[1] Aragó, _Eloge de Volta_ (_Mém. de la Acad. des Sciences_, tomo
XII, pág. 96).
[2] Carta de Colón fechada en Jamaica el 7 de Julio de 1503, diez y
seis meses antes de su vuelta á España. Desde su regreso hasta su
muerte (20 de Mayo de 1506) Colón no volvió á navegar, y nada ocurrió
que pudiera inducirle á cambiar de opinión sobre la naturaleza de su
descubrimiento.
[3] Fernán Pérez de Oliva, _escribano público de la ciudad de
Isabela_ (de Haïti), recibió orden del Almirante, el 12 de Julio de
1494, de trasladarse á bordo de cada una de las tres carabelas del
segundo viaje del descubrimiento, «é requiriese al Maestre é compaña,
é toda otra gente que en ellas son públicamente, que dijesen si
tenían dubda alguna _que esta tierra_ (de Juana ó Cuba) _no fuese
la tierra firme, al comienzo de las Indias y fin á quien en estas
partes quisiere venir de España por tierra_; é que si alguna dubda
ó sabiduría dello toviesen que les rogaba que lo dijesen, porque
luego _les quitaría la dubda y les faría ver que esto es cierto y
qués la tierra firme_.» Este párrafo notabilísimo, de que hablaré más
adelante, está en un documento conservado en los archivos de Sevilla
(Navarrete, _Docum._ núm. 76, t. II, pág. 145).
[4] _Vespuccio era elocuente y latino_ (Casas, _Historia general
de las Indias_, lib. I. cap. 140). Esta sinonimia de _latinidad_ y
de _saber_ se ha conservado tanto desde la Edad Media en la lengua
española, que en las misiones del Orinoco he oído con frecuencia: _es
Indio muy latino_, para designar un indígena algo civilizado.
[5] Cujus opinionis (mare esse vacuum et sine hominibus) ipse Dantes,
poeta noster, fuit, ubi duodevigesimo capite de inferis loquens,
Ulyssis mortem confingit. (Quatuor navigationum, Introd. in fine.)
[6] Bossi, _Vita di Colombo_, pág. 73.
[7] Véase el principio de la carta de Colón al tesorero Sánchez
(Navarrete, t. I, páginas 181-183); el Diario del primer viaje,
correspondiente á los días 3, 14, 19, 25 y 27 de Noviembre, 13, 20 y
21 de Diciembre; mis _Tableaux de la nature_ (segunda edición), t. I,
pág. 217, y la _Rélation historique_, t. III, página 473.
[8] Carta de D. Jaime Ferrer, fechada el 28 de Febrero de 1495.
[9] _Tercer viaje de Colón_ (Navarrete, t. I, pág. 255); _Vida del
Almirante_, capítulos 19 y 66; en Barcia, _Hist._, t. I, páginas
17 y 76, y _Rélation historique_, t. I, pág. 506. «Yo siempre leí
que el mundo, tierra y agua era esférico, y las autoridades y
experiencias que Tolomeo y todos los otros escribieron de este sitio,
daban é amostraban para ello, así que eclipses de la luna y otras
demostraciones (determinantes de la figura) que hacen en Oriente
fasta Occidente, como de la elevación del polo de Septentrión en
Austro. Agora (al llegar á cien leguas al Oeste de las Azores), vi
tanta disformidad, como ya dije, y por esto me puse á tener esto del
mundo, y fallé que no era redondo en la forma que escriben, salvo
que es de la forma de una pera que sea toda muy redonda, salvo allí
donde tiene el pezón que allí tiene más alto, ó como quien tiene
una pelota muy redonda y en un lugar de ella fuese como una teta de
mujer allí puesta, y que esta parte de este pezón sea la más alta y
más propinca al cielo (á la bóveda celeste), y sea debajo la línea
equinocial y en esta mar océana en fin del Oriente; llamo yo fin
de Oriente á donde acaba (el Este de Asia) toda la tierra é islas,
é para esto allego todas las razones (astronómicas) sobreescriptas
de la raya (el meridiano) que pasa al Occidente de las islas de los
Azores, cien leguas del Septentrion en Austro, que en pasando de allí
al Poniente ya van los navíos alzándose hacia el cielo suavemente,
y entonces se goza de más suave temperancia y se muda el aguja del
marear, por causa de la suavidad desa cuarta de viento, y cuanto más
va adelante (al Oeste) é alzándose más, nuruestea, y esta altura
causa el desvariar del círculo que escribe la estrella del Norte
con las guardas (las estrellas β y γ de la Osa menor), y cuanto más
pasase junto con la línea equinocial, más se subirán en alto y más
diferencia habrá en las dichas estrellas y en los círculos dellas
(alrededor del polo). Ptolomeo y los otros sabios que escribieron de
este mundo, creyeron que era esférico, creyendo que este emisferio
que fuese redondo como aquel de allá donde ellos estaban, el cual
tiene el centro en la isla de _Arin_, que es debajo de la línea
equinocial, entre el sino Arábico y aquel de Persia, y el círculo
pasa sobre el cabo de San Vicente en Portugal por el Poniente y
pasa en Oriente por Cangara (¿Catigara?) y por las Seras, en el
cual emisferio no hago yo que hay ninguna díficultad, salvo que sea
esférico redondo como ellos dicen; mas este otro digo que es como
sería la mitad de la pera bien redonda, la cual toviese el pezón
alto como yo dije, é como una teta de muger......» Al reproducir
literalmente una parte de esta verbosa disertación del Almirante, he
puesto entre paréntesis lo que puede facilitar la inteligencia del
texto. Como los razonamientos científicos en la Edad Media debían
fundarse siempre en algún texto del Stagirita, Colón añade que éste
creyó las tierras que están vecinas del Polo _antártico_, «la más
alta parte del mundo y más propincua al cielo; pero la hinchazón del
mundo no está más que enesta parte debajo de la línea equinocial; y
ayuda mucho esto que sea así porque el Sol, cuando nuestro Señor lo
hizo, fué en el primer punto de Oriente, ó la primera luz fué aquí en
Oriente.» No necesito añadir que este primer punto del Oriente, sitio
del Paraíso terrenal, donde nacen los grandes ríos, es, según Colón,
la extremidad oriental de Asia, y era la costa de Paria próxima al
delta del Orinoco.
[10] Sorprenderá sin duda saber que á uno de los competidores de la
gloria de Cristóbal Colón, Sebastián Cabot, el primero que descubrió
la parte continental de América y que penetró audazmente en los mares
del Norte, se le acusó de ser más bien gran cosmógrafo (teórico) que
hábil marino. (Herrera, Dec. I, lib. X, cap. I.)
[11] «Ofresco lo mismo de ruibarbo y de infinitos géneros de aromas,
que estoy ya persuadido han hallado y hallarán todavía los que dejé
en la fortaleza» (la _población de Natividad_ en Haïti). Colón en
su carta al tesorero Sánchez, 14 de Marzo de 1493 (Navarrete, t. I,
pág. 193). «Creo haber encontrado almasiga como en Grecia, ruibarbo
y canela.» Colón en su carta á Luis de Santángel, del 4 de Marzo de
1493 (Navarrete, t. I, página 173). El error no fué de Colón, sino
de Vicente Yáñez Pinzón, que creyó reconocer el ruibarbo de Asia en
la isla Amiga, hoy _Isla de las Ratas_ (Colón, _Diario del primer
viaje_, 30 de Diciembre de 1492 y 1.º de Enero de 1493), y se envió
una barca á la costa para coger el «que sirviera de muestra (en
Barcelona) á los Reyes».
Rubriquis fué el primero que dió en Occidente las primeras nociones
del uso del ruibarbo en el Cathaï. Marco Polo encontró esta raíz en
la montañosa provincia de Succuir (So-tcheu), de donde el ruibarbo en
el siglo XIII se distribuyó por el mundo entero. Se ve en el cuadro
de las mercancías exportadas por las caravanas del interior del Asia,
cuadro que publicó Balducci en 1335, que era entonces el ruibarbo
un objeto importante del comercio del Caspio y de Alejandría. Como
Colón creía estar en las tierras del gran Khan, buscaba con empeño
las drogas que las factorías de los pisanos y de los genoveses en
Crimea, Siria y Egipto enviaban con abundancia al Oeste de Europa.
Especies de Rheum, muy distintas entre sí, producen en Asia el
verdadero ruibarbo de las farmacias. El Himalaya y las mesetas del
Nepaul tienen el Rheum Emodi, Wall y el Rheum spiciforme, Royle; la
Mogolia, el Rheum palmatum; el Altaï, el Rheum leucorhizum, y Persia,
el Rheum Ribes. Los médicos árabes emplearon el ruibarbo antes que
los médicos cristianos de Italia y de España; pero imbuídos en los
escritos de Dioscórides y de Plinio, confundieron siempre el Rha
ó Rheon de Dioscórides, que es el Rhacoma de Plinio (XXVII, 12)
ó Rhaponticum, planta astringente, con el ruibarbo de la Mogolia
(_Salmos Exerc. Plin._, ed. 1619, pág. 796). Habiendo recorrido á mi
vuelta de Siberia la Rusia meridional, pude convencerme de que no
existe ninguna especie de Rheum entre el Samara, el Wolga y el Don,
en el sistema hidrográfico del Rha; porque el gran _río_ (Rha), es
decir, el Wolga, dió el nombre al _Rhacoma_ de Plinio, que Isidoro
de Sevilla llama ya _Rheon (Rheum) barbaricum_. Un pasaje de Edrisi
sobre las cualidades medicinales del za-ravand de Bégiaia (el Bugia
de los marinos franceses), dió ocasión al error de creer que en las
vertientes del Atlas había ruibarbo parecido al de Persia (Hartmann.
_África_, página 220). El género Rheum falta completamente, según
parece, en América.
[12] Véase mi _Rélation historique_, t. III, pág. 376. Los verdaderos
pinos (sin duda el _Pinus occidentalis_), á propósito para palos de
buques y «tan elevados que apenas se veían las cimas», los halló
Colón en la costa occidental de la isla de Cuba, cerca de las sierras
de Moa. También vió el espectáculo que con frecuencia me llamó la
atención en Méjico de la mezcla de pinos y de palmeras, cerca de
Baracoa (_Diario del primer viaje_, correspondiente á los días 25 y
27 de Noviembre de 1492); pero en la isla de Haïti, en las montañas
de Cibao, descubrió Colón con sorpresa pinos sin piñas. «Abunda
la tierra áspera del Cibao (de Civa, piedra) de pinos muy altos
que no llevan piñas, por tal orden compuestos por naturaleza, que
parecen azeytunos del Axarafe de Sevilla» (Herrera, Déc. I, lib.
II, cap. 4, página 35). Los botánicos reconocen que no es posible
caracterizar con más precisión las _Coníferas sin piñas_, la sección
de las Coníferas de frutos _solitarios_ ó _simples_, el grupo de las
_Taxineas_ de Richard (_Mem. sur les Cycadées et les Coniferes_,
1826, pág. 6, 105 y 124).
[13] «Vide muchos árboles que tienen un ramito de una manera y
otro de otra, y tan disforme, que es la mayor maravilla del mundo,
verbigracia: un ramo tenía las fojas á manera de cañas y otros á
manera de lentisco; y así un solo árbol de cinco ó seis maneras; ni
éstos son enjeridos, porque se pueda decir que el enjerto lo hace,
antes son por los montes, ni cura dellos esta gente» (_Diario_, 16
de Octubre de 1492). Nada pinta mejor el entretejido de las plantas
parásitas como el cándido trabajo que emplea el observador para
probar que la mezcla y la salvaje abundancia de las hojas y de las
flores no son producto de injertos (_Tableaux de la Nat._, t. II,
pág. 51).
[14] Probablemente el cuarto de los ocho vientos de la brújula ú 11°
¼.
[15] La descripción de Colón no designa el _Fucus abies_ marina,
Gmelin, que es una Cystoseira (Agardh). Á causa de la localidad,
tiene que referirse al _Fucus natans_ (Linneo), mientras en la
descripción de Scylax de Caryande (Huds. _Geogr. min._, t. I, páginas
53 y 54) creo que claramente se trata del _Fucus saculeatus_ (Linneo)
ó _Sporochnus aculeatus_ (Agardh), que es un fucus litoral. Los
supuestos frutos de _lentisco_ son las vejigas llenas de aire y de
mucílago que contribuyen á que sobrenade el fucus.
[16] Este nombre de Leoa está escrito dos veces del mismo modo y
otra tercera Lioa, en la carta de Colón. Sin duda es _Sierra Leona_,
situada en la latitud de 8° 29′ 55″. Don Fernando dice que su padre
retrocedió desde el 5° de latitud, navegando hacia el NO. en el
paralelo del 7°. En el trazado de los cuatro viajes de Colón hecho
por el Sr. Moreno, los rumbos y las distancias le hacen fijar como el
punto más austral del _tercero_ el 8° de latitud.
[17] «La aguja noruesteaba desde prima noche media cuarta, y al
amanecer, poco más de otra cuarta.» Estas palabras, de su hijo, no
deben, sin embargo, hacer creer que Cristóbal Colón observó desde
entonces los cambios de la variación horaria. Los medios que empleaba
eran muy poco precisos para justificar esta conclusión.
