa «contra la tiranía de una persona que

quiera despojar la Iglesia». El heredero no necesitará cumplir esta

orden de socorro si el Papa fuera herético, _lo que Dios no quiera_.

[190] Aludo al párrafo con tanta frecuencia citado de la carta á la

Reina dando cuenta del cuarto viaje: _el oro es excelentísimo....._ y

al párrafo que termina el testamento del 19 de Mayo de 1506.

[191] Equivale á un peso de doce marcos de oro, porque 50

_castellanos_ hacen un marco, que, según el edicto del rey don

Alonso XI de 1348, debía ser el marco alemán, el de Colonia (_marco

de Colonna_, por Colonia). Las denominaciones de _medio excelente,

enrique y castellano (entero)_ eran sinónimas.

[192] Como en los últimos tiempos ha excitado mucho la curiosidad del

público la comparación de la riqueza del oro en Choco, en el Brasil,

al sur de los Estados Unidos, y en la vertiente oriental (asiática)

del Ural, manifestaré aquí el peso de las mayores _pepitas_ de

oro que han sido encontradas. La de los terrenos auríferos del

Ural, que está depositada en el Gabinete Imperial de Minas de San

Petersburgo, pesa 10 58⁄100 kilogramos. La que se encontró, según M.

Köhler de Freiberg, en Anson County (Estados Unidos) en 1821 pesa

21 7⁄10 kilogramos. El condado de Cavarras ha dado un pedazo de oro

(siempre sin ganga) que pesa 12 6⁄10 kilogramos y muchos de 6 y de 8

kilogramos.

En la época de la _conquista_ la mayor pepita de oro (grano de oro)

fué la encontrada en Haïti á principios del año 1502 en los lavaderos

de arenas auríferas del Río Hayna, á ocho leguas de distancia de la

ciudad de Santo Domingo, lavaderos pertenecientes á dos colonos,

Francisco de Garay y Miguel Díaz. La suponían grande como «las

hogazas de Alcalá que se venden en Sevilla.» Para exagerar su volumen

se decía (Herrera, Déc. I, libro V, cap. 1) que los mineros ponían

sobre el grano de oro un lechón asado para comérselo, como los reyes

en un plato de oro. Este grano cayó al fondo del mar, no cerca del

cabo Beata, como afirma Oviedo (_Hist. nat._, cap. 84), sino como lo

dice claramente D. Fernando Colón (cap. 88) el 29 de Junio de 1502,

cerca del cabo oriental de la isla de Haïti, que es el cabo Engaño,

durante el famoso huracán que Cristóbal Colón predijo cuarenta y ocho

horas antes, «cuando el cielo estaba aún claro y azul», y en el que

perecieron Bobadilla, Roldán y el cacique Guarionex. Tenemos seis

valuaciones del peso de esta famosa pepita de oro: Oviedo dice que

pesaba una arroba y siete libras; Pedro Mártir de Anghiera, 3.310

_castellanos_ (_auris globus maximi ponderis_, en _Oceánica_, Déc.

I, libro X, pág. 117); Las Casas (_Obras nuevamente impresas en

Barcelona_, 1646, pág. 8), 3.600 castellanos; D. Fernando Colón (cap.

64), más de 30 libras; Herrera, 3.600 pesos, y finalmente Wytfliet,

3.310 libras (_Descriptionis Ptolemaicæ argumentum_, 1597, pág. 25).

Las cinco primeras valuaciones son casi idénticas; las 32 libras

castellanas de Oviedo hacen 14 6⁄10 kilogramos; los 3.310 castellanos

de Anghiera, 15 1⁄10 kilogramos; los pesos de Herrera son idénticos á

los castellanos (_Quod. nummum castellanum vocari diximus vulgo pesum

appellunt_, _Oceán._, Déc. II, lib. VII, pág. 183). Wytfliet tomó

los _castellanos_ de Anghiera por _libras castellanas_, y por tanto,

centuplicó el peso del grano de oro. Sin embargo, Anghiera dice

claramente: «Unus auri globus repertus fuit trium millium trecentorum

decem auri pondo. Globum eum mille amplius homines viderunt et

attectaverunt. Pondus autem hoc a me sic appellatum, _non libram

intelligi volo æquare_ sed ducati aurei et trientis summam: vocant

ipsi pesum; summamque ponderis castellanum aureum appellant Hispani.»