[18] No ignoro que en gran número de obras muy estimadas (Tomás
Young, _Lect. on Nat. Phil._, t. I, pág. 746; Hansteen, _Magnet.
der Erde_, pág. 175) se cita una supuesta observación «de Pedro
Adsiger», hecha en 1269, y de la cual habló Thévenot refiriéndose á
un fragmento de carta que posee la biblioteca del Rey en París. Mi
colega en el instituto M. Libri, que ha hecho un profundo estudio
de la historia de las ciencias físicas, observa: 1.º, que hay
error de nombre; la carta tiene la inscripción de: _Epistola Petri
Peregrini de Maricourt ad Sigermum de Foucoucourt_ (las palabras _ad
Sigermum_ han sido convertidas en _Adsiger_); 2.º, que el pasaje de
la declinación magnética está intercalado y no se encuentra en el
manuscrito de Leiden. No se debe, pues, atribuir la observación ni á
Pedro Peregrini (Barlow, en las _Trans. phil._ de 1833, tomo II, pág.
670), ni á quien recibió la carta. Gilbert en su célebre _Phisiologia
de Magnete_, 1633, lib. I, cap. I, asegura que en un tratado de
Magnetismo terrestre fúndase Peregrini en las ideas de Roger Bacon.
[19] Livio Sanuto, _Geografía distinta in_ XII libri ne quali
otra l’esplicatione di molti luoghi di Tolomeo é della bussola e
dell’Agugua, si dichiarano le provincie, popoli e costumi dell’
Africa (Venecia, 1588). El autor de este curioso libro supo por
su amigo Guido Gianetto di Fano que Cabot había explicado en su
presencia al rey de Inglaterra Eduardo VI (no se sabe en qué año) la
variación de la aguja, y el meridiano en que señalaba el verdadero
Norte (situaba la línea sin declinación á 110 millas italianas al
Oeste de Flores). Guil. Gilbert, _Phisiol. nova de Magnete_, 1633,
pág. 5. M. Biddle, autor de la sabia _Memoir of Sebastian Cabot_,
publicada en 1831, dice acertadamente (cap. 26, páginas 177 y 180)
que una nota puesta en el Mapamundi de Ptolomeo, añadido á la edición
romana de 1508, nota según la cual «cerca de Terranova y de la isla
Bacalaurus», la brújula no gobierna _nec naves quæ ferrum tenent
revertere valent_, parece fundada en las ideas de Cabot relativas
á la posición y á la proximidad del polo magnético boreal. Si se
debiera conceder á Sebastián Cabot el mérito de haber observado la
variación de la aguja antes que Colón, lo cual es imposible teniendo
en cuenta la fecha del primer viaje del Almirante, este mérito no
dataría del año 1549, como supone Fontenelle (_Mem. de la Acad._,
1712, pág. 18), sino ascendería al año de 1497, en que Cabot llegó
antes que otro alguno á la tierra firme de la América septentrional.
El ingenioso historiador de la Academia reclama también á favor de un
piloto de Dieppe, llamado Crignon, el haber indicado la declinación
de la aguja el año 1534 en un manuscrito, que poseía el geógrafo
Delisle. Pero estas reclamaciones no tienen valor alguno supuesto
que con tanta precisión fija el _Diario_ de Colón la fecha del 13
de Septiembre de 1492, correspondiente al día en que, por primera
vez, se observó la declinación magnética. ¿Será acaso Crignon el
piloto francés de Dieppe que vió pasar la línea sin declinación por
las islas de Cabo Verde, y á quien cita Miguel Coignet en una obra
notabilísima impresa en Amberes en 1581 con el título de _Instruction
nouvelle des points plus excellens et necessaires de l’art de
navigues_, cap. 3, página 12?
[20] Esta brújula acuática de los chinos, semejante al pez imantado
de los antiguos pilotos indios y al lagarto de los birmanes, la
emplearon también los marinos franceses en tiempo de San Luis, y de
aquí proviene acaso el nombre de _calamita_ ó _rana verde_ dado á la
aguja imantada, denominación que se encuentra en Plinio, XXX, 42,
pero aplicada al reptil llamado rubeta.
[21] Según las observaciones magnéticas hechas en Pekín por M.
Kovanko en la casa magnética que á ruego mío ha hecho construir el
Emperador de Rusia en la capital de la China, la declinación era de
nuevo en 1831 de 2° 3′ hacia el Oeste (Kupfer, en los _Anales de
Poggendorf_, 1835, núm. 1, pág. 54). El padre Amiot, en los años de
1780-1782, veía ya oscilar la declinación magnética en Pekín de 2° á
4° ½ hacia el Oeste (_Mémoires concernant les Chinois_, vol. IX, pág.
2; vol. X, pág. 142); pero en un espacio de 670 años la _línea sin
declinación_ puede haber pasado muchas veces por Pekín. La propiedad
directriz de la aguja imantada, es decir, la propiedad de colocarse
en un plano que sólo forme determinado ángulo con el meridiano del
sitio, fué conocida en China 1.100 años antes de Jesucristo. El
historiador Szumathsian, cuyo _Szuki_, ó Memorias históricas, fué
escrito en la primera mitad del siglo II de nuestra era, dice que el
emperador Tchhingwang regaló en el año 1100 antes de nuestra Era, á
los embajadores del Tonkín y de Cochinchina, que temían no encontrar
su camino, cinco _carros magnéticos (tchinankiu), carros que indican
el Sur_ por medio del brazo móvil de una figurita cubierta con traje
de plumas. Á estos carros se añadía un _hodometro_, es decir, otra
figurilla que daba golpes en un tambor ó una campana cuando el carro
había recorrido uno ó dos _li_. El célebre diccionario _Chuenen_,
que terminó su autor Hiutchin en tiempo de la dinastía de los Han,
año 121 de Jesucristo, describe la manera de recibir una aguja la
propiedad de indicar la dirección del Sur por el imán. También
conocían los chinos que el calor disminuye esta fuerza directriz.
En tiempo de la dinastía de los Tsin, y por tanto en el siglo III
de nuestra era, gobernaban los chinos sus barcos con arreglo á las
indicaciones magnéticas. En el _Tchinlafungthuki_, ó descripción del
país de Cambodja, obra publicada recientemente en París, pero escrita
en 1297 en el reinado del Khan Timur, las rutas ó direcciones de la
navegación están siempre indicadas con arreglo á los rumbos de la
brújula.
El uso de la aguja imantada lo introdujeron en Europa los árabes,
como lo prueban las denominaciones de _zohron_ y _aphron_ (Sur y
Norte), dadas en el _Speculum naturale_ de Vicente de Beauvais á
los dos polos del imán. (El _Libro de las piedras_, que los árabes
atribuyeron á Aristóteles y cita Alberto el Grande «como prueba del
uso del imán en la marina», es apócrifo y acaso de la misma época que
el tratado árabe de las piedras de Teïfachi y Beilak Kiptchaki.) Los
primeros que en Europa hablaron de la brújula, pero en el sentido de
ser su uso conocido, como instrumento necesario á los marinos, fueron
Guyot de Provins en un poema político satírico titulado _La Biblia_,
compuesto en 1190, y el obispo de Ptolemaïs, Jacobo de Vitry, en su
_Descripción de Palestina_, escrita entre 1204 y 1215.
La prueba que ha querido M. Hansteen deducir del _Landnamebok_ para
suponer que los noruegos usaron la brújula en el siglo XI, queda
anulada por las investigaciones de M. Kämtz (Klapr., páginas 41, 45,
50, 66, 90 y 97).
Las obras del célebre mallorquín Raimundo Lulio (por ejemplo, su
tratado _De contemplatione_, escrito en 1272, cap. CXXIX, § 19, y
cap. CCXCI, § 17) y el texto de antiguas leyes españolas prueban
que á mediados del siglo XIII los marinos catalanes y vascos usaban
comunmente la brújula (Capmany, _Cuestiones críticas_, 1807,
_Cuestión_ 2.ª, pág. 38; y _Comercio antiguo de Barcelona_, t. III,
páginas 72-74).
En el desarrollo progresivo de los conocimientos sobre el imán,
preciso es distinguir: 1.º, la observación de los fenómenos simples
de atracción ó de repulsión; 2.º, la dirección de una aguja móvil
como efecto del magnetismo terrestre; 3.º, la variación ó la
observación de la diferencia entre el meridiano magnético y el
meridiano del sitio en que se opera; 4.º, el cambio de variación
en diferentes sitios de la tierra; 5.º, los cambios de variación
horaria; 6.º, la observación de la inclinación y de la intensidad
magnética.
[22] Podía añadirse, según creo, desde nuestra salida de Guadalupe.
[23] Así dice la edición de Barcia; el sentido exige acaso
_nordesteaban_, como, al parecer, prueba el fragmento de la carta de
1498 antes publicado. Colón dice allí claramente: «Antes de pasar la
raya de 100 leguas al Occidente de los Azores, por consecuencia entre
esta banda y España, _las agujas (fasta entonces) nordesteaban._»
[24] Biddle, _Mem. of Seb. Cabot_, pág. 222. No se sabe con exactitud
ni el año de la muerte ni el sitio de la sepultura de este gran
marino, «que dió á su patria casi un continente, y sin el cual acaso
no se hablara la lengua inglesa en América por tantos millones de
habitantes».
[25] _Mem. de la Acad._, 1712, pág. 19.
[26] _Tractatus sive Physiologia nova de Magnete, magneticis
corporibus et magno Magnete tellure_, ed. Wolfg. Lochmans; Sedini,
1633 (la primera edición es de 1600), lib. IV, capítulo IX, pág. 164.
[27] _L.c._, lib. V, cap. VIII, pág. 195. Este empleo de la
_inclinación_, que Gilbert llama siempre (lib. V, capítulos I-XII)
_declinatio magnetica_, y cuya existencia negaron D. Pedro de
Medina (_Arte de navegar_, Sevilla, 1545, páginas 212-221) y Sanuto
(_Geographia_, lib. I, pág. 6), es tanto más notable, cuanto que la
brújula de inclinación no la inventó Roberto Normann hasta 1576. La
posición del ecuador magnético, en el cual la inclinación es nula,
no la conoció Gilbert, quien, como Hauy, llama polo Sur á la punta
de la aguja que se dirige hacia el polo Norte (lib. I, cap. IV, pág.
16). Creía que el ecuador magnético coincide con el ecuador terrestre
(lib. V, cap. I, pág. 182).
[28] Al volver de mi viaje á América he demostrado cómo la
inclinación puede indicar en el Mar de Sur, en las brumosas costas
del Perú, la _latitud_ con precisión bastante para las necesidades
del pilotaje. Véase la Memoria que, en unión de M. Biot, publiqué
sobre las variaciones del magnetismo terrestre en diferentes
latitudes, en el _Journal de Physique_, t. LIX, páginas 448-450.
[29] Hay cuatro causas de error: la de la _estima_ de la dirección
del barco, la de la observación magnética y la de los instrumentos
y efemérides, tan imperfectos. En el texto me he atenido á las
longitudes determinadas por Moreno y Navarrete en el trazado de los
viajes de Colón. Según este trazado, lejos de encontrar el Almirante,
como pretende, el 13 de Septiembre de 1492 la línea sin declinación
á 100 leguas de distancia del meridiano de Corvo y de Flores, no
llegó á esas 100 leguas hasta el 17 ó 18 de Septiembre. Además,
la situación del barco en 21 de Mayo de 1496 debió ser, según las
investigaciones del Sr. Moreno acerca de los rumbos de Colón, no al
Oeste del meridiano de Flores, sino en el meridiano de la isla de
Pico. Los _puntos de estima_ del Almirante, visto el impulso de las
corrientes hacia el Sureste, debían estar delante de sus verdaderas
posiciones. No puede esperarse conseguir mucha precisión en
resultados que dependen de tantos datos inciertos (del rumbo, de la
distancia recorrida, de la desviación que producen las corrientes, de
la lentitud del cambio de la declinación magnética, etc.); pero hay
una circunstancia que, al parecer, autoriza á dar una posición más
occidental á la línea sin declinación en 1492 y 1496. Colón insiste
muchas veces en el hecho físico de la coincidencia de esta línea con
el borde del _Mar de Sargazo_, es decir, con la gran banda de fucus
que se extiende casi de Norte á Sur entre los 22° y 41° de latitud.
«Cuando las agujas comienzan á dirigirse al NO., dice, comienzo á
entrar en las yerbas» (la zona de fucus). Ahora bien; es indudable
que el límite oriental de los fucus está al Oeste de Corvo, por
encima de los 44° de latitud, y que generalmente se mantiene entre
los 37° ¼ y 40° de longitud, esto es, á 80 ó 140 leguas marinas de
distancia al _Oeste_ de Corvo.
[30] _Untersuch. über den Magnetismus der Erde_, 1819. Atlas, tab.
I. En la Geografía física del P. Acosta (su _Historia natural de las
Indias_ merece bien este nombre) hay una prueba también convincente
de la dirección de la línea sin declinación de las Azores del NE. al
SO. Acosta (lib. I, cap. XVII, pág. 64) dice que en su tiempo, 1589,
se encuentra la variación hacia el Oeste cuando, desde el meridiano
de Corvo, se va á más altura (en latitud), y que la variación es más
oriental cuando se baja de latitud, aproximándose al ecuador en el
mismo meridiano.
[31] He dado numerosos ejemplos de estos cambios por la comparación
de mis propias observaciones de inclinación, hechas en épocas lejanas
unas de otras, en Poggendorf, _Journ. der Physik_, 1829, t. XV,
páginas 321-327. Véase también una excelente Memoria de Mr. Hansteen
sobre la traslación de la curva sin declinación en el Oeste de
Siberia, de 1769 á 1829, de Este á Oeste desde Orsk á Uralsk, y sobre
las variaciones seculares de la inclinación, en Poggend., t. XXI,
páginas 414-430 y tab. V.
[32] Cuando me encontraba en la costa de Paria y en las tierras
costeadas por los barcos de Colón en 1498, creí durante algún tiempo
que el cabo designado por Colón con el nombre de _Punta de la Aguja_
(Navarrete, t. I, pág. 250), como sucede con la Punta de las Agujas
en la extremidad meridional de África era un _antiguo punto sin
variación magnética_. Pero la Punta de la Aguja de Colón es el cabo
que los españoles llaman hoy la _Punta de Alcatraces_, y está, por
tanto, 3° 25′ al Este de la curva sin declinación que con Colón hemos
fijado, para el año de 1498, á los 68° 15′ en el paralelo de 12° 45′.
[33] Creyendo Gilbert (_Tractat. de Magnete_, 1633, páginas 42, 98,
152 y 155) que la forma de las curvas de variación dependía también
de la configuración de los continentes y de la interposición de
valles oceánicos profundísimos, admitía necesariamente la fijeza de
las curvas, y hacía pasar en 1600 la línea de declinación por el
mismo sitio donde la encontró Colón en 1492 (_Variatio uniuscujusque
loci constans est_). Búrlase de los polos magnéticos de Frascatoro,
el célebre contemporáneo de Colón (_Rejicienda est vulgaris opinio de
montibus magneticis aut rupe aliqua magnetica aut polo phantastico
á polo mundi distante. Magnus magnes ipse est terrestris globus_).
Las agujas, en su opinión, se dirigen hacia las regiones donde
aparece sobre el nivel del agua mayor cantidad de masa sólida y donde
la superficie del núcleo terrestre (_cor terræ, inæqualitas globi
magnetici sub continentibus et in marium profunditate_) se acerca más
á la capa exterior.
[34] Es verdaderamente notable que en los archivos de Simancas haya
una _Bula de concesión de las Indias_ de 3 de Mayo de 1493 (_quinto
Nonas Maias_), encontrada por mi ilustre amigo Muñoz, y semejante á
la de 4 de Mayo (_quarto Nonas Maias_), conservada en los archivas de
Sevilla (Muñoz, _Historia del Nuevo Mundo_, lib. IV, § 29; Navarrete,
_Docum. diplomático_, t. II, páginas 23-35), con algunas diferencias
que apuntaré aquí. En la de 3 de Mayo nada se dice de la _línea de
demarcación_ designada en la bula del día siguiente; únicamente
expresa que se hace donación á perpetuidad de las islas y tierra
firme recientemente descubiertas _per dilectum filium Christophorum
Colon_ á los Reyes de Castilla y de León, y que estos reyes poseerán
dichas tierras con los mismos privilegios y derechos que los Papas
habían concedido (en 1438 y 1459, desde el cabo Bojador hasta las
Indias orientales, según Barros, Déc. I, libro I, capítulos 8 al 15)
á los Reyes de Portugal.
Las dos bulas de 3 y 4 de Mayo son literalmente iguales en su primera
mitad hasta las palabras «ac de Apostolicæ Potestatis plenitudine
omnes et singulas terras et insulas præedictas et per Nuntios vestros
repertas per mare ubi hactenus navigatum non fuerat, per partes
occidentales, ut dicitur, _versus Indiam_.....» Después de este
párrafo se inserta en la bula de 4 de Mayo la cláusula de que España
poseerá «omnes insulas et terras firmas inventas et inveniendas,
detectas et detegendas versus occidentem _et meridiem_, fabricando
et constituendo unam lineam á polo artico ad polum antarcticum quæ
linea distet _á qualibet_ insularum quæ vulgariter nuncupantur de los
Azores et cabo Verde centum leucis versus occidentem et meridiem».
Preciso es convenir en que esta determinación _á qualibet insularum_
es muy vaga, tratándose de dos archipiélagos que ocupan gran
extensión en longitud.
La extraña frase, muchas veces repetida, _versus occidentem et
meridiem_, se explica por la _Capitulación de la partición del Mar
Océano_, ajustada, por influencia de la Santa Sede, en 7 de Junio de
1494, durante el segundo viaje de Colón, la cual fija la línea de
demarcación «por términos de vientos y grados de Norte á Sur».
En otro sitio de este documento se dice «que el Rey de Portugal debe
poseer cuanto está al _Este ó al Norte ó al Sur de la raya_». Es un
circunloquio que debiera haberse sustituído con la frase «al Este del
meridiano, en cualquier paralelo».
La _capitulación_, tan mal redactada como la bula, fué durante tres
siglos causa de interminables hostilidades entre Portugal y España.
Fija además la bula la época de la legítima posesión de las tierras
por el Oeste de las Azores en la Pascua de Natividad de 1493, «como
época en que los capitanes castellanos hicieron los descubrimientos».
Pero en este día de Pascua de Natividad fué cuando ocurrió el
naufragio de Colón en las costas de Haïti, cerca de la bahía de Acul,
llamada entonces _Mar de Santo Tomás_ (_Vida del Almirante_, cap.
32), y hacía ya dos meses y medio que Colón estaba en esta isla,
en Cuba y en Guanahaní. Dichas inexactitudes son menos chocantes
que los cambios sufridos por la bula del 3 de Mayo, en el intervalo
de veinticuatro horas (Herrera, Déc. I, lib. II, cap. 4). La causa
de estas variaciones podría averiguarse en los archivos romanos.
En la bula de 25 de Septiembre de 1493, llamada _Bula de extensión
y donación apostólica de las Indias_ (Navarrete, tomo II, pág.
404), tampoco se dice nada, como en la de 3 de Mayo, de línea de
demarcación.
[35] _Vida del Almirante_, cap. 66. Conviene, sin embargo, advertir
que cuando D. Fernando no cita las mismas palabras de los Diarios
de su padre, los absurdos que se notan en la explicación de los
fenómenos físicos pueden nacer de los escasos conocimientos náuticos
y astronómicos del hijo. La _propiedad_ de _los cuatro vientos_,
atribuída á la estrella, es menos sorprendente que el supuesto
procedimiento de imantación. Las notas del Almirante en su Diario
del primer viaje, correspondientes á los días del 17 al 30 de
Septiembre de 1491, prueban que conocía el movimiento diurno de la
polar alrededor del polo, pero que este conocimiento era en él muy
reciente. «Por la noche las agujas _norduesteaban_ un cuarto de
viento, y por la mañana estaban dirigidas hacia la estrella»; por lo
cual _parece_ que la estrella (polar) hace movimiento como las otras
estrellas y las agujas piden siempre la verdad (quedan inmóviles en
su dirección, porque la variación horaria no podía observarla Colón).
El 17 de Septiembre aprovechó Colón este movimiento diurno de la
estrella polar alrededor del polo para engañar á los pilotos,
alarmados porque, durante la noche, las agujas no señalaban al
Norte, sino al Noroeste. Al amanecer hizo Colón á los pilotos marcar
el Norte, sin duda cuando la estrella, por su movimiento diurno,
estaba al Oeste del polo. «Los pilotos reconocieron que las agujas
eran todavía buenas, y la razón era que la estrella se movía y no
las agujas.» Tranquilizáronse los pilotos, ignorando á la vez la
_variación_ de la brújula y movilidad de la estrella polar. Creo que
esta explicación que doy del párrafo es la única posible; pero Colón
dice además, «porque la estrella _parece_ que hace movimiento y no
las agujas».
[36] Sabemos por la famosa carta de Rafael al papa León X, sobre la
conservación de los monumentos antiguos, carta que parece escrita por
el elocuente é ingenioso Castiglione, que trece años después de la
muerte de Colón aun se conocía apenas el empleo de la brújula para
tomar las alturas en tierra.
Rafael describe extensamente (_Opere di B. Castiglione_, 1733, pág.
162) «un método nuevo desconocido en la antigüedad para _medir_ un
edificio (debiera haber dicho levantar el plano de un edificio) por
medio de la aguja imantada.» En 1522, Pigafetta, en su memorable
_Tratado de Navegación_, enseña cómo se debe corregir la medición
de alturas por la declinación; lo que obliga á decir confusamente á
Sarmiento en 1579 que, «estando en las cartas marinas diseñadas las
costas con arreglo á malas brújulas (por agujas de marear que tienen
trocados los aceros quasi una cuarta del punto de la flor de lys),
no se podían tomar dichas cartas por buenas.» (_Viaje al estrecho
de Magallanes_, por el capitán Pedro Sarmiento de Gamboa, 1668,
página 52.) Navarrete asegura en su Discurso sobre los progresos
de la navegación en España, que las primeras _cartas de variación
magnética_ las trazó en 1539 Alonso de Santa Cruz, que había dado al
emperador Carlos V lecciones de astronomía y de cosmografía; pero,
en mi opinión, debe creerse que las cartas que Sebastián Cabot dejó
á Guillermo Worthington, y que, por desgracia, han desaparecido,
presentaban con mucha anterioridad numerosas indicaciones de
variación.
Uno de los objetos del viaje de Gali al Mar del Sur en 1582, fué
observar con precisión las declinaciones magnéticas con un nuevo
aparato inventado por Juan Jaime (_Viaje al estrecho de Fuca_, pág.
XLVI). Mientras Pedro de Medina (_Arte de navegar_, Sevilla, 1545,
lib. VI, cap. 3-6) expresa muchas dudas acerca de la existencia de
la declinación, su contemporáneo Martín Cortés (_Breve compendio
de la Sphera_, impreso en 1556, pero escrito en 1545) explica la
distribución de las fuerzas, ó mejor dicho, la dirección de las
líneas magnéticas en la superficie del globo por los _puntos de
atracción_, situados cerca de los polos de la tierra. En 1588 Livio
Sanuto, que adquirió sus conocimientos de magnetismo terrestre en
las relaciones que le hacían de los descubrimientos de Sebastián
Cabot, sitúa el polo magnético del N. «en 66° 9′ de latitud y 155°
de longitud, según Ptolomeo, es decir, 36° al O. del meridiano de
Toledo» (_Cosmographia_, páginas 11 y 12). En otra parte de su obra,
dice Sanuto que Venecia, donde en su tiempo la declinación era de 10°
al NE., está alejada 59° ½ de la línea sin declinación que él creía
erróneamente dirigida de N. á S. y estar en el meridiano del polo
magnético. Se ve, pues, que entonces se suponía este polo demasiado
al S. y al E., fijándole en los 42° ó 49° ½ de longitud al O. de
París, mientras Mercator lo adelantaba hacia el N. y el O. hasta la
latitud de 74° y longitud de 154° E. (Mercator dice 180° al O. de
las islas de Cabo Verde), longitud que correspondía al _estrecho de
Aniam_, según creencia de entonces.
Las observaciones del capitán Ross dan para el polo magnético la
latitud de 70° 5′ 17ʺ y la longitud de 99° 7′ 9ʺ. Sanuto habla de
este polo casi con el mismo entusiasmo que el célebre navegante
inglés. «Vería _alcum miracoloso stupendo effeto_ quien tuviera la
dicha de llegar al polo magnético», que él llama _calamitico_, para
nombrar así el imán de la tierra.
El P. Acosta, cuyas obras son las que más han contribuído al progreso
de una geografía física fundada en observaciones, supo ya en 1589,
por un piloto portugués muy hábil, que hay cuatro líneas sin
declinación (_Hist. nat. de las Indias_, lib. I, capítulo 17). De
esta idea, y á causa de las discusiones de Enrique Bond (_Longitude
found_, 1676) con Beckborrow, dedujo Halley la teoría de los cuatro
polos magnéticos.
[37] «En derecho de Sierra Leoa, donde se me alzaba la estrella del
Norte, en anocheciendo, cinco grados.» Navarrete, I, página 256.
[38] De _Bahraïn_ ha podido hacer Colón _Bahrin_, _Ahrin_. Es la
_Arados_ de Ptolomeo (VI, 7), que este geógrafo sitúa efectivamente
á 91° 40′ de longitud de su primer meridiano; por tanto casi á mitad
del paralelo de Cattigara y del cabo Sagrado. Colón añade «isla
_Arin_, que es debajo la línea equinocial entre el sino Arábico y
aquel de Persia, y el círculo pasa sobre el cabo de San Vicente
en Portugal por el Poniente, y pasa en Oriente por Cangara y por
las Seras.» Sin embargo, también pudo aludir Colón á una idea
sistemática de los geógrafos árabes; á un pasaje de Abulfeda que
dice: «que el país de Lanka (Ceylán), donde está situada la _Cúpula
de la tierra ó Aryn_, encuéntrase bajo el Ecuador, en medio, de
las dos extremidades, oriental y occidental, del mundo» (Sedillot,
_Traité des Instruments astr. des Arabes_, t. II, Prefacio). _Aryn_
significa en árabe el punto medio, el justo medio (Silvestre de Sacy,
_Not. et Extraits des Manuscrits de la Bibl. du Roi_, t. X, pág.