En efecto, el _ducado_ ó dobla de la banda tenía, á fines del siglo

XV, 365 á 375 maravedís, mientras el peso ó castellano contenía de

480 á 485 (_Memoria de la Acad. de la Hist._, t. VI, páginas 513, 525

y 537). Respecto al marco dice también Anghiera (Déc. II, libro IV,

pág. 154): «Quam libram Hispanus _marchum_ appellat, quinquaginta

nummi aurei _castellani_ nuncupati, complent.» Este cálculo, cuyas

bases he expuesto, prueba que la pepita caída al mar pesaba casi un

tercio menos que la pepita del condado de Anson (Carolina del Norte).

Por las laboriosas investigaciones que he hecho acerca del comercio

de metales preciosos y las cantidades relativas de oro y de plata

explotadas desde el descubrimiento de América, creo haber probado

suficientemente cuán escaso era el valor de las riquezas metálicas

importadas en Europa desde 1492 á 1500. En estos ocho años fué el

término medio de 2.000 marcos de oro anuales. (_Essai politique_,

t. III, páginas 419 y 428, segunda edición. Jacob, _On precious

metals_, t. II, pág. 46.) Como la acumulación se hizo en un solo

punto, y la importación, antes del descubrimiento de las minas de

Talco en Méjico, toda era de oro, la variación en las proporciones

de los dos metales preciosos indujo á la reina Isabel, á causa del

envilecimiento del oro, á reducir por el edicto de Medina de 1497, la

proporción entre ellos á 1 : 10,7, mientras hasta entonces había sido

de 1 : 11,6. (_Mem. hist._, t. VI, pág. 525.) La acumulación de la

plata hizo subir de precio nuevamente el oro desde 1545 y 1558, época

memorable del descubrimiento de las minas del Potosí y de Zacatecas.

Fernando el Católico, á quien el papa Alejandro VI había regalado,

con la Bula de 3 de Mayo de 1493, la mitad del mundo, envió á este

Pontífice granos de oro, como primicias de las explotaciones de

Haïti. Estas primicias, que tenían, sin duda, un peso considerable,

se emplearon en dorar la _soffitta_ de la basílica de Santa María la

Mayor en Roma, como lo indica la siguiente inscripción: «Alexander VI

Pont. max. lacunar affabre sculptum cælavit auro quod primo Catholici

Reges ex India receperunt» (Cancellieri, p. 193). Tal era entonces

el movimiento industrial en España, que ya en 1495 el minero Pablo

Belvis (Muñoz, lib. V, § 33) llevó á Haïti mercurio para obtener

el oro diseminado en la arena, por medio de la amalgamación. El

descubrimiento de la amalgamación, hecho en Méjico en 1557 por un

minero de Pachuca, Bartolomé de Medina, fué sólo la aplicación del

mercurio á los minerales de plata. En cuanto á la problemática masa

blanquecina de 300 libras de peso, encontrada en la provincia de

Cibao, en el patio de la casa de un cacique, donde estaba desde hacía

muchas generaciones, y acerca de la cuestión de saber si esta masa

era hierro arsenical, electrum (aleación de oro y plata) ó platino,

véase Pedro Mártir, lib. IV, pág. 49, y Sprengel en sus notas

alemanas para la obra de Muñoz, lib. V, § 37.

[193] Mr. Washington Irving, cuya _Vida de Colón_ no sólo brilla por

la elegancia del estilo, sino también por el descubrimiento de muchos

hechos nuevos y muy importantes para la historia, ha encontrado este

rasgo de moderación en Las Casas. (_Hist. de las Indias_, lib. I,

cap. 123.)

[194] Por analogía con observaciones hechas hoy en estos mares, no

más de 26° centigrados.

[195] «Navegué, dicen Colón, por camino no acostumbrado, navegué al

austro con propósito de llegar á la línea equinocial y de allí seguir

al poniente hasta que la isla Española me quedase al septentrión.»