39). Abul-Hasan-Ali, de Marruecos, cuenta un poco confusamente sus
longitudes, comenzando por un meridiano 90° al O. de Aryn (Sedillot,
t. I, páginas 312-318).
[39] Navarrete, t. I, páginas 9 y 18. Colón predijo que el trigo y
la viña podrían dar en Haïti abundantes cosechas como en Andalucía
y en Sicilia. Véanse las notas entregadas en 1464 á Antonio Torres
(Navarrete, t. I, página 229).
[40] Más allá del Ecuador, en la parte austral del Océano Atlántico,
obsérvase una oposición climatérica semejante al NE. y SO. de las
islas de Martín Vaz (lat. 20° 27′ S.) y Trinidad (latitud 20° 21′
S.): este cambio súbito en el estado del cielo y de la atmósfera,
ha hecho considerar la isla de Trinidad como una columna oceánica
elevada por la naturaleza para marcar el límite de dos zonas
diferentes. Duperrey, _Hydr. du voyage de la Coquille_, 1829, pág. 68.
[41] De igual modo que los marinos ingleses distinguían en sus
descripciones entre _fresh weed, weed much decayed_, sorprendió á
Colón encontrar á veces reunidos _ramos de yerba muy vieja y otra muy
fresca, que traía como fruta_. (Cree que los apéndices globulosos y
pediculados son fruto del fucus.) Otro día anota que la hierba venía
del E. al O., _por el contrario de lo que solía_ (Navarrete, t. I,
pág. 16). Describe los crustáceos (esquilas) que anidan en el fucus
acumulado: _un cangrejo vivo_ lo guardó el Almirante. Se admira de
ver parajes sin hierba en medio de un mar que parecía coagulado (_la
mar cuajada de yerbas_, _l.c._, páginas 10 y 12), y como naturalista
observador distingue las distintas especies de fucus, los del Mar
de Sargazo y los que son comunes alrededor de las islas Azores.
«Vieron yerba de otra manera que la pasada, de la que hay mucha en
las islas de los Azores; después se vido de la pasada.» (_Diario_,
en 7 de Febrero de 1493.) Acerca de la frecuencia del fucus sobre
los escollos próximos á las Azores, véase Manoel Pimentel, _Arte de
navegar_, Lisboa, 1712, pág. 310.
[42] _Investigation on the Currents of the Atlantic Ocean_, 1832,
pág. 70.
[43] Las pruebas de las afirmaciones que aquí hago han sido
desarrolladas en una _Memoria_ sobre las corrientes en general y
sobre el contraste que ofrece en particular una corriente de agua
fría del Mar del Sur, con la corriente de agua caliente del _Gulf
Stream_, que presenté á la Academia de Berlín el 27 de Junio de 1833.
[44] Esta distinción, hecha por mí en la _Rélation historique_, tomo
I, pág. 202, la adoptó y siguió Mr. Rennell (_Inv._, página 184).
[45] De igual modo en los vastos matorrales del Noroeste de Europa
están mezclados con la Erica (Calluna) vulgaris, las Erica tetralix,
Erica ciliaris y Erica cinerea. Las _Ericetas_ de Europa del Sur
presentan la asociación de la Ericeta arborea y la Ericeta scoparia.
En otra obra he descrito la gran variedad de gramíneas que se
advierte en los _Llanos_ y los _Pajonales_ de las planicies y mesetas
de los trópicos que los indígenas americanos llaman poéticamente
_mares de yerba_ y que aparentan una monotonía engañosa.
[46] Acerca del _mare herbidum_, véase Pedro Mártir de Anghiera,
_Occeánica_, Déc. III, lib. IV, pág. 53. Colón expresa su opinión
favorable á la adherencia primitiva del fucus á los escollos
_próximos_, desde el primer día que entra en el Mar de Sargazo. He
aquí sus palabras, consignadas por Las Casas en el extracto del
_Diario_: «Aquí comenzaron á ver _manadas_ (acaso _manchas_) de yerba
muy verde que poco había, segun le parecía, que se había desapegado
de tierra, por lo cual todos juzgaban que estaban cerca de alguna
isla.» El Almirante imaginó que en la parte del Océano donde se
acumula el fucus es el agua menos salada (Navarrete, t. I, pág.
10); hecho refutado por las experiencias directas que el astrónomo
de la expedición, de Krusenstern (_Reise um die Welt_, t. III, pág.
153), ha hecho del peso específico del agua en el Mar de Sargazo. La
salazón aumenta bajo la capa de fucus flotante, porque esta capa, por
la analogía con las observaciones que yo he hecho en aguas cubiertas
de confervas y de lemna, aumenta la temperatura del agua del Océano
en la superficie.
[47] Esta opinión ha sido emitida por Thunberg, pero sin prueba
alguna tomada de la fisiología vegetal. Un botánico muy sagaz, Mr.
Meyen, insiste en la notable analogía de los fucus con las algas
de agua dulce, muchas de las cuales jamás tienen frutos y están
desprovistas de raíces, de modo que sólo se desarrollan y multiplican
por medio de nuevas ramas.
[48] The Sea of Sargasso may be considered as an eddy (_remous_,
_tourbillon_), between the regular equinoctial current setting to
the westward, and those easterly currents put in motion by the
westerly winds a little to the northward of the parallel in which
the trade-winds begin to blow (John Purdy, _Mem. on the Hydr. of
the Atlantic Ocean_, 1825, pág. 221). «The Sea of Sargasso may be
deemed the _recipient_ of the water of the Gulf-Stream of Florida:
it is a deposit of _gulf-weed_ brought by the stream.» Rennell,
_Inv._, páginas 27 y 71. Pero más adelante (pág. 184), el célebre
hidrógrafo parece inclinarse á la opinión de que el fucus se renueva
con el arrancado en los escollos próximos. El teniente Juan Evan,
admirado también ante las grandes masas de fucus en el golfo de
Méjico, «siente que no se sondee con más cuidado (_with the deep-sea
line_) en el gran banco de fucus al O. de las Azores (lat. 30°-36°,
longitud 43°-57°), donde algunas veces ha visto la mar cubierta, en
una extensión de cuatro leguas marinas, de una espesa capa de fucus
flotante» (_Journal du Vaisseau Belvedere_, Noviembre de 1810).
[49] Lo mismo opinan también M. Luccock en sus _Notes on Brasil_, y
un marino muy distinguido, el capitán Livingston (Purdy, _Memoir on
the Hidrog. of the Atlantic_, 1825, páginas 221-225).
[50] Cuando los barcos que cuentan con elementos para determinar
con precisión las longitudes atraviesan el gran banco de fucus en
el sentido de un paralelo, pero fuera de la banda que une los dos
brazos, tiene muy pocas probabilidades de estudiar el fenómeno;
y cuando, muy al E. del meridiano que consideramos en el estado
normal como límite oriental del gran banco encuéntranse muchos días
grandes grupos de fucus flotantes, igualmente espaciados y situados
en la dirección de las corrientes, puede creerse que, navegando en
rumbos poco diferentes del meridiano, no se ha tocado al verdadero
banco longitudinal, y que el eje de la principal aglomeración está
situado más al O. Á causa del minucioso trabajo que he hecho sobre
esta materia, tengo pruebas de la existencia de estrías de fucus
flotante en masas considerables en longitudes mucho más orientales
de las que admite Rennell, como formando habitualmente el borde
oriental del gran banco. Encuentro estas pruebas en las observaciones
de Labillardiere, lat. 25°, longitud 31°--lat. 36° ½, long. 35°
(_Rélation du voyage á la recherche de La Perouse_, t. II, pág. 331);
de Mr. Lichtenstein, á su vuelta del cabo de Buena Esperanza, lat.
19° ½, long. 35° ¾--latitud 22° ½, long. 36° ¼; de Mr. Bory Saint
Vincent, latitud 23° ½, long. 35°; de Mr. Gaudichaud en la expedición
de _La Herminia_, lat. 27° ¾, long. 37° ¾--lat. 29°, long. 35° ½; de
Mr. Freycinet, en el viaje de _La Uranie_, lat. 28° 31′, longitud 35°
55′--lat. 36° 1′, long. 35° 44′; del capitán Duperrey en el viaje de
_La Coquille_, lat. 29° 54′, long. 31° 45′--lat. 31° 35′, longitud
31° 7′; de Mr. de Urbille en su viaje del _Astrolabe_, latitud 24°
51′, long. 32° 39′--lat. 26° 20′, long. 33° 39′--latitud 29° 5′,
long. 30° 53′. He observado por mí mismo, en el trayecto desde la
Coruña á Cumaná, pasando al NO. de las islas de Cabo Verde y 80° al
E. del punto que _las cartas de las corrientes del Atlántico_, por
el mayor Rennell, fijan como extremidad meridional del gran banco,
masas considerables de fucus flotante (_Rélation historique_, t. I,
pág. 271). Terminaré esta nota alegando testimonios de los resultados
que oficiales de gran mérito, los Sres. Birch, Alsagar, Hamilton y
Livingston, han obtenido desde 1818 á 1820, y que confirman por modo
satisfactorio lo que creemos ser la _configuración normal_ de la
banda de Corvo; del almirante Krusenstern, según Mr. Horner, lat.
26°, long. 39° ½ (_Reise um die Welt_., t. III, páginas 151-153);
Kotzebue, en su viaje del _Rurick_, según el diario manuscrito de
Mr. Chamisso, lat. 20°, long. 37° ½--lat. 30°, longitud 39° ¾; de
Mr. Meyen, en su viaje alrededor del mundo, latitud 24°, long. 39°
½--lat. 36°, long. 43° ½. Al comparar estas longitudes, _reducidas
siempre en esta obra al meridiano de París_, á la posición del eje
del banco de fucus flotante, debe tenerse en cuenta la anchura del
banco.
[51] Colón creía estar entonces en lat. de 34° ½ y long. de 53°; por
tanto, al ENE. de las islas Bermudas. Es notable que, desconociendo
esta observación de 1493 el mayor Rennell, sitúe el banco de fucus
en los mismos parajes (véase la segunda carta del Atlas de las
Corrientes), _much Gulf weed_.
[52] Como en los últimos tiempos hasta la primera tierra donde arribó
la expedición del descubrimiento se ha puesto en duda, no se puede
tener demasiada confianza en el empleo habitual del medio de corregir
la _estima_ por la comparación de las posiciones de los puntos de
partida y de llegada. Descubierta la primera isla el 12 de Octubre
de 1492, continuó Colón su viaje hacia el Oeste, y llegó á la costa
septentrional de Cuba (á los puertos de Tanamo, Cayo-Moa y Baracoa).
Esta dirección hizo suponer á Navarrete que Guanahaní, la primera
tierra descubierta, no es ni San Salvador Grande, en cuya isla hay un
puerto en la punta SE. que aun lleva el nombre de _Columbos port_,
ni la isla Watelin (Muñoz, § 137), sino un islote del archipiélago
de las Turcas, llamado por los marinos franceses _Grande Saline_ y
por los ingleses _The Grand Kay_ (Navarrete, t. I, pág. CV), al N.
de Haïti, casi en el meridiano de Punta Isabela. Según Mayne, hay 4°
9′ de diferencia de longitud entre San Salvador y la _Grande Saline_
de las islas Turcas, situadas al E. de los Caycos y al O. de Pañuelo
cuadrado. Tampoco su llegada á las Azores (á la isla de Santa María),
cuando su vuelta á España, puede servir para corregir la _estima_
con certidumbre. Colón sufrió una gran tempestad que le tuvo errante
desde el 13 al 17 de Febrero de 1493 en parajes donde la acción de
las corrientes tiene una fuerza irresistible.
[53] Empleo esta expresión rara en el sentido que hoy le dan casi
todos los pilotos españoles, oponiendo la mar agitada y tempestuosa
al N. del paralelo 35° (el _golfo de las Yeguas_), á la mar tranquila
y llana de los trópicos (el _golfo de las Damas_). En su origen, á
fines del siglo XV y principios del XVI, la denominación de _golfo
de las Yeguas_ sólo se aplicó á la parte del Océano Atlántico entre
las costas de España y las islas Canarias, á causa del gran número de
yeguas que morían en la travesía desde los puertos de Andalucía á las
Antillas, y que eran arrojadas al mar antes de llegar á Canarias. Al
S. de estas islas, los animales sufrían menos los balances del barco
y se habituaban á la navegación. Oviedo (_Historia general de las
Indias_, lib. II, cap. 9, fol. 12) dice que morían muchas más vacas
que caballos, y que esta parte de mar al N. de Canarias se la debía
llamar el _golfo de las Vacas_. Hoy dicen los pilotos españoles que
se va á América por el _golfo de las Damas_ (Acosta, libro III, cap.