[196] _Vida del Almirante_, cap. 65. En la carta á la Reina quéjase

Colón con amargura de su estancia en las islas de _Cabo Verde_, que

dice tienen mal aplicado este nombre, siendo tan secas que no se

encuentra en ellas rastro de verdura. Describe los efectos de la

calma y de un clima tan ardiente que quemaba el barco. Á ocho días de

completa calma sucedieron siete días de lluvia y espesa niebla. Esta

es _la región de las calmas_.

[197] Carta del 29 de Diciembre de 1504.

[198] Afortunadamente, poseemos la hermosa carta en que Colón habla

de esta muerte á su hijo D. Diego, y también le encarga averiguar si

la Reina ha dejado dicho algo de él en su testamento.

[199] Me refiero á la _licencia de la mula_ que D. Diego debía

negociar para que su padre pudiera ir desde Sevilla á la corte,

que estaba entonces en Toro y después en Segovia. El permiso fué

concedido en 1505 «por causa de vejez y enfermedad». Como la raza

caballar disminuía en España á causa del frecuente uso que se hacía

de las mulas, el rey Alfonso XI publicó un edicto prohibiendo

en absoluto montar en mulas. Posteriormente fué modificada esta

disposición, determinando el número de mulas que podían alimentar los

obispos y los grandes de España. Informado el rey Fernando en 1494

de que cada día era más difícil reunir para el servicio del ejército

cinco ó seis mil caballos, privó de la _licencia de la mula_ á todos

los legos. El uso de la mula, cuyo andar es mucho más suave que el de

los caballos, sólo fué permitido desde entonces á los infantes, al

clero y á las mujeres.

El estado de los caminos y los medios de transporte eran tales

entonces en España, que Colón no pudo realizar su viaje á la corte

hasta el mes de Mayo de 1505. Primero proyectó ir en litera, y al

efecto el _cabildo_ de Sevilla le prometió las _andas_ que habían

servido para llevar el cuerpo del difunto cardenal D. Diego Hurtado

de Mendoza.

[200] «Una de las principales cosas porque esto nos ha placido es

por ser inventada, principiada é habida por vuestra mano, trabajo é

industria, y parécenos que todo lo que al principio nos dijistes que

se podría alcanzar, por la mayor parte toda ha salido cierto, como

si lo hobierades visto antes que nos lo dijesedes.» En esta carta,

conservada en los archivos del duque de Veragua (Navarrete, t. II,

Doc. LXXIX, p. 154), es donde se encuentra también el indicio de un

conocimiento exacto de las estaciones en los trópicos. «_Algunos

quieren decir que en un año hay allá dos inviernos y dos veranos._»

S. Isidoro (_Orígenes_, XIV, 6) y el Cardenal d’Ailly (_Imago_, c.

13) hablan de dos veranos en Trapobana.

[201] Véanse las cartas del Almirante á D. Diego fechadas el 21 y

29 de Diciembre de 1504 y el 18 de Enero de 1505. La carta al Papa

se refería al cuarto viaje (_He escrito al Santo Padre de mi viaje,

porque se quejaba de mí que no le escribía_). No es, por tanto, la

que copió D. Fernando Colón, y por su copia, conocemos, en la que el

Almirante se alaba de haber descrito sus viajes en la _forma de los

Comentarios de Julio César_ y cuya fecha del mes de Febrero de 1502

es anterior en dos meses á la partida para el cuarto y último viaje.

[202] Los puntapiés dados á Jimeno de Briviesca, judío ó moro recién

convertido. (Las Casas, lib. I, cap. 126. Washington Irving, t. II,

p. 355.)

[203] «El dicho D. Juan tuvo continuamente odio mortal al Almirante.