4) y que se vuelve por el _golfo de las Yeguas_, interpretando esta
última locución de un modo impropio «por el aspecto de la gran ola
espumosa que salta como una yegua».
Merece notarse que á pesar de la imperfección del arte náutico y de
la incertidumbre de las rutas, se hicieron algunas veces, en los
primeros tiempos de la conquista, muy rápidas travesías. Oviedo dice
(_l.c._, pág. 13) que en 1505, mientras el emperador Carlos V estaba
en Toledo, dos carabelas volvieron en veinticinco días de la isla de
Santo Domingo al río de Sevilla.
[54] Sin duda á causa de este descubrimiento y de algunas aventuras
semejantes, dijo Colón en su Diario (7 de Octubre de 1492), antes
del descubrimiento de Guanahaní, que observaba el vuelo de las aves
cuando van todas por la tarde en una dirección como para dormir
en tierra, _porque sabía que las más de las islas que tienen los
portugueses, por las aves las descubrieron_.
[55] Formaleoni, _Nautica dei Veneziani_, pág. 48. Es el _Vouga_ del
mapa de Castro.
[56] El temor que á los marineros de Colón inspiraba la acumulación
de fucus, no lo expresa la parte de Diario que ha llegado hasta
nosotros por los extractos de Fray Bartolomé de las Casas. El Diario
(22 y 23 de Septiembre de 1492) refiérese sólo á los murmullos por la
constancia del viento del E. y del Sur que mantenían la mar _mansa y
llana_. Pero D. Fernando Colón se expresa con viveza en este punto.
«Descubrieron cantidad de yerba hacia el N., por todo el espacio que
alcanzaba la vista, con la cual se consolaban algunas veces, creyendo
venía de tierra cercana, y otras les causaba gran miedo, porque había
muchas tan espesas que en cierto modo impedían la navegación, y como
siempre propone lo peor el miedo, temían les sucediese lo que se
finge de San Amaro en el mar helado, que no deja mover los navíos,
por lo cual se apartaban de las manchas siempre que podían» (_Vida
del Almirante_, cap. 18). La comparación del Diario del Almirante
y de la _Vida_ del mismo, escrita por su hijo, me confirma en mi
opinión de que éste, con objeto de hacer su relato más dramático,
insiste demasiado en la desesperación de los marineros que se
hallaban «en medio del Océano, lejos de todo socorro» (Barcia, _Hist.
prim._, t. I, pág. 16). La travesía de Palos á Flores, y desde allí á
las costas de Irlanda en 1452, que cité antes, podía, en mi opinión,
haber acostumbrado á los marineros á no ver más que agua y cielo.
[57] La etimología de la palabra portuguesa _sargaço_ (_sarguaço_ de
Acosta, _Aromatum liber_. Antw., 1593, pág. 311) ha sido intentada
de diversos modos. Mr. Rennell (_Inv. on Curr._, pág. 72) interpreta
esta palabra, apoyándose en la autoridad de una memoria inserta en
el _Nautical Magazine_, 1832, pág. 175, por _uva de mar_ ó _uva
de los trópicos_, llamada así á causa de las vejigas globulosas
pedunculadas, que comparaba Colón al fruto del lentisco. Las palabras
_Sarga_ y _Uva sargacinha_, poco conocidas de los mismos portugueses,
designan sin duda variedad de uva; pero el gran Diccionario de la
lengua portuguesa, publicado en Lisboa en 1818 por _tres literatos
portugueses_, las define: racimo pequeño de bayas de sargaço. La
planta marina, como acertadamente observa el Vizconde de Santarem,
es la que ha dado el nombre á la uva, y no ésta la que ha hecho
llamar al fucus sargaço. Es probable que esta última palabra, por
permutación de las letras _r_ y _l_, permutación tan común, sobre
todo en el Algarve, patria de los más hábiles marinos del siglo XV,
se refiere á _salgar_ (salar), _salgado_ (salado) y á _sagadeira_
(planta del litoral, un Portulacca ó un Halimus). Por la influencia
que ejerció en el arte náutico y en el lenguaje de los marinos de
la Europa austral la navegación de los árabes, llamóme hace tiempo
la atención la asonancia de _Gium Alhacise, golfo de Yerbas_, en
la _Geografía_ de Edrisi, pág. 22. _Alhachich_ (de _hechicheh_)
significa _yerbas_ y _alhas_ pudiera muy bien haber formado _saglas_
(_salgazzo_), (Ramusio, t. III, página 67). Pero la etimología
puramente portuguesa es, al parecer, preferible. También Juan de
Sousa, en sus curiosas investigaciones sobre las palabras árabes
introducidas en la lengua portuguesa (_Vestigios de lingua arabica em
Portugal_, 1789), ninguna mención hace de _sargaço_. No es preciso
buscar tan lejos lo que se encuentra más naturalmente en la Europa
latina. De igual modo acabo de reconocer en el antiguo nombre de
las islas Antillas, _Islas Camerçanes_, del religioso carmelita
Maurilo, la palabra española _comarca_, siendo preciso leer islas
_comarcanas_, es decir, que son _vecinas_ á la tierra firme, que
confinan con ella. La traducción del pasaje de Gregorio Boncio por
Philipón, religioso de la Orden de San Benito, lo prueba claramente.
«Insulæ Cannibalium quas modo Antillias, sive _Camericanas_ vocant,
et de quibus Gregorius Boncius ait: Tiene América muchas islas
_comarcanas_, la de Paria, Cuba y Española..... hoc est, habet
América _insulas adjacentes_ quam plurimas, ut Paríanam insulam,
Cubam.....» (Honorius Philiponus, _Ordinis Sancti Benedicti monachus,
Nova typis transacta, Navigatio Novi Orbis Indiæ Occidentalis_,
1621, pág. 33). Las «Islas Comarçanas, situadas en la comarca de la
Tierra firme», han sido cambiadas poco á poco en _Camerçanes_ y en
_Camericanes_. El mismo Maurilo de San Miguel (_Viaje_, pág. 391),
dice: «Islas Camerçanes, llamadas otras veces Antillas.»
[58] Fidallah, Fedel, entre Sallea y el cabo Blanco, á los 33° y 50′,
á distancia de sesenta leguas marinas, en línea recta, de Gades,
distancia que el periplo de Scylax valúa en menos de doce días de
viaje. La localidad de Fedala es la mejor descrita en Tuckey, _Marit.
Geogr._, t. II, pág. 499.
[59] Pedro Mártir, _Oceánica_, Déc. I, lib. VI, pág. 16, y Déc. III,
lib. IV, pág. 55.
[60] El marino Juan Barbot, observador atento, se expresa del
siguiente modo: «Cuarenta ó sesenta leguas al Occidente del cabo
Blanco de África, y aun á veinticinco leguas de distancia, vimos
el sargazo flotante en el Océano tan profundo que se ignora dónde
estuvo arraigado. El sargazo se acumula de tal manera, que es
preciso un tiempo fresco para atravesarlo; tanta es su resistencia»
(_Description of the coast of Guinea_, formando el último volumen
de la colección Churchill, edición de 1732, pág. 538). Esta
descripción se halla conforme con las observaciones de Mandelsloe
(Harris, _Collection of Voyages_, 1764, t. I, pág. 805), que discute
seriamente la cuestión de saber si el fucus flotante puede venir de
las islas Antillas, á pesar de la constancia de los vientos de NE.
[61] Avieno (_Poetæ, lat. min._, t. V, P. III, pág. 1187, edición
Wernsd) tenía á la vista, como lo dice él mismo (_Ora mar._, v.
412), periplos púnicos. Hablando del viaje que hizo Himilcón durante
cuatro meses hacia el N. y el NO., dice:
Sic nulla late flabra propellunt ratem,
Sic segnis humor æquoris pigri stupet
Adjicit et illud, plurimum inter gurgites,
Exstare fucum, et sæpe virgulti vice
Retinere puppim.
Estos bancos de fucus están situados al N. hacía Ierné:
Hæc inter undas multa cespitem jacit,
Eamque late gens Hibernorum colit.
Theofrasto distingue muy bien el fucus del litoral del fucus de alta
mar. Aristóteles, en las _Meteorológicas_, insiste en la ausencia del
viento, idea sistemática muy generalizada y verdaderamente extraña
tratándose de un mar tan frecuentemente agitado como lo es el que
media entre Gades y las Islas Afortunadas, de una región que no es
por cierto el _golfo de las Damas_ de los pilotos castellanos. He
aquí lo que el Stagirita añade después de haber disertado acerca de
la relación que supone existir entre la dirección de las corrientes
y el declive del fondo del mar: τὰ δ’ ἔξω στηλῶν βραχέα μὲν διὰ τὸν
πηλόν, ἄπνοα δ’ ἐστὶν ὡς ἔν κοίλῳ θαλάττης οὔσης. El poeta orphico
(_Argonaut._, V, 1.107, edic. Lips., 1818), al cantar los trabajos
de los Argonautas que, llegados á las regiones del Norte, viéronse
precisados á arrastrar el buque Argos _con cuerdas_, añade que un
aire impetuoso no levanta allí más que su aliento un mar privado
de vientos de tempestad; que la ola, último límite del imperio
de Thetys, es muda bajo el helado carro de la Osa. «Las razas
hiperbóreas llaman (v. 1.085) á estas aguas el Mar Muerto» (_Voy._,
t. I, pág. 196 y siguientes). La astucia de los fenicios, el deseo
de un pueblo comercial de apartar á sus rivales de toda navegación
más allá de las Columnas, ¿fueron acaso los motivos de propagar estas
ilusiones de la falta absoluta de tempestades? ¿O la calma que reina
en las regiones boreales durante las grandes nieblas (el _pulmón
marino_ de Pytheas, Strabón, II, pág. 104 Cas.), y la idea que los
obstáculos que el _fucus_ opone al movimiento de las olas influyeron
en las creencias populares? Rutilio (_Itinerar._, lib. I, v. 537,
_Poët. lat. min._, volumen IV, pág. 151) describe «las algas que ante
el puerto de Pisa amortiguaban las olas», y Avieno (_Ora marit._, v.
406) extiende este fenómeno á todo el Atlántico:
Plerumque porro tenue tenditur salum,
Ut vix arenas subjacentes occulat,
Exuperat autem gurgitem fucus frequens,
Atque impeditur æstur hic uligine.
Marinos que casi siempre andaban costeando debían dar grande
importancia á cuanto tiene relación con el fucus. Mister Ideler,
hijo, cita en su sabio comentario á las _Meteorológicas_ (t. I, pág.
505) un pasaje de Jornandes (Muratori, _Rerum Ital. Script._, t. I,
pág. 191) casi enteramente inadvertido hasta ahora (Bekmann, _in
Arist. Mirab. ausc._, pág 307) y que revela la filiación de ideas
de la antigüedad y de la Edad Media, de que hablo con frecuencia en
mis investigaciones. «Oceani vero intransmeabiles ulteriores fines
non solum non describere quis aggressus est, verum etiam nec cuiquam
licuit transfretare; _quia resistente ulva ei ventorum spiramine
quiescente_, impermeabiles esse sentiantur et nulli cogniti, nisi
soli ei qui eos constituit.»
La abundancia de fucus y escollos, y la ausencia de viento, son los
tres aspectos que caractarizan en todas las descripciones del Océano
Atlántico, el _Mar Tenebroso_ de los árabes.
Si fuera probable que la navegación de los fenicios llegó á la
región de los vientos alisios y al gran banco de fucus flotante al
Oeste de las Azores, la filiación de estas narraciones de geografía
física debería buscarse en apartadas regiones, y la destrucción de la
Atlántida, que dejó el mar «cenagoso é impropio para la navegación»
(Platón en el _Timeo_, t. IX, pág. 296) serviría para completar estas
temerosas explicaciones.
En algún tiempo cometí el error de dejarme seducir por ellas
(_Tableaux de la Nature_, segunda edición, t. I, pág. 100, y
_Rélation historique_, t. I, pág. 204). La geografía positiva, más
temeraria y más tímida, busca el origen de las creencias de la
antigüedad en los fenómenos físicos, cuyo aspecto debía habitualmente
llamar más la atención á los primeros navegantes. Paréceme probable
que, puesto que el flujo y reflujo de la mar sólo es sensible en
pocos sitios del Mediterráneo, la admiración causada por el aspecto
de las grandes mareas en el ánimo de los marinos griegos originó la
serie de ideas que hemos apuntado. El reflujo sorprende más donde las
costas son bajas y el mar tiene escollos, porque cuando se retiran
las olas queda en seco el fondo del mar, presentando abundante
vegetación de algas sujeta á regulares variaciones de sequía y
humedad. Las Syrtes, tan temidas de los navegantes (Polibio, I, 39),
mostraban aún en las costas de África, en el interior de la cuenca
mediterránea, fenómenos de mareas en grande escala. ¡Cuánto más
fuerte y general no sería la impresión cuando se empezaron á conocer
las mareas del Océano más allá de las Columnas de Hércules en las
costas de España, de las Galias y de Albión, mareas que excitaron
la sagacidad de Posidonio y Athenodoro! Lo que se observaba en el
litoral fué aplicado quiméricamente á toda la extensión del Océano
Atlántico y de los mares del Norte. La escasa profundidad del Báltico
y las inmensas playas de Jutlandia cubiertas por las mareas, pudieron
contribuir también á estas ilusiones de geografía sistemática.
[62] En el primer viaje siguió otra ruta, cosa que sólo se explica
por los consejos de Toscanelli, y no entró en la zona tropical sino
hasta 120 leguas de distancia de las islas Lucayas.
[63] Véanse las observaciones del capitán Rood en el _Rennell on
Curr._, pág. 127. Al SE. de Trinidad, la corriente equinoccial se
dirige al ONO., porque la modifica la corriente litoral del Brasil y
de la Guayana del SE. al NO.
[64] _Se veia la yerba con las listas del Leste á Ueste._ (_Vida del
Almirante_, cap. 36). Diario del primer viaje en los días 13, 17 y 21
de Septiembre de 1492.
[65] El hijo de Colón nos ha conservado el siguiente notable párrafo
que falta en el extracto del Diario del padre: «El 19 de Septiembre,
con esperanza de estar cerca de tierra, estando en calma, sondearon
en mas de doscientas brazas, y aunque no hallaron fondo, conocieron
que iban las corrientes hacia SO.» (_Vida del Almirante_, cap. 18.)
[66] Probablemente una observación de esta índole fué la que indujo
á Colón á decir en su Diario el 13 de Septiembre de 1492: «Las
corrientes nos son contrarias.» El Almirante estaba entonces á 300
leguas de distancia de la tierra más próxima en un mar sin algas. En
el mar del Sur, no sólo he visto muchas veces, cuando la superficie
de las aguas era muy llana, esos _hilos de corrientes_ que caminan á
través de movibles aguas, sino que les he oído correr. Los marinos
expertos conocen muy bien el sonido especial de estos hilos de
corrientes.
[67] Fauces in angulo sinuali magnæ illius telluris, quæ rabidas
aguas absorbeant. _Oceánica_, Déc. III, lib. VI, pág. 55.
[68] Esta dirección NO.-SE. se aplica á la parte Nordeste de las tres
islas de Cuba, de Haïti y de Jamaica.
[69] Véase el testimonio de Bernardo de Ibarra, de Alonso de
Ojeda y de Francisco Morales; Navarrete, t. III, páginas 539-587,
concerniente á la _carta de marear ó figura_ que hizo el Almirante,
señalando los rumbos ó vientos por los cuales vino á Paria, que se
decía ser parte del Asia.
[70] Alude Colón á las corrientes (hilos) de agua dulce que se abren
camino á través del agua salada, y producen por esta lucha (pelea) un
mar agitado.
[71] Al final de la carta repite el Almirante: «Torno á mi propósito
de la tierra de _Gracia_ y río y lago que allí fallé, é tan grande,
que más se le puede llamar mar que lago, porque _lago_ es lugar
de agua y en seyendo grande se dice _mar_, como se dijo de la mar
de Galilea y al mar Muerto, y digo que si no procede del Paraíso
terrenal, que viene este río y procede de tierra infinita, pues
(puesta) al Austro.» Este pasaje es el tantas veces citado en que
Colón indica juiciosamente la relación que hay entre la masa de agua
de un río y la longitud presumible de su curso. Siendo condicional
el aserto (si no procede del Paraíso), no prueba en manera alguna,
como se afirma con tanta frecuencia, que el Almirante, hasta su
tercera expedición, cuando llegó á las bocas del Orinoco, no había
descubierto la tierra firme. En la misma carta que contiene las
ilusiones acerca de la situación del Paraíso, dice explícitamente
Colón que ya en su _segundo_ viaje, cuando tomó á Cuba por una
prolongación de Asia, descubrió «_por virtud divinal 333 leguas de
tierra firme al fin de Oriente_, y (la exageración es algo grande)
700 islas considerables». (Navarrete, t. I, página 243.) Encuentro
en una carta de Anghiera, el amigo de Colón, falsamente fechada en
la edición de Basilea de 1533 como escrita _tertio nonas octobris_,
1496, que desde la tercera expedición se creía el continente de
Paria contiguo al continente de Cuba. «Pariam Cubæ contiguam et
adherentem putant» (Epistolæ n. CLXIX). Á los compañeros de Colón,
dice Anghiera, persuadieron en 1498 la extensión de las costas, el
estado moral de los habitantes y la semejanza de animales con algunas
especies de Europa, que la tierra de Paria era una tierra «_Fuit
magno nostris argumento terram eam esse continentem._» La importancia
que Anghiera da á este resultado parece indicar que él mismo, á pesar
de los juramentos que Colón hizo prestar á los tripulantes de sus
barcos, no estaba muy persuadido de que fuese Cuba un continente, y
de que en el ánimo de aquellos que no hacían descender el Orinoco del
_sitio elevado_ del Paraíso, sólo el tercer viaje del Almirante fijó
con certidumbre el descubrimiento de la tierra firme.
[72] Ni Colón, ni Ojeda, acompañado de Vespucci, vieron la grande y
verdadera desembocadura del Orinoco, _la boca de Navíos_, entre el
cabo Barima y la isla de los Cangrejos. Esta boca no fué descubierta
hasta 1500, cuando Vicente Yáñez Pinzón volvió de la desembocadura
del Marañón (_Rélat. hist._, t. II, pág. 706). Engañado Colón por
las corrientes de agua dulce que se encuentran en el golfo de Paria,
creyóse en la desembocadura de un gran río, cuando su navegación sólo
le conducía entre _los dos brazos más occidentales_ del delta del
Orinoco, los caños Pedernales y Manamo. El golfo de Paria recibe las
aguas del caño Manamo, del río Guarapiche, que el Almirante llama un
_río grandísimo_ y que pude atravesar por un vado en las misiones
de los capuchinos de Caripe, cerca de la costa de Paria. El nombre
de Orinoco, _Orinucu_, pertenece á la lengua de los Tamanacos y lo
oyeron los españoles por primera vez en la parte superior del río,
cerca de su unión con el Meta. El Orinoco no aparece todavía en el
mapa de América de Juan Ruysch, anejo á la edición romana de la
Geografía de Ptolomeo de 1508. En el mapa de Diego Rivero de 1529
encuentro la primera indicación con el nombre de Río Dulce. Entonces
tenía el río en su desembocadura los nombres de Yuyapari y Uriapari.
[73] _De rebus Oceanicis et Orbe Novo._ Basilea, 1533, década I, lib.
VI, pág. 16. Después de aludir á los argumentos de Colón, contrarios
á la esfericidad de la tierra, añade: «Rationes quas ipse (Colonus)
adducit mihi plane nec ex ulla parte satisfaciunt. Inquit enim se
orbem terrarum non esse sphæricum conjectasse, sed in sua rotunditate
tumulum quendam eductum cum crearetur fuisse; ita quod non pilæ aut
pomi, ut alii sentiunt, sed piri arbori appensi formam sumpserit
Pariamque esse regionem quæ supereminentiam illam cœlo viciniorem
possideat. Unde in trium illorum culmine montium (Insulæ Trinitatis)
quos e cavea speculatorem nautam (desde lo alto del mástil) á longe
vidisse memoravimus, Paradisum terrestrem esse asseverat, rabiemque
illam aquarum dulcium de sinu et faucibus prædictis exire obviam
maris fluxui venienti conactem, esse aquarum ex ipsis montium
culminibus in præceps descendentium. _De his satis, cum fabulosa mihi
vedeantur._»
[74] No se trata aquí de la antichthonia pitagórica, que era un
cuerpo celeste.
[75] Colón repite al fin de la carta de 1498: «Tengo asentado en el
alma que allí (en estas tierras de Paria nuevamente descubiertas)
es el Paraíso terrenal, el que San Isidoro y Beda y Strabo y San
Ambrosio ponen al Oriente.» Cinco años antes, como lo prueba un
pasaje completamente inadvertido del Diario del primer viaje (21
de Febrero de 1493), el Almirante expresó la misma idea con igual
claridad. Después de sufrir una gran tempestad cerca de las islas
Azores (durante la cual se lamenta de dejar dos hijos jóvenes, D.
Diego y D. Fernando, que estaban estudiando en Córdoba, huérfanos de
padre y madre en tierra extraña), discute Colón la causa del singular
contraste de clima que presenta el espacio del Océano entre las
Azores y las Canarias con los parajes más occidentales de las Indias,
«donde habia siempre buenos vientos y ni una sola hora vido la mar
que no se pudiese bien navegar», y añade, como consecuencia, «que
bien dijeron los sacros teólogos y sabios filósofos que el Paraíso
terrenal está al fin del Oriente, porque es lugar temperadísimo;
así que aquellas tierras que agora habia descubierto (las grandes
Antillas) es el fin del Oriente».
[76] Hé aquí este hermoso pasaje:
Io mi volsi á man destra e posi mente
All’ altro polo, e vidi quatro stelle
Non viste mai fuor ch’alla prima gente,
Goder parea’l ciel di lor fiammelle
¡Oh settentrional vedovo sito,
Poi che privato se’ di mirar quelle!
Si los comentadores de la _Divina Comedia_ se hubieran acordado de
los frecuentes viajes hechos al estrecho de Babelmandeb y de la
erudición de los sabios italianos del siglo XIV, para quienes eran
tan familiares los planisferios árabes (Reinaud en sus notas á la
traducción de Mr. Artaud, t. I, páginas 167-170), admiraría menos sin
duda que en el intervalo de 1298 á 1315, durante el cual compuso y
perfeccionó el Dante su admirable poema, verdadera enciclopedia de
los conocimientos humanos de entonces, se tuviera noticia de los pies
del Centauro y de la Cruz del Sur. No hay pues motivo para creer que
Dante fuese «brujo ó profeta» ó amigo de Marco Polo (edición de la
_Divina Comedia_ de Portirelli, Milán, 1804, t. II, pág. 7). La frase
_luci sante_ (Purgatorio, I, 37) indica además el sentido alegórico
junto al astronómico que da á las estrellas de la Cruz austral
(Purgatorio, XXX, 85).
[77] «La tierra que se extendía por aquella parte que ocupa hoy
el cuerpo del traidor, ocúltase espantada bajo las aguas, y huye
hacia nuestro hemisferio: acaso, huyendo, dejó el vacío donde nos
encontramos, y fué á formar esta montaña para evitar la vecindad del
angel temerario.»
[78] (_Hist. litter. de Italia_, segunda edición, t. II, pág. 107).
¿Cómo es posible que una navegación de cinco meses durante la cual
se contempla las _stelle del altro polo_ y se ve bajar hasta el
horizonte la constelación de la Osa Mayor, no llegue más lejos que á
las Islas Canarias?
[79] Gosselin, _Rech._, t. I, pág. 94-98. La enfática descripción de
la alta cima del _Theon Ochema_, rodeado de llamas, descripción que
contrasta singularmente con la árida sencillez del diario cartaginés,
podría ser muy bien un embellecimiento añadido más tarde y bajo la
influencia de nociones también confusas acerca de la existencia de
un gran cono volcánico de la Isla de Tenerife. Toda la cordillera
occidental del Atlas, desde el lago Tritón y la Pequeña Syrte
(Dión, III, 53-55) hasta la costa visitada por Hannón, presenta
indicios, según las narraciones de los mismos escritores antiguos,
de trastornos debidos á la acción del fuego, y hasta me parece
advertir en dos pasajes del periplo de Hannón. _Cráteres, lagos_, en
medio de los cuales había un pequeño cono formado por levantamiento
del terreno. «El golfo del _Cuerno del Poniente_, dice Hannón,
contiene una grande isla, y esta isla un lago de agua salada, en el
que se encuentra otra isla.» Más al Sur, en la bahía de los _Monos
gorillas_, se repite esta configuración extraordinaria del suelo.
«Encuéntrase allí otra isla semejante á la primera, que tiene también
un lago dentro del cual hay otra isla.» Accidentes del terreno son
éstos, que no se presentan generalmente más que en los parajes
volcánicos.
La descripción del Atlas de Máximo de Tyro (VIII, 7, ed. Markland),
á la cual no han prestado atención los geólogos, es todavía más
curiosa, y por ello reproduzco dicha pintoresca descripción, que
ofrece algunas dificultades, conforme á la traducción literal y
exacta de Mr. Letronne: «Los de la Libia occidental habitan en
un estrecho desfiladero que por ambos lados baña el mar; porque
el mar exterior llega contra este desfiladero, y allí se separa
envolviéndole con sus agitadas olas, que vienen de lejos. El Atlas
es para las gentes del país un templo y á la vez una imagen de la
Divinidad. El Atlas es una montaña hueca que se eleva suavemente,
ensanchándose por el lado de la mar, como los teatros del lado del
espacio. El país en medio de la montaña es un valle corto, fértil
y lleno de bosques. Veréis frutas en los árboles y, mirando desde
arriba, parecen los árboles _como en el fondo de un pozo_. No es
posible bajar allí, porque las orillas son muy escarpadas y además
está prohibido. Lo más notable de aquel sitio es que cuando la
marea del Océano se precipita hacia la orilla, donde la ribera es
una playa, la ola se extiende sobre ella, pero donde es la montaña
del Atlas la ola se empina, y veis el agua levantada sobre sí misma
como una muralla, sin entrar en los huecos, ni ser sostenida por
la tierra; pero entre la montaña y el agua sopla un aire violento,
_un bosque hueco_. Este sitio es para los de la Libia templo, Dios,
lugar de juramento, imagen de la divinidad.» La frase _bosque hueco_
(κοιλὸν ἄλσος), es evidentemente una errata.