El piloto Andrés Martín debía entregarlo á D. Juan de Fonseca, dando

á entender que con su favor y consejo ejecutaba Bobadilla todo

aquello (la prisión y los grillos). (_Vida del Almirante_ caps. 64 y

86.) El capitán del barco, que trató á Colón con gran consideración

y afecto durante el viaje, llamábase Alonso de Vallejo, amigo íntimo

de Bartolomé de las Casas. Pedro Mártir, que habla de este asunto con

tímida reserva en las _Décadas oceánicas_ (I, 7 in fine), menciona

una carta _cifrada_ (_ignotis characteribus scriptæ litteræ_) que el

Almirante había escrito á su hermano el Adelantado, para inducirle á

venir en su ayuda con las tropas; pero el mismo Pedro Mártir confiesa

que todo este odioso asunto quedó en plena obscuridad. «Quid fuerit

perquisitum non bene percipio.--Quid futurum sit, tempus, rerum

omnium judes prudentissimus aperiet.

[204] El 26 de Abril de 1506. El _Rey Archiduque_ y la reina D.ª

Juana partieron de Flandes y se refugiaron en Inglaterra para

librarse del naufragio é incendio del buque Almirante en medio de

una tempestad, y embarcáronse de nuevo en Plimouth para llegar á

La Coruña. Las intrigas de las dos cortes de Fernando y de Felipe,

desde el desembarco hasta la muerte del joven Archiduque, las

describe del modo más ingenioso un testigo ocular (Pedro Mártir. Ep.

296-328). «Germanam, Galli regis ex sorore neptim Ferdinando sponsam

adventasse cuncti admirantur: durum omnibus videtur novas cernere tam

repente nuptias in Castella præsertim, ejus dotalia regna, quæ vixit

nulli par, cuius ossa gens omnis non minus veneratur, quam colebat

viventem. Philipus Joannaque reges adhuc Angliam tenent. Rex Angliæ

honorifice eos suscepit. Joanna vero blanditias abnuit, tenebris

gaudet ac solitudine, fugit omne commercium.--Appulsus est Philipus

rex: incertum an sit servaturus pacta cum socero. Juvenis est mitis,

bonæ et magnanimæ naturæ: sed non est rerum experientia pollens,

præsentes illum susurri adstringunt ac præcipitant. Pravi consultores

novarumque rerum studiosi, proceres. Philippum ducunt persuasum ne

ullo pacto socero credat. Joanna uxor, ut invalida, prægnans ducitur,

ut elinguis tacet. Confusa sunt omnia. Scribo quæ ferveant--¡Heu!

¡heu! ¿quid ultra sperandum? ex Ferdinandi regis benignitate erga

filiam generumque (?) tanta in _Philippenses_ immanitas ac petulantia

emanavit, ut regem socerum inermem senim triumphis onostum, venire

semisuplicem ad generum armatum, juvenem cœgerint. Conveniunt in

infelici ruris exigui agello, nomine Remessal.

Præcedunt Philippum, in conspectu soceri, compositis ordinibus,

armati Belgæ circiter mille. Fernandum socerum ac si capere illum,

abducereque vinctum vellent, circumsepiunt. Colloquuntur: aspere

hostiliterque visus est à longe socerum gener compellasse. Ex

generi motibus id colligebam. Discordes abeunt et corruptis animis

regrediuntur, in Populam Senabriæ gener ad Rium Nigrum, in Asturianum

opidulum socer.--Discedit ex Hispania Ferdinandus. Febricula laborat

Philippus ex ludo pilæ exortam putant. Nec desunt qui credant

actorum cum socero pænituise.--Philippus ille qui jam sibi animo

totum orbem absorbere videbatur, maternum æmulans avum octavo cal.

Oct. MDVI animam emisit juvenis, formosus, pulcher, elegans, animo

polens et ingenio, proceræ validæque naturæ, uti flos vernus evanuit.

Joanna laboranti semper affuit, sive inmoderato dolore præpedita

sive quod jam non sentiat, quid sit dolor, lacrymam vel unam

emisit nunquam. Socer in anchoris stans _portu Delffini_ indoluit

non parum, _aut indoluisse visus est_. Haud aliter Ferdinandi

regis in Napoli adventus ab Hispanis (_paucis exceptis sedicionum

amatoribus_) desideratur ac sicca tellus dicitur imbres appetere.