[80] _Ora maritima_, V. 165-171. Ya relacioné antes, al tratar del
mito de la Atlántida, como reflejo de la Lyctonia mediterránea,
el pasaje de Avieno y un fragmento de las Etiópicas de Marcelo,
conservado en un escolio de Proclo, relativo á las siete islas del
_Mar exterior_. Avieno dice:
... post pelagia est insula,
Herbarum abundans atque Saturno sacra.
Sed vis in illa tanta naturalis est,
Ut si quis hanc innavigando accesserit,
Mox excitetur propter insulam mare,
Quatiatur ipsa, et omne subsiliat solum
Alte intremiscens, cætero ad stagni vicem
Pelago silente.
Casi sorprende que una isla cuyo suelo oscila sin cesar no esté
dedicada á Neptuno, como también su tamaño de mil estadios que
menciona Proclo; pero repito que en el pasaje de Avieno la localidad
es muy vaga, y paréceme que lo dicho por él conduce por las islas
Oestrymnienas ó Cassitérides y por Ophiusa, cerca de las costas
septentrionales de Iberia (Uckert, _Geogr. der Griechen_, t. II,
2, pág. 477), hacia el Noroeste, al Mar Cronieco y hacia el gran
continente Saturniano de Plutarco.
En cuanto al conocimiento que los antiguos tenían de las islas
Afortunadas, haré notar aquí que los _amnes Siluris piscibus
abundantes_ de Plinio, Solino y Dicuil, se explican quizá por un
hecho cuya primera noticia debo á un naturalista que ha habitado
largo tiempo en la isla de Tenerife. Mr. Berthelot asegura que
«desde tiempo inmemorial hay en Tenerife anguilas iguales á las de
Europa; que le aseguraban las había también en las islas de Palma y
de la Gran Canaria, y que se puede presumir su existencia en todo
el archipiélago. En Tenerife abundan principalmente las anguilas
en el barranco de Goyonxé, situado en la costa septentrional, y en
el distrito de Tacoronte». Mr. Berthelot ha pescado gran número en
este sitio, en unión de los monjes de Santo Domingo, y ha visto
también muchas en los barrancos inmediatos al puerto de Santa Cruz de
Tenerife. En el invierno, cuando las lluvias aumentan las aguas de
los torrentes y éstos se abren impetuosamente cauces por el suelo,
las anguilas disminuyen, y es probable que se refugien en quebraduras
más profundas del terreno; pero durante el verano, cuando el lecho
del torrente queda en seco, se las encuentra muy gruesas en los
charcos de agua cenagosa que quedan en el fondo de los barrancos.
Acaso estas anguilas han sido confundidas con los siluros. La
existencia de peces en una isla completamente volcánica y muy árida
es un fenómeno curiosísimo. Sabido es, además, que las anguilas
pueden vivir largo tiempo en el fango y en la hierba húmeda, y que,
según mis experimentos, inspiran y descomponen, fuera del agua, mucho
aire atmosférico en estado elástico.
[81] En 1455, y no en 1504 como se encuentra en la traducción
latina del viaje de Cadamosto, publicada por Grynæus, _Nov. Orbis_
(1555, pág. 2). Este error, que tiene alguna importancia por lo
que interesa la historia del _volcán de Tenerife_, ha sido copiado
en mi _Rélation historique_, t. I, pág. 174, y en otras obras. En
esta misma edición Grynæus hormiguean los errores de cifras; al
Baobal _Adansonia digitata_, medido por Cadamosto, sólo le da 17
pies de circunferencia, en vez de diez y siete brazas. El primer
viaje de Cadamosto, que se unió en las desembocadura del Senegal con
Antoniotto Usodimare, y del cual no hace Barros mención alguna en sus
Décadas, comenzó en 1454, y el segundo en 1456. Cadamosto no volvió
de Portugal á Venecia hasta 1463. La relación de sus expediciones
apareció en 1507 en la primera de todas las colecciones de viajes,
que fué impresa en 1507 en Vicenza, y en 1508 en Milán con el título
de _Mondo Novo, opera di Francazio di Monte Alboddo_. Cadamosto no
descubrió ni las islas de Cabo Verde ni el Cabo de este nombre. El
primero de estos descubrimientos se hizo en 1441 y corresponde á
dos genoveses, Antonio y Bartolomé Nolle; el segundo es de Dionisio
Fernández (Tiraboschi, t. VI, parte I, pág. 169). Cuando Cadamosto
visitó en Abril de 1455 las islas Canarias, no pudo desembarcar sino
en Gomera (Gienera) y en Ferro. En la bahía de Palma no se atrevió
á salir del barco, y nos dice que las tres islas de Gran Canaria,
Tenerife y Palma, continuaban en posesión de los Guanches, pero que
Madera, colonizada desde hacía veinticuatro años, estaba ya bien
cultivada y había recibido cepas de viña de Candía.
[82] «Is lapis jugiter flagrat instar Ætnæ montis: id affirmant
nostri Christiani, qui capti _aliquando_ hæc animadvertere.» (Gryn.,
pág. 6.)
[83] Vieron salir gran fuego de la sierra de la isla de Tenerife,
que es muy alta en gran manera (_Diario_ de Colón de 9 de Agosto de
1492). Conviene advertir aquí que con esta fecha refiere todo lo
acaecido desde el 8 de Agosto al 6 de Septiembre.
[84] _Collecçâo de noticias para a historia é geografía das naçoes
ultramarinas, publ. pe la Acad. Real de Sciencias_ (Lisboa, 1812),
pág. 13.
[85] Siete bocas se abrieron para arrojar corrientes de lava en el
mar. _Viaje al Estrecho de Magallanes por el capitán Pedro Sarmiento
de Gamboa_ (Madrid, 1768, pág. 367).
[86] Sorprendió á los compañeros de Colón la vigorosa vegetación
de los trópicos en un suelo pedregoso y apenas cubierto de tierra
vegetal. No pudiendo conocer la respiración aérea de los vegetales y
la abundante nutrición que presta el sistema _apendicular_ (el gran
desarrollo del follaje), atribuían lo que llamaban ausencia de raíces
al calor de la tierra. La reina Isabel se complacía en aludir á
árboles tan poco arraigados cuando censuraba la ligereza de carácter
y la movilidad de los naturales de Haïti (Oviedo, en Ramusio,
_Viaggi_, t. III, pág. 87).
[87] Ya he dicho antes las tradiciones que había en Haïti de la
llegada allí de hombres blancos y negros, antes de Colón.
[88] Colón recogió y trajo en su primer viaje objetos de historia
natural. Sin embargo, la reina Isabel le recomendó de nuevo, en
carta fechada en Segovia el 16 de Agosto de 1494, que le enviara de
las islas nuevamente descubiertas cuantas aves de río y de bosque
encontrara allí, y que pudiera procurarse, porque quería verlas
todas, y le era sumamente satisfactorio saber lo que hay en tierras
donde hasta las mismas estaciones son tan diferentes de las nuestras.
La costumbre de recoger las producciones de países lejanos, no por el
precio que tengan, sino como curiosas, es antiquísima. De las mismas
costas africanas de donde Hannón trajo pieles «de mujeres salvajes»,
ó más bien de monos gorillas, para colgarlas en un templo, trajo
también Cadamosto pelos negros de elefantes, que como los pelos de
elefante antediluviano de la desembocadura del Lena, tenían palmo y
medio de largos, y los presentó al infante D. Enrique (Ramusio, t. I,
pág. 109; Gryn. página 33, cap. XLIII).
[89] No sólo aludo á la ingeniosa observación de Colón sobre la forma
paralelipípeda de las Grandes Antillas, cuyas dimensiones mayores
son debidas á la dirección de la corriente ecuatorial, sino también
á la antigua tradición de los naturales, discutida por Colón y por
Anghiera, de que todas las islas Lucayas (Bahamas), Cuba y Boriquen
ó Burequen (Puerto Rico ó, según Colón, isla de San Juan Bautista),
formaron antes un continente (Horn, _De Orig. Amer._, pág. 158).
Estas tradiciones se encuentran en todas las zonas, lo mismo en el
Archipiélago de la India, que en el Mediterráneo y en América, y
probablemente en ninguna parte son históricas; nacen del aspecto de
las islas diversamente agrupadas, ó en hileras, ó alrededor de un
islote central. El sentido de los mitos geológicos, que pertenecen á
todos los grados de la escala de la civilización recorridos por los
pueblos, y la idea de una ruptura de las tierras, preséntanse más
pronto y con más frecuencia que la idea de un levantamiento volcánico
del seno de las aguas.
[90] Eratósthenes y Polibio atribuyen la frescura del clima en
la región ecuatorial, no sólo al paso más rápido del sol por el
Ecuador (Geminus, _Elem. astron._, cap. XIII), sino también y muy
especialmente á la gran altura del suelo en las regiones ecuatoriales
(Strabón, lib. II, pág. 97). Este concepto no se fundaba en ninguna
observación directa: era resultado de especulaciones teóricas.
Herodoto dudaba de la posibilidad de montañas nevadas más allá del
trópico de Cáncer; pero estas dudas las disiparon en parte los
compañeros de Alejandro cuando su victorioso ejército pasó al Oeste
de la Pentapotamida en el país de los Paropamisadas, donde durante
el verano nevaba en las mesetas habitadas (Aristobulo en Strabón,
libro XV, pág. 691). La cordillera del Himalaya, aunque situada en
una zona donde las llanuras tienen un clima muy cálido, no pertenece
á la región equinoccial propiamente dicha. La indicación, si no de
verdaderos _nevados_ (ἀλάννιφοι) análogos por su posición en latitud
á las montañas cubiertas de nieves perpetuas de Quito, de Popayán y
de la parte equinoccial de Méjico, al menos de nieves de Abisinia «en
las que se hundían hasta las rodillas», encuéntrase en la inscripción
de Adulis (Monum. Adulitanum Ptolemæi Evergetis, en Chishull, _Antiq.
asiat._, 1728, pág. 80). Strabón expone ideas muy exactas acerca del
decrecimiento de la temperatura á medida que el suelo se eleva. En
los países meridionales, dice, todas las partes elevadas, _aunque
sean llanas_ (mesetas, _table-lands_), son frías (lib. I, pág. 73).
La diferencia de clima del Ponto y de la Capadocia, más meridional y
más fría, cree que es efecto de la altura del suelo (libro XII, pág.
539).
[91] Plutarco, _Vida de Alejandro_.
[92] Bancroft, t. I, págs. 336 y 507. «New England was a religious
plantation, not a plantation for trade.»
[93] Es uno de los oficiales enviados con D. Cosme Churruca, para
hacer las cartas de las pequeñas Antillas y de la parte oriental de
la costa de Venezuela.
[94] Considerado el viernes en la cristiandad como día de mal
agüero para comenzar una empresa, los historiadores del siglo XVII,
doliéndose ya de los males que en su opinión afligían á Europa por
el descubrimiento de América, hicieron observar que Colón salió
para su primera expedición el viernes 3 de Agosto de 1492 de la
barra de Saltes y que la primera tierra de América fué descubierta
el _viernes_ 12 de Octubre del mismo año. La reforma del calendario
aplicada al Diario de Colón, que siempre indica á la vez los días de
la semana y la fecha del mes, haría desaparecer el pronóstico del día
fatal.
[95] En el pleito (Probanzas contra Colón, pregunta 18) háblase
también de un libro, por el cual se dirigía el Almirante. El piloto
Pero Alonso Niño dijo también al Almirante: «Señor, no hagamos esta
noche por andar, porque, según _vuestro libro dice_, yo me hallo diez
y seis leguas de la tierra ó veinte á más tardar»; de lo cual hubo
gran placer el dicho Almirante.
[96] Navarrete (Documento núm. 69), t. III, páginas 565-571. «Habló
el dicho Almirante D. Cristóbal con todos los capitanes é con el
dicho Martín Alonso é les dijo: ¿Qué haremos? Lo cual fué en 6 días
del mes de Octubre del año de 92, é dijo: Capitanes, ¿qué haremos que
mi gente mal me aqueja? ¿Qué vos parece, señores, que hagamos? E que
entonces dijo Vicente Yañez: Andemos hasta dos mil leguas, é si aquí
no hallaremos lo que vamos á buscar, de allí podremos dar vuelta.
Y entonces respondió Martín Alonso Pinzón: ¿Cómo, señor? ¿Agora
partimos de la villa de Palos y ya vuesa merced se va enojando?
Avante, señor, que Dios nos dará victoria que descubramos tierra, que
nunca Dios quiera que con tal vergüenza volvamos. Entonces respondió
el dicho Almirante D. Cristóbal Colón, Bienaventurados seáis, é así
por el dicho Martín Alonso Pinzón anduvieron adelante, e esto sabe
Francisco García Vallejo.
»El mismo dijo que sabe é vido que dijo Martín Alonso Pinzón (al
Almirante): Señor, mi parecer es y _el corazon me da_ que si
descargamos sobre el sudueste que hallaremos mas aina tierra; y que
entonces le respondió el Almirante: Pues sea así, Martín Alonso,
hagamos así: y que luego, por lo que dijo Martín Alonso, mudaron
la cuarta al sudueste; é que sabe que por industria é parecer del
dicho Martín Alonso se tomó el dicho acuerdo.» Esta declaración es
de las más importantes en que fundaba el fiscal la aseveración de
que á Martín Alonso Pinzón se le debía la mayor parte del mérito
del descubrimiento, y que sin él se hubiera vuelto á España Colón,
porque Pinzón le dijo: «_Que si vos, Señor, quisieredes tornaros_, yo
determino de andar fasta hallar la tierra ó nunca volver á España.»
Quizá la persuasión de Alonso de encontrar tierra consistía en que en
la biblioteca del Vaticano vió en un mapa antiguo una isla figurada
al Oeste de Canarias.
Creo, además, como Mr. Washington Irving, que los testimonios que
acusaban á Colón de debilidad de carácter en el momento en que debía
triunfar de sus enemigos, no merecen ningún crédito; sin embargo, el
Diario de Colón no niega el consejo dado por Pinzón en la noche del 6
de Octubre («esta noche dijo Martín Alonso que _sería bien_ navegar
á la cuarta del oueste, á la parte del sudueste: y al Almirante
pareció que no decía esto Martín Alonso por la isla de Cipango»).
Según el mismo Diario, la determinación de cambiar de rumbo el día
7 de Octubre fué efectivamente tomada _á causa_ de los pájaros que
pasaban del N. al SO., pero se añade que esta determinación fué
solamente del Almirante. No habla éste ni del proyecto de algunos
marineros amotinados que querían echarle al mar cuando estuviera
_embebido en mirar las estrellas_, ni del plazo de tres días que él
pidió para continuar navegando. Esta fábula de los tres días parece
inventada por Oviedo (libro II, cap. 5.º), y fúndase en la relación
del marinero Pedro Mateos, natural de la villa de Higuey, á quien
encuentro nombrado en el Pleito (Probanzas del Almirante, pregunta
91), donde se dice que Colón «le quitó un libro de las notas que el
tal Mateos había tomado de la posición de las montañas y los ríos de
la costa de Veragua. Aun el testigo Pedro de Bilbao habla «de dos
ó tres días» sólo para indicar una promesa del Almirante, no como
condición impuesta por los tripulantes; y, según el Diario de Colón,
éste acordó dejar el camino del oueste y poner la proa hacia OSO.,
con determinación de andar _dos días por aquella vía_»; es decir, que
Colón cedió (á las instancias de Alonso Pinzón) prometiendo seguir la
nueva dirección durante dos días. Ya había negado Muñoz el cuento de
los tres días, pero sin indicar el fundamento de sus dudas.
[97] Acaso Guanahanín, según la carta de Colón al tesorero Rafael
Sánchez, si la terminación no es una flexión gramatical. «Insulam
Divi Salvatoris Indi Guanahanyn vocant.»
[98] «En esto aquel jueves en la noche _aclaró la luna_ é un marinero
de dicho navío de Martín Alonso Pinzón que se decía Juan Rodríguez
Bermejo, vecino de Molinos, de tierra de Sevilla, _como la luna
aclaró vido una cabeza blanca de arena_ é alzó los ojos é vido la
tierra, e luego arremetió con una lombarda, é dió un trueno, _tierra,
tierra_, é se tuvieron los navíos fasta que vino el dia viernes 12
de Octubre; que el dicho Martín Alonso descubrió á Guanahaní la
isla primera, é que esto lo sabe porque lo vido (Francisco García
Vallejo).» Este notable párrafo se encuentra en las _Probanzas del
Pleito_, pregunta 18.
[99] Este pasaje, inadvertido hasta ahora, lo discutiré más adelante.
«El Almirante se vió precisado á volver á la Isabela, _que los
indios llaman Saometo_, al Puerto del Príncipe, que está casi al
norte-sur, 25 leguas de distancia uno de otro» (_Vida_, cap. 29).
En el Diario de su padre (martes 20 de Noviembre de 1492) indícase
también una distancia de 25 leguas, pero es á contar del punto donde
se encontraba entonces la carabela («el Puerto del Príncipe, de
donde el Almirante había salido, le quedaba 25 leguas y la Isabela
le estaba 12 leguas, siendo distante 8 leguas de Guanahaní, que
llamó San Salvador.») La dirección es menos clara; parece SO.-NE.;
en el cálculo menos probable la supondríamos OE.; y aun en tal caso
tendríamos de Puerto Príncipe á Guanahaní 25 + 12 + 8, ó sean 45
leguas.
[100] La segunda pregunta de las _probanzas_ del Almirante, dice,
en efecto: si es cierto «que el Almirante D. Cristóbal Colón en
el primer viaje que fué á descobrir con tres carabelas, falló é
descubrió muchas islas que están á la parte del Norte de la isla
Española, é luego en el mismo viaje descubrió á Cuba é á la dicha
Española.» Esta serie de descubrimientos indica que el que preguntaba
creyó situadas al norte de Haïti, Guanahaní, Santa María de la
Concepción, la Fernandina y la Isabela; pero la primera _pregunta_
dice al contrario: «Si saben que el Almirante D. Cristóbal Colón, ya
difunto, descubrió las Indias primero que por otra persona alguna
fuesen descubiertas, en especial descubrió ciertas islas, _que están
á la parte del Norte de la isla de Cuba, así como es Guanahaní_; é
otras muchas islas que por allí cerca hay, algunas de las cuales se
llaman _los Yucayos_.» La única vez que se nombra á la isla Guanahaní
en el pleito se la sitúa al norte de Cuba. Probablemente á causa de
las contradictorias inexactitudes que se notan en la redacción de las
_preguntas_, no cita Navarrete estas piezas del famoso pleito, ni
apela al fiscal en favor de su opinión acerca del lugar del primer
desembarco.
[101] En el fragmento de la carta del _Arte de navegar_ de Pedro
de Medina, publicado por primera vez en 1545, la isla de Guanabán,
una de las Bahamas, sin duda Guanahaní, está puesta en un meridiano
que pasa casi junto al cabo más oriental de la isla de Haïti; pero
en la misma carta hay otros nombres, puestos como al azar. Si en
el bosquejo de una carta de 1493, publicado por Bossi (_Vita di
Colombo_, páginas 169, 175, 177 y 179), conforme á la edición de la
carta dirigida al tesorero D. Rafael Sánchez, la palabra «Hyspana»
indica Haïti (Hispaniola), lo alto de la carta sería el Mediodía,
y en tal caso, Isabela estaría al NO. de la Fernandina, mientras
Colón dice que está al SE. _Conceptois Mariæ_ (según la ortografía
del manuscrito) estaría al Norte de Fernandina, cuando, ateniéndonos
al Diario de Colón, debería estar al E. Si se quiere que, en esta
absurda invención, las torrecillas (_la città con muraglie_) designen
la fortaleza de Navidad, construída á fines de Diciembre de 1492, y
que _Hyspana_ sea la península Española, la orientación es todavía
más confusa, y en tal caso, Guanahaní estará al Sur de Haïti y de
Isabela.
Estas incertidumbres acerca de la posición de Guanahaní, una de
las islas Yucayas ó Lucayas al norte de Cuba ó de Haïti, pueden
provenir en parte de la costumbre, bastante antigua, de prolongar
las Lucayas hasta junto al Abre los ojos y las islas Turcas. _Martín
Fernández de Enciso, alguacil mayor de la Tierra firme de las Indias
occidentales_, no conocía aún esta extensión hacia el Este. Dice
terminantemente en su obra, que ha llegado á ser rarísima (_Suma
de Geographia_, impresa en Sevilla en 1519 por el alemán Jacob
Kronberger, p. h. 3): «Esta isla de Cuba tiene á la parte del Norte á
las islas de los Yucayos, que son más de 200»; y añade que los indios
yucayos, de color moreno, tan habituados están al alimento de pescado
y vegetales, que mueren si se les lleva á país donde coman mucha
carne; observación que confirma lo que en otra parte dije acerca de
la falta de flexibilidad de la constitución física en el hombre no
civilizado.
El obispo Bartolomé de las Casas, en su tratado, publicado en 1552
(_Obras del obispo Casas_, ed. de Sevilla, 1646, y _Narratio regnorum
indicorum per Hispanos quosdam devastatorum_, 1614, pág. 28), no
sigue á Enciso: habla de las «islas de los Lucayos, comarcanas á la
Española y á Cuba.» Esta extensión del nombre de las Lucayas hacia
el Este «más allá de los Caicos», ha pasado en la Descripción de las
Antillas de Herrera (Décadas, t. IV, pág. 13).
[102] Para los testimonios en el pleito, véase el núm. 19 de las
_Probanzas_ del fiscal (Navarrete, t. III, pág. 573). Martín Alonso
Pinzón, que mandaba la _Pinta_, se separó de Colón el 21 de Noviembre
en las costas de Cuba, cerca del Puerto del Príncipe (Puerto de las
Nuevitas en mi mapa de Cuba de 1826). El 6 de Diciembre llegó Colón á
Haïti, cerca del cabo de San Nicolás, al cual dió el nombre de cabo
de la Estrella, nombre que no se encuentra en el mapa de Rivero,
pero sí en el de Juan de la Cosa, que también contiene los antiguos
nombres de _Punta de Cuba_ por Punta de Maysi, _Cabo Lindo_ por
Punta del Fraile, _Cabo de Pico_ y el _Cabo de Cuba_ por Punta de
Mulas, según Navarrete y según Irving, por la isla Guajaba, con una
configuración bastante exacta de las costas. Designo particularmente
estos nombres, porque el precioso documento antes citado, el
mapamundi de La Cosa, es el único que las pone.
Cuando Martín Alonso Pinzón se unió á la expedición de Colón el 6 de
Enero en las inmediaciones del promontorio Monte Cristi, aseguró no
haber llegado á las costas de Haïtísino desde hacía tres semanas,
porque desde su separación de Colón (el 21 de Noviembre) estuvo
en la isla de Baneque, donde no encontró la riqueza de oro que
los indígenas, los Lucayos, le habían prometido. Conforme á dicha
explicación, que el Almirante asegura haber oído al mismo Martín
Alonso Pinzón, éste debió desembarcar en las costas de Haïti hacia el
16 de Diciembre, y por tanto, diez días _después que Colón_. Resulta,
por tanto, falso lo dicho en el pleito por muchos testigos: que la
_Pinta_ se apartara de las otras dos carabelas cerca de la isla
Guanahaní, y que Colón descubrió Haïtí por los informes que Martín
Alonso le envió á las islas Yucayos, valiéndose de canoas de indios.
El interrogatorio del fiscal (véase el testimonio de Francisco García
Vallejo) nos enseña además lo que era esta isla de _Baneque_, que
tanto preocupaba á Colón y á Martín Alonso Pinzón, y que en el Diario
del primero encuentro más de quince veces, nombrada indistintamente
_Babeque_ ó _Baneque_. El testigo dice que las siete islas de bajos
de la Babulca, que, según el fiscal, descubrió Martín Alonso antes
que la costa de Haïtí, no eran otra cosa sino la _isla de Babueca_.
Éste es el nombre que conocemos por el mapamundi de Rivero y el viaje
de Ponce de León, nombre de un Ophir imaginario que, según parece,
dieron primitivamente á todos los islotes situados al Norte de Haïti.
Más adelante me ocuparé de la posición de esta Babeque; por ahora
basta hacer constar que el descubrimiento de Santo Domingo por
Martín Alonso, proclamado por el fiscal en 1513, no está probado,
á menos que se llame descubrimiento el ver una costa elevadísima.
Muy probable es que la _Pinta_ haya costeado esta isla, buscando la
tierra de Babeque, antes de que Colón saliera de Punta de Maysi, cabo
oriental de Cuba; pero no hay prueba alguna de que Martín Alonso
haya desembarcado antes del 6 de Diciembre y comenzado su rica
recolección de pepitas de oro de Haïtí, objeto de los celos de Colón.
Cuenta en el pleito uno de los testigos, Diego Fernández Colmenero,
que el Almirante cometió la mezquindad de cambiar el nombre de _Río
de Martín Alonso_, hoy Río Chuzona Chico, por el de Río de Gracia,
aunque Pinzón estuvo anclado allí diez y seis días antes que él. En
efecto; el Diario, en la parte escrita en la desembocadura de este
río (días 9 y 10 de Enero de 1493) expresa bien un odio largo tiempo
disimulado contra el jefe de aquella poderosa familia de Palos á
la cual debía el Almirante muchas obligaciones; malquerencia que
transmitió á sus herederos. He creído importante precisar en esta
nota los hechos relativos al descubrimiento de Santo Domingo.
[103] El autor proyectaba hacerlo en una continuación de esta obra,
que no ha sido publicada, ni probablemente escrita.--(_N. del T._)