Miseretur Joannæ reginæ, quæ gravis utero vidua relicta, vitam ducit

infelicem, tenebris et secessu gaudens, dextra mento infixa, atque

ore clauso, ac si esset elinguis, nullius commercio delectatur, omne

præsertim fæmineum genus et odit et abjicit à se, ut viro solebat

vivente!--Exhumat Joanna mariti corpus ex cænobio Carthusiensi de

Miraflores. Ex duobus cucullatis fratribus Mirafloranis qui Philippi

corpus exanime comitantur, alter lævi sicco folio levior, reginæ,

_ut gratiam ejus aucuparetur_, suscitatum iri aliquando regem (post

quartum decimum ab interitu annum) mandax persuadet.....»

[205] Diego Méndez, de quien antes he hablado, fué quien instituyó un

_mayorazgo_ con un viejo mortero de mármol y nueve libros impresos.

[206] Zúñiga. _Anales ecl. de Sevilla_, lib. XIV, pág. 496.

[207] Error del copista por Mango, como Colón dice en la misma

carta y en el documento oficial del juramento de Cuba. Marco Polo

distingue Mangi (Mandje) la China meridional, al sur del río Amarillo

ó Hoang-ho, del Khataï (Catayo) ó China septentrional (lib. II, cap.

35). El Mangi, que Toscanelli llama _Mango_, como también Colón, es,

según el viajero veneciano, «la provincia más magnífica y más rica

del mundo oriental».

[208] En la _hoja suelta_ que existe de mano del Almirante y que fué

escrita á fines del año 1500, cuando llegó á Cádiz con los grillos

puestos, estas 1.400 islas aumentaron en 300. Es una vaga valuación

del archipiélago del _Jardín de la Reina_, al sur de Cuba, valuación

que acaso dependa del recuerdo de las 1.378 islas (Maldivas?) que

Ptolomeo (lib. VII, cap. 4) sitúa cerca de Trapobana y que en su

primera navegación, el 14 de Noviembre de 1492, creyó el Almirante

haber visto frente á la costa septentrional de Cuba, _en fin del

Oriente_. Behaim, siguiendo á Marco Polo, aumenta el número de dichas

islas hasta 12.700.

[209] Cuando Colón, en Noviembre de 1500, y por tanto, mucho tiempo

antes de reconocer la costa de Veragua, se alaba de «que allí (en las

Indias) ha puesto so el señorío de sus Reyes más tierra _que non es

África y Europa_, allende la Española, que boja más que toda España»

(Navarrete, t. II, pág. 254), fué sin duda inducido á esta expresión

singularmente hiperbólica por la conjetura de la conexión del cabo

Paria con el cabo Alpha y Omega de Cuba. Al llegar preso á España,

no podía seguramente tener conocimiento de la salida de dos grandes

expediciones, la de Vicente Yáñez Pinzón y la de Diego de Lepe, una

de las cuales llegó al Brasil antes que Cabral, en el paralelo de 8°

19′ de latitud austral, y la otra á la desembocadura del Amazonas.

[210] Esta bella frase, cuya exactitud comprenden aun en nuestros

días cuantos han habitado largo tiempo en Méjico, Quito, el Perú y

Bolivia, encuéntrase en la defensa de los derechos y privilegios que

Cristóbal Colón presenta al tribunal por medio de sus abogados y que

ha sido encontrada en Génova (Cod. Col. Amer., pág. 280). Creo que

esta defensa, sin fecha, es posterior al año de 1497, porque se habla

en ella del viaje á Burgos de la archiduquesa Margarita, hija del

emperador Maximiliano I, cuando las bodas de esta princesa con el

infante D. Juan, único hijo varón de los Reyes Católicos.

[211] En la capilla de Santa Ana, llamada también del Santo Cristo.

Posteriormente fueron llevados á la misma Cartuja los restos del

_segundo almirante_ D. Diego y del hermano de don Cristóbal Colón,

el Adelantado D. Bartolomé. Fernando Colón, el historiador de su

padre, también fué enterrado en Sevilla; pero no en la Cartuja de las

Cuevas, sino en la catedral.

[212] La familia de Colón cometió, según parece, un error al pedir en

1795 á la _Real Audiencia_ de Santo Domingo los restos de Cristóbal

y de Bartolomé Colón. La relación oficial de lo ocurrido en la

traslación de los restos de Cristóbal Colón, publicada por Navarrete

(t. II, Doc. CLXXVII, pág. 366), nada dice del cuerpo de D. Diego,

sino «de la exhumación de las cenizas del Adelantado D. Bartolomé,

que también se debía solicitar». Sin embargo, por testimonio del

archivero del Cabildo de Sevilla está probado «que en 1536 fueron

enviados á Haïti los restos de D. Cristóbal y de D. Diego Colón»,

quedando en el monasterio de las Cuevas el cadáver de D. Bartolomé

(Navarrete, t. I, pág. 149). He visto muy generalizado este error

durante las dos temporadas que he permanecido en la Habana.

[213] Siento decir que he visto en Méjico, en el gabinete del

capitán D..., una costilla del cuerpo de Hernán Cortés, que,

cuando la traslación de los huesos á la capilla del Hospital de

_los Naturales_, había sido sustraída «por exceso de veneración al

conquistador y legislador de Nueva España».

[214] Idénticas censuras se encuentran expuestas con energía en la

primera década de (Antonio de Herrera, lib. VI, cap. 16), que se

publicó en 1601. El retrato que de Cristóbal Colón hace el primer

historiador de la India merece, por la nobleza del lenguaje, la

atención de cuantos saben apreciar en el idioma castellano lo que

más lo caracteriza, la grave sencillez de las formas. El párrafo á

que me refiero comienza así: «_Fué varón de gran ánimo, esforzado y

de altos pensamientos. Era grave con moderación, gracioso y alegre,

con los extraños afable, con los de su casa suave é placentero;

representaba presencia y aspecto de venerable persona, de gran estado

y autoridad....._»

[215] «He spend all the day distillations.» Véanse las cartas de Sir

William Wades en _Life of Raleigh by Patrick_, 1833, página 312.

[216] _Itiner. Portug._ cap. CVIII: _Inque regum regia splendidissima

usque in diem præsentem non inhonori degunt_. También encuentro en la

obra de Ruchamer (_Unbekanthe Landte_, capítulo 108), cuya impresión

fué terminada en 20 de Septiembre de 1508: _Vnd als Christoffel

Dawber mit sampthe seynein bruder kumen waren gen Cades, vnd di

grossmächtigste künge ditz vernamen, schaffthen siesie ledig zu

lassen, vnd hiessen sie williglich vnd freye zu hoff gan. Daselbst

sein sie noch auf den gegenwertigen tag_.

[217] Creo que Colón debe haber visto á Cortés en Santo Domingo

cuando, de vuelta de su cuarto viaje, permaneció allí desde el 13 de

Agosto hasta el 12 de Septiembre de 1504. Tenía entonces Cortés diez

y nueve años, y llegó á la isla el día de Pascua de 1504. Pariente

del gobernador Nicolás de Ovando, hospedado en casa del secretario

del gobernador (Herrera, Dec. I, lib. VI, cap. 12), debió llamar la

atención del Almirante, sobre todo después de adquirir reputación por

el noble valor que mostró en una peligrosa navegación.

[218] También Tácito, el mismo Tácito, cuatrocientos años después de

su muerte, fué llamado, pero por un rey de los Ostrogodos, _Cornelius

quidam_. Aludo á la respuesta que dió Teodorico á los embajadores

que le traían el ámbar de Prusia. El Rey quiere disertar acerca del

origen del ámbar, que, según su física, es un _sudatile metallum

ex arbore defluens_, y dice en su carta: «Hoc, _quodam Cornelio_

seribente, legitur in interioribus insulis Oceani.» Es la indicación

del conocido pasaje de Tácito, _Germania_, cap. 45, mezclada con

nociones que sacó de Plinio, XXXVII, 3.

[219] _Da Asia de Joao de Barros e de Diego de Couto_, Lisboa,

1778, Dec. I, lib. III, cap. 11; t. I, pág. 250. Es digno de

llamar la atención que Barros, cuyas primeras décadas, según las

investigaciones del Sr. Correa de Serra, fueron publicadas en 1552,

en ninguna parte de su hermosa obra hable de Colón como de persona

importante.

[220] Portulano di Pietro Coppo de Isola, térra dell’ Istria,

Venecia, 1528. Uno de los siete mapas dice: «Christopholo Columbo

Zenovese trovo nel anno 1492 molte isole et cose nove.» Morelli,

_Letter rarissima_, pág. 63.

[221] Pongo estas cifras ateniéndome á las controversia de Bossi y

de Muñoz. El primero (_Vita di Colombo_, páginas 79-82) se funda

en un documento inédito curiosísimo que contiene una carta de dos

milaneses que volvían en 1476 de Tierra Santa. Los pasajes de Zurita

y de Sabellico referentes á las empresas de Colombo el Mozo y de la

fabulosa llegada de Cristóbal Colón á Portugal nadando y agarrado á

un remo, los transcribe Washington Irving, t. IV, Apéndice 8.º

[222] _Memoria de Turín_, 1823, pág. 171.

[223] Humboldt dice _homme sans aveu_, y pone la siguiente nota: «No

me atrevo á traducir la frase _cazador de volatería_, que emplea D.

Fernando. Los buenos diccionarios dicen que volatería es caza con

halcones. En el dialecto de los gitanos, volatería significa _oficio

de ladrón_. Un español muy instruído, á quien he consultado, cree que

la frase entera significa caballero de industria ó aventurero, y se

funda en que es análoga á la de _tomar al vuelo_.

[224] Véanse los instructivos _Voyages hist. et litter._, en Italia

de M. Valery, t. V, pág. 73.

[225] Los dos Almirantes, Colón el Mozo, que se llamaba también

Cristóbal, y Francisco Colón, que estuvo al servicio del rey Luis XI

en 1475, fueron, según parece, de la rama de los de Colón de Cogoleto

(Cancellieri, pág. 20).

[226] «Sobre el origen de su familia y patria del Almirante procedió

con alguna reserva, exponiendo las opiniones ajenas, _sin declarar la

suya propia_.» Navarrete, t. I, pág. LXIX.

[227] Se ha supuesto que el texto original español de D. Fernando,

entregado en 1568 por D. Luis Colón á un patricio de Génova, Fornari,

había sido alterado para corroborar las pretensiones genovesas, si

no en la rara edición italiana de Venecia (1571), al menos en la de

Milán (1614), dedicada por el impresor Girolamo Bordini á un Dux de

Génova (_Mem. de Turín_, 1805, pág. 240); pero ¿por qué habían de ser

estas falsificaciones tan vagas y tímidas?

[228] Es el mismo Diego Colón que desde 1494 desempeñó papel tan

importante en Haïti y fué preso y aherrojado con sus hermanos

Cristóbal y Bartolomé. Al morir el Almirante ya era D. Diego

sacerdote, porque en el testamento de 19 de Mayo de 1506, dice: «Á D.

Diego, mi hermano, cien mil maravedís (cada año), _porque es de la

Iglesia_». Sorprende que un escritor generalmente tan exacto, como

el P. Spotorno, haya confundido al hermano más joven del Almirante

(_Cod. Col. Amer._, páginas XLIV y LII) con el intérprete Diego

Colón, natural de Guanahaní y bautizado en 1493 en Barcelona. Este

último, y no el hermano del Almirante, fué quien se casó en 1494 con

la hija del rey Guarionex de Haïti. (_Petr. Mart. Ocean._ Dec. I,

lib. IV, pág. 47.)

[229] El nombramiento de Diego databa de 1492 (Navarrete, t. II,

páginas 17 y 220. _Vida del Almirante_, cap. 85; Herrera, Déc. I,

lib. II, cap. 15.)

[230] Alude á la hermosa inscripción que Fernando el Católico hizo

colocar en el primer sepulcro de Colón en la catedral de Sevilla

(_Vida del Almirante_, cap. CVIII).

Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 2 Historia de la geografía del nuevo continente y de los progresos de la astronomía náutica en los siglos XV y XVI · 第 41 / 42 